CAPÍTULO XVII #2
Todos guardamos silencio. Paco miró el cuadro de mandos. Álvaro miró a Paco. Don Emilio cerró el libro y los niños dejaron de reír.
—¿Eso es normal? —pregunté.
—No —respondieron padre e hijo al mismo tiempo.
Mala señal. Cuando dos hombres que llevaban toda la vida discutiendo coincidían tan deprisa, convenía preocuparse. Paco intentó arrancar de nuevo. El motor tosió, tembló y volvió a pararse.
—¿Nos hemos quedado tirados? —preguntó Lola.
—No —dijo Paco.
—Sí —respondió Álvaro.
Volvieron a mirarse.
—No estamos tirados —insistió Paco—. Estamos fondeados.
—Sin motor.
—El motor funcionará.
—Ahora mismo no.
—Porque está descansando.
—Los motores no descansan.
—Este sí.
Nico se acercó al cuadro de mandos.
—Mi madre dice que cuando una cosa no funciona hay que desenchufarla y volverla a enchufar.
—Esto no es un televisor —dijo Álvaro.
—¿Habéis probado?
—No se desenchufa un barco.
—Entonces está mal diseñado.
Mientras Paco y Álvaro abrían una tapa y empezaban a discutir sobre filtros, combustible y una pieza cuyo nombre sonaba a enfermedad tropical, los demás nos instalamos en la cubierta.
—No pasa nada —anunció don Emilio.
—¿Cómo lo sabe? —pregunté.
—Porque Paco no ha empezado a maldecir.
Desde el motor llegó una voz:
—¡Me cago en la mar salada!
Don Emilio se acomodó las gafas.
—Ahora empieza a preocuparme.
Los niños corrieron hasta la borda.
—¿Vendrán a rescatarnos? —preguntó Paula.
—No necesitamos que nos rescaten —respondió Sergio.
—¿Sabes arreglar motores? —le preguntó Lola.
—No.
—¿Conducir este barco?
—Tampoco.
—¿Entonces por qué hablas?
—Para mantener alta la moral.
—La moral estaba mejor antes.
Samuel levantó la bota que había pescado.
—Podemos usarla para sacar agua.
—No entra agua —dije.
—Todavía.
—Deja de decir «todavía».
Álvaro salió de la zona del motor con una mancha negra en la mejilla.
—El filtro está obstruido.
—¿Eso es grave? —pregunté.
—No.
—¿Cuánto tardaréis?
—Poco.
Paco asomó la cabeza.
—Media hora.
—Una hora —corrigió Álvaro.
—He dicho media.
—Y yo conozco tus medias horas.
—Porque tú nunca llegas a tiempo.
—No tiene relación.
—Todo tiene relación con llegar tarde.
Carmen, que continuaba en la zodiac junto al barco, levantó una cesta.
—Mientras tanto, comemos.
—Mamá, ya hemos comido.
—Nadar abre el apetito.
—Llevamos cinco minutos fuera del agua.
—Suficiente.
Ató la zodiac al Esperanza y subió con la naturalidad de una almirante que regresaba a su nave. Sacó bocadillos, más fruta, una caja de dulces y una botella de anís.
—El anís no es para los niños —aclaró.
—Gracias —dije.
—Es para el motor.
Paco la miró.
—¿Qué?
—A ti te arregla muchas cosas.
—Esto es mecánica, Carmen.
—Y tú estás muy tenso.
Le sirvió una copa. Paco la bebió.
—Ahora revisa el filtro —ordenó ella.
Él obedeció. Miré a Álvaro.
—Tu madre gobierna este barco.
—Mi madre gobierna la costa entera. Solo deja que mi padre crea otra cosa.
Los niños decidieron que estar atrapados en una cala era una aventura. Nico organizó una expedición por la cubierta. Paula escribió un diario del naufragio. Samuel sostuvo que debíamos racionar los alimentos mientras se comía su segundo bocadillo.
—Las reservas son limitadas —dijo con la boca llena.
—Entonces deja algo para los demás —respondí.
—Estoy comprobando su calidad.
—Ya has comprobado dos.
—Necesito asegurarme.
Lola encontró una caja con viejos chalecos impermeables y propuso hacer un desfile.
