CAPÍTULO XVI
Donde un amanecer cambia demasiadas cosas, un concurso se convierte en una encerrona y dos corazones descubren que el amor empieza a parecerse peligrosamente a una despedida
Hay amaneceres que llegan demasiado pronto.
No porque salga antes el sol sino porque uno no ha terminado de vivir el día anterior.
Aquella noche apenas dormí. Cada vez que cerraba los ojos aparecían las mismas imágenes.
La tarjeta de Clara Ferrer, la carta del instituto, la botella con el mensaje, Álvaro diciendo que ya tenía dos motivos para marcharme y, por encima de todo, una sensación nueva.
Miedo. No el miedo de perder algo sino el de haber encontrado demasiado.
A las siete llamaron a la puerta de casa de don Emilio. Tres golpes. Pausa. Dos golpes más. No hacía falta preguntar.
—Son ellas —murmuró don Emilio desde el pasillo.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque nadie educado llama así.
Abrí. Las trillizas sonreían. Aquello nunca era buena señal. Jacinta llevaba una carpeta. Remedios una caja de cartón. Adela un megáfono.
—No pienso preguntar.
—Mejor.
—Porque la respuesta será peor.
—También.
Entraron como si vivieran allí. Don Emilio suspiró resignado.
—¿Qué han organizado ahora?
Jacinta abrió la carpeta.
—El concurso.
—¿Qué concurso?
—El de parejas.
Sentí un escalofrío.
—No.
—Todavía no hemos explicado nada.
—Da igual.
—No.
—Sí da igual.
Adela desplegó un cartel enorme: "PRIMERAS OLIMPIADAS DEL AMOR DE VALDEARENA"
Cerré los ojos.
—No puede ser.
—Sí puede.
—¿Quién ha autorizado esto?
Las tres señalaron exactamente en la misma dirección. Paco.
Media hora después estábamos en el puerto. Paco contemplaba el cartel con evidente satisfacción.
—¿No es bonito?
—Es un disparate.
—Traerá turismo.
—Y vergüenza.
—La vergüenza también trae turismo.
No encontré argumento para responder. Porque, desgraciadamente, tenía cierta lógica.
Álvaro apareció en ese momento. Leyó el cartel. Después me miró.
—Corremos.
—¿Adónde?
—Portugal.
—Otra vez Portugal.
—Empieza a parecerme insuficiente.
—Marruecos entonces.
—Con tal de escapar...
Las trillizas ya habían llegado hasta nosotros.
—Sois la pareja número uno.
—No somos ninguna pareja participante.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
Jacinta sacó una hoja.
—Ya estáis inscritos.
—¿Quién os ha dado permiso?
—Vuestro silencio.
Álvaro levantó las manos.
—Eso jurídicamente no funciona.
Don Emilio apareció detrás.
—Con ellas sí.
Las pruebas resultaban todavía peores de lo imaginado. Carrera con los pies atados. Preguntas sobre la pareja. Construcción conjunta de un castillo de arena. Y baile. Mucho baile.
—No pienso hacerlo.
—Ni yo.
—Perfecto.
Nos dimos la vuelta para marcharnos. Los niños comenzaron a corear nuestros nombres.
Después los turistas. Luego Carmen. Más tarde Paco. Finalmente medio pueblo. Álvaro me miró.
—Estamos perdidos.
—Completamente.
La primera prueba era responder preguntas. Mercedes hacía de presentadora. Llevaba un sombrero enorme y un micrófono que no funcionaba. Gritaba igualmente.
—¡Primera cuestión!
Nos sentaron espalda contra espalda.
—¿Color favorito de vuestra pareja?
Escribimos. Mostramos las pizarras. Yo había puesto "azul". Él también.
—¡Un punto!
—Era fácil.
—No cantes victoria.
Segunda pregunta.
—¿Qué comida odia?
Escribí "coliflor". Álvaro escribió "espinacas". Nos miramos.
—¿Odias la coliflor?
—Muchísimo.
—¿Y las espinacas?
—También.
Mercedes levantó los brazos.
—¡Medio punto!
—¿Existe el medio punto?
