Amor de verano en el sur CAPÍTULO XII
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CAPÍTULO XII

Donde una botella enterrada dice más que muchas personas, los celos aparecen sin pedir permiso y Lucía descubre que ser feliz también cansa

Hay una clase de felicidad que agota, no por intensa, por nueva.

Uno pasa tantos años acostumbrándose a las preocupaciones que, cuando desaparecen durante unas horas, el cuerpo no sabe qué hacer con el descanso.

A la mañana siguiente de nuestra primera cita me desperté antes de que sonara el despertador.

Abrí los ojos. Sonreí. Cinco segundos después recordé que tenía novio.

Volví a sonreír. Diez segundos más tarde recordé que ese novio se llamaba Álvaro Vega Romero.

Entonces dejé de sonreír. No por arrepentimiento, por prevención.

Con Álvaro uno nunca sabía cuánto iba a durar la tranquilidad.

Bajé a desayunar. Don Emilio leía el periódico con unas gafas nuevas.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Qué tal la cita?

—Bien.

—Eso ya lo sé.

—¿Cómo?

—Has bajado canturreando.

—No estaba cantando.

—No.

—Tarareaba.

—Eso.

—Es distinto.

—Muchísimo.

Me sirvió café.

—¿Qué vais a hacer hoy?

—Los niños tienen búsqueda del tesoro literario.

—¿Y tú?

—Lo mismo.

—No.

—¿Cómo que no?

—Me refiero fuera del trabajo.

—No lo sé.

Don Emilio levantó una ceja.

—Hace dos días sabías exactamente qué ibas a hacer durante los próximos quince años.

—Gracias por recordármelo.

—Ahora no sabes qué harás esta tarde.

—Es liberador.

—Y aterrador.

—Las dos cosas.

Asintió lentamente.

—Eso suele ser buena señal.

A las nueve llegué a la librería. Álvaro ya estaba allí. Aquello me preocupó.

—¿Qué ha pasado?

Me miró extrañado.

—¿Nada?

—Has llegado antes que yo.

—Es cierto.

—¿Estás enfermo?

—He dormido poco.

—Eso explicaría un retraso, no un adelanto.

—Quería verte.

La respuesta fue tan sencilla que me dejó sin defensa.

—Ah.

—¿Solo "ah"?

—No esperaba eso.

—Yo tampoco.

Se acercó.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me dio un beso rápido. Tan natural. Tan cotidiano.

Como si lleváramos haciéndolo años. Aquello resultó mucho más peligroso que cualquiera de los besos apasionados de días atrás.

Porque empezaba a parecer normal. Y cuando algo extraordinario comienza a parecer normal es cuando uno corre verdadero peligro.

—Traigo algo para ti.

Sacó una botella de cristal. Dentro había un papel doblado. La reconocí inmediatamente.

—La botella de Nico.

—La encontré esta mañana.

—¿Dónde estaba?

—Escondida junto al viejo banco del faro.

—Entonces acertaste.

—Fue fácil.

—¿La has leído?

Asintió.

—Sí.

—¿Y?

Sonrió despacio.

—El niño es más listo de lo que aparenta.

—Eso no responde.

Sacó el papel. Me lo tendió.

—Léelo.

Lo abrí. Con aquella letra enorme e irregular podía leerse: «Querido Álvaro: No hagas llorar a Lucía.

Cuando sonríe parece menos mayor. Y cuando se enfada parece mi madre.

Si la quieres, no seas tonto. Porque los tontos siempre llegan tarde.

Firmado: Nico. P.D. Aprende a cocinar porque las profesoras trabajan mucho.

» No pude evitar reír. Álvaro permanecía en silencio.

—Es precioso.

—Sí.

—¿Por qué tienes esa cara?

Guardó el papel otra vez.

—Porque me impresionó.

—¿Un mensaje de un niño?

—No.

—¿Entonces?

—Que alguien piense que puede confiarme una persona.

Aquella frase me golpeó suavemente.

—No eres responsable de mí.

—Ya lo sé.

—Ni tienes que cuidarme.

—También lo sé.

—Entonces...

—Pero quiero hacerlo.