No entendí por qué. Tampoco nadie se opuso.
A los diez minutos, don Emilio llevaba un chubasquero amarillo hasta los tobillos.
Sergio, un gorro de pescador demasiado pequeño.
Nico, dos chalecos salvavidas y la bota vieja en la cabeza.
—Pareces un capitán pirata que ha perdido una guerra —dije.
—Eso es exactamente lo que buscaba.
Lola se colocó una red sobre los hombros a modo de mantón.
—¿Qué tal?
—Pareces una merluza viuda —respondió Sergio.
Ella le lanzó una sardina de goma que alguien había dejado en una caja. La sardina rebotó contra su frente y cayó al suelo.
—Otra vez no —murmuré.
Álvaro, medio metido dentro del motor, levantó la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Ha dicho «sardina».
—No era real.
—Entonces estamos a salvo.
Me senté cerca de él.
—¿Puedo ayudar?
—Sí.
—¿De verdad?
—Sujeta esto.
Me entregó una linterna.
—¿Solo eso?
—Es importante.
—Pensaba que me enseñarías algo.
—Te estoy enseñando a iluminar.
—Sé iluminar.
—Apuntas a mi hombro.
Corregí la dirección.
—¿Así?
—Ahora a mi oreja.
—No te muevas tanto.
—Estoy arreglando un motor.
—Pon la cabeza en otro sitio.
—No puedo desmontármela.
—Sería útil.
—Sobre todo para discutir contigo.
Acercó la mano a una pieza.
—Ilumina aquí.
Obedecí. Durante un rato trabajamos en silencio. Me gustaba observarlo. Sus manos se movían con seguridad. Sabía qué tocar, qué aflojar y qué dejar quieto.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Me miras.
—Estoy sujetando la linterna.
—La linterna apunta al motor. Tus ojos no.
—Compruebo que sabes lo que haces.
—¿Y el veredicto?
—Todavía no.
Sonrió.
—Tienes grasa en la cara —dije.
—Tú también.
—No he tocado nada.
Álvaro levantó un dedo manchado y me rozó la nariz.
—Ahora sí.
—¡Idiota!
Intenté limpiarme. Él rio. Le manché la mejilla con la mano.
—Eso es guerra.
—La empezaste tú.
—Estaba trabajando.
—Y yo colaborando.
—Lucía.
—¿Qué?
—Me gustas mucho cuando te olvidas de ser seria.
La mano se me quedó quieta sobre su cara.
—No soy seria.
—Claro.
—No siempre.
—Ahora no.
Su voz bajó. Durante un instante olvidé el motor, los niños y a toda la tripulación. Me incliné y él hizo lo mismo.
—¡He encontrado un pie!
El grito de Samuel nos separó. Todos volvimos la cabeza. El niño estaba junto a una caja, sosteniendo algo oscuro. Lola chilló.
—¡Un pie!
Don Emilio se quitó las gafas. Carmen se santiguó. Paco salió del motor de golpe y se dio con la cabeza contra la tapa. Samuel levantó el objeto. Era una prótesis de plástico. Una pierna artificial desde la rodilla hasta el pie. El silencio se volvió monumental.
—¿Dónde estaba eso? —preguntó Sergio.
—En una caja.
—¿De quién es? —dije.
Paco se frotó la cabeza.
—De Roque.
—¿Quién es Roque? —preguntó Lola.
—Un amigo.
—¿Y por qué guardas su pierna en el barco?
—Porque se la dejó.
—¿Cómo se deja alguien una pierna? —pregunté.
—Tenía otra.
No supe cómo responder. Nico miró la bota vieja que llevaba en la cabeza. Después miró la prótesis.
—A lo mejor la bota también es suya.
Paco la examinó.
—Puede ser.
—¿Cómo pudo perder una bota y una pierna en el mismo barco sin darse cuenta? —preguntó Lola.
—Fue una noche larga —respondió Carmen.
—¿Qué ocurrió?
—No es una historia para niños.
Todos los niños se acercaron.
—¡Contadla!
—No.
—¡Por favor!
—He dicho que no.
Don Emilio abrió el libro.
—Yo sí la conozco.
Carmen lo fulminó con la mirada.
