CAPÍTULO XVIII
Donde una sorpresa llega demasiado temprano, una llamada lo cambia todo y dos personas descubren que quererse no basta para estar de acuerdo
A las seis y cincuenta y ocho de la mañana, Álvaro estaba frente a la puerta de don Emilio. Puntual, peinado, dos cafés en las manos y una expresión tan satisfecha que daban ganas de cerrarle la puerta en la cara.
—No puede ser.
Miré el reloj del pasillo. Después el teléfono. Luego el reloj de péndulo, aunque aquel llevaba tres años marcando una hora distinta.
—Son las siete menos dos —dijo.
—Tu reloj está mal.
—Lo he comprobado con tres.
—Habrás elegido los tres equivocados.
—También he llamado al servicio horario.
—Eso ya no existe.
—Entonces habré viajado en el tiempo.
Don Emilio asomó la cabeza desde el salón. Llevaba puesto un gorro de dormir que yo no sabía que utilizaba nadie fuera de los cuentos.
—Ha llegado a las seis y cincuenta y uno.
Lo miré.
—¿Por qué lo sabe?
—Porque me ha despertado.
—Le dije que no llamara —protestó Álvaro.
—Has tirado una piedra a la ventana.
—Una pequeña.
—Ha roto una maceta.
—Ya estaba agrietada.
Don Emilio abrió más la puerta.
—También ha traído churros.
—Eso no arregla la maceta.
—Ayuda.
Álvaro me entregó un café.
—Has perdido la apuesta.
—Todavía no son las siete.
—Precisamente. He llegado antes.
—Eso no es llegar puntual. Es aparecer cuando las personas normales duermen.
—Tú estabas despierta.
—Porque llevo veinte minutos oyendo pedradas.
—Solo fueron dos.
—La primera golpeó la persiana.
—Estaba calculando.
—Y la segunda rompió la maceta.
—El cálculo mejoró.
Don Emilio cogió la bolsa de churros.
—Idos antes de que calcule otra cosa.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
Álvaro sonrió.
—Perdiste.
—Eso no significa que pueda secuestrarme.
—No es un secuestro si llevas café.
—Esa definición no está en ningún código penal.
—Nico la aprobaría.
Subí a cambiarme. No hice preguntas, al menos no demasiadas, solo tres desde la escalera.
—¿Necesito bañador?
—Sí.
—¿Vamos en barco?
—Quizá.
—Eso cuenta como respuesta.
—No.
—¿Volveremos para el taller?
—Hoy tampoco hay taller.
Me detuve.
—¿Cómo que no?
—El ayuntamiento ha cancelado las actividades de la mañana.
—¿Por qué?
—Una avería en la tubería de la plaza.
—Nuestro taller era en la playa.
—Pero los niños tienen que atravesar la plaza.
—Pueden rodearla.
—Lucía.
—Eso es una excusa.
—Sí.
—¿De quién?
—Mía.
—¿Has cancelado el taller?
—He pedido que lo cambien a la tarde.
—Sin consultarme.
—Perdiste la apuesta.
—La apuesta no incluía modificar el programa municipal.
—Entonces debería haber leído la letra pequeña.
Lo miré desde la escalera.
—No había letra pequeña.
—Por una vez he aprendido de ti.
—Esto empezará con una discusión.
—Por eso he traído churros.
Veinte minutos después caminábamos hacia el puerto. Yo llevaba un vestido ligero sobre el bañador, sandalias, sombrero, una bolsa con protección solar, agua, una chaqueta, una toalla y un libro. Álvaro observó la bolsa.
—Vamos solo unas horas.
—Eso dices ahora.
—No necesitamos comida.
—Tu madre siempre dice lo mismo antes de aparecer con una cesta para veinte personas.
—Mi madre no viene.
—¿Seguro?
—Completamente.
—Entonces aparecerá en otra embarcación.
—He escondido la zodiac.
—¿Dónde?
—Eso no te lo diré.
—La encontrará.
—Probablemente.
