Amor de verano en el sur CAPÍTULO X #2
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CAPÍTULO X #2

—Lo dices como si estuvieras segura de que será con otra persona.

—No sé con quién será.

—Yo pensaba que lo sabía.

Me levanté.

—Gracias por venir.

—No me las des.

—Y por firmar.

—Era necesario.

Nos quedamos frente a frente. Durante ocho años nos habíamos despedido con un beso.

Aquella mañana no sabíamos qué hacer con las manos.

Finalmente, Andrés me abrazó. Fue un abrazo breve.

Correcto. Tan suyo. Yo cerré los ojos. Por un instante recordé todas las veces que había descansado entre aquellos brazos.

Los domingos. Las vacaciones. Las noches frente al televisor.

Los días buenos y los malos. No había sido mentira. Solo había terminado.

—Adiós, Lucía —dijo.

—Adiós.

Lo vi alejarse por la terraza. No lloré. Esta vez no. Solo sentí una tristeza limpia. La clase de tristeza que no pide regresar. La que permite despedirse. Salí del hotel poco antes del mediodía. Gonzalo estaba junto a la entrada, hablando por teléfono. Al verme, terminó la llamada.

—¿Todo bien?

—Sí.

—No tienes cara de estar bien.

—Estoy cerrando asuntos.

Miró hacia el interior del hotel.

—¿Andrés?

—¿Cómo sabes su nombre?

—Valdearena.

—Naturalmente.

—Se marcha esta tarde.

—También lo sabes.

—La recepcionista es prima de Inés.

—No quiero conocer el árbol genealógico del pueblo.

—Sería muy largo.

Comenzamos a caminar hacia el paseo marítimo.

—¿Has firmado? —preguntó.

—Sí.

—Entonces ya está.

—Eso mismo ha dicho él.

—Y no es verdad.

—No.

—Las cosas no terminan cuando se firman.

—Hoy todo el mundo parece muy sabio.

—Yo cobro por parecerlo.

—¿Y funciona?

—A veces.

Nos detuvimos junto a una terraza.

—¿Quieres tomar algo?

—No.

—No es una cita.

—Tampoco quiero una reunión.

—Entonces será una conversación.

—Tengo que ir a la librería.

—El taller de hoy termina a la una.

Consulté la hora. Eran las doce y cuarto.

—Llegaré tarde.

—Álvaro siempre llega tarde.

—No quiero parecerme a él.

—Ya te pareces más de lo que crees.

Lo miré.

—¿En qué?

—Los dos fingís que no os importa lo que piensa el otro.

—No fingimos.

Gonzalo sonrió.

—Lo dicho.

Continué caminando.

—Lucía.

Me detuve.

—Esta tarde el ayuntamiento presenta oficialmente la campaña. Habrá una pequeña fiesta en la plaza.

—No sabía nada.

—Se decidió anoche.

—¿Por qué nadie me informa de nada?

—Estabas ocupada.

—¿Con qué?

—Besando a Álvaro en un mercado.

Cerré los ojos.

—¿También eso lo sabe todo el mundo?

—La frutera hizo un dibujo.

—No quiero preguntar.

—Está bastante logrado.

—¿Qué fiesta?

—Música, comida, presentación de las actividades y fotografías.

—¿A qué hora?

—A las ocho.

—He quedado a las seis.

—¿Con Álvaro?

—No es asunto tuyo.

—Lo deduzco por la cara.

—Mi cara…

—También habla.

—Este pueblo me está estropeando.

—O arreglando.

No respondí. Llegué a la librería a las doce y media. Los niños estaban sentados en el patio, escuchando a don Emilio. Álvaro no estaba. Lola ocupaba mi silla.

—¿Qué haces ahí?

Se levantó.

—Sustituirte.

—No eres profesora.

—Los niños no se han dado cuenta.

—Sí nos hemos dado cuenta —dijo Nico—. Ella cuenta historias con palabrotas.

—Solo una —protestó Lola.

—Dos —añadió Samuel.

—Una era necesaria.

—Ninguna palabrota es necesaria —dije.

Álvaro apareció desde el almacén con una caja. Al verme, dejó de caminar.

—Hola.

—Hola.

—¿Todo bien?

—Sí.