—Ahora sí.
La tercera pregunta fue peor. Muchísimo peor.
—¿Qué es lo que más miedo le da a vuestra pareja?
Se hizo un silencio extraño. Miré la pizarra.
No sabía qué escribir. Porque conocía varias respuestas.
Los truenos, perder a su madre., que el barco se hundiera, pero ninguna era la verdadera.
La verdadera era otra y él también la sabía.
Escribimos al mismo tiempo y giramos las pizarras.
En ambas aparecía exactamente la misma palabra: "Separarnos. "
Toda la plaza guardó silencio. Incluso las trillizas.
Mercedes dejó de sonreír. Álvaro y yo nos miramos.
No habíamos hablado nunca de aquello. No con esas palabras.
Y, sin embargo... Los dos habíamos escrito exactamente lo mismo.
Un aplauso comenzó lentamente. No sabría decir quién empezó.
Quizá Carmen. Quizá don Emilio. Quizá nadie en concreto.
Solo sé que resultó el aplauso más incómodo de mi vida.
Porque no celebraba una victoria. Celebraba una verdad.
La siguiente prueba consistía en construir un castillo de arena. Nico fue nombrado juez. Error gravísimo.
—El castillo necesita cocodrilos.
—Los castillos no tienen cocodrilos.
—Pues este sí.
Samuel defendía que debía existir un aparcamiento. Paula quería una biblioteca. Terminamos construyendo una fortaleza completamente absurda. Con biblioteca, puerto, cocodrilos y un faro.
—Ganan ellos —decretó Nico.
—¿Por qué?
—Porque tienen barco.
—Eso no tiene ninguna lógica.
—Precisamente.
Cuando acabó la prueba nos alejamos unos metros. Necesitábamos respirar.
—Lo de antes... —comenzó Álvaro.
—Sí.
—No sabía que ibas a escribir eso.
—Yo tampoco.
Permanecimos callados.
—¿Lo piensas de verdad? —preguntó.
Tardé varios segundos.
—Sí.
Él asintió despacio.
—Yo también.
Y ninguno añadió nada más porque no hacía falta.
A mediodía todo el pueblo almorzó en la playa. Pescado frito, gazpacho y melón. Las conversaciones giraban alrededor del concurso y de nosotros, naturalmente. Lola apareció con Sergio.
—He apostado veinte euros a que ganáis.
—¿Contra quién?
—Contra las trillizas.
—¿Ellas apuestan?
—Muchísimo.
—¿Y qué han apostado?
—Una tarta.
—Pierdes tú.
—Nunca.
Sergio sonrió.
—Confía demasiado en vosotros.
—Eso me preocupa.
Después de comer, decidimos escapar unos minutos. Caminamos por la orilla, descalzos. sin decir gran cosa. Las olas llegaban hasta los tobillos. Álvaro recogía conchas. Yo observaba el horizonte.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En lo fácil que era mi vida antes.
—Mientes.
—¿Por qué?
—Siempre estabas preocupada.
—También.
—Ahora solo cambió el motivo.
Tenía razón. Suspiré.
—Antes temía no encontrar nada.
—¿Y ahora?
—Encontrar demasiado.
Álvaro dejó caer una concha al agua.
—Eso no tiene solución.
—Lo sé.
—Solo puede elegirse.
Aquella frase volvió a quedarse conmigo. Elegir. Todo empezaba a resumirse en esa palabra.
Cuando regresamos a la plaza encontramos a Gonzalo buscando algo desesperadamente.
—¿Qué pasa?
—He perdido la cámara.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Eso ayuda poco.
En menos de cinco minutos medio pueblo buscaba la cámara, niños, adultos, turistas, incluso Margarita. La gaviota revoloteaba por encima de todos. De pronto descendió, se posó sobre el tejado del antiguo almacén y dejó caer algo: la cámara. Todos levantamos la cabeza.
—¿Cómo ha llegado ahí? —preguntó Gonzalo.
Mercedes carraspeó.
—Creo que ya lo sabemos.
Margarita volvió a demostrar que la propiedad privada le parecía un concepto discutible. Gonzalo respiró aliviado.
