Amor de verano en el sur CAPÍTULO XI #3
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CAPÍTULO XI #3

A las cuatro de la tarde había probado cinco vestidos.

Ninguno me convencía. El primero era demasiado formal, el segundo, demasiado corto, el tercero parecía apropiado para una comida familiar, el cuarto tenía flores y me recordaba a las cortinas de mi abuela, el quinto era sencillo, azul y ligero.

Me lo puse. Me lo quité. Volví a ponérmelo.

—Ese —dijo don Emilio desde la puerta.

Me sobresalté.

—¿Por qué todo el mundo entra sin llamar?

—He llamado.

—No lo he oído.

—Estabas girando delante del espejo.

—Comprobaba cómo cae la tela.

—Cae hacia abajo.

—Gracias.

—El azul te sienta bien.

—¿No es demasiado?

—¿Demasiado qué?

—No lo sé.

—Entonces no.

Entró con un sobre en la mano.

—Esto ha llegado para ti.

—¿Por correo?

—Lo ha traído un mensajero.

Miré el remite. Instituto Valle de los Olivos. Mi centro de Sevilla. Abrí el sobre. Dentro había una carta del director. La leí una vez. Después otra.

—¿Ocurre algo? —preguntó don Emilio.

Me senté en la cama.

—Me ofrecen la jefatura del Departamento de Lengua y Literatura.

—Eso suena importante.

—Lo es.

—¿Es bueno?

—Sí.

—Pero no pareces contenta.

—No lo esperaba.

La carta explicaba que la anterior jefa había solicitado traslado y que el claustro proponía mi nombre.

Necesitaban una respuesta antes de final de julio para preparar el curso.

El cargo suponía más responsabilidad. También más horas.

Y la posibilidad de participar en un proyecto educativo nuevo que llevaba años deseando.

—¿Tendrías que volver? —preguntó don Emilio.

—En septiembre, como estaba previsto.

—Entonces nada cambia.

—Tendría que estar allí antes.

—¿Cuándo?

Volví a leer.

—El veinte de agosto.

Las palabras pesaron. Veinte de agosto. No septiembre. Casi dos semanas menos.

—¿Cuánto falta? —preguntó.

—Poco más de un mes.

—Ah.

—Esto no estaba en mis planes.

—Últimamente pocas cosas.

—Es una oportunidad importante.

—Entonces deberías alegrarte.

—Me alegro.

—Pero.

Miré hacia la ventana. El mar brillaba detrás de los tejados.

—No sé cómo decírselo a Álvaro.

—Con palabras.

—Eso ya lo sé.

—No pareces.

Doblé la carta.

—Llevamos un día siendo novios.

—Once horas.

—No ayude.

—Él sabía que te marcharías.

—En septiembre.

—Las fechas cambian. La marcha no.

—No es lo mismo.

—No.

—Esta noche es nuestra primera cita.

—Entonces no se lo cuentes.

Lo miré.

—¿Me aconseja ocultarlo?

—No. Te aconsejo que no conviertas cada momento feliz en un ensayo de la despedida.

—Necesito responder pronto.

—¿Esta noche?

—No.

—Entonces esta noche cena.

—¿Y mañana?

—Mañana piensa.

Guardé la carta en el cajón de la mesilla.

—No sé hacer eso.

—¿Cenar?

—Vivir sin anticiparme.

—Puedes practicar.

—Álvaro diría lo mismo.

—Por eso te gusta.

A las ocho menos diez estaba preparada. El vestido azul.

Sandalias planas. Una chaqueta fina. El cabello suelto.

La pulsera en la muñeca. Y la carta escondida en un cajón como si no pudiera modificar nada mientras no la viera.A las ocho, Álvaro no había llegado, a las ocho y cinco, tampoco, a las ocho y diez empecé a enfadarme y a las ocho y cuarto salí a la puerta. La calle estaba vacía.

—Lo mataré.

—Eso estropearía la cita —dijo don Emilio desde el salón.

A las ocho y veinte apareció corriendo. Llevaba una camisa blanca arrugada, pantalones oscuros y una cesta en una mano.

—Perdón.

—Has llegado veinte minutos tarde.

—Dieciocho.

—Veinte.

—Mi reloj marca dieciocho.

—Tu reloj siempre atrasa.

—Por eso llego tarde.

—Eso no es una explicación.

—Se ha roto una cuerda del toldo.

—Podías haber avisado.

—Me dejé el teléfono en el barco.

—Naturalmente.

Se detuvo delante de mí. Me miró de arriba abajo. Su expresión cambió.

—Estás preciosa.

Quise seguir enfadada. De verdad. Pero aquellas dos palabras, dichas sin ninguna broma detrás, me desarmaron.

—Sigues llegando tarde.

—Y tú sigues preciosa.

—Eso no compensa todo.

—¿Una parte?

—Una pequeña.

—Puedo besarla.

—No.

—¿No?

—Bueno…

Se inclinó.

—Solo una parte pequeña.

Me besó. Don Emilio cerró la puerta desde dentro.

—¡Llevaos la llave!

Álvaro se separó.

—¿Estás lista?

—Depende.

—¿Para qué?

—Eso intento averiguar.