No encontré respuesta. Por suerte apareció Lola.

—¡Buenos días, pareja!

—No grites.

—¿Por qué?

—Porque todavía me resulta raro.

—Pues acostúmbrate.

Traía dos helados. Eran las nueve y cuarto.

—¿Quién desayuna helado?

—Yo.

—¿Y el otro?

—Sergio.

—¿Dónde está?

—Esperándome.

—Naturalmente.

—Solo he venido porque me obligó.

—¿Quién?

—Las trillizas.

Álvaro y yo nos miramos.

—¿Qué quieren ahora?

—Entregaros esto.

Sacó un sobre. Dentro había dos tarjetas.

Leí la primera: "Cena de matrimonios. Viernes. Veintiuna horas."

La segunda decía: "Invitados especiales: Lucía y Álvaro, por ir entrenando."

—No pienso ir.

—Yo tampoco —respondió Álvaro.

—Lo imaginaba.

—Entonces ¿para qué las traes?

—Porque Jacinta me dijo textualmente: "Si no las entregas, le contamos a Lucía lo de Sergio cuando tenía melena."

Sergio apareció por la puerta.

—Eso prescribe.

—No para ellas.

Los niños llegaron poco después. Nico fue directo hacia Álvaro.

—¿La encontraste?

—Sí.

—¿Te gustó?

—Mucho.

El niño asintió satisfecho.

—Entonces ya puedes ser novio de verdad.

Álvaro arqueó una ceja.

—¿Antes no lo era?

—Todavía estabas aprendiendo.

—¿Y ahora?

—Ahora falta la prueba importante.

—¿Cuál?

Nico bajó la voz.

—Que sobrevivas a las amigas de Lucía.

Lola levantó una mano.

—Ya estoy aquí.

—Precisamente.

La búsqueda del tesoro consistía en resolver pequeñas adivinanzas relacionadas con libros escondidas por todo el casco antiguo.

Los niños salieron corriendo en grupos. Paula descubrió la primera pista debajo del banco donde las trillizas pasaban media vida.

Samuel encontró otra dentro de una vieja red de pescador.

Nico aseguraba que el tesoro final estaba enterrado.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Mi intuición.

—Tu intuición ve demasiadas películas.

Mientras ellos recorrían las calles, Álvaro y yo caminábamos unos metros detrás. Era agradable. Sin necesidad de hablar constantemente. Simplemente caminar juntos.

—¿Sabes una cosa? —dije.

—Varias.

—Eres insoportable.

—También.

—Me estoy acostumbrando.

—Eso es peligroso.

—Lo sé.

Sonrió.

—Ayer no pude dormir.

Lo miré.

—¿Por culpa de la cita?

—No.

—¿Entonces?

—Porque pensaba que esta mañana te despertarías arrepentida.

Me detuve.

—¿De qué?

—De todo.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Se encogió de hombros.

—No lo sé.

—Álvaro...

—A veces me parece que todo esto ocurre demasiado deprisa.

—Otras demasiado despacio.

—También.

Continuamos caminando.

—Yo tampoco dormí bien.

Me miró.

—¿También estabas arrepentida?

—No.

—¿Entonces?

Mentí.

—Pensaba en la botella de Nico.

La mentira me dejó mal sabor de boca. Porque la realidad seguía encerrada en el cajón de mi dormitorio. La carta. El veinte de agosto.

—¡La encontré!

Era Paula. Salía de una callejuela agitando una caja de madera. Todos los niños corrieron hacia ella. Dentro había chocolatinas. Un pequeño libro y unas medallas de cartón.

—¡Hemos ganado!

—Habéis ganado todos.

—Eso no tiene gracia.

—La tiene para mí.

Los pequeños comenzaron a repartirse el premio. Álvaro se inclinó hacia mí.

—Tengo que ir un momento al puerto.

—¿Ahora?

—Diez minutos.

—¿Qué ocurre?

—Ha llegado un pedido para el barco.

—¿Necesitas ayuda?

—No.

—Volveré antes de que terminen.

