CAPÍTULO X
Donde el pasado firma su despedida, el presente llega tarde y el pueblo organiza una fiesta que nadie había pedido
A las diez de la mañana recibí tres mensajes. El primero era de Andrés. «Estaré en el hotel hasta las doce. Los documentos están preparados». El segundo, de Álvaro. «A las seis en el faro. No llegaré tarde». El tercero, de Lola. «He vuelto a perder un pendiente. Mira en tu cama».
Respondí solo al tercero. «¿Por qué tendría que estar en mi cama?
». La respuesta llegó inmediatamente. «Porque anoche dormí allí».
Me incorporé de golpe. Lola no estaba a mi lado.
Tampoco había dormido conmigo. Al menos, no que yo recordara.
«Has dormido en el sofá». «Pero me senté en tu cama para contarte lo de Sergio».
«No me contaste nada». «Porque te quedaste dormida».
«Entonces no tenías que estar en mi cama». «Eso no ayuda con el pendiente».
Levanté la almohada. Allí estaba. Un aro dorado de tamaño suficiente para utilizarlo como pulsera. Lo dejé sobre la mesilla. «Está aquí». «Sabía que podía confiar en ti». «Ven a buscarlo». «No puedo. Estoy desayunando». «¿Dónde?». Tardó unos segundos. «En un lugar».
No necesitaba más información. Lola estaba con Sergio. Otra vez. Y, a juzgar por su resistencia a mencionar el sitio, probablemente desayunaba en su casa, vestida con otra de sus camisas y sin demasiada intención de regresar pronto. Guardé el teléfono.
La mañana estaba despejada. Desde la ventana de mi habitación podía ver el mar, tranquilo y brillante, como si no tuviera relación alguna con los problemas de las personas que vivíamos cerca de él. La pulsera seguía en mi muñeca. La brújula continuaba sin apuntar a ninguna parte.
—Hoy necesito que hagas un esfuerzo —le dije.
La aguja no reaccionó. Margarita aterrizó en el alféizar.
—Tú tampoco eres útil.
La gaviota llevaba una cucharilla en el pico.
—¿De dónde has sacado eso?
Margarita soltó la cucharilla. Cayó dentro de una maceta.
—No quiero objetos robados.
La gaviota entró en la habitación.
—Fuera.
Se acercó a la mesilla. Vio el pendiente.
—Ni se te ocurra.
Saltó.
Yo también. Agarré el pendiente antes que ella. Margarita chocó contra mi brazo, lanzó un graznido indignado y aterrizó sobre la cama.
—Este no es mío, pero tampoco tuyo.
La gaviota picoteó la colcha.
—No vas a chantajearme.
Volvió a graznar.
—Está bien.
Fui hasta la mesa, cogí una galleta y la arrojé por la ventana. Margarita salió detrás.
—Esto se ha convertido en un negocio criminal —dijo don Emilio desde la puerta.
Me volví.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí?
—Lo suficiente para saber que la gaviota está ganando.
—No tenía otra opción.
—Siempre hay otra opción.
—¿Cuál?
—Cerrar la ventana.
—Hace calor.
—Entonces la gaviota gana.
Entró con una taza de café.
—Te he traído esto.
—Gracias.
—Hoy tienes que ver al antiguo.
—Andrés.
—Eso.
—¿Por qué le cuesta tanto recordar su nombre?
—Porque prefiero no encariñarme.
—Lo conoce desde ayer.
—Uno nunca sabe.
Me entregó la taza.
—¿Estás nerviosa?
—No.
—Has dormido con la ropa del día anterior.
Miré mi camiseta. Era cierto.
—Estaba cansada.
—Y has discutido con una gaviota durante diez minutos.
—Eso ocurre todas las mañanas.
—Hoy has perdido.
—Hoy llevaba ventaja.
Don Emilio se sentó en una silla.
—¿Qué vas a firmar?
—La cancelación definitiva del viaje de novios y varios documentos del restaurante.
—¿Adónde ibais?
—A Japón.
—Está lejos.
—Esa era la idea.
—¿De quién?
—De Andrés.
—¿Tú no querías ir?
—Sí. Claro que quería.
—¿Te hacía ilusión?
Me quedé mirando el café.
—Me hacía ilusión conocer Japón.
—No es lo mismo.
—Ya lo sé.
Don Emilio asintió.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero firmar y terminar con todo.
—Eso tampoco suele ocurrir por firmar un papel.
—Al menos será un paso.
—Los pasos sirven.
—Siempre que vayan en la dirección correcta.
Miró la pulsera.
—Esa cosa no parece saberlo.
—No funciona.
—Quizá funciona de otra manera.
—No empiece con frases profundas.
