Amor de verano en el sur CAPÍTULO XI
61%

CAPÍTULO XI

Donde estrenarse como novios resulta agotador y una oferta de trabajo llega en el peor momento

Ser novia de Álvaro Vega Romero no modificó sustancialmente mi vida.

Continuó llegando tarde, siguió comiéndose mis tostadas, discutía conmigo por cuestiones que nadie más habría considerado discutibles y el pueblo entero empezó a tratarnos como si lleváramos juntos veinte años y estuviéramos atravesando una pequeña crisis matrimonial.

La primera consecuencia oficial del noviazgo apareció a las siete y media de la mañana. Margarita golpeó la ventana. Abrí los ojos. La gaviota llevaba algo rosa sujeto al pico.

—No quiero regalos.

Picoteó el cristal. Me levanté, descorrí la cortina y descubrí que se trataba de una cinta con dos corazones cosidos. En uno podía leerse «Lucía». En el otro, «Álvaro».

—Esto ya es demasiado.

Margarita soltó la cinta sobre el alféizar. Debajo había una pequeña tarjeta. «Enhorabuena a los novios. Mercería Paquita». Abrí la ventana.

—Devuélvelo.

La gaviota entró en la habitación.

—No te he dicho que pases.

Margarita aterrizó sobre la cómoda, agarró uno de mis pendientes y salió volando.

—¡Eso no era un intercambio!

—¿Con quién discutes? —preguntó Lola desde el pasillo.

Entró sin esperar respuesta. Llevaba mi bata, una taza de café y una sonrisa que no prometía nada bueno.

—Con la delincuente habitual.

—Qué detalle tan bonito.

Cogió la cinta.

—¿Quién la ha enviado?

—La mercería.

—El pueblo os quiere.

—El pueblo necesita entretenimiento.

—Y vosotros se lo dais gratis.

Se sentó en la cama.

—¿Qué se siente al ser oficialmente novia?

—Igual que ayer.

—Imposible.

—¿Por qué?

—Ayer eras una mujer libre. Hoy eres una mujer comprometida emocionalmente.

—No estoy comprometida.

—Has dicho que sois novios.

—Eso no es un compromiso.

—Díselo a las trillizas. Han reservado iglesia.

Me volví.

—¿Qué?

Lola bebió café.

—Es broma.

—No tiene gracia.

—Mucha.

—No bromees con eso.

—Está bien. No han reservado la iglesia.

—Gracias.

—Solo han preguntado qué sábados están libres.

Le lancé una almohada. Lola la atrapó.

—Estás muy susceptible.

—Llevo nueve horas siendo novia y ya me han enviado una cinta con corazones.

—Diez horas. Lo anunciasteis antes de las diez.

—No llevas la cuenta.

—Hay un contador en el grupo.

—¿Qué grupo?

—El de la boda.

—Sal de ahí.

—Ahora no puedo. Soy administradora.

Me quedé mirándola.

—¿Quién te ha hecho administradora?

—Jacinta. Dice que entiende poco de teléfonos y mucho de hombres, pero necesita alguien que escriba deprisa.

—Traición.

—Organización.

—No habrá boda.

—Eso he puesto en la descripción del grupo.

—¿De verdad?

—Sí: «No habrá boda por ahora».

—Sobra lo último.

—Da esperanza.

Me dirigí al armario.

—Hoy te marchas.

—¿Me echas?

—Dijiste que te quedarías tres noches.

—Esta es la cuarta mañana.

—Exactamente.

—Podría ampliar.

—No.

—Don Emilio dice que no le importa.

—A mí sí.

—Porque interrumpo.

—Porque has convertido mi habitación en un almacén.

La mitad de su ropa estaba distribuida por las sillas, la cómoda y el suelo.

—Eso lo arreglamos en cinco minutos.

—Llevas tres días diciéndolo.

—Hoy lo haré.

—¿Antes o después de ver a Sergio?

Lola sonrió.

—Después.

—Entonces nunca.

—No seas negativa.

Cogí una falda del armario.

—¿Qué tenéis hoy? —preguntó.

—Taller de escritura en la playa.

—¿Escribir en la arena?

—También. Los niños inventarán mensajes para personas desconocidas y los meteremos en botellas.

