Amor de verano en el sur CAPÍTULO XVII
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CAPÍTULO XVII

Donde el mar decide gastar bromas, Carmen cuenta demasiadas verdades y Lucía descubre que enamorarse también consiste en reírse hasta doler la barriga

Las personas solemos recordar los grandes días: el primer beso, la primera discusión, la primera vez que alguien dice "te quiero".

Sin embargo, cuando pasa el tiempo, uno descubre que los recuerdos más felices suelen ser los más tontos.

Los que no cambiaron el mundo, solo una mañana cualquiera con sol, con risas y con alguien al lado. Aquel jueves empezó exactamente así.

Me despertó olor a pan tostado, café y canela. Abrí los ojos y durante unos segundos pensé que seguía soñando, después escuché la voz de Lola.

—No pongas tanta mantequilla.

—¿Por qué?

—Porque Lucía luego protesta.

Abrí la puerta de la habitación. Encontré a Álvaro en la cocina con el delantal que las trillizas nos habían regalado. En el suyo seguía bordado: "ÉL OBEDECE."

—No me lo puedo creer.

Álvaro levantó la vista.

—Buenos días.

—¿Qué haces vestido así?

—Obedecer.

Lola se atragantó de la risa. Don Emilio cerró el periódico.

—Yo llevo cuarenta años intentando explicar que esa frase resume el matrimonio.

—No estamos casados.

—Por eso sonríes todavía.

Álvaro dejó una taza delante de mí.

—Desayuno.

—¿A qué debo el honor?

—A que ayer ganamos un concurso muy ridículo.

—Y eso merece premio.

—Además...

Sonrió.

—Hoy hace exactamente dos semanas que llegaste al pueblo.

Me quedé pensándolo. Era verdad. En solo dos semanas, me parecía imposible porque tenía la sensación de llevar allí media vida.

—Hoy no trabajáis.

Levanté la cabeza. Carmen acababa de entrar sin llamar, como siempre.

—¿Cómo que no?

—Hoy os doy vacaciones.

—¿Quién decide eso?

—Yo.

—¿Desde cuándo?

—Desde ahora.

Paco apareció detrás.

—Tiene razón.

—¿También tú?

—Lleváis dos semanas sin parar.

Miré a Álvaro.

Él parecía sospechosamente tranquilo.

—¿Lo sabías?

—Quizá.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

—¿Y no me dijiste nada?

—Quería darte una sorpresa.

—Empiezo a desconfiar mucho de esa palabra.

Carmen dio una palmada.

—Os vais al mar.

—Ya vivimos junto al mar.

—Más mar.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene.

Señaló a Paco.

—Mi marido os deja el barco grande.

Álvaro abrió mucho los ojos.

—¿El Esperanza?

—Sí.

—Papá nunca presta el Esperanza.

—Hoy sí.

—¿Por qué?

Paco sonrió.

—Porque hace treinta y cinco años yo también tuve novia.

—¿Y?

—Y alguien hizo lo mismo por nosotros.

Nadie añadió nada. Porque aquella explicación era suficiente. Media hora después embarcábamos. No solos., naturalmente. Los niños habían descubierto el plan y ahora suplicaban.

—¡Nosotros también!

—¡Por favor!

—¡Solo un rato!

Samuel abrazó una pierna de Paco.

—No pienso soltarme.

—Pues vas a pescar desde el pantalón.

Paula utilizó otra estrategia.

—Mi madre dice que el mar educa.

—Tu madre no ha dicho eso nunca.

—Puede empezar hoy.

Nico fue mucho más inteligente. Se acercó directamente a Carmen. Cinco minutos después subía el primero al barco.

—Eso es juego sucio.

—Se llama abuela.

Finalmente zarpamos doce personas. Nosotros, cinco niños, Sergio, Lola, don Emilio y Paco, porque, según Carmen...

—Alguien responsable tiene que ir.

Todos miramos a Paco. Él negó lentamente.

—Yo tampoco soy.

