CAPÍTULO XIV
Donde una fotografía hace demasiado ruido, un periodista propone un disparate y dos novios descubren que el futuro no entiende de vacaciones
Nunca he confiado en las fotografías. Las personas solemos creer que inmovilizan un instante.
Mentira. Lo transforman. Una fotografía nunca enseña exactamente lo que ocurrió.
Solo muestra aquello que alguien decidió mirar.
Lo comprendí a las nueve y media de la mañana, cuando Nico apareció corriendo por la plaza con un periódico doblado bajo el brazo.
—¡Lucía!
No levanté la vista del cuaderno donde preparaba la actividad del día.
—¿Qué pasa?
—¡Sales en el periódico!
—Eso no puede ser bueno.
—¡También sale Álvaro!
Entonces sí levanté la cabeza. El niño llegó jadeando, dejó el periódico sobre la mesa y señaló la portada del suplemento comarcal.
Allí estábamos. Álvaro y yo, ni besándonos ni abrazados, simplemente mirándonos.
La fotografía la había tomado Gonzalo junto al restaurante, justo después de nuestra conversación sobre agosto.
Yo sonreía y él me acariciaba la mejilla.
Debajo podía leerse: "El verano también escribe historias de amor en Valdearena. " Me llevé una mano a la frente.
—Lo mato.
—Eso dijiste la otra vez —recordó Nico.
—Esta vez va en serio.
—No creo que puedas.
—¿Por qué?
—Porque viene hacia aquí.
Giré la cabeza. Efectivamente. Gonzalo cruzaba la plaza con aquella tranquilidad irritante de quien ignora que alguien acaba de decidir su asesinato. Traía dos cafés.
—Buenos días.
No respondí. Levanté el periódico.
—¿Qué es esto?
Lo observó.
—Un buen titular.
—Es mi vida.
—También.
—No tenías permiso.
—La fotografía es pública.
—Mi relación no.
—Desde la fiesta sí.
—Eso no significa...
Me interrumpió con absoluta calma.
—Tienes razón.
Aquella respuesta me dejó sin argumentos durante unos segundos.
—¿Cómo?
—No debí publicar una imagen tan personal sin avisarte.
Bajó la vista.
—Lo siento.
Era la segunda vez que se disculpaba sin discutir. Empezaba a resultar incómodo.
—Entonces...
—La retiraremos de la edición digital.
—¿Y el periódico?
—Eso ya no puedo cambiarlo.
Miré otra vez la portada. Debía admitirlo. La fotografía era preciosa. Precisamente por eso me molestaba tanto. Porque no era una pose. Era verdad. Y las verdades dan miedo cuando las observa demasiada gente.
Álvaro llegó cinco minutos después. Todavía no había visto el periódico. Nico corrió hacia él.
—¡Ya eres famoso!
—Eso espero que no.
Le entregó el suplemento. Álvaro lo leyó. Después levantó la vista.
—Salgo bastante guapo.
Le di un golpe con el periódico en el brazo.
—¿Eso es lo primero que se te ocurre?
—Intento empezar por lo positivo.
—¿Has leído el titular?
—Sí.
—¿Y?
Volvió a observar la fotografía.
—También sales bastante guapa.
—Álvaro.
—Vale.
Respiró despacio.
—No me hace mucha gracia.
Aquello me sorprendió.
—Pensé que te daría igual.
—No.
—¿Por qué?
—Porque esto ya no es solo nuestro.
Nos quedamos en silencio. Gonzalo seguía allí, esperando. Finalmente habló.
—Precisamente quería hablaros de eso.
Los dos lo miramos.
—Tengo una propuesta.
—No.
—Todavía no la conocéis.
—Da igual.
—Escuchadla primero.
Álvaro cruzó los brazos.
—Dos minutos.
—Estoy preparando un reportaje largo sobre el programa de verano.
Nadie respondió.
—No solo actividades.
Quiero contar cómo el pueblo ha cambiado durante estas semanas. Seguíamos callados.
—Y me gustaría que vosotros formarais parte.
Negué inmediatamente.
—No.
—No es una entrevista rosa.
—Da igual.
—Habla del proyecto.
—Nuestra relación no forma parte del proyecto.
Gonzalo respiró con paciencia.
—Precisamente sí.
—¿Cómo?
