CAPÍTULO X #3
A las ocho y cinco entramos en la plaza cogidos de la mano.
No habíamos planeado hacerlo. Al menos, yo no.
Pero cuando doblamos la esquina y vimos a más de doscientas personas reunidas, las luces, las mesas, la música y una pancarta enorme con nuestros rostros, busqué su mano sin pensar. Él la apretó.
—Podemos huir —murmuró.
—Ya nos han visto.
Sergio habló por el micrófono.
—¡Aquí están los protagonistas del verano!
La plaza estalló en aplausos.
—Voy a matarlo —dije.
—Ponte a la cola.
Carmen corrió hacia nosotros.
—¡Por fin!
—Esto no es una presentación municipal —protesté.
—Claro que sí.
Señaló un atril donde el concejal bebía vino.
—Ahí está el ayuntamiento.
—¿Y la pancarta?
—Publicidad.
—¿Y nuestras caras?
—Imagen del programa.
—¿Y el corazón dibujado entre las dos?
Carmen miró hacia arriba.
—Eso lo han puesto los niños.
Nico apareció con una camiseta en la que se leía: «EQUIPO BODA».
—¿Dónde has conseguido eso?
—Mi abuela las ha encargado.
—¿Cuántas?
—Cincuenta.
—¡No hay boda!
—También hay del equipo Gonzalo —añadió.
Un grupo de turistas llevaba camisetas con la cara de Gonzalo.
—¿Por qué?
—Para que haya competición.
—No existe ninguna competición.
Gonzalo se acercó. Llevaba una camisa azul oscuro y expresión satisfecha.
—La campaña es un éxito.
Le mostré el folleto.
—Usaste una fotografía sin permiso.
—La autorización del programa cubre imágenes de los coordinadores.
—No esta clase de imagen.
—Es una fotografía profesional.
—Es personal.
—Estabais trabajando.
—Yo no sabía que la utilizarías.
La sonrisa de Gonzalo desapareció.
—Tienes razón.
Álvaro soltó mi mano.
—Eso mismo dijo la otra vez.
—No necesito que intervengas —respondí.
Él me miró.
—De acuerdo.
Gonzalo asintió.
—Retiraremos la imagen si quieres.
—Ya hay carteles por todo el pueblo.
—Los sustituiremos.
Miré la fotografía. No era ofensiva. Ni ridícula. Solo mostraba algo que yo aún no estaba preparada para enseñar a todos. La forma en que Álvaro me miraba.
—No hace falta retirarlos —dije—. Pero no vuelvas a utilizar una fotografía mía sin preguntarme.
—No lo haré.
—Bien.
Álvaro recuperó mi mano.
—Ha sido fácil.
—Porque ha escuchado.
—Estoy tomando notas.
El concejal subió al pequeño escenario. Era un hombre ancho, sonriente y con una corbata demasiado corta.
—¡Vecinos, visitantes y amigos de Valdearena!
El micrófono produjo un silbido. Todos se taparon los oídos.
—¡Perdón!
Golpeó el aparato. El sonido empeoró. Sergio se acercó y ajustó un cable.
—Ahora.
—Gracias. Como decía, hoy celebramos el éxito del programa «Aventuras entre libros y mareas».
Los niños aplaudieron.
—Gracias al esfuerzo de nuestros coordinadores, Lucía Ortega y Álvaro Vega, este verano está siendo uno de los más participativos de los últimos años.
—Llevamos una semana —murmuré.
—Aquí celebramos deprisa —respondió Álvaro.
El concejal continuó hablando sobre turismo, cultura, deporte y convivencia.
Tardó quince minutos en decir que todo iba bien.
Después llamó a Gonzalo para presentar la campaña.
En la pantalla instalada junto al escenario apareció un vídeo.
Imágenes del pueblo. El faro, el puerto, los niños corriendo por la playa, Carmen cocinando, Paco en el Lucero, don Emilio rodeado de libros, las trillizas en su banco.
Y nosotros discutiendo en la librería, riéndonos en el barco, sujetando juntos una tabla, caminando por las dunas.
En una escena, Álvaro me miraba mientras yo hablaba con los niños.
