Amor de verano en el sur CAPÍTULO XI #2
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CAPÍTULO XI #2

—Te conocemos desde que naciste.

—Precisamente.

Adela abrió una bolsa.

—Os hemos preparado algo.

—No quiero nada —dije.

Sacó dos delantales blancos. En uno estaba bordado «Ella manda». En el otro, «Él obedece». Álvaro cogió el segundo.

—Es bastante exacto.

—No pienso usarlo.

—El tuyo te favorece.

—No somos un matrimonio de anuncio.

—Todavía —murmuró Remedios.

—¡Las he oído!

Nos alejamos. Álvaro dobló los delantales y los guardó en la caja.

—¿Por qué los aceptas?

—Negarse las anima más.

—Aceptar también.

—Entonces no hay solución.

—Mudarnos.

—¿Juntos?

Tropecé con un adoquín. Álvaro me sujetó por el brazo.

—Cuidado.

—Ha sido el suelo.

—Otra vez los objetos.

—Y tú has dicho una estupidez.

—Era una pregunta.

—Llevamos once horas de novios.

—Por eso pregunto antes de preparar las maletas.

—No tiene gracia.

—Un poco.

La actividad de escritura se celebraba en una zona de la playa protegida por toldos.

Habíamos colocado mesas bajas sobre la arena, cojines y varias cajas con botellas de cristal sin tapón.

Los niños llegaron cargados con gorras, cuadernos y una curiosidad sentimental inagotable. Nico fue directo a las flores.

—¿Te las ha regalado Álvaro?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque somos novios —respondió él.

Lo miré.

—¿Qué? Ya está confirmado.

Nico examinó el ramo.

—Mi abuela dice que las flores de campo son bonitas pero duran poco.

—Tu abuela es una mujer muy optimista —dije.

—Dice que por eso hay que hacerles una foto.

—Tu abuela quiere una fotografía para el grupo.

—También.

—No.

Nico sacó el teléfono de Mercedes.

—Mi madre me lo ha prestado.

—¿Para qué necesita un niño de diez años un teléfono durante el taller?

—Emergencias.

—¿Qué emergencia?

—Que no haya fotos.

Antes de que pudiera impedirlo, tomó una. Álvaro se colocó a mi lado.

—Al menos salgamos juntos.

Me rodeó los hombros.

—No pienso posar.

—Ya estás posando.

—Estoy protestando.

—Es tu expresión habitual.

Nico hizo otra fotografía.

—En esta parecéis casados.

—Bórrala.

—No puedo. Ya la he enviado.

—¿A quién?

—A mi abuela.

Las trillizas, sentadas a veinte metros bajo una sombrilla, levantaron sus teléfonos.

—Esto es una conspiración.

—Una muy bien organizada —dijo Álvaro.

Comenzamos el taller.

—Hoy vamos a escribir mensajes para personas que no conocemos —expliqué—. Cada uno inventará unas palabras que puedan alegrar, animar o sorprender a quien las lea.

Paula levantó la mano.

—¿Podemos escribir mensajes de amor?

—Podéis escribir sobre lo que queráis.

—Yo escribiré uno para un caballo.

—Los caballos no saben leer —dijo Samuel.

—Tú tampoco muy bien.

—Sé más que un caballo.

—Eso no está demostrado.

—Niños —intervine.

Nico levantó la mano.

—¿Podemos escribir mensajes anónimos?

—Todos serán anónimos.

—Entonces escribiré uno para Álvaro.

—Si es para alguien concreto, deja de ser anónimo.

—Él no sabrá que soy yo.

—Acabas de decirlo delante de él —señalé.

—Podría mentir.

—La honestidad es importante —recordó Paula.

—Solo cuando te conviene —dijo Nico.

Repartimos papeles. Los pequeños dibujaron. Los mayores escribieron frases. Sergio, que había aparecido con la excusa de ayudarnos, se sentó junto a Lola bajo una sombrilla. Ella todavía llevaba mi bata sobre el bañador.

—Esa bata no es para la playa —le advertí.

—Ahora sí.

—La vas a llenar de arena.

—La vida también te ha llenado de arena y sigues funcionando.

—Devuélvemela.

—Después.