—El pueblo entero habla de vosotros.
—Ese es el problema.
—No.
Nos miró a los dos.
—El programa ha conseguido algo que ningún folleto turístico logra.
Ha devuelto ilusión a mucha gente, a los niños, a los mayores, al pueblo. Vosotros representáis eso. Aquellas palabras me incomodaron profundamente. Porque tenían parte de verdad y también demasiado de exageración. Álvaro intervino.
—No queremos convertirnos en una historia.
Gonzalo sonrió.
—Ya lo sois.
La conversación terminó allí. No aceptamos. Tampoco rechazamos definitivamente. Simplemente nos marchamos. Mientras caminábamos hacia la playa ninguno habló durante varios minutos. Fue Álvaro quien rompió el silencio.
—¿Te has fijado?
—¿En qué?
—Hoy no me ha molestado tanto.
—¿Quién?
—Gonzalo.
Lo miré sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque por primera vez he entendido que está trabajando.
—Eso no significa que tenga razón.
—No.
—Ni que vaya a seguir haciéndonos fotografías.
—Eso tampoco.
—Entonces seguimos igual.
—Exactamente.
Sonreí.
—Menos mal.
La actividad consistía en construir pequeñas embarcaciones con madera reciclada y después hacerlas navegar en la orilla. Paco dirigía el taller. Naturalmente. Porque era incapaz de explicar nada sin utilizar un barco.
—Lo primero —dijo levantando una tabla— es respetar la madera.
Samuel levantó la mano.
—¿Por qué?
—Porque un barco empieza aquí.
Golpeó suavemente la tabla.
—Después ya será otra cosa.
Paula observó un trozo de corcho.
—¿Esto también puede ser un barco?
—Con imaginación, sí.
Nico levantó una cuchara.
—¿Y esto?
—No.
—¿Seguro?
—Completamente.
—Mi abuelo cruzó un arroyo en una puerta.
Paco sonrió.
—Eso no convierte la puerta en barco.
—Pero flotó.
—Buen argumento.
Álvaro y yo ayudábamos a los más pequeños. Trabajábamos muy cerca. Sin necesidad de hablar demasiado. Había algo nuevo entre nosotros. Una especie de tranquilidad. Más madura. Quizá porque desp ués de la conversación del día anterior ambos sabíamos que el verdadero problema ya tenía nombre. Agosto.
—¿Qué piensas?
Me giré. Álvaro sujetaba un pequeño velero de madera.
—En nada.
—Otra vez mientes.
—Estoy mejorando.
—No mucho.
Le mostré el casco de una embarcación que construía Paula.
—Estoy pensando en eso.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevas cinco minutos sujetando el mismo clavo.
Miré mi mano. Era verdad.
—Perdón.
Él bajó la voz.
—No pienses sola.
Aquella frase me hizo sonreír.
—Prometí que no lo haría.
—Entonces cumple.
Asentí.
—Lo intento.
A media mañana apareció Carmen. Traía una cesta enorme.
—¡Sandía!
Los niños dejaron inmediatamente los barcos.
—¡Primero terminamos! —grité.
Nadie me hizo caso. Samuel ya tenía un trozo en la mano.
—¿Quién les ha dado permiso?
—Yo —respondió Carmen.
—Pero...
—Tenían hambre.
—Llevábamos diez minutos.
—Pues hambre reciente.
Álvaro soltó una carcajada.
—Tu madre rompe toda mi autoridad.
—Mi madre rompe cualquier autoridad.
Carmen me guiñó un ojo.
—Come.
Le hice caso. La sandía estaba fría. Dulce. Y por un momento todo volvió a parecer sencillo.
La tranquilidad duró exactamente siete minutos. Después apareció Margarita. La gaviota aterrizó directamente sobre la mesa donde estaban los pequeños barcos. Todos los niños gritaron. Margarita escogió uno. Precisamente el que Álvaro había construido con Nico. Lo agarró con el pico. Y echó a volar.
—¡Mi barco! —gritó Nico.
—¡Margarita!
Álvaro salió corriendo. La gaviota emprendió rumbo hacia las dunas.
Los niños comenzaron a perseguirla. Yo detrás de ellos.
Aquello parecía una procesión absurda. Una gaviota, doce niños, tres monitores, don Emilio, Paco, todos corriendo detrás de una embarcación de veinte centímetros.