En el puerto nos esperaba La Traviesa. Sobre la cubierta había una caja de herramientas, dos mochilas y una vela nueva plegada junto al mástil.
—¿Qué es eso?
—La sorpresa.
—Parece trabajo.
—También.
—Eso no es una sorpresa romántica.
—Depende de cuánto te gusten las velas.
—No especialmente.
Álvaro subió a bordo. Me tendió la mano.
—Ven.
—¿Adónde vamos?
—A probarla.
—¿La vela?
—Y otra cosa.
—Sigues añadiendo partes.
—Las buenas sorpresas tienen capas.
—Las cebollas también.
—Y te gustan.
—No tanto como para navegar con una.
Subí. Sobre uno de los bancos había una carpeta, la abrí y dentro encontré mapas, fotografías de puertos y una hoja con varios itinerarios. Portugal. Marruecos. La costa mediterránea. Grecia.
—¿Qué es esto?
Álvaro soltó las amarras.
—Una idea.
—Parece una ruta.
—Lo es.
—¿Para turistas?
—Podría ser.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Se colocó al timón.
—Todo.
La embarcación salió lentamente del puerto. Esperé. Álvaro parecía concentrado en la maniobra.
—No vas a explicarlo.
—Cuando estemos fuera.
—Estamos saliendo.
—Todavía pueden oírnos.
Miré el muelle. Las trillizas estaban sentadas sobre unas cajas de pescado con prismáticos.
—Nos oyen igualmente.
—Eso no es oído. Es brujería.
Cuando dejamos atrás el espigón, apagó el motor y desplegó la vela nueva. La Traviesa avanzó impulsada por el viento. Más despacio, sin el ruido del motor, solo el agua rozando el casco.
—Ahora —dije.
—Ahora qué.
—La idea.
Álvaro respiró hondo. Aquello me inquietó. Él no solía respirar hondo antes de una broma.
—He pensado que podríamos organizar rutas literarias por mar.
Lo miré.
—¿Qué?
—Excursiones de varios días. Pequeñas. Para grupos reducidos. Navegación, pueblos costeros, lecturas, talleres de escritura…
—Eso suena…
Me detuve.
—¿Mal?
—No. Suena precioso.
Su expresión se iluminó.
—Podríamos empezar por la costa portuguesa. Tres días. Después ampliar.
—¿«Podríamos» quiénes?
—Tú y yo.
El viento dejó de parecer fresco.
—Álvaro…
—No te estoy pidiendo que rechaces nada.
—Parece exactamente eso.
—Escucha primero.
—Te escucho.
—Puedes trabajar en Sevilla. Aceptar el puesto. Escribir tu libro. Yo podría ir algunos fines de semana. Tú venir aquí. Y durante el verano organizaríamos las rutas.
—¿Has pensado todo esto desde anoche?
—No.
—¿Desde cuándo?
—Desde que hablamos en el Esperanza.
—Eso fue ayer.
—He dormido poco.
—Eso no es planificar.
—Tengo mapas.
—Los mapas no convierten una idea en un plan.
—También tengo números.
Sacó otra hoja. Había cálculos, precios, combustible, alojamiento, comidas. Seguro.
—¿Has hecho una lista?
—Varias.
No pude evitar sonreír.
—Estoy preocupada.
—Aprendo de la mejor.
—Eso no significa que funcione.
—Pero podría.
Volví a mirar los papeles. La propuesta era sencilla, demasiado sencilla y al mismo tiempo tan hermosa que dolía.
—¿Por qué haces esto?
Álvaro no respondió enseguida.
—Porque dijiste que no querías elegir sola.
—Eso no significa que tú tengas que resolverlo todo.
—No intento resolverlo.
—Has preparado una empresa nueva en una noche.
—No es una empresa. Es una idea.
—Con presupuesto.
—Me aburría.
—No bromees.
—No bromeo.
Dejó el timón en posición fija y se acercó.
—No quiero que pienses que la única forma de estar juntos es que uno renuncie a su vida. Tú no tienes que quedarte aquí. Yo no tengo que fingir que nunca quise moverme.