No sabía que aquella imagen existía. Tampoco había visto nunca su rostro de esa manera.
Sin burla.ni defensa. Con una ternura que me dejó quieta.
—¿Tú sabías que te grababa? —susurré.
—No.
—¿Siempre me miras así?
Álvaro no respondió. La pantalla cambió. Apareció el lema:
«VALDEARENA. ATRÉVETE A PERDER EL RUMBO».
La plaza aplaudió.
—Ha quedado bien —admití.
—No se lo digas a Gonzalo.
—Ya te ha oído.
Él estaba a pocos metros. Sonrió.
—Gracias.
Después comenzó la música. Sirvieron la paella. Los niños cantaron una canción tan mal como me temía. Nico había conseguido incluir la maleta rota, la tostada, la sardina, el barco, los casi besos y la caja vacía del hotel.
—La métrica no funciona —dije.
—Tiene diez años —respondió Álvaro.
—Eso no justifica la falta de rima.
—Profesora.
—¿Qué?
—Están felices.
Miré a los niños. Cantaban a gritos mientras sus familias aplaudían.
—Sí.
—Entonces funciona.
—Un poco.
Cuando terminaron, Sergio volvió al micrófono.
—Y ahora comienza el gran concurso de parejas de Valdearena.
—Nos vamos —dije.
Álvaro tiró suavemente de mi mano.
—Demasiado tarde.
—¿Por qué?
Las trillizas aparecieron detrás de nosotros. Antes de que pudiera reaccionar, Jacinta ató una cinta roja alrededor de mi muñeca. Adela hizo lo mismo con Álvaro. Remedios unió ambas cintas con un nudo.
—¿Qué hacen?
—Prepararos.
—No participamos.
—Ya estáis inscritos.
—Sin permiso.
—El ayuntamiento fomenta la participación.
—Esto no lo fomenta. Lo secuestra.
—Primera pareja —anunció Sergio—: ¡Lucía y Álvaro!
La plaza aplaudió.
—Te odio —le dije.
—No soy yo quien ha atado la cinta.
—Podrías soltarnos.
Álvaro examinó el nudo.
—Está fuerte.
—Mi abuela fue modista —dijo Nico.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Sabe hacer nudos.
—Las modistas no hacen nudos.
—Mi abuela sí.
Sergio nos indicó que subiéramos al escenario.
—La primera prueba será de conocimiento mutuo.
—Llevamos nueve días conociéndonos —protesté.
—Diez —corrigió Álvaro.
—No ayudes.
Nos colocaron espalda contra espalda. Cada uno recibió dos paletas: una con mi nombre y otra con el suyo. Sergio levantó una tarjeta.
—Primera pregunta. ¿Quién llega siempre tarde?
Los dos levantamos la paleta de Álvaro. El público rio.
—Fácil —dijo él.
—Segunda. ¿Quién tiene peor carácter al despertarse?
Los dos levantamos mi nombre.
—Eso es discutible —protesté.
—Esta mañana has amenazado a una gaviota.
—Era una delincuente.
—Tercera. ¿Quién se enamoró primero?
Bajé las paletas. Álvaro hizo lo mismo.
—No estamos enamorados —dije.
Un murmullo decepcionado recorrió la plaza.
—No he terminado la pregunta —respondió Sergio—. ¿Quién se enamoró primero del pueblo?
Respiré. Levantamos mi nombre.
—¿Por qué yo?
—Porque finges que quieres marcharte, pero ya conoces a todo el mundo —dijo Álvaro.
—Tú naciste aquí. No podías enamorarte después.
—Entonces hemos acertado.
—Cuarta pregunta. ¿Quién besó primero a quién?
Levanté el nombre de Álvaro. Él levantó el mío.
—Fuiste tú —dije.
—Tú me agarraste de la camiseta.
—Pero tú te acercaste.
—Porque me dijiste que dejara de hablar.
—Eso no es pedir un beso.
—En aquel momento sí.
El público reía.
—La respuesta correcta —intervino Lola desde una mesa— es que Lucía lo besó.
—¡No estabas allí!
—Llegué al final.
