Amor de verano en el sur CAPÍTULO XV
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CAPÍTULO XV

Donde un baile empieza como una broma, un secreto sale del agua y dos corazones comprenden que el tiempo corre más deprisa cuando uno es feliz

Las personas solemos medir el verano de maneras muy distintas. Los niños lo cuentan por helados; los pescadores, por mareas; los hosteleros, por mesas ocupadas; los enamorados...no cuentan, temen hacerlo porque cada día que pasa también es un día menos.

Yo llevaba tres noches soñando con el veinte de agosto. Siempre aparecía una estación de tren, veía alejarse el vagón y, cuando intentaba correr detrás, los pies se me hundían en la arena. Despertaba justo antes de alcanzarlo.

Aquella mañana me sorprendí mirando el calendario del teléfono. Quedaban treinta y cuatro días. Nunca un número tan pequeño me había parecido tan enorme. Guardé el móvil inmediatamente. No quería empezar el día así, pero el día tenía otros planes.

—¡Lucía!

La voz de Carmen resonó desde la calle. Me asomé a la ventana.

—¿Sí?

—¡Baja!

—¿Pasa algo?

—¡Mucho!

Suspiré. Cuando Carmen decía "mucho", las posibilidades eran infinitas. Desde una avería en el congelador hasta el desembarco de extraterrestres.

Al llegar a la plaza encontré reunido medio pueblo. Paco, don Emilio, Mercedes, las trillizas, Gonzalo, Lola, Sergio, Álvaro y una mujer muy elegante que no conocía. Vestía un traje de lino blanco, sombrero, gafas oscuras y unos tacones completamente incompatibles con Valdearena.

—¿Quién es?

La mujer se quitó las gafas.

—Buenos días.

Sonreía con seguridad. Demasiada.

—Soy Clara Ferrer.

No me sonaba.

—Trabajo para una editorial.

Ahora sí. Álvaro me miró.

—Ha venido a hablar contigo.

—¿Conmigo?

Clara asintió.

—He leído algunos relatos tuyos.

Sentí un vuelco.

—¿Cómo?

—Gonzalo.

Giré inmediatamente la cabeza. El periodista levantó las manos.

—Solo uno.

—¡Te dije que no!

—No publicó nada.

—Pero...

Clara intervino.

—No venía a molestar.

Vengo porque creemos que tienes muchísimo talento. El silencio fue absoluto. Hasta Margarita dejó de graznar.

—¿Qué quiere decir?

Abrió una carpeta.

—Queremos proponerte escribir un libro.

Tardé varios segundos en comprender la frase.

—Perdón...

—Una novela.

—¿Ahora?

—Cuando quieras.

—Pero...

—Hemos leído tres relatos.

Nos interesan mucho.

Miré a Gonzalo.

—Te voy a matar.

—Después.

—No.

—Primero escucha.

Clara continuó.

—Naturalmente, habría que hablar de condiciones.

Plazos, contrato, publicación, pero antes quería conocerte. Saber si te interesa. No fui capaz de responder porque llevaba años soñando exactamente con aquello. Y, sin embargo... La primera persona en la que pensé fue Álvaro.

Carmen fue la primera en romper el silencio.

—¡Eso hay que celebrarlo!

—Todavía no he dicho que sí.

—Da igual.

Paco asintió.

—El sí viene después de comer.

Las trillizas ya estaban organizando algo.

—Verbena.

—Música.

—Pasteles.

—No, por favor.

Demasiado tarde.

Clara pidió que habláramos tranquilamente. Nos sentamos en la terraza de La Ola. Álvaro se levantó.

—Os dejo.

Lo sujeté por la muñeca.

—Quédate.

Me miró sorprendido.

—¿Seguro?

—Sí.

Quiero que escuches. Aquello pareció gustarle mucho más de lo que intentó disimular.

Durante casi una hora Clara explicó el proyecto. No pedían una novela inmediatamente. Solo una propuesta, un manuscrito, tiempo, libertad. No era una oferta gigantesca. Ni prometía convertir a nadie en un éxito. Precisamente por eso resultaba creíble.