—Eso suena bien.
—Porque lo es.
—También suena a que intentamos construir una solución antes de saber si soportaremos una relación a distancia.
—Podemos averiguarlo.
—¿Y si no funciona?
—Buscaremos otra cosa.
—Siempre haces que parezca fácil.
—No creo que sea fácil.
—Entonces, ¿por qué sonríes?
—Porque por primera vez la dificultad no me parece una razón para no intentarlo.
Aquella frase me atravesó. Miré los mapas. Portugal. Marruecos. Grecia. Lugares que no pertenecían ni a Valdearena ni a Sevilla. Un espacio intermedio, algo nuestro.
—Es una locura —dije.
—Sí.
—No sabemos si habrá clientes.
—No.
—Ni si podremos trabajar juntos sin matarnos.
—Ya trabajamos juntos y sigo vivo.
—Por poco.
—Eso añade emoción.
—Y no puedes abandonar tu empresa.
—No la abandono. La amplío.
—Tu padre depende de ti.
—Mi padre sabe dirigir el negocio.
—Siempre dices que debes ayudarlo.
—Porque me gusta sentirme imprescindible.
La sinceridad me sorprendió.
—¿Qué?
—Es verdad. A veces utilizo a mi familia como excusa para no arriesgarme. Ellos me necesitan, pero no tanto como yo digo.
—¿Se lo has contado?
—A mi madre.
—¿Y?
—Ha preparado comida para la primera ruta.
—Naturalmente.
—Mi padre no sabe nada.
—Eso parece importante.
—Lo será después.
—No puedes montar una empresa turística marítima sin hablar con el dueño de parte de los barcos.
—Tengo La Traviesa.
—Y una vela nueva.
—Ves como avanzamos.
Me eché a reír. Álvaro sonrió y después me besó. El barco siguió avanzando lentamente. Durante unos minutos permití que aquella idea pareciera posible. No segura ni razonable, solo posible. A veces eso basta para que una esperanza empiece a respirar.
Regresamos al puerto cerca de las once. Álvaro había preparado una pequeña mesa con fruta, pan y queso. Comimos en cubierta y hablamos de fechas, de fines de semana, de trenes entre Sevilla y la costa, de rutas y de libros. En algún momento empecé a aportar ideas, eso fue lo más peligroso.
—Podríamos hacer una ruta sobre historias de naufragios —dije.
—Con Samuel como asesor.
—Entonces moriría todo el mundo.
—Garantizado.
—Otra para familias.
—Con chalecos.
—Y sin Sergio disfrazado.
—Eso reduce el atractivo.
—Aumenta la seguridad.
—Empiezas a pensar como empresaria.
—Empiezo a pensar como alguien que no quiere que un pirata se caiga sobre una caja de pescado.
—Eso ocurrió una vez.
—Una vez demasiado.
Álvaro anotó la idea.
—También podríamos organizar retiros de escritura.
—¿En el barco?
—No. En casas del pueblo. Navegación por la mañana, escritura por la tarde.
—Don Emilio podría colaborar.
—Le encantará.
—Y Clara…
Me detuve. La editorial, la tarjeta, el correo que todavía no había leído.
Saqué el teléfono y tenía seis mensajes, dos de Lola, uno de mi madre, otro de don Emilio, uno más del instituto.
Y un correo de Clara Ferrer marcado como urgente.
La alegría se contrajo dentro de mí. Abrí primero el correo, leí y después volví al principio.
—¿Qué ocurre? —preguntó Álvaro.
No respondí. Clara quería una reunión en Madrid.
La editorial estaba interesada en firmar un contrato de opción sobre mi primera novela.
Necesitaban una propuesta extensa, varios capítulos y disponibilidad para trabajar con un editor.
La reunión sería dentro de tres días. Y, si todo avanzaba, esperaban iniciar el proceso inmediatamente.
—Lucía.
Le entregué el teléfono. Álvaro leyó y su rostro no cambió, lo peor.