—Eso contamina.

—No las lanzaremos al mar. Las intercambiarán entre ellos.

—Muy ecológico y poco emocionante.

—No todas las actividades necesitan disfraces, caídas y hombres desnudos.

—Discrepo.

—Tú no organizas el programa.

—Podría.

—Eso me aterra.

Lola dejó la taza.

—¿Verás a Álvaro antes del taller?

—No lo sé.

—¿No habéis quedado?

—Vamos a trabajar juntos.

—Eso no es quedar.

—Nos veremos allí.

—Primer error del noviazgo.

—¿Cuál?

—Dar por hecho que el trabajo cuenta como tiempo en pareja.

—Llevamos diez horas siendo novios.

—Precisamente. Hay que establecer buenas costumbres.

—¿Qué propones?

—Que te traiga flores.

—No quiero flores.

—Desayuno.

—Ayer me trajo una tostada.

—Antes de ser novio. Ahora el nivel de exigencia debe subir.

—No quiero que suba nada.

—Una cena a solas.

—Eso sí podría…

Me detuve. Lola sonrió de lado.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—Quieres una cita.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado con voz alta.

—Solo pensaba que nunca estamos solos.

—Eso es verdad. Ayer os declarasteis novios ante doscientas personas y un concejal borracho.

—No estaba borracho.

—Pronunció «interdisciplinar» cuatro veces y ninguna bien.

—Quizá podríamos cenar juntos —admití.

—Díselo.

—No voy a pedirle una cita a mi novio.

—¿Por qué no?

—Porque debería salir de él.

—Los hombres no adivinan.

—Álvaro cree que sí.

—Álvaro cree muchas cosas porque le funciona la sonrisa.

No respondí.

—Díselo —insistió—. Si quieres algo, pídelo.

—No es tan importante.

—Entonces seguiréis cenando con treinta personas, cinco niños y una gaviota.

Margarita golpeó el cristal desde fuera. Llevaba mi pendiente colgado del pico.

—Esa también quiere participar —dijo Lola.

A las ocho y media, bajé a la cocina. Don Emilio estaba sentado a la mesa. Frente a él había dos cafés.

—¿Espera a alguien?

—No.

—Hay dos tazas.

—Una es para ti.

—Ah.

—La otra también.

—¿Por qué?

—Álvaro ha llamado para decir que vendría.

Miré la hora.

—¿Cuándo?

—Hace veinte minutos.

—¿Y dónde está?

—Ha dicho que llegaba enseguida.

—Eso, en su idioma, no significa nada.

—Estoy empezando a comprenderlo.

Me serví café.

—¿Qué quería?

—Traerte desayuno.

—¿Ha dicho eso?

—No. Lo deduje porque preguntó si habías comido.

—Podía preguntármelo directamente.

—También se lo he dicho.

—¿Y?

—Que no quería despertarte.

—Pero lo llama a usted.

—Parece tenerme como intermediario sentimental.

—No se acostumbre.

—Me entretiene.

La puerta se abrió. Álvaro entró con una bolsa de papel y un ramo de flores silvestres. Me quedé mirándolo. Él también.

—Buenos días, novia.

Sentí que se me calentaban las mejillas.

—No digas eso así.

—¿Así cómo?

—Como si fuera raro.

—Es raro.

Dejó las flores sobre la mesa.

—Son para ti.

Miré hacia la escalera. Lola estaba asomada entre los barrotes, levantando los pulgares.

—No puede ser.

—¿Qué? —preguntó Álvaro.

—Nada.

Cogí el ramo. Había margaritas, pequeñas flores amarillas y ramas de lavanda.

—Son bonitas.

—Las he recogido en el camino.

—Eso explica que llegues tarde.

—He llegado ocho minutos antes de lo habitual.

—Eso no significa que seas puntual.

—No arruinemos nuestro primer desayuno oficial.

Don Emilio se levantó.

—Voy a abrir la librería.

—Es demasiado temprano —dije.

—Necesito ordenar unas cajas.

—No hay cajas.

—Las buscaré.

Desapareció. Lola bajó.

—Yo también me voy.

—Tú no vas a ninguna parte sin recoger tu ropa.

—Después.

Se acercó a Álvaro.

