CAPÍTULO XII #2
En menos de veinte segundos la plaza quedó casi vacía. Solo permanecimos Álvaro y yo. Y Nico.
—¿Qué haces todavía aquí? —pregunté.
—Estoy aprendiendo.
—Vete a aprender con tu madre.
—Vale.
Se marchó despacio. Pero tan despacio que seguramente escuchó media conversación. Álvaro cruzó los brazos.
—No me habías dicho que habíais quedado otra vez.
—Porque no habíamos quedado.
—Ha venido a verte.
—Ha venido a traerme esto.
Le enseñé el cuaderno. Él lo observó.
—¿Qué es?
—Mis historias.
—¿Las escribías antes de conocerme?
No entendí la pregunta.
—Claro.
—¿Las conocía él?
—Sí.
—¿Y yo no?
Aquello me desconcertó.
—Porque tú acabas de llegar a mi vida.
Él bajó la vista.
—Ya.
La respuesta fue tan breve que comprendí inmediatamente dónde estaba el problema. No era Andrés. Era el tiempo, los ocho años. Todo lo que él no había vivido conmigo. Me acerqué.
—Álvaro.
—¿Sí?
—¿Estás celoso?
Sonrió. Pero demasiado deprisa.
—No.
—Mientes fatal.
—Solo un poco.
—Bastante.
Guardó silencio. Después respiró hondo.
—Sí.
Aquella sinceridad desarmó cualquier posibilidad de discutir.
—¿Por qué?
—Porque llevaba ocho años contigo.
—Llevaba.
—Porque sabe cosas de ti que yo no.
—Claro.
—Porque tú lloraste por él.
—Sí.
—Porque cuando ha aparecido... durante un momento me he sentido como un intruso.
No esperaba aquella confesión. Ni aquella vulnerabilidad.
—No eres un intruso.
—Lucía...
—Escúchame.
Le cogí la mano.
—Él pertenece a mi pasado.
—Lo sé.
—Eso no significa que no fuera importante.
—También lo sé.
—Pero hoy ha venido precisamente para devolvérmelo.
Le enseñé el cuaderno.
—Esto es una parte de la mujer que fui antes incluso de conocer a Andrés.
Álvaro acarició la tapa con los dedos.
—¿Puedo leerlo algún día?
Sonreí.
—Algún día.
—¿Cuando deje de darme miedo?
—Cuando deje de dármelo a mí.
Asintió.
—Trato hecho.
Permanecimos unos segundos sin hablar. Después él soltó una carcajada.
—He hecho el ridículo.
—Un poco.
—Bastante.
—Muchísimo.
—Gracias.
—De nada.
Me besó la frente.
—No vuelvas a hacerme eso.
—¿Qué?
—Encontrarte con un exnovio mientras yo descargo cajas.
—Intentaré organizar mejor la agenda.
La tensión desapareció tan deprisa como había llegado. Quizá porque ambos habíamos aprendido algo. Yo, que ocultar cosas por proteger un momento terminaba complicándolo. Él, que los celos no siempre necesitan convertirse en sospechas. Basta con reconocerlos.
Aquella tarde estaba prevista una actividad tranquila.
Una merienda literaria bajo los pinos. Los niños leerían cuentos.
Los mayores prepararían chocolate caliente.
Y, según el programa oficial, todo transcurriría con absoluta normalidad.
Naturalmente, aquello era imposible. Porque Sergio apareció disfrazado de caballero medieval.
—¿Qué haces?
—Animación.
—¿Por qué eres un caballero?
—Porque el cuento habla de dragones.
—No aparece ningún dragón.
—Lo añado.
—No puedes modificar los clásicos.
—Miguel de Cervantes tampoco protestará.
—No escribió dragones.
—Por eso.
Cinco minutos después apareció Lola. Disfrazada de princesa.
—No pienso preguntar.
—Me ha obligado.
—Ha sido decisión conjunta —respondió Sergio.
—Me amenazó con contar lo del karaoke.
—Eso no prescribe.
Los niños estaban encantados. Don Emilio cerró el libro.
—Pues ya tenemos teatro.
Todo iba razonablemente bien. Hasta que apareció Margarita. La gaviota descendió desde un pino. Llevaba algo brillante en el pico. Se posó exactamente sobre el casco de Sergio. Él levantó la cabeza.
—No.
Margarita dejó caer el objeto. Era una alianza. Todos nos quedamos inmóviles.
—¿De quién es eso? —preguntó Paula.
Miré la alianza. La reconocí. Era la mía, la que nunca llegué a ponerme, la que había dejado dentro de un pequeño joyero en casa de mi madre. Sentí un escalofrío.
—Eso es imposible.
Álvaro también la reconoció.
—Lucía...
Cogí el anillo. Lo observé. Por dentro seguía grabada la fecha de la boda. Y nuestros nombres.
—¿Cómo ha llegado aquí?
Lola abrió mucho los ojos.
—Tu madre no vive cerca.
Don Emilio frunció el ceño.
—Margarita no vuela hasta Sevilla.
—No.
