Amor de verano en el sur CAPÍTULO X #4
59%

CAPÍTULO X #4

Carmen y Paco cruzaron la meta los primeros. Las trillizas, segundas. Nosotros llegamos terceros. Álvaro y yo caímos sobre una bala de paja colocada al final. Él quedó debajo. Nos miramos.

—Otra vez pierdes el equilibrio —dijo.

—Tú me has hecho caer.

—Pero te he sujetado.

—Estás debajo.

—Es una forma de sujetar.

—Todo el pueblo nos mira.

—Ya están acostumbrados.

Sergio apareció con el micrófono.

—Tercer puesto para la pareja del verano.

—No somos… —empecé.

Álvaro me besó. Lo hizo allí mismo. Sobre la bala de paja. Con mi pierna todavía atada a la suya. El público aplaudió. Durante un segundo olvidé protestar. Después le mordí suavemente el labio.

—Eso es trampa —murmuré.

—Querías decir la frase de siempre.

—¿Cuál?

—Que no somos pareja.

—No lo somos.

—Ya.

—¿Qué significa ese «ya»?

—Que sigues encima de mí.

Intenté levantarme. La cinta de los tobillos se tensó. Volví a caer sobre él.

—No te rías.

—No puedo evitarlo.

—Suéltanos.

—No tengo las manos libres.

—¿Por qué?

—Las tengo en tu cintura.

—Pues quítalas.

—No quiero.

—Álvaro.

—Lucía.

—Nos están mirando.

—Siempre.

Don Emilio se acercó y cortó la cinta con unas tijeras.

—Ya podéis discutir de pie.

Me levanté. Álvaro también.

—Los ganadores son Carmen y Paco —anunció Sergio—. Premio: cena y noche en el Miramar.

Carmen miró a su marido.

—No tengo nada que ponerme.

—No hace falta ir —respondió Paco.

—Claro que hace falta.

—Vivimos a dos calles.

—Precisamente. Nunca hemos dormido en un hotel del pueblo.

—Porque tenemos casa.

—Paco.

Él suspiró.

—¿Cuándo?

—Mañana —respondió Sergio.

—Tengo que revisar las redes.

—Las revisas después.

—Carmen…

—Después.

Paco asintió.

—Después.

Todos aplaudieron. La fiesta continuó. Sirvieron más comida.

Los niños corrieron por la plaza. La música se volvió más alegre.

Lola bailaba con Sergio. Inés había conseguido subir al escenario y cantaba una canción con una voz peor que la de Álvaro, pero con mucha más confianza. Yo me senté junto a don Emilio.

—¿Te diviertes? —preguntó.

—No pienso admitirlo.

—Entonces sí.

—Esto ha sido una encerrona.

—Las mejores fiestas lo son.

—Nadie debería tener una camiseta con mi boda imaginaria.

—Podría ser peor.

—¿Cómo?

—Podrían llevarla sin camiseta debajo.

Miré hacia Nico. El niño se había quitado la camiseta y la agitaba sobre la cabeza.

—No diga nada.

—No pensaba hacerlo.

Álvaro se acercó con dos vasos. Me entregó uno.

—Limonada.

—¿Sin licor?

—He aprendido.

—Gracias.

Se sentó a mi lado.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿De verdad?

—He despedido una vida esta mañana y esta tarde he corrido por una plaza atada a ti.

—Ha sido un día completo.

—Eso parece.

—¿Te arrepientes?

—¿De qué parte?

—De la que me incluye.

Lo miré. Ya no sonreía. Don Emilio se levantó.

—Voy a por rosquillas.

—No hay rosquillas —dije.

—Entonces tardaré.

Se alejó. Álvaro apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—No quiero que pienses que tienes que estar conmigo porque él se haya marchado.

—No lo pienso.

—Ni que esto sea una forma de demostrar algo.

—Tampoco.

—Y no quiero convertirme en la reacción a tu antigua vida.

—No lo eres.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te conocí antes de que Andrés apareciera.

—Solo una semana antes.

—Tiempo suficiente para odiarte.

—Eso fue rápido.

—También para dejar de hacerlo.

—¿Has dejado de odiarme?

—A ratos.

—Es un avance.

Bebí limonada.

—Andrés me preguntó qué siento por ti.

Álvaro levantó la vista.

—¿Qué dijiste?

—Que no lo sé.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de decepción.

—No estoy decepcionado.

—Mientes.

—Un poco.

—También dije que era distinto.

—Eso puede ser bueno o malo.

—Exacto.

—¿Y cuál es?

—Todavía no lo sé.

Asintió.

—Es justo.

—No parece que te guste.

—No me gusta.

—Pero…

—Pero es justo.

Guardamos silencio. En el escenario, Sergio intentaba quitarle el micrófono a Inés. Ella se resistía. El público la animaba.

—¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo qué?

—¿Qué sientes?

Álvaro miró su vaso.

—Me gustas.

—Eso ya lo sé.

—Me preocupas.

—Eso también.

—Te echo de menos cuando pasan unas horas.

El corazón me dio un vuelco.

—Eso no lo sabía.

—Me enfada que Gonzalo te mire.

—Esa parte era evidente.

—Y hoy he estado dos horas en el faro porque tenía miedo de llegar tarde.

—Eso es casi una enfermedad.

—También he leído tres páginas de un libro aburridísimo.

—No es aburrido.

—Describen una casa.

—Sigue.

—¿Con el libro?

—Con lo que sientes.

Respiró hondo.

—No sé ponerle nombre.

—Entonces estamos igual.

—No del todo.