Mi voz salió más baja de lo esperado. Álvaro se acercó. Los niños nos observaban. Lola también. Don Emilio ni siquiera intentaba disimular.

—¿Habéis terminado? —preguntó.

—Sí.

—¿Definitivamente?

—Sí.

Asintió. No sonrió. No pareció aliviado. Solo me sostuvo la mirada.

—¿Quieres hablar?

—Después.

—A las seis.

—En el faro.

—Llegaré.

—Eso dijiste.

—Hoy no tengo excursión.

—Encontrarás otra excusa.

—Puedo llegar a las cinco y quedarme escondido para aparecer a las seis.

—Eso sería absurdo.

—Pero puntual.

No pude evitar sonreír.

—A las seis.

—Bien.

Nico levantó la mano.

—¿Andrés ya no es tu novio?

—No lo era.

—¿Y se ha ido?

—Se irá esta tarde.

—Entonces Álvaro ha ganado.

—No había ninguna competición.

—Gonzalo sigue.

—Tampoco.

Nico miró a Álvaro.

—¿Seguro?

—Seguro —respondió él.

—¿Sois novios?

Volvió el silencio.

—Seguimos negociándolo —dijo Álvaro.

—Lleváis mucho negociando.

—Hay cláusulas complicadas.

—Mi abuela dice que los noviazgos modernos son una pérdida de tiempo.

—Tu abuela se casó después de conocer a tu abuelo durante tres semanas —recordó don Emilio.

—Y estuvieron juntos cincuenta años.

—Porque no tuvo tiempo de conocerlo antes —dijo una voz desde la entrada.

Mercedes apareció con una bolsa.

—Mamá —protestó Nico.

—Es la verdad.

—¿Has venido a recogerme?

—No. Te he traído ropa limpia.

—¿Por qué?

—Esta tarde hay fiesta.

—¿Qué fiesta?

—La vuestra.

La miré.

—¿Nuestra?

—La del programa de verano.

—Gonzalo ha dicho que es una presentación municipal.

Mercedes se encogió de hombros.

—Eso he dicho.

—Ha dicho «la vuestra».

—Porque sois los que salís en el cartel.

—¿Qué cartel?

Todos guardaron silencio.

Miré a Álvaro.

—¿Qué cartel?

—Yo tampoco lo he visto.

—Eso no tranquiliza.

Mercedes sacó un folleto de la bolsa. Me lo entregó.

En la portada aparecía una fotografía de Álvaro y yo en La Traviesa.

La que Gonzalo había tomado mientras él me enseñaba a manejar el timón.

No era exactamente la fotografía que yo le pedí borrar.

Era otra. En aquella, yo miraba el faro y Álvaro me miraba a mí.

Sus manos estaban junto a las mías. Demasiado cerca. Debajo podía leerse:

«VERANO EN VALDEARENA. ATRÉVETE A PERDER EL RUMBO».

Sentí que me ardía la cara.

—Voy a matar a Gonzalo.

Álvaro cogió el folleto.

—La foto es buena.

Lo miré.

—¿Eso es todo?

—No debería haberla utilizado sin permiso.

—Exacto.

—Pero sales muy guapa.

—Eso no arregla nada.

—Un poco.

—Tú también la estás mirando —dijo Lola.

—Porque salgo en ella.

—No. Miras cómo te mira él.

Le arrebaté el folleto.

—No miro nada.

—No hace falta —respondió don Emilio—. Se ve bastante.

Los niños empezaron a pedir copias.

—Quiero una para mi abuela —dijo Nico.

—Tu abuela ya tendrá veinte —respondí.

—Solo quince.

—No debería tener ninguna.

—Las está repartiendo en el mercado.

—¿Desde cuándo?

—Desde las once.

Me llevé una mano a la frente.

—¿Qué más habrá en la fiesta?

Mercedes enumeró:

—Música, paella, presentación, sorteo, baile y concurso de parejas.

—¿Concurso de qué?

—Parejas.

—No participaremos.

—Ya estáis apuntados —dijo Nico.

—¿Quién nos ha apuntado?

Todos miraron hacia la plaza. Las trillizas saludaban desde su banco.

—No.

—El premio es una cena en el Miramar —añadió Lola.

—Mucho menos.

—Y una noche de hotel —dijo Sergio, que acababa de entrar.