Margarita terminó posándose sobre un poste de madera.
Dejó caer el barco. Álvaro consiguió recogerlo. Nico respiró aliviado.
—¿Está roto?
Lo examinó.
—No.
Solo faltaba una vela. La gaviota seguía observándonos desde arriba.
—Creo que se ha decepcionado —dijo Álvaro.
—¿Por qué?
—Esperaba que flotara mejor.
Regresamos riendo. Hasta que encontramos a las trillizas esperándonos. Mal asunto. Cuando aquellas tres mujeres esperaban quietas... Era porque habían preparado algo.
—Tenemos una noticia.
Ninguno respondió.
—Muy importante.
Seguimos callados.
—Importantísima.
Álvaro suspiró.
—Hablen.
Jacinta sonrió satisfecha.
—La verbena de agosto.
—¿Qué pasa?
—Este año habrá elección del Rey y la Reina del Verano.
Sentí un escalofrío.
—No.
—Todavía no hemos dicho nada.
—Da igual.
—El pueblo quiere presentaros.
Álvaro negó con energía.
—Ni hablar.
—Solo hay que desfilar.
—Mucho peor.
—Y bailar.
—Imposible.
—Y responder unas preguntas.
—Definitivamente no.
Las tres se miraron.
—Lo pensaréis.
—No.
—Sí.
—No.
—Ya veremos.
Se alejaron convencidas de haber ganado.
—¿Por qué nunca aceptan un no? —pregunté.
Álvaro contempló cómo desaparecían.
—Porque llevan ochenta años demostrando que funciona.
Terminamos la actividad casi al mediodía. Mientras los niños recogían herramientas, Gonzalo volvió a aparecer. Esta vez traía una carpeta.
—Prometo que no hay fotografías.
—Eso ya es un avance.
Nos enseñó varios bocetos del reportaje, paisajes, niños, pescadores, la librería, la playa, el puerto. Todo era bonito, muy bonito.
—Solo quiero contar este verano.
Pasó la última página. Había un espacio vacío. Con un título provisional: "Las personas que cambiaron Valdearena."
Álvaro negó lentamente.
—Ese título sobra.
—¿Por qué?
—Porque nadie cambia un pueblo en dos semanas.
Gonzalo sonrió.
—No.
—Entonces.
—Pero dos semanas sí pueden cambiar a las personas.
Nadie respondió. Porque los tres sabíamos que aquella frase era completamente cierta.
Al terminar la jornada acompañé a Álvaro hasta el puerto. Nos sentamos en el borde del muelle. Las piernas colgando sobre el agua.
—¿Sigues pensando en la carta?
preguntó.
—Sí.
—Yo también.
—Lo siento.
—No.
Me miró.
—No vuelvas a pedirme perdón por tener una vida antes de conocerme.
Aquello me emocionó.
—¿Sabes cuál es el problema?
—¿Cuál?
—Que cuanto más intento ser razonable...
Más ganas tengo de ser egoísta.
—¿En qué sentido?
Respiró profundamente.
—Quiero que rechaces esa oferta.
Así.
Sin más. Porque quiero seguir viéndote cada mañana, me gusta discutir contigo por las tostadas, me he acostumbrado demasiado deprisa. Guardé silencio.
—Pero también sé que, si te quisiera de verdad...
No debería pedirte eso. Sentí un nudo en la garganta.
—Eso también es quererte.
Él negó con suavidad.
—No.
Eso es necesitarte. Quererte es otra cosa.
—¿Cuál?
Tardó varios segundos en responder.
—Quererte es desear que seas feliz...
Aunque un día descubra que esa felicidad está lejos de mí.
No pude contenerme. Lo abracé con fuerza como si aquella frase hubiera conseguido explicar todo lo que ninguno de los dos sabía decir.
Nos quedamos así un largo rato, sin besos, sin bromas, solo abrazados.
El puerto olía a sal, a redes húmedas, a verano.
Y, sin embargo, por primera vez desde que había llegado a Valdearena, tuve la extraña sensación de que el verano empezaba a hacerse pequeño.
No porque se estuviera acabando. sino porque, cuando uno comienza a pensar en el futuro, el calendario siempre corre un poco más deprisa de la cuenta. Y el nuestro acababa de echar a correr.