—Menos mal.
—Enséñanos las fotos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque salen muy mal.
Nico apareció por detrás.
—Ya las he visto.
—¿Cómo?
—Mientras la buscábamos.
—¿Y?
—Hay una muy bonita.
—¿Cuál?
El niño señaló la pantalla. Gonzalo dudó unos segundos.
Finalmente nos la enseñó. Era del concurso.
No durante las pruebas sino justo después.
Álvaro y yo caminábamos por la orilla hablando.
Ni siquiera mirábamos a la cámara, parecía robada, pero tenía algo especial.
No mostraba un beso mi una caricia, solo dos personas caminando exactamente al mismo ritmo. Don Emilio sonrió.
—Esa sí.
—¿Qué?
—Esa fotografía sí merece la pena.
Gonzalo guardó silencio. Después apagó la cámara.
—No la publicaré.
Lo miré sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque algunas imágenes pertenecen únicamente a quienes las viven.
Fue la primera vez que pensé que quizá Gonzalo estaba aprendiendo.
Al caer la tarde llegó la última prueba. Bailar. Mercedes daba palmadas.
—¡Vamos!
Álvaro me miró resignado.
—Nos humillaremos otra vez.
—Juntos.
—Siempre.
Sonreí. Bailamos. Fatal, como siempre, ero esta vez ocurrió algo curioso.
Dejamos de intentar hacerlo bien. Simplemente nos reíamos.
Y aquello, de algún modo, terminó pareciendo un baile.
Cuando la música terminó todos aplaudieron.
No porque hubiéramos sido los mejores. Sino porque probablemente habíamos sido los más felices.
Las trillizas anunciaron el resultado.
—Y los ganadores son...
Hicieron una pausa larguísima. Demasiado.
—¡Lucía y Álvaro!
Los niños gritaron. Carmen lloró. Paco abrazó a todo el mundo. Lola reclamó el dinero de la apuesta. Sergio protestó porque ella no pensaba compartirlo. Nos entregaron una banda ridícula donde podía leerse:
"REYES DEL AMOR DE VALDEARENA."
Álvaro la observó.
—Jamás me pondré esto.
Cinco minutos después los niños lo habían convencido. Llevaba la banda cruzándole el pecho. Y una corona de cartón. No había visto a nadie tan poco digno y tan guapo al mismo tiempo.
Cuando por fin terminó todo, caminamos lentamente hacia el puerto. El pueblo iba apagándose.
Las luces del paseo comenzaban a reflejarse sobre el agua. Álvaro llevaba la corona en la mano.
—¿Sabes qué voy a hacer con esto?
—¿Quemarla?
—Dársela a Nico.
—Mejor.
Llegamos hasta La Traviesa . El barco se balanceaba suavemente. Subimos a cubierta. Nos sentamos sin hablar. Después de un rato, Álvaro rompió el silencio.
—Hoy, cuando escribimos "separarnos"...
Asentí.
—Sí.
—He comprendido una cosa.
—¿Cuál?
Miró el horizonte. El cielo empezaba a teñirse de naranja.
—Que llevo muchos años creyendo que el miedo más grande era perder un barco.
O a mis padres. O el negocio. Y resulta que el miedo verdadero apareció hace apenas unas semanas. Me buscó con la mirada.
—Tú.
Sentí un nudo en la garganta.
—Eso no es justo.
—No.
—Porque yo siento exactamente lo mismo.
Él sonrió con tristeza.
—Entonces tendremos que ser muy valientes.
—¿Para qué?
—Para no dejar que el miedo decida por nosotros.
Apoyé la cabeza sobre su hombro. Permanecimos así mientras el sol descendía lentamente sobre el mar.
Ninguno habló durante mucho tiempo. No era necesario.
A veces el silencio también sabe abrazar.
Y aquel atardecer, el más hermoso desde que había llegado a Valdearena, no parecía anunciar el final de un día.
Parecía anunciar el comienzo de una cuenta atrás que los dos conocíamos ya demasiado bien.
El verano seguía siendo hermoso. Pero, por primera vez, ambos éramos plenamente conscientes de que ya no era infinito.