—Escribes con mucha verdad.

Aquella frase me emocionó más que cualquier otra.

—Gracias.

—¿Sobre qué escribirías?

Miré el mar. Sonreí.

—Todavía no lo sé.

Álvaro tosió ligeramente.

—Yo sí.

Lo miré.

—¿Ah, sí?

—Sobre una profesora muy seria.

—No soy seria.

—Y un marinero que siempre llega tarde.

—Eso sí.

Clara rio.

—No parece mal comienzo.

Cuando terminó la reunión, Clara me entregó una tarjeta.

—Piénsalo.

No hace falta responder hoy. Asentí.

—Lo haré.

Se marchó. Y durante un largo minuto ninguno de los dos habló. Después Álvaro sonrió.

—Ya está.

—¿Qué?

—Ahora sí tienes dos motivos para irte.

Sentí un pinchazo. No había pensado en ello. Hasta ese momento.

—No digas eso.

—Es verdad.

—No.

—Sí.

—Todavía no he aceptado nada.

—Ni el instituto.

—Ni la editorial.

—Pero ambas cosas existen.

Respiré profundamente.

—Álvaro...

Él sonrió. Pero esta vez reconocí perfectamente aquella sonrisa. Era exactamente igual que la mía cuando intentaba aparentar tranquilidad.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

—Solo estoy intentando acostumbrarme.

—No quiero que te acostumbres.

—Entonces convence al calendario.

No respondí. Porque no sabía cómo hacerlo.

Aquella tarde el programa incluía una clase de bailes tradicionales. La idea había sido de Mercedes. El desastre también porque Sergio decidió modernizar el asunto. Apareció con un altavoz enorme.

—Hoy mezclaremos tradición y actualidad.

Mercedes frunció el ceño.

—Eso nunca sale bien.

—Precisamente por eso.

Cinco minutos después sonaba una sevillana mezclada con música electrónica. Las trillizas abandonaron inmediatamente la pista.

—Esto es un sacrilegio.

—Una herejía.

—Una falta de educación.

Sergio seguía convencido de que era una genialidad. Hasta que Margarita aterrizó sobre el altavoz. Y pulsó el botón equivocado. Comenzó a sonar un pasodoble.

—¡Eso sí! —gritó Mercedes.

En menos de treinta segundos toda la plaza estaba bailando. Abuelos, niños, turistas, pescadores, incluso don Emilio.

—¡Nunca lo había visto bailar!

—Yo tampoco —respondió Carmen.

—¡Y no pienso repetir! —gritó él mientras giraba torpemente.

Álvaro apareció delante de mí.

—¿Bailas?

—Muy mal.

—Yo peor.

—Entonces haremos el ridículo.

—Juntos.

Aquella palabra me gustó. Juntos. Acepté. No recuerdo haber bailado tan mal en toda mi vida. Pisaba sus pies. Él tropezaba con los míos. Nos equivocábamos constantemente, pero ninguno dejaba de reír.

—Creo que Mercedes está sufriendo.

Miré hacia ella. Tenía las manos en la cabeza.

—Muchísimo.

—¿Paramos?

—Ahora ya no.

—¿Por orgullo?

—No.

—¿Entonces?

—Porque hace mucho tiempo que no me río así.

Él dejó de bailar durante un segundo. Solo un segundo. Lo suficiente para mirarme como si acabara de descubrir algo importante.

Cuando terminó la música caminamos hasta el espigón. Necesitábamos aire. Y silencio. Nos sentamos con los pies colgando sobre el agua. El mar estaba completamente tranquilo.

—¿En qué piensas? —preguntó Álvaro.

—En que mi vida era mucho más sencilla hace un mes.

—¿Y mejor?

Lo pensé. Mucho.

—No.

—La mía también era más sencilla.

—¿Y mejor?

Sonrió.

—Muchísimo peor.

Nos echamos a reír.