Asentí. Lo vi alejarse. Y pensé, sin saber por qué, que llevaba demasiados días observando cómo Álvaro se marchaba... y demasiado poco tiempo comprobando que siempre regresaba.

No volvió diez minutos después, ni veinte ni treinta. Empecé a inquietarme. No porque creyera que le hubiera ocurrido nada sino porque ya conocía su concepto del tiempo.

—¿Dónde está? —preguntó Lola.

—Ha ido al puerto.

—Entonces tardará.

—Dijo diez minutos.

—Álvaro cree que diez y treinta pertenecen a la misma familia.

Don Emilio apareció por la plaza.

—Lucía.

—¿Sí?

—Hay un hombre preguntando por ti.

—¿Quién?

—No lo conozco.

Sentí un pequeño vuelco. No podía ser... Pero sí era. Andrés. Vestía unos vaqueros claros, una camisa azul y llevaba una mochila al hombro.

—Creía que te habías marchado.

Sonrió con cierta incomodidad.

—Y me marché.

—Entonces...

—He vuelto.

No supe qué decir. Lola dio un codazo a don Emilio.

—Empieza la película.

—Calla.

Andrés dio un paso.

—No vengo por nosotros.

Respiré.

—Bien.

—Vengo porque olvidé entregarte esto.

Sacó un pequeño paquete envuelto en papel marrón. Lo reconocí antes incluso de abrirlo. Mi cuaderno. Aquel en el que llevaba años anotando frases, ideas para cuentos, personajes y pequeños relatos. Creía haberlo perdido durante la mudanza previa a la boda.

—¿Lo tenías tú?

—Apareció entre unas cajas cuando desmonté el piso.

Lo cogí. Acaricié la tapa.

—Pensaba que había desaparecido.

—Lo sé.

—Lo busqué durante semanas.

—Por eso he vuelto.

Lo miré. Aquello sí era un buen gesto. Uno de esos detalles que explicaban por qué habíamos estado ocho años juntos.

—Gracias.

—No hace falta.

Permanecimos unos segundos en silencio.

—Ahora sí me marcho.

Asentí.

—Buen viaje.

—Lucía...

—¿Sí?

Sonrió con tristeza.

—No dejes nunca de escribir.

Bajó la cabeza. Se dio media vuelta. Y echó a caminar.

En ese mismo instante apareció Álvaro. Se detuvo al vernos.

Primero me miró a mí. Después a Andrés. Después al cuaderno entre mis manos.

No dijo nada. Pero vi cómo su sonrisa desaparecía muy despacio.

Y comprendí, antes incluso de que pronunciara una sola palabra, que por primera vez desde que nos conocíamos... Álvaro estaba celoso.

Nunca había visto a Álvaro callado. Era una experiencia inquietante.

Había aprendido que, cuando estaba enfadado, hablaba.

Cuando estaba nervioso, hacía bromas. Cuando tenía miedo, sonreía.

Pero cuando permanecía completamente en silencio...

Entonces ocurría algo serio. Lo vi acercarse despacio.

Su mirada pasó del cuaderno a Andrés. Después volvió a mí.

—Hola.

La palabra salió educada. Tan educada que resultaba peligrosa.

—Hola.

Andrés dio un paso hacia él.

—Nos conocemos.

—Sí.

Se estrecharon la mano. Esta vez el gesto duró menos. Mucho menos.

—Ya me marchaba —dijo Andrés.

Álvaro asintió.

—Buen viaje.

—Gracias.

No hubo ironía. Tampoco cordialidad. Solo dos hombres intentando parecer adultos. Andrés volvió a mirarme.

—Cuídate.

—Tú también.

Lo vimos alejarse por la plaza hasta perderse al doblar la esquina. Entonces Álvaro habló.

—¿Ha vuelto por eso?

Señaló el cuaderno.

—Sí.

—¿Solo por eso?

—Sí.

—¿Estás segura?

Respiré despacio.

—Álvaro...

—Es una pregunta.

—Y te estoy respondiendo.

—No me gusta cómo ha sonado.

—¿El qué?

—Todo.

Lola carraspeó.

—Creo que Sergio y yo vamos a desaparecer un rato.

—Nosotros también —añadió don Emilio.