El Esperanza era mucho mayor que La Traviesa. Cabían varias mesas. Tenía un pequeño camarote y un puente desde donde Paco gobernaba con la solemnidad de un almirante. Álvaro observaba el timón.

—Hace años que no salíamos con este barco.

—¿Lo echabas de menos?

—Muchísimo.

Se acercó a su padre.

—¿Puedo llevarlo?

Paco tardó exactamente tres segundos.

—No.

—Papá...

—No.

—Solo un poco.

—No.

Nico intervino.

—Yo puedo.

Los dos hombres lo miraron.

—Tú menos.

La mañana resultó demasiado perfecta. Los niños pescaban con pequeños sedales. Lola intentaba enseñar a Sergio a distinguir una gaviota de una pardela, sin éxito.

—Son iguales.

—¡No!

—Las dos vuelan.

—También tú y una gallina.

—Buen argumento.

Don Emilio leía una novela. Aunque cada cinco minutos levantaba la vista para comprobar que nadie había caído al agua.

Paco silbaba y Álvaro...parecía diez años más joven.

Corría de un lado a otro ayudando a todos, explicando, riéndose, mojándose.

No recordaba haberlo visto nunca tan completamente feliz.

—Ven.

Me hizo una seña y fuimos hasta la proa. El viento apenas movía el barco. El mar estaba completamente azul.

—¿Qué pasa?

Se apoyó sobre la barandilla.

—Gracias.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿Por qué ahora?

—Porque hacía años que no veía a mi padre disfrutar así.

Miré hacia Paco. Hablaba con Nico sobre anzuelos. Reía muchísimo.

—Siempre trabaja.

Continuó Álvaro.

—O se preocupa.

O arregla algo. Hoy solo está aquí. No supe qué responder porque entendía perfectamente lo que quería decir.

—¡Pez!

El grito de Samuel interrumpió el momento. Todos corrimos. El niño tiraba del sedal con todas sus fuerzas.

—¡Es enorme!

Paco cogió la caña.

—Espera...

Tiró despacio, muy despacio, hasta que apareció...una bota…vieja, llena de algas. Samuel abrió mucho los ojos.

—Pues sí que era grande.

Nico se acercó.

—Igual el otro pie sigue abajo.

—No vamos a pescar personas.

—Todavía.

Una hora después fondeamos junto a una cala diminuta. Solo se podía llegar en barco. El agua era transparente. Los niños se lanzaron inmediatamente. Álvaro fue detrás, yo me quedé sentada.

—¿No vienes?

—Dentro de un rato.

—El agua está perfecta.

—Lo sé.

—¿Entonces?

Sonreí.

—Me gusta miraros.

Aquello lo dejó completamente callado. Después se tiró igualmente. Pero sonriendo.

Mientras todos nadaban, Carmen apareció. No sabía que también venía. Traía una cesta enorme.

—¿Cómo has llegado?

—Con la zodiac.

—¿Hay una zodiac?

—Claro.

Miré alrededor. Aquella familia podía montar una marina de guerra.

—Siéntate.

Obedecí. Sacó tortilla, tomates, melón, empanada y rosquillas.

—¿Piensas alimentar a un regimiento?

—Os conozco.

Se sentó a mi lado y permanecimos un rato observando a Álvaro. Él jugaba con los niños. Competían por ver quién aguantaba más tiempo bajo el agua.

—Siempre ha sido igual.

Levanté la cabeza.

—¿Cómo?

—Cuando era pequeño.

Si veía a alguien triste... Era incapaz de marcharse. Esperaba, hablaba, inventaba tonterías, lo que hiciera falta.

—Eso sigue haciéndolo.

Carmen sonrió.

—Sí.

Pero antes también se olvidaba de sí mismo. Aquella frase llamó mi atención.

—¿Por qué dice eso?

Respiró despacio.

—Porque durante mucho tiempo creyó que tenía que cuidar de todos.

Su padre, yo, la empresa, los empleados, el pueblo. Nunca protestaba ni pedía nada. Nunca. Miró a Álvaro otra vez.

—Hasta que llegaste tú.

No entendí.

—¿Qué he hecho?