Entonces ocurrió algo inesperado. Una botella chocó suavemente contra las piedras del espigón. Los dos la vimos al mismo tiempo. Álvaro se inclinó. La recogió. Dentro había un papel.

—Otra botella.

—No puede ser.

—Quizá Nico esté expandiendo el negocio.

La abrimos. No era una letra infantil. Era una caligrafía elegante. Muy antigua. Leí despacio: "Si alguien encuentra este mensaje, sonría un poco más hoy. Nunca se sabe quién puede necesitar verlo." No había firma, ni fecha, solo aquella frase. Nos quedamos contemplándola.

—Qué raro.

—Mucho.

—¿Quién escribiría algo así?

Álvaro dobló otra vez el papel.

—Alguien que sabía bastante de la vida.

Guardó silencio. Después sonrió.

—Pues habrá que obedecer.

Me miró. Sonrió exageradamente. Yo terminé riéndome.

—Así no.

—¿No?

—Pareces un besugo feliz.

—No sabía que los besugos sonrieran.

—Precisamente.

Intentó otra sonrisa. Peor todavía.

—Déjalo.

—No puedo incumplir instrucciones.

—Ven aquí.

Lo besé. Despacio. Sin prisa. El mar golpeaba suavemente las rocas. No había nadie alrededor. Solo nosotros y aquella botella absurda.

—Ahora sí sonríes bien.

—Porque me ayudas.

Cuando regresábamos hacia el pueblo vimos a Nico esperándonos.

—¡Os estaba buscando!

—¿Qué ocurre?

El niño señaló la botella.

—¿La habéis encontrado?

Álvaro y yo nos miramos.

—¿Era tuya?

—No.

—Entonces.

—Es del juego.

—¿Qué juego?

—El de los mensajes.

Habíamos olvidado que varios vecinos continuaban escondiendo botellas por la playa para que los turistas las encontraran durante el verano.

—Creía que era de verdad.

—Lo es.

—¿Cómo?

Nico se encogió de hombros.

—La escribió el abuelo de Paula hace veinte años.

Ahora ya no está. Pero seguimos escondiéndola porque hace sonreír a la gente. Ninguno de los dos dijo nada. A veces los pueblos pequeños tenían maneras muy curiosas de conservar la memoria.

Aquella noche cenamos todos juntos en casa de Paco y Carmen.

Había sardinas, tomates, pimientos asados y una discusión monumental sobre si las croquetas debían hacerse con jamón o con pollo.

Las trillizas defendían el jamón. Mercedes, el pollo.

Don Emilio sostenía que ambas estaban equivocadas.

Lola declaró que las mejores eran las congeladas.

Estuvieron a punto de echarla de la mesa.

Después de cenar salimos al patio. Las estrellas parecían mucho más numerosas lejos de las luces del paseo marítimo. Álvaro se sentó junto a mí. Muy cerca. Sin decir nada.

—¿Sabes qué es lo mejor de este verano? —pregunté.

—¿Qué todavía no ha terminado? —Negué.

—Que hace un mes no imaginaba que una conversación pudiera hacerme tan feliz. —Él me miró.

—Ni yo.

Permanecimos callados. Escuchando las voces lejanas que llegaban desde la cocina.

—Lucía.

—¿Sí?

—Prométeme una cosa.

—Depende.

—Si algún día escribes una novela...

No cambies cómo acaba este verano. Lo miré sorprendida.

—¿Y cómo acaba?

Sonrió.

—Eso todavía tenemos que descubrirlo.

Le cogí la mano. Por primera vez desde que había llegado a Valdearena sentí que el futuro no era únicamente una amenaza.

También podía ser una promesa. Aunque todavía ignoráramos cuál de las dos terminaría cumpliéndose.

Y mientras el viento traía olor a sal y a jazmín desde los patios vecinos, comprendí que las mejores historias de amor nunca empiezan con un beso.

Empiezan el día en que dos personas dejan de preguntarse cuánto durará la felicidad...

Y empiezan a preguntarse cómo protegerla.