—¿De dónde has salido?

—De la playa.

—¿Por qué tú también sabes lo de la fiesta?

—Porque voy a presentarla.

—¿Tú?

—Tengo experiencia con micrófonos.

—Cantaste vestido de pirata.

—Eso es experiencia.

Álvaro se acercó.

—No tenemos que participar.

—Por supuesto que no.

—Aunque podríamos ganar.

—No somos pareja.

—Eso nos daría ventaja.

—¿En qué sentido?

—No tendríamos nada que perder.

—La dignidad.

—Esa ya la perdimos con la sardina.

Los niños rieron.

—Nunca volveremos a hablar de la sardina —advertí.

—Está en la primera prueba —informó Sergio.

—¿Qué?

—Concurso de preguntas sobre cómo os conocisteis.

—¡No!

—Broma.

Lo miré.

—No pongas esa cara. La primera prueba es bailar.

—Tampoco.

—Después habrá un juego de confianza.

—Mucho peor.

—Y una carrera con los tobillos atados.

—Eso es peligroso.

—Habrá socorrista.

—Tú eres el socorrista.

—Exacto.

Miré a Álvaro.

—No vamos.

—No.

—No participamos.

—Claro.

—No dejes que nadie nos convenza.

—Imposible.

—Álvaro.

—He dicho que no.

A las cinco y cincuenta llegué al faro. Él ya estaba allí. Miré el reloj. Después a él.

—Has llegado antes.

—Una hora.

—¿Desde las cinco?

—Cuatro y media.

—Eso es ridículo.

—Quería asegurarme.

—¿Has estado aquí hora y media?

—He traído un libro.

—¿Has leído?

—Tres páginas.

—¿Qué libro?

Me mostró la portada. Era una novela que yo había dejado en la librería.

—Ese es mío.

—Lo sé.

—Lo has robado.

—Lo he tomado prestado.

—Sin preguntar.

—Quería entender por qué te gusta.

—¿Y?

—Hay demasiadas descripciones.

—Llevas tres páginas.

—En las tres describen una casa.

—Es importante.

—La casa no habla.

—No todo tiene que hablar.

—Tu cara sí.

—Eso era antes.

Sonrió. Nos apoyamos en la barandilla. El mar estaba en calma. Abajo, la cala brillaba bajo la luz de la tarde.

—Andrés se marcha —dije.

—Lo sé.

—¿Quién te lo ha contado?

—El pescadero.

—¿Cómo lo sabía él?

—Su cuñado trabaja en el Miramar.

—No quiero seguir preguntando.

—Buena decisión.

—He firmado todo.

—¿Cómo estás?

Pensé antes de responder.

—Triste.

Álvaro asintió.

—No porque quiera volver.

—Ya.

—Sino porque hoy ha terminado de verdad.

—Eso también duele.

—Sí.

—¿Quieres que diga algo?

—No.

—Puedo quedarme callado.

—Eso me cuesta creerlo.

—A mí también.

Se colocó a mi lado. No me tocó. Esperó. Yo apoyé la cabeza sobre su hombro. Álvaro besó mi cabello. Durante un rato contemplamos el mar. No necesitaba que me explicara nada. Aquello me gustó. Y me asustó.

—He visto el cartel —dije.

—Yo también.

—Voy a denunciar a Gonzalo.

—Antes o después de la fiesta.

—No pienso ir.

—Yo tampoco.

—Bien.

—Aunque mi madre ha preparado una paella para doscientas personas.

—Eso no nos obliga.

—Mi padre ha colocado las luces.

—Tampoco.

—Don Emilio dará un discurso.

—Puede darlo sin nosotros.

—Los niños han ensayado una canción.

Lo miré.

—¿Qué canción?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—Una sobre una profesora y un hombre sin zapatos.

—No puede ser.

—Nico ha escrito la letra.

—Mucho peor.

—Sergio la ha musicado.

—Definitivamente no iremos.

—Estoy de acuerdo.

—Completamente.

—Totalmente.

Nos quedamos en silencio.

—¿A qué hora empieza? —pregunté.

—A las ocho.

—Solo iremos para impedir que los niños canten.

—Claro.

—Y para hablar con Gonzalo.

—Por supuesto.

—No participaremos en ningún concurso.

—Jamás.