—Bien hecho.

—Gracias.

—Las flores compensan la falta de planificación.

—¿Qué planificación?

—Nada —respondí.

Lola cogió un bollo de la bolsa.

—Esto será mi comisión.

—Era para Lucía —dijo Álvaro.

—Ahora eres su novio. Tendrás que aprender a alimentar también a sus amistades.

—Márchate.

—Con gusto.

Salió masticando. Álvaro se sentó frente a mí.

—¿Qué ha querido decir con la planificación?

—Nada.

—Ha dicho «falta de planificación».

—Lola cree que los novios deben organizar citas.

—¿Y tú?

Abrí la bolsa. Había tostadas, dos bollos y un recipiente pequeño con fruta.

—Yo creo que deberíamos desayunar.

—Estás evitando la pregunta.

—Estoy comiendo.

—Puedes hacer dos cosas.

—No todo el mundo es capaz.

Álvaro apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Quieres tener una cita?

—Ya tenemos citas.

—¿Cuándo?

—Nos vemos todos los días.

—Para trabajar.

—También cenamos juntos.

—Con mi familia, tus amigos, tres ancianas y, a veces, medio ayuntamiento.

—Exacto.

—Eso no es una cita.

—Lo sé.

—Entonces sí quieres.

—Quizá.

—En Valdearena…

—No termines.

Sonrió.

—Esta noche.

—¿Esta noche qué?

—Cena conmigo.

—¿A solas?

—Puedo intentar impedir que aparezca el pueblo.

—Eso será difícil.

—Tengo un sitio.

—¿Dónde?

—Sorpresa.

—No me gustan las sorpresas.

—Esta sí.

—Eso lo dices porque sabes cuál es.

—Naturalmente.

—¿Cómo tengo que vestirme?

—Cómoda.

—Eso no ayuda.

—Estarás guapa con cualquier cosa.

Lo miré.

—Estás aprendiendo deprisa.

—He llamado a Sergio.

—Eso lo explica.

—Me recomendó decir también que tus ojos son como el mar.

—No vuelvas a pedirle consejo.

—Me pareció excesivo.

—Mucho.

—Sobre todo porque hoy el mar está gris.

—Empeoras cada vez que hablas.

—Por eso te beso.

Se inclinó sobre la mesa.

—Tenemos café en medio.

Apartó las tazas.

—Ahora no.

—Don Emilio puede volver.

—Está buscando cajas inexistentes.

—Lola…

—Ha salido.

—Margarita está en la ventana.

—No creo que se escandalice.

Me besó. El beso comenzó suave. Una bienvenida. Después sus dedos se deslizaron hasta mi nuca y la tostada dejó de importarme. También el café. Y el hecho de que estuviéramos en la cocina de don Emilio.

—¡Traigo tu pendiente! —gritó Lola desde la puerta.

Nos separamos. Ella entró con Margarita detrás.

—La gaviota me ha seguido.

—Porque le has dado comida.

—Solo un trozo de bollo.

—Eso crea dependencia.

—Como los besos —respondió.

Álvaro se levantó.

—Tenemos que irnos.

—Sí —dije.

Lola observó las tazas apartadas.

—¿He interrumpido?

—No —respondimos los dos.

—Entonces tenéis un problema de respiración.

Salimos hacia la librería. Álvaro llevaba la caja con el material. Yo sostenía las flores y la bolsa.

—Voy a dejar esto en agua —dije.

—Claro.

—No puedo llevar un ramo al taller.

—Podrías.

—Los niños preguntarían.

—Ya preguntan.

—Más.

—Eso parece imposible.

Al doblar la esquina, encontramos a las trillizas. Vestían las tres de color azul.

—Buenos días, novios —dijo Jacinta.

—No nos llamen así.

—Pero lo sois —respondió Adela.

—Ayer lo confirmasteis —añadió Remedios.

—Tenemos nombres.

—Buenos días, Lucía y novio —rectificó Jacinta.

Álvaro rio.

—No las animes.

Remedios observó las flores.

—Primer día y ya trae ramo.

—Buen comienzo —dijo Adela.

—Veremos cuánto le dura —concluyó Jacinta.

—Gracias por la confianza —respondió Álvaro.