—Y no la contarás.
—Naturalmente.
Hizo una pausa.
—Hasta que se marchen los niños.
—¡Don Emilio!
—Soy viejo. Necesito incentivos.
Media hora más tarde el motor arrancó. Todos aplaudimos y Paco cerró la tapa con expresión victoriosa.
—Lo dije.
—Has dicho media hora —recordó Álvaro.
—Han sido cuarenta minutos.
—Eso no es media.
—En el mar sí.
—El tiempo no cambia por estar en el agua.
—Tú llegas tarde en tierra y en mar.
—Otra vez con eso.
—Porque sigue siendo verdad.
Carmen les puso a cada uno un bocadillo en la mano.
—Callaos y comed.
Volvieron a obedecer.
Iniciamos el regreso a Valdearena. La tarde empezaba a caer. Los niños, agotados, se quedaron dormidos en los bancos. Paula apoyó la cabeza sobre mi regazo. Samuel abrazaba la prótesis de Roque como si fuera un juguete. Nico seguía usando la bota a modo de sombrero.
—¿No deberíamos quitársela? —pregunté.
Álvaro observó al niño.
—Está dormido.
—Precisamente.
—Si se la quitamos, se despertará.
—Lleva una bota pescada en la cabeza.
—He visto cosas peores.
—No quiero saber cuáles.
Se sentó a mi lado. Su hombro rozó el mío.
—Ha sido un buen día —dijo.
—Nos hemos quedado sin motor.
—Solo un rato.
—Hemos encontrado una pierna.
—Eso no pasa todos los días.
—Gracias a Dios.
—Y mi padre ha bebido anís para arreglar un filtro.
—Eso explica el resultado.
—También te he tirado al agua.
—Esa parte no ha sido buena.
—Te reías.
—De rabia.
—Mientes.
—Un poco.
Apoyé la cabeza sobre su hombro. El barco avanzaba despacio hacia el pueblo. Las luces comenzaban a encenderse en la costa.
—Tu madre me ha contado cosas de ti —dije.
Álvaro se tensó.
—Eso nunca es bueno.
—Me ha dicho que siempre has cuidado de todos.
—Mi madre exagera.
—¿Por qué nunca hablas de eso?
—¿De qué?
—De que volviste para ayudar a tu padre. De que te hiciste cargo de la empresa. De que nunca te marchaste otra vez.
Miró hacia el puente donde Paco gobernaba.
—No hay mucho que contar.
—Yo creo que sí.
—Era lo que tenía que hacer.
—Eso dices siempre que haces algo importante.
—¿Qué quieres que diga?
—Que renunciaste a cosas.
—Todo el mundo renuncia a algo.
—¿A qué renunciaste tú?
Tardó en responder.
—A saber qué habría ocurrido si me hubiera marchado.
—¿Adónde querías ir?
—A muchos sitios.
—¿Por ejemplo?
—Grecia. Italia. El Caribe. Cualquier lugar donde pudiera trabajar en un barco y no conociera a nadie.
—Eso último no parece propio de ti.
—A veces cansaba que todo el mundo supiera quién era.
—Te comprendo.
—Ahora ya eres parte del espectáculo.
—No por voluntad propia.
—Yo nací dentro.
Sonreí.
—¿Todavía quieres marcharte?
Álvaro observó el horizonte.
—Algunos días.
—¿Y qué te detiene?
—Antes, muchas cosas.
—¿Y ahora?
Me miró.
—Ahora no sé si me detienes o me das más ganas de moverme.
Sentí que algo se abría dentro de mí.
—No entiendo.
—Contigo vuelvo a pensar que quizá no tenga que elegir entre quedarme para siempre o marcharme para siempre.
—¿Qué alternativa hay?
—Ir y volver.
—Eso suena sencillo.
—Seguramente no lo sea.
—Entonces es más nuestro estilo.
Sonrió.
—Bastante.
Al llegar al puerto nos esperaba un hombre apoyado en un bastón. Tenía unos setenta años, una pierna ortopédica y una sandalia en el único pie visible.
—¡Mi pierna! —gritó al vernos.
Samuel despertó abrazado a la prótesis.
—Es mía.
—No, niño. Esa pierna es mía.