—¿Por qué?

—Porque yo sí sé que quiero seguir averiguándolo.

Lo miré. La plaza seguía llena. La música sonaba. Las luces colgadas entre los balcones temblaban con la brisa.

—Yo también —dije.

Álvaro sonrió. No una de sus sonrisas burlonas. Otra más lenta. Más vulnerable.

—Entonces podríamos dejar de decir que no somos nada.

—No he dicho eso.

—Lo dices cada vez que alguien pregunta.

—Porque la gente pregunta demasiado.

—¿Qué somos?

—No lo sé.

—Podemos elegir algo sencillo.

—¿Qué propones?

—Dos personas que se gustan.

—Eso ya somos.

—Dos personas que se gustan y no besan a otras.

—¿Eso te preocupa?

—Gonzalo existe.

—No pienso besar a Gonzalo.

—Me alegra oírlo.

—¿Y tú?

—¿Gonzalo?

—Otras mujeres.

—Tampoco pienso besar a Gonzalo.

Le di un golpe en el brazo.

—Habla en serio.

—No quiero besar a otra mujer.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Empezamos bien.

—Es una pregunta razonable.

—Durante el tiempo que esto dure.

La respuesta me dolió y me alivió a la vez.

—Eso no define cuánto.

—No puedo definirlo.

—Yo tampoco.

—Entonces podemos aceptar eso.

—¿Una especie de noviazgo temporal?

—Suena a contrato de alquiler.

—Tú has propuesto algo sencillo.

—¿Pareja de verano?

—Peor.

—¿Amigos que se besan?

—Muchísimo peor.

—¿Novios?

La palabra quedó entre nosotros, redonda, antigua, demasiado clara.

—No sé —dije.

—Podemos probarla.

—¿Cómo?

Álvaro levantó la voz:

—¡Nico!

El niño apareció corriendo.

—¿Qué?

—Pregunta otra vez.

Nico sonrió.

—¿Sois novios?

Miré a Álvaro. Él esperaba. No me presionaba. Pero esperaba.

—Sí —respondí.

Nico abrió la boca.

—¿Sí?

—Sí.

—¿De verdad?

—No hagas que me arrepienta.

El niño gritó:

—¡SON NOVIOS!

La música se detuvo. Toda la plaza se volvió.

—No puede ser —murmuré.

Las trillizas se levantaron de un salto impropio de su edad. Carmen se llevó las manos a la boca. Lola corrió hacia nosotros.

—¿Lo habéis dicho?

—Ha sido una prueba —expliqué.

—¡Son novios! —repitió Nico.

El aplauso comenzó. Sergio tomó el micrófono.

—¡Atención! ¡Confirmación oficial!

—¡No es oficial! —grité.

Álvaro me rodeó la cintura.

—Acabas de decir que sí.

—A un niño.

—Los contratos verbales son válidos.

—Tú no eres abogado.

—Nico se está preparando.

—No tiene diez años de experiencia.

—Pero escucha mucho.

Don Emilio regresó con una bandeja de rosquillas. No sabía de dónde las había sacado.

—¿Qué ocurre?

—Son novios —dijo Lola.

—Ah.

—¿Eso es todo? —pregunté.

—Lo sabía.

—No lo sabía nadie.

—Yo sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde la sardina.

—Eso fue el primer día.

—Hay accidentes que anuncian mucho.

Carmen me abrazó.

—¡Hija!

—Solo somos novios.

—Por algo se empieza.

—No hay boda.

—Nadie ha dicho nada.

Miré las camisetas.

—Todo el mundo lo ha dicho.

Paco estrechó la mano de su hijo.

—Buena suerte.

—Gracias, papá.

—La necesitarás.

—Le estoy oyendo —dije.

—Por eso.

Las trillizas comenzaron a discutir sobre si debían cambiar el nombre del grupo.

—«Noviazgo de Lucía y Álvaro» es poco emocionante —dijo Jacinta.

—Dejad «Boda» —respondió Adela.

—Así ahorramos trabajo después —concluyó Remedios.

—¡No habrá boda!

Nadie me escuchó. Álvaro se inclinó hacia mí.

—Ya es oficial.

—Me arrepiento.

—Demasiado tarde.

—¿Ves? Por eso no quería ponerle nombre.

—Podemos volver a ser dos personas que se gustan.

—Ahora sería ridículo.

—Entonces tendremos que seguir.

—Eres un manipulador.

—Tú has dicho sí.

—Porque me mirabas.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Nada.

—Mientes.

—Un poco.

Me besó. El pueblo volvió a aplaudir. Esta vez no me aparté.

Ni protesté, ni pensé en septiembre, al menos durante el beso.

Después sí, lo pensé mientras Álvaro me sostenía la cara entre las manos, mientras las luces de la plaza se reflejaban en sus ojos y mientras todo Valdearena celebraba una decisión que nosotros apenas comprendíamos.

La mitad del verano todavía no había llegado.

Pero sí habíamos alcanzado la mitad de nuestra historia.

Y, como ocurría con todas las buenas comedias románticas, justo cuando los protagonistas empezaban a ser felices, algo tendría que complicarse.

Yo aún no lo sabía. Álvaro tampoco. Por eso, aquella noche, bajo las guirnaldas de la plaza y rodeados de personas que ya planeaban nuestro futuro sin permiso, nos permitimos creer que bastaba con quererse un poco y reírse mucho.

Que septiembre quedaba lejos, los miedos podían esperar y que una brújula averiada era tan buena como cualquier otra cuando dos personas caminaban en la misma dirección.