Me ofreció el brazo.

—Confía.

—No abuses de esa palabra.

Caminamos hacia el puerto.

—¿Vamos al barco?

—Sí.

—Lo sabía.

—No hemos terminado.

—¿Hay más?

—Siempre.

La Traviesa nos esperaba con pequeñas luces colocadas alrededor del toldo. Sobre la cubierta había una mesa baja, dos cojines y una cesta con comida.

—¿Has preparado esto tú?

—Con ayuda.

—¿De quién?

—Mi madre, Inés, Sergio, don Emilio, las trillizas…

—Entonces lo ha preparado el pueblo.

—Yo elegí las luces.

Una de ellas parpadeó y se apagó.

—Se nota.

—Era la más bonita.

Subimos. Álvaro soltó amarras.

—¿Vamos a navegar de noche?

—Solo hasta la cala.

—¿Es seguro?

—Sí.

—¿Has revisado el tiempo?

—Mi padre.

—¿Y la rodilla de tu madre?

—También.

—¿Coinciden?

—Por primera vez.

El barco salió del puerto. El cielo comenzaba a oscurecer y la costa se llenaba de luces. Me senté junto a él mientras manejaba.

—Esto sí parece una cita —dije.

—Era la idea.

—¿Por qué no podíamos cenar en un restaurante?

—Porque en un restaurante aparecería todo el pueblo.

—Aquí también pueden venir.

—He escondido la barca de mi padre.

—Eso no impedirá que encuentren otra.

—Confío en la oscuridad.

—La última vez que confiaste en ella casi nos besamos.

—Ahora podemos hacerlo sin casi.

Sonreí. Llegamos a la cala poco después. Álvaro echó el ancla.El mar estaba tranquilo. La última luz del día se extendía sobre el horizonte en tonos naranjas y violetas. Cenamos tortilla, queso, pan, tomates aliñados y una tarta pequeña que Carmen había preparado.

—Tu madre cocina para una expedición —dije.

—Pensaba que vendrías con hambre.

—Ha puesto comida para seis.

—Es su forma de contenerse.

—¿Y las flores?

—Las he elegido yo.

Había un pequeño ramo dentro de un tarro.

—Dos ramos en un día.

—Estoy estableciendo un estándar imposible.

—Mañana tendrás problemas.

—Mañana puedo robar flores del jardín de don Emilio.

—Eso es delito.

—Margarita me enseñará.

Durante un rato hablamos de cosas sencillas, de los niños, del pueblo, de viajes. Álvaro me contó que había recorrido parte de la costa portuguesa trabajando en un velero cuando tenía veinticuatro años.

—¿Por qué volviste? —pregunté.

—Mi padre enfermó.

—No lo sabía.

—No fue grave al final, pero necesitó ayuda.

—¿Y después no quisiste marcharte otra vez?

Miró el agua.

—A veces.

—¿Qué te detuvo?

—La empresa. Mis padres. El chiringuito. La sensación de que siempre habría tiempo.

—¿Lo hay?

—No sé.

—¿Te arrepientes?

—Algunos días.

—¿Y otros?

—Otros miro esto.

Señaló el mar y las luces del pueblo a lo lejos.

—Y pienso que la gente se marcha buscando un lugar que le haga sentir algo. Yo ya lo tenía.

—Eso es bonito.

—No siempre.

—¿Por qué?

—Porque también puede convertirse en una excusa.

—¿Para no arriesgar?

Asintió.

—Gonzalo cree que no valoras las cosas hasta que las pierdes.

—Gonzalo habla demasiado.

—No has respondido.

—Quizá tenga razón.

—¿Por eso te asustó que apareciera Andrés?

—Entre otras cosas.

—¿Cuáles?

—Parecía saber exactamente qué quería de la vida.

—Eso no significa que lo supiera.

—Tenía una casa, un trabajo, una boda, un viaje a Japón…

—Una mujer que no quería casarse con él.

—Ese detalle estropeaba el plan.

—Bastante.

Álvaro jugueteó con el borde de su vaso.

—Yo no tengo nada tan claro que ofrecerte.

La carta escondida en mi cajón apareció dentro de mi cabeza.

—No quiero que me ofrezcas una vida entera después de once horas de noviazgo.

—Doce.

—Deja de contar.

—Es una forma de disfrutar el avance.

—Solo quiero que seas sincero.

—Lo soy.

—Incluso cuando tengas miedo.

—Eso será más difícil.

—También para mí.

—¿Tienes miedo ahora?

Miré el mar.

—Sí.

—¿De mí?

—De que esto me importe demasiado.

Álvaro permaneció en silencio.

—¿Y a ti? —pregunté.

—De que se termine justo cuando empiece a saber hacerlo bien.

Sentí un nudo en el pecho. La carta parecía arder a kilómetros de distancia. Podía contárselo. Debía hacerlo. Pero don Emilio tenía razón. Aquella noche no exigía que adelantáramos la despedida. Todavía no.

—Entonces tendremos que aprender deprisa —dije.

Álvaro sonrió.

—Eso se me da bien.

—No lo creo.

—Puedo demostrarlo.

—¿Cómo?

Se inclinó hacia mí.