—Es temprano. Todavía no controlo.
Bebí café.
—¿Álvaro ha pasado por aquí?
—No.
—No esperaba que lo hiciera.
—Ha llamado.
—¿Cuándo?
—Hace media hora.
—¿Qué quería?
—Preguntar si habías dormido bien.
—Podía preguntármelo a mí.
—Eso le he dicho.
—¿Y?
—Ha dicho que no quería molestarte.
—¿Y me llama a través de usted?
—Parece tener una idea extraña de la discreción.
—¿Qué le ha respondido?
—Que habías dormido mal.
—¡Don Emilio!
—Era verdad.
—No tenía que contárselo.
—También le he dicho que estabas nerviosa.
—No estoy nerviosa.
—Y que no habías desayunado.
—Voy a hacerlo ahora.
—Por eso te he traído café.
—El café no es un desayuno.
—Aprendes rápido.
Se levantó.
—Hay pan en la cocina.
—Gracias.
—Y Carmen ha enviado tortillitas.
—¿A estas horas?
—Dice que frías están buenas.
—Eso es discutible.
—No se lo digas.
Cuando salí de casa, llevaba los documentos que Andrés me había enviado por correo, un bolígrafo, una botella de agua y una lista de asuntos que no pensaba discutir con él.
La lista tenía cinco puntos. No hablar de Álvaro.
No volver a explicar por qué cancelé la boda.
No aceptar reproches innecesarios. No permitir que la culpa cambiara mi decisión. Firmar y marcharme.
Era una lista perfecta. Duró exactamente dos minutos. Encontré a Andrés en la terraza del Miramar. Estaba sentado a la misma mesa en la que Gonzalo me había invitado a café. Vestía una camisa blanca y tenía delante una carpeta azul. Al verme, se levantó.
—Buenos días.
—Buenos días.
Me retiró la silla. Me senté.
—He pedido café.
—No quiero.
—Puedes tomar otra cosa.
—Agua está bien.
Hizo una señal al camarero. Durante unos segundos permanecimos en silencio. Andrés abrió la carpeta.
—Estos son los documentos del restaurante.
—Los he leído.
—La devolución será menor de lo que esperábamos.
—No importa.
—A mí sí.
—Entonces podemos dividir la pérdida.
—No he venido para hablar de dinero.
—Los documentos son sobre dinero.
—He venido para cerrar algo.
La frase me incomodó.
—Firmemos.
Colocó la primera hoja delante de mí. Tomé el bolígrafo.
—Aquí y aquí —indicó.
Firmé. En la segunda página debía confirmar que renunciaba a la reserva del viaje.
Leí la fecha. El vuelo salía el doce de septiembre.
Habríamos regresado el veintiséis. Dos semanas.
Tokio, Kioto, Osaka. Andrés había preparado un itinerario con horarios, reservas y mapas.
Un viaje perfecto. Tan perfecto como casi todo lo que hacía.
—¿Te acuerdas de la cena en la que decidimos ir? —preguntó.
No levanté la vista.
—Sí.
—Dijiste que era el viaje de tus sueños.
—Japón sigue siendo uno de los lugares que quiero conocer.
—Podríamos mantener la reserva.
Lo miré.
—¿Qué?
—No como viaje de novios.
—Andrés…
—Dos personas pueden viajar sin casarse.
—Nosotros no.
—¿Por qué no?
—Porque tú quieres que vuelva.
—Quiero que tengamos tiempo para hablar sin que todo el mundo opine.
—No necesito más tiempo.
—Llevamos dos meses separados.
—Y ocho años juntos.
—Por eso.
—Precisamente.
Andrés apoyó las manos sobre la mesa.
—No puedo creer que no haya nada que salvar.
—No he dicho que no hubiera nada.
—Entonces…
—He dicho que no quiero seguir.
—¿Ni siquiera lo dudas?
Pensé en la noche anterior.
En la cubierta de La Traviesa. En Álvaro admitiendo que tenía miedo y prometiendo intentarlo.
—Dudo de muchas cosas —respondí—. Pero no de volver contigo.
Su expresión cambió. El camarero dejó el agua y se marchó rápidamente.
—Eso es bastante definitivo.
—Lo siento.
—Deja de decirlo.
—No sé qué más decir.
—Podrías explicar por qué con él sí.
—Te pedí que no habláramos de Álvaro.
—Yo no acepté.
—No forma parte de nuestra historia.
—Te estaba besando cuando llegué.
—Eso pertenece a mi vida de ahora.
—Una vida de ocho días.
—Sí.
—¿Y pesa más que ocho años?
—No se pesa así.
—Entonces explícamelo.
—No puedo.
—¿Te hace sentir algