CAPÍTULO XIII
Donde las verdades pesan más que las maletas, una excursión cambia de rumbo y el verano deja de parecer eterno
Hay días en los que uno se levanta sabiendo que tendrá que decir una verdad.
No importa cuánto la retrase. La verdad tiene una desagradable costumbre de esperar sentada.
Sin impacientarse. Sin marcharse. Exactamente así me esperaba la carta cuando abrí los ojos.
Seguía sobre la mesilla, doblada, silenciosa y mucho más pesada que un simple papel. La miré durante un largo rato.
—No puedes seguir aquí.
Naturalmente, no respondió. Los papeles rara vez discuten. Solo condenan.
Bajé a la cocina con la intención de desayunar y reunir el valor suficiente para hablar con Álvaro. Encontré a don Emilio preparando café.
—Buenos días.
—Depende.
—Eso no parece un saludo.
—Es una respuesta.
Levantó la vista.
—No has dormido.
—¿Cómo lo sabe todo el mundo?
—Porque tienes la misma cara que tenía mi difunta Matilde cuando ocultaba un regalo de cumpleaños.
—Yo no oculto un regalo.
—Peor.
Me senté.
—Tengo que contarle algo.
—Pues cuéntaselo.
—No es tan fácil.
—Nunca lo es.
—Va a enfadarse.
Don Emilio negó despacio.
—No.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque Álvaro no se enfada cuando le dicen la verdad.
—¿Y cuándo sí?
—Cuando descubre que se la ocultaban.
Aquella frase me atravesó como una aguja. Porque era exactamente eso lo que estaba haciendo.
La excursión de aquel día consistía en recorrer los acantilados hasta una pequeña cala escondida donde los niños debían escribir un cuento colectivo.
Era una de las actividades favoritas del programa.
También la más larga. Y yo había decidido aprovechar el camino de vuelta para hablar con Álvaro. Ya no podía retrasarlo más.
Cuando llegué a la plaza, él estaba sentado sobre el borde de la fuente. Leía. Tardé unos segundos en comprender qué tenía entre las manos. Mi cuaderno. Al verme, cerró inmediatamente la tapa.
—Perdón.
—¿Qué haces?
—Esperar.
—Eso ya lo veo.
—Y como llegabas tarde...
—He llegado dos minutos antes.
—Exacto.
Sonreí.
—¿Has abierto el cuaderno?
Bajó la vista.
—Solo la primera página.
—¿Sin permiso?
—Con mucha curiosidad.
—Eso no sustituye al permiso.
—Lo sé.
Me tendió el cuaderno.
—Lo siento.
Lo abrí. Había un marcapáginas improvisado con una hoja seca.
—¿Has leído mucho?
—Dos páginas.
—¿Y?
Se encogió de hombros.
—Escribes muy bonito.
—No cambies de tema.
—También escribes muy triste.
Aquello me sorprendió.
—¿Solo has leído dos páginas?
—Sí.
—¿Cómo sabes que son tristes?
—Porque la gente feliz no escribe tantas veces la palabra "silencio".
No respondí. Tenía razón.
Los niños comenzaron a llegar. Como siempre, hablando todos al mismo tiempo. Nico llevaba una mochila enorme. Samuel había olvidado la cantimplora. Paula traía un cuaderno nuevo con flores pintadas.
—¿Estamos listos? —pregunté.
—¡Sí!
—¿Todos?
—¡Sí!
—¿Seguro?
—¡Sí!
—Entonces...
—¡Esperad! —gritó Mercedes desde la otra punta de la plaza.
Corría sujetando una bolsa.
—¡El bocadillo de Nico!
—¡Lo sabía! —respondió el niño.
—¿Por qué no lo has cogido?
—Porque así vienes tú.
Mercedes llegó jadeando.
—Algún día te olvidaré a ti.
—Pero hoy no.
—Lástima.
Emprendimos el camino. Los pequeños avanzaban delante.
Nosotros cerrábamos el grupo. Álvaro caminaba a mi lado.
Durante los primeros veinte minutos hablamos de cualquier cosa menos de aquello que yo necesitaba decir, del viento, del calor, de una nube con forma de pato.
de si Margarita era capaz de reconocer personas.
—Sí las reconoce.
—No puede ser.
—A Sergio siempre le roba la comida.
—Eso no demuestra inteligencia.
—Demuestra criterio.
Me reí. Y precisamente por reírme me sentí todavía peor. Porque cuanto mejor iba todo... Más difícil resultaba romper aquella tranquilidad.
Llegamos al mirador principal. Desde allí podía verse toda la costa. El mar parecía una lámina de cristal. Los niños se sentaron sobre unas rocas. Don Emilio comenzó a leer un cuento. Aproveché.
—¿Podemos hablar?
Álvaro me miró inmediatamente.
—Claro.
Nos alejamos unos metros. Bastante para que nadie escuchara. Pero no tanto como para preocupar a nadie. O eso creíamos. Porque las trillizas estaban haciendo turismo precisamente por aquel sendero. Naturalmente.
—¿Qué ocurre?
Respiré hondo. No salió ninguna palabra. Volví a intentarlo. Nada. Álvaro sonrió con suavidad.
—No tengas prisa.
Aquello casi consiguió que rompiera a llorar.
—Hay una carta.
Su expresión cambió apenas.
—¿Qué carta?
Saqué el sobre de la mochila. Se lo entregué. Leyó despacio. Sin interrumpirme ni preguntarme nada. Cuando terminó, volvió a guardarlo dentro.
—Veinte de agosto.
Asentí.
—Pensaba que volvías en septiembre.
—Yo también.
Silencio.
—¿Cuándo lo supiste?
No mentí.
—Antes de nuestra primera cita.
Él cerró los ojos un instante. Solo un instante. Pero bastó.
—Entiendo.
—No quería estropearnos aquella noche.
—Lo sé.
—Después apareció Andrés.
—También lo sé.
—Y luego...
—Luego seguiste sin decírmelo.
La frase no llevaba reproche. Precisamente por eso dolía más.
—Sí.
Álvaro respiró profundamente. Miró el mar. Después volvió a mirarme.
—¿Vas a aceptar?
Aquella era la verdadera pregunta.
—No lo sé.
Él frunció el ceño.
—Pensaba que sí lo sabías.
—Hace dos días sí.
—¿Y ahora?
Lo miré.
—Ahora tú existes.
Aquello no pareció aliviarlo. Al contrario.
—No quiero ser el motivo por el que rechaces algo importante.
—No he dicho eso.
—Pero lo has pensado.
No pude negarlo. Porque era verdad.
Los dos permanecimos en silencio. Abajo, los niños reían. El viento movía lentamente la vegetación. Muy cerca de nosotros, escondidas detrás de un lentisco, las trillizas fingían observar unos pájaros. Se les oía perfectamente.
—Yo creo que ella llora primero.
—Calla.
—No me empujes.
—Hablan demasiado bajo.
Álvaro levantó la voz.
—¡Podéis salir!
Las tres aparecieron con una dignidad admirable.
—No espiaríamos jamás.
—Estábamos viendo un jilguero.
—Aquí no hay jilgueros.
—Pues sería otro pájaro.
—Con forma de conversación.
Las tres desaparecieron colina abajo.
—Nunca aprenderán.
—No.
—Pero tampoco dejarán de divertirnos.
Sonreí. Álvaro no.
—Lucía.
—¿Sí?
—¿Quieres quedarte aquí?
Aquella pregunta resultó mucho más difícil que la anterior. Miré el horizonte.
—No lo sé.
—¿Quieres volver a Sevilla?
—Tampoco lo sé.
—Eso sí me preocupa.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque antes siempre sabías dónde querías estar.
—Y ahora no.
—Ahora dudas.
—¿Eso es malo?
—No.
Hizo una pausa.
—Pero significa que empiezas a tener dos hogares.
No había pensado en ello. Y precisamente por eso comprendí que tenía razón.
El resto de la excursión transcurrió con aparente normalidad.
Los niños escribieron un cuento disparatado sobre un pulpo bibliotecario.
Samuel insistía en que el pulpo debía conducir un tractor.
Paula defendía que fuera poeta. Nico consiguió que terminara enamorado de una sirena vegetariana.
Don Emilio declaró que aquello representaba el futuro de la literatura española. Nadie discutió.
Durante el camino de regreso, Álvaro volvió a hacer bromas.
Volvió a reír. Volvió a parecer él mismo, pero yo lo conocía ya lo suficiente para advertir un pequeño cambio.
Cada vez que hablábamos del final del verano...
Se quedaba callado medio segundo más de lo habitual.
Y ese medio segundo me dolía muchísimo más que cualquier discusión.
Llegamos al pueblo poco después de las dos. Carmen esperaba junto a La Ola.
—¡Comida para todos!
Los niños corrieron.
—¡Macarrones!
—¡Y croquetas!
—¡Y helado!
Aquello provocó una estampida infantil. Nosotros caminamos despacio. Sin tocarnos. No porque estuviéramos enfadados. Sino porque ambos necesitábamos pensar. Antes de entrar en el restaurante, Álvaro me sujetó suavemente del brazo.
—Una cosa.
—Dime.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por contármelo.
Sentí un enorme alivio.
—Pensaba que ibas a enfadarte.
Sonrió. Muy poco.
—He estado a punto.
—¿Y?
—Después me he acordado de lo que prometimos.
—Nada de silencios largos.
—Exacto.
Me acarició la mejilla.
—Solo te pido una cosa.
—La que sea.
—Cuando decidas...
No decidas sola. Aquellas cuatro palabras quedaron suspendidas entre nosotros. Asentí.
—Te lo prometo.
Entramos en La Ola. No sabíamos que, desde una mesa del fondo, Gonzalo acababa de fotografiar exactamente aquel instante.
El momento en que dos personas dejaban de hablar del verano...
Y empezaban, por primera vez, a hablar del futuro.
Porque, aunque ninguno quisiera reconocerlo todavía, la verdadera historia ya no consistía en enamorarse.
Consistía en descubrir si aquel amor era capaz de sobrevivir cuando el calendario dejara de jugar a su favor.