—Entonces no viste el principio.
—Vi tu mano en su camiseta.
—Eso no prueba nada.
Álvaro sonrió.
—Prueba bastante.
—Siguiente pregunta.
—No hace falta —dijo Sergio—. Habéis superado la prueba.
—¿Cómo? —pregunté.
—Habéis discutido exactamente como esperaba.
La segunda prueba fue bailar con un globo entre los dos sin utilizar las manos.
—No pienso hacer esto —dije.
—Solo es un baile.
—Con un globo entre nuestros cuerpos.
—Podía ser peor.
—¿Cómo?
—Podía ser una sardina.
Lo pisé.
—¡Ay!
—Ha sido sin querer.
—Mientes.
—Un poco.
Colocaron el globo entre nuestros pechos. La música comenzó. Era un pasodoble.
—No sé bailar esto —dije.
—Yo tampoco.
—Eres andaluz.
—Eso no incluye instrucciones.
—Mi padre sabe.
—Mi padre también.
—Entonces deberías.
—La tradición no se hereda por la sangre.
—Muévete.
—Lo intento.
Dimos dos pasos. El globo resbaló hacia abajo.
—Súbelo —dije.
—No puedo usar las manos.
—Haz algo.
—Acércate más.
—Estamos demasiado cerca.
—El globo no opina lo mismo.
Me pegué a él. El globo volvió a subir.
—Esto es humillante.
—No para todos.
—¿Qué significa?
—Que yo estoy disfrutando.
—Eres un sinvergüenza.
—Y tú has venido voluntariamente.
—Me han atado.
—Pero no te has soltado.
La música cambió a una rumba rápida. Intentamos seguir el ritmo. Álvaro pisó mi sandalia. Yo choqué contra él. El globo salió disparado y golpeó al concejal en la cabeza. La plaza estalló en carcajadas.
—Eliminados —anunció Sergio.
—Gracias a Dios.
—No —añadió—. Premio especial por originalidad.
—Eso no es una categoría.
—Ahora sí.
La última prueba consistía en una carrera con los tobillos atados.
—Nos retiramos —dije.
—El premio está cerca —respondió Álvaro.
—No quiero una noche en el Miramar.
—La cena puede estar bien.
—Ya sabes cocinar tortillitas con forma de Portugal.
—Precisamente por eso.
Nos ataron la pierna derecha de él a mi izquierda. En la línea de salida había otras cinco parejas. Lola y Sergio. Carmen y Paco. Inés y el panadero. Dos turistas alemanes. Y las trillizas.
—Son tres —protesté.
—Competimos como una sola unidad —respondió Jacinta.
—Eso es ventaja.
—Tenemos doscientos cuarenta y seis años entre las tres —añadió Adela.
—Eso también es ventaja emocional —concluyó Remedios.
Sergio levantó una mano.
—Preparados.
—Tenemos que coordinarnos —dije a Álvaro.
—Izquierda primero.
—Mi izquierda está atada a tu derecha.
—Entonces derecha.
—Tu derecha es mi izquierda.
—Eso he dicho.
—No.
—Lucía, camina.
—Espera.
Sergio dio la salida. Todas las parejas avanzaron. Nosotros no.
—¡Ahora! —grité.
Dimos un paso. Tropezamos. Álvaro me sujetó.
—Más despacio.
—Estamos perdiendo.
—Pensaba que no querías ganar.
—Ahora sí.
—Eso es espíritu competitivo.
—Cállate y anda.
Conseguimos coordinar dos pasos. Después tres. La pareja alemana cayó. Inés arrastraba al panadero. Carmen y Paco avanzaban con una precisión sorprendente.
—Llevan cuarenta años practicando —dijo Álvaro.
—¿Atados?
—De otras formas.
Las trillizas se movían como un solo organismo.
—Eso no es natural —murmuré.
—Han ensayado.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi madre las vio esta mañana.
—Todo estaba organizado.
—Claro.
Aumentamos el ritmo. Alcanzamos a Lola y Sergio.
—¡No empujes! —gritó ella.
—No te he tocado.
—Tu energía me molesta.
—Eso no cuenta.