CAPÍTULO XI #4
—Empezando por los cinco segundos que aún me debes.
—Esa deuda estaba pagada.
—Había intereses.
—Eres un usurero.
—Negociable.
Lo besé. Al principio fue un juego. Una forma de callarlo.
Después dejó de serlo. Álvaro me atrajo hacia él.
Mis dedos se perdieron en su cabello. Las luces pequeñas del barco temblaban con el movimiento del agua.
Su boca descendió hasta mi cuello. Cerré los ojos.
El mar, la noche y el cuerpo de Álvaro demasiado cerca hicieron que durante unos segundos olvidara todas las fechas.
—Lucía —murmuró.
—¿Qué?
—Dime si quieres que pare.
No quería. Pero la pregunta me devolvió a mí misma. A la calma, a la confianza.
—No pares.
Me besó otra vez. Más despacio, sin necesidad de demostrar nada.
Nos tumbamos sobre los cojines, abrazados, mientras el barco se balanceaba suavemente.
No ocurrió nada que el grupo de vecinos pudiera utilizar para organizar otro evento.
Pero estuvimos cerca. Lo suficiente para que mi respiración tardara en recuperar el ritmo.
Lo suficiente para que, cuando apoyé la cabeza en su pecho, comprendiera que aquello ya no era solo una diversión.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En nada.
—Mientes.
—Un poco.
—¿En septiembre?
Cerré los ojos.
—No.
Aquella vez la mentira no fue pequeña. Álvaro me acarició el cabello.
—Bien.
Permanecimos así hasta que la oscuridad cubrió por completo la cala. Después recogimos la cena y emprendimos el regreso. A mitad de camino, una luz apareció detrás de nosotros.
—¿Qué es eso? —pregunté.
Álvaro miró.
—No puede ser.
La barca de Paco avanzaba hacia La Traviesa. A bordo iban Carmen, Paco, don Emilio, Lola, Sergio, Nico y las trillizas.
—Te dije que encontrarían otra embarcación.
Álvaro redujo la velocidad.
—¿Qué hacéis aquí? —gritó.
Carmen levantó una chaqueta.
—¡Lucía se la ha dejado!
Miré mis hombros. Llevaba puesta mi chaqueta.
—Esa no es mía.
—¡Entonces será de Inés!
—¿Por qué venís todos?
—¡Nos preocupaba que os quedarais sin cobertura! —respondió don Emilio.
—¡Estamos a veinte minutos del puerto!
Nico agitó una linterna.
—¡Mi abuela dice que las primeras citas son importantes!
Las trillizas saludaron.
—Voy a hundir esa barca —dijo Álvaro.
—Tu padre está dentro.
—Sabe nadar.
—Don Emilio quizá no.
—Flota por experiencia.
La embarcación se colocó a nuestro lado.
—¿Habéis cenado bien? —preguntó Carmen.
—Sí, mamá.
—¿Os ha gustado la tarta?
—Sí.
—¿Entera?
—Ha sobrado.
—Traedla.
Paco señaló el cielo.
—Se levanta viento.
—No se levanta nada —respondió Álvaro.
—En una hora.
—Ya estamos volviendo.
—Por eso hemos venido.
—¿A escoltarnos?
—Para eso están los padres —dijo Carmen.
—Tengo treinta y tres años.
—Y sigues olvidando el teléfono.
Lola me observó.
—Tienes el pelo desordenado.
—Hace viento.
—Tu suegro dice que todavía no.
—Paco no es mi suegro.
Las trillizas intercambiaron una mirada.
—Todavía —dijeron a coro.
Álvaro arrancó de nuevo. La barca de Paco navegó junto a nosotros hasta el puerto.
Nuestra primera cita terminó con dos embarcaciones, nueve acompañantes, una tarta confiscada por Carmen y Nico haciendo preguntas sobre por qué yo tenía los labios tan rojos.
Cuando regresé a casa de don Emilio era casi medianoche. Álvaro me acompañó hasta la puerta.
—La próxima vez iremos más lejos —dijo.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para que mi padre necesite gasolina.
—Eso no lo detendrá.
—Entonces otro país.
—Portugal está cerca.
—Marruecos.
—Necesitaríamos pasaporte.
—Perfecto. Mi madre tardará más.
Sonreí.
—A pesar de todo, ha sido una buena cita.
—¿Buena?
—Muy buena.
—¿Solo muy buena?
—No abuses.
Me besó.
—Buenas noches, novia.
—Sigue sonando raro.
—Puedo practicar.
—Buenas noches, novio.
Su sonrisa se hizo tan amplia que me arrepentí un poco de habérselo dicho.
—Repítelo.
—No.
—Una vez.
—Vete.
—Mañana.
—Álvaro.
—Buenas noches.
Se alejó. Entré en casa. Subí a mi habitación.
El vestido azul aún conservaba el olor del mar y de su colonia.
Me quité las sandalias, después la pulsera, la dejé sobre la mesilla y al abrir el cajón para guardar los pendientes, vi la carta.
La oferta. El veinte de agosto. La recogí y leí de nuevo las palabras que por la tarde habían parecido una oportunidad. Ahora también parecían una amenaza.
Me senté en la cama. El teléfono vibró. Un mensaje de Álvaro.
«La próxima cita será sin escolta». Sonreí.
Llegó otro. «Me gustas incluso cuando mientes mal».
La sonrisa desapareció. Miré la carta. Escribí una respuesta.
«A mí también me gustas». La envié. No dije nada sobre agosto.
Todavía no. Doblé el papel y lo guardé otra vez.
Fuera, el mar golpeaba suavemente la costa.
Dentro de mí, en cambio, algo acababa de empezar a moverse.
No era una tormenta. Aún no. Solo ese cambio casi imperceptible que precede al viento.
La advertencia de que, por muy tranquila que parezca el agua, ninguna felicidad permanece quieta para siempre.