—Obligarlo a pensar un poco más en él.

Negué.

—No creo.

—Claro que sí.

Se ríe más. Descansa más y llega incluso un poco menos tarde.

—Eso es discutible.

—Mucho.

Nos reímos. Después Carmen añadió algo que me dejó completamente desarmada.

—Hacía años que no le veía enamorarse así.

Bajé la vista inmediatamente.

—Solo llevamos dos semanas.

—Precisamente.

No añadió nada más. No hacía falta.

Cuando Carmen volvió con los demás permanecí sola unos minutos. Mirando el mar, pensando. Había algo profundamente hermoso. Y profundamente aterrador en descubrir que uno empieza a formar parte de la felicidad de otra persona porque entonces también comprende el daño que podría hacerle.

—¿En qué piensas?

Álvaro se dejó caer a mi lado completamente empapado.

Las gotas resbalaban por su pelo.

—En nada.

—Otra vez.

—Estoy perfeccionando la mentira.

—Todavía suspendes.

Se acercó.

—Ven al agua.

—No.

—¿Por qué?

—Porque tú quieres tirarme.

—Solo un poquito.

—Lo sabía.

—Confía.

—Esa palabra vuelve a aparecer demasiado.

—Porque funciona.

—No contigo.

—Pues...

Antes de terminar la frase me levantó en brazos.

—¡Álvaro!

—Demasiado tarde.

—¡No!

Todo el barco comenzó a reír.

—¡Papá! —gritó un niño.

—¡Tírala!

—¡No!

—¡Sí!

Don Emilio incluso cerró el libro.

—Esto merece verse.

Intenté escaparme. Imposible. Álvaro caminó hasta el borde.

—Última oportunidad.

—¿Cuál?

—Decir que soy el mejor novio del mundo.

—Ni hablar.

—Entonces...

—¡Espera!

—¿Sí?

—Eres...

Hizo una pausa teatral.

—¿El mejor?

—No abuses.

—Lucía...

—Eres...

Todos esperaban, hasta las gaviotas.

—Bastante soportable.

Álvaro suspiró.

—No me dejas otra opción.

Me lanzó al agua. El chapuzón fue enorme, tanto que al salir a la superficie escupí agua.

—¡Te odio!

—¡No es verdad!

—¡Muchísimo!

—¡Eso tampoco!

Nadé hasta él. Lo agarré por el tobillo, tiré y conseguí que perdiera el equilibrio. Cinco segundos después los dos estábamos dentro del agua con los niños aplaudiendo.

—¡Empate!

—¡Otra vez!

—¡Otra!

Ambos salimos riéndonos. Entonces comprendí una cosa. Hacía años, muchos años que que no jugaba como una niña, sin pensar en el reloj, ni en el trabajo, ni en el día siguiente. Solo jugando. Y aquel descubrimiento valía más que cualquier discurso sobre la felicidad.

Cuando conseguimos volver a bordo, completamente empapados, Lola nos esperaba con una toalla.

—Parecéis dos nutrias.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo aceptamos igual.

Sergio levantó un dedo.

—Yo creo que las nutrias son románticas.

—¿Qué sabes tú de nutrias?

—Vi un documental.

—Eso explica muchas cosas.

Todos rieron, incluso Paco y don Emilio.

Mientras el Esperanza permanecía meciéndose suavemente en aquella cala perdida del sur, tuve la sensación de que el verano acababa de regalarme uno de esos días que uno recuerda muchos años después sin saber exactamente por qué.

Porque sí, porque fue feliz, nadie intentó aparentar nada, durante unas horas olvidamos que agosto seguía acercándose y porque, sin saberlo todavía, aquella alegría tan despreocupada sería el último gran día completamente feliz antes de que el verano decidiera empezar a cobrarse el precio de todas aquellas sonrisas.

La felicidad duró exactamente hasta que Paco decidió levantar el ancla. No ocurrió nada grave, no al principio. Simplemente, el motor del Esperanza emitió un ruido extraño, ina especie de tos metálica, tembló y finalmente se apagó.