—Hoy te marchas.

Sergio la miró.

—Puede quedarse en mi casa.

—No te he preguntado.

—Yo sí —respondió Lola.

—¿Vas a mudarte con él después de cuatro días?

—No voy a mudarme. Solo traslado temporalmente una maleta.

—Tienes tres.

—Empezaré por una.

—Esto acabará mal.

—Tú llevas once horas de novia y ya habéis hablado de vivir juntos.

—Era una broma.

Álvaro pasó junto a nosotras.

—Yo hablaba en serio.

—No ayudes.

Lola sonrió.

—Veis. Las cosas avanzan.

—Tú no eres un modelo sentimental.

—Soy un ejemplo de perseverancia.

—En divorciarte.

—Después de intentarlo.

—Tres veces.

—No me rindo fácilmente.

Sergio le ofreció una uva. Lola la cogió con los labios. Me aparté.

—No quiero ver eso.

—Mojigata —dijo ella.

—Profesora —añadió Álvaro.

—Tú tampoco.

Regresamos con los niños. Nico había escrito su mensaje y lo guardaba doblado contra el pecho.

—¿Quieres que te ayude? —pregunté.

—No.

—¿Es privado?

—Sí.

—Entonces mételo en una botella.

—Quiero que lo lea una persona concreta.

—No es la actividad.

—Las normas pueden adaptarse.

—No.

—Álvaro dice que sí.

Lo miré.

—Yo no he dicho nada.

—Ayer dijiste que hay que improvisar.

—En general.

—Entonces improviso.

—¿Para quién es? —pregunté.

Nico señaló a Álvaro.

—Para él.

—Dáselo.

—Tiene que encontrarlo.

—¿Por qué?

—Porque los mensajes importantes no deben ser fáciles.

Don Emilio, que estaba sentado bajo el toldo leyendo, levantó la vista.

—Eso es bastante bueno.

—No lo anime.

—El niño tiene instinto literario.

—El niño tiene una abuela que le escribe las frases.

—Esta es mía —protestó Nico.

—¿Qué dice?

—Si te lo cuento, deja de ser secreto.

Guardó el papel dentro de una botella y caminó hacia las dunas.

—¿Adónde vas?

—A esconderla.

—No puedes alejarte.

—Está ahí mismo.

—Voy contigo.

—No. Si la ves, se lo contarás.

—Soy responsable del grupo.

—Y novia del destinatario. Hay conflicto de intereses.

Me quedé mirándolo. Álvaro soltó una carcajada.

—¿Quién le ha enseñado esa expresión?

—Mi madre ve juicios por la tarde —respondió Nico.

Finalmente, Sergio acompañó al niño mientras yo supervisaba los demás mensajes. Cuando terminaron, mezclamos las botellas en una cesta y cada participante escogió una. Paula recibió un dibujo de un dinosaurio. Samuel leyó una frase que decía: «Aunque hoy no te salga, mañana quizá sí».

—Esto no sirve para nada —dijo.

—Sirve para no rendirse —expliqué.

—¿Y si mañana tampoco sale?

—Lo intentas otro día.

—¿Y si no sale nunca?

—Cambias de cosa —respondió Álvaro.

—Eso no es perseverar —dije.

—También hay que saber cuándo parar.

Nuestras miradas se encontraron. La frase no se refería solo al dibujo. Yo lo supe. él también.

—Depende de lo que sea —añadí.

—Sí.

Nico eligió una botella. Dentro había una nota escrita con letras grandes. Leyó:

—«Tu madre te quiere aunque diga que necesita vacaciones de ti».

Mercedes, que esperaba al final de la playa, levantó la mano.

—¡Esa es mía!

—Los mensajes eran anónimos —protestó el niño.

—Mi letra es inconfundible.

—Y lo has gritado.

Mercedes sonrió.

—Te quiero.

—¿Puedo quedarme mañana en casa?

—No tanto.

Todos rieron. La actividad terminó con un paseo para recoger residuos de la playa. Los niños llenaron varias bolsas con papeles, plásticos y restos abandonados por bañistas. Álvaro encontró una chancla.

—¿Es de Nico? —preguntó.

El niño la examinó.

—No.

—¿Seguro?