Miré alrededor. Entonces vi a Mercedes acercándose.
—Perdón.
Todos nos volvimos. Ella levantó la mano.
—Ha sido culpa mía.
—¿Qué?
—Tu madre me llamó esta mañana.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque encontró el joyero.
Respiró.
—Me pidió que te lo entregara discretamente.
Todos miramos a Margarita.
—¿Y se lo diste a la gaviota?
—No.
—Menos mal.
—Lo llevaba yo.
—Entonces...
—Margarita me robó el bolso.
Nadie dijo nada. Porque, tratándose de aquella gaviota, era perfectamente creíble. Mercedes suspiró.
—Ha salido volando con medio bolso.
—¿Y no la seguiste?
—Tengo sesenta años.
—Buen argumento.
La tensión desapareció. Incluso yo terminé riéndome. Álvaro observó el anillo en mi mano.
—¿Estás bien?
Lo pensé unos segundos. Después cerré el puño.
—Sí.
Y, para mi sorpresa, era verdad. No porque el anillo hubiera dejado de significar algo. Sino porque ya no significaba lo mismo.
Al terminar la actividad nos quedamos solos recogiendo mesas. Álvaro guardaba libros. Yo doblaba manteles. El anillo permanecía dentro del bolsillo de mi vestido. Notaba su peso, pequeño, constante.
—¿Qué harás con él? —preguntó.
—No lo sé.
—Puedes guardarlo.
—Quizá.
—O venderlo.
—También.
—O tirarlo al mar.
—Eso sería muy dramático.
—Pensaba que te gustaban las novelas.
—No tanto.
Seguimos recogiendo.
—¿Sabes qué haría yo?
—¿Qué?
Sacó una pequeña piedra del suelo.
—Lo lanzaría muy lejos.
La piedra hizo tres saltos imaginarios sobre la arena antes de detenerse.
—No para olvidar.
—¿Entonces?
—Para dejar de cargar con algo que ya no necesito.
Aquella frase quedó resonando dentro de mí.
Por la noche cenamos todos en La Ola. Había música, turistas, ruido, las trillizas naturalmente.
—Ya tenemos tema para la próxima reunión —dijo Jacinta.
—No quiero saberlo.
—La alianza.
—No.
—Tiene mucho simbolismo.
—Precisamente por eso.
Remedios sonrió.
—A veces las cosas vuelven para comprobar si todavía las necesitamos.
Álvaro me miró. Yo también. No dijimos nada. Pero ambos comprendimos que aquella anciana acababa de resumir el día entero en una sola frase.
Cuando terminó la cena, Álvaro me acompañó caminando hasta casa. Sin prisas. Como si el paseo fuera tan importante como el destino.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Depende.
—¿Muy difícil?
—Entonces sí.
Respiró despacio.
—¿Todavía conservas fotografías con Andrés?
No esperaba aquello.
—Sí.
Él asintió.
—Vale.
—¿Solo vale?
—No voy a pedirte que las tires.
—¿Por qué?
—Porque también forman parte de ti.
Me detuve.
—Gracias.
—Pero tengo otra pregunta.
—Ya decía yo.
—¿Hay alguna fotografía donde sonrías como conmigo?
Me quedé completamente quieta. Pensé mucho, recordé viajes, cumpleaños, Navidades, bodas, vacaciones…recordé cientos de fotografías y comprendí algo que jamás había pensado.
—No.
Álvaro me observó.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Por qué?
Sonreí con cierta tristeza.
—Porque entonces sonreía para la cámara.
—¿Y ahora?
—Ahora se me olvida que existe.
Él no respondió. Solo me abrazó. Un abrazo largo. Tranquilo. De esos que no intentan impresionar a nadie.
Cuando llegamos a casa de don Emilio permanecimos unos segundos frente a la puerta.
—Hoy has aprendido algo importante —dijo.
—¿Qué?
—Que puedo ponerme celoso.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
—Pero me gusta que me lo digas.
—Prometo hacerlo.
—Y yo prometo no esconderte cosas.
Aquellas palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Sentí un pinchazo inmediato. Porque acababa de prometer exactamente lo que aún no estaba cumpliendo. La carta. El veinte de agosto. Seguía escondida. Álvaro me besó suavemente.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Esperé hasta que dobló la esquina. Entré, subí despacio, abrí el cajón, saqué la carta, la releí una vez más, después abrí el cuaderno que Andrés había devuelto.
Entre sus primeras páginas apareció una frase escrita por mí muchos años atrás.
"Hay personas que llegan para enseñarte a vivir.
Otras llegan para enseñarte quién eres cuando por fin empiezas a hacerlo. "
Me quedé contemplando aquellas palabras.
No recordaba haberlas escrito. Pero parecían escritas para aquella noche.
Miré la carta, miré el cuaderno y comprendí que ya no podía retrasarlo más.
Tenía que contárselo a Álvaro porque el amor puede sobrevivir a los celos, a los exnovios, incluso a una gaviota ladrona.
Pero difícilmente sobrevive a los silencios demasiado largos.
Y el mío empezaba a durar más de la cuenta.