—La mía era verde.

—Llevabas una verde y otra azul.

—Las perdí.

—Entonces podría ser tuya.

—No recuerdo haber tenido una roja.

—Con tus pies, cualquier cosa es posible —dije.

Álvaro sostuvo la chancla.

—Podemos guardarla.

—¿Para qué?

—Empezar una colección.

—No quiero una colección de objetos perdidos.

—Ya tienes una rueda, una cinta y una brújula rota.

—La rueda estaba rota antes.

—Es el comienzo de un museo.

—¿Cómo se llamaría?

—La vida de Lucía antes de relajarse.

—Sería un museo vacío.

—Precisamente.

Al mediodía, las familias recogieron a los niños. Nico se acercó a Álvaro.

—Tienes que encontrar mi mensaje.

—¿Dónde está?

—Si te lo digo, no tienes que encontrarlo.

—¿Alguna pista?

—Cerca del lugar donde os besasteis.

—Nos hemos besado en varios sitios —dijo Álvaro.

Lo miré.

—No era necesario presumir.

—Intento precisar.

Nico contó con los dedos.

—Faro, mercado, paseo, chiringuito, cine…

—En el cine no nos besamos —dije.

—Os cogisteis de la mano.

—Eso no cuenta.

—Mi abuela dice que cuenta más.

—Tu abuela necesita otra afición.

Nico continuó:

—También en la azotea.

—No —respondimos los dos.

—Desde abajo parecía.

—Pues parecía mal.

—La botella está cerca del primer beso.

—En el faro —dijo Álvaro.

—Eso no es una pista. Ya lo sabías.

—Entonces no me has ayudado.

—Por eso.

Nico se marchó satisfecho. Lola apareció cargando una bolsa.

—Nos vamos.

—¿Adónde?

—A casa de Sergio.

—¿Los dos?

—Él vive allí.

—Me refiero a ti.

—También viviré allí unos días.

—No puedes instalarte en casa de un hombre al que conoces desde el lunes.

—Es jueves.

—Eso no mejora nada.

—He tardado más que tú en besar a Álvaro.

—No es una competición.

—Eso dices cuando pierdes.

Sergio llegó con dos de sus maletas.

—La tercera no cabe en mi coche.

—No tienes coche —dijo Álvaro.

—Precisamente.

—¿Cómo vais a llevarlas?

—En tu furgoneta.

—No.

—Amistad.

—No.

—Compañerismo.

—Tampoco.

Lola me abrazó.

—Te llamaré.

—Estarás a cuatro calles.

—Por eso.

—No hagas ninguna tontería.

—Demasiado tarde para formular esa petición.

Se alejó con Sergio.

Álvaro la observó.

—Parecen felices.

—Parecen inconscientes.

—A veces se confunde.

—Yo no.

—¿Segura?

—Completamente.

—Ayer dijiste que eras mi novia delante de todo el pueblo.

—Eso fue un momento de debilidad.

—Bastante bonito.

—No te acostumbres.

—Otra vez.

—Sigue siendo útil.

Don Emilio cerró la librería.

—¿Coméis en La Ola?

—Yo tengo que preparar cosas —respondí.

Álvaro me miró.

—¿Para esta noche?

—Para mañana.

—Esta noche es nuestra cita.

—Lo recuerdo.

—¿Estás nerviosa?

—No.

—Has tocado tres veces la pulsera.

Bajé la mano.

—Es una costumbre.

—Desde ayer.

—Sigue siendo una costumbre.

—A las ocho.

—¿Dónde?

—Te recogeré.

—No quiero ir vestida de forma inadecuada.

—No hay una forma inadecuada.

—Podrías llevarme a montar a caballo.

—No tenemos caballos.

—A una barca.

—Eso es posible.

—A caminar por las dunas.

—También.

—Necesito información.

—Vestido cómodo, calzado plano y algo de abrigo.

—Eso son tres posibilidades distintas.

—Confía.

—Ya sabes que me cuesta.

—Pero lo haces.

Me besó en la frente.

—Hasta luego.

—Llegarás tarde.

—No.

—¿Lo prometes?

—No prometo imposibles.

—Álvaro.

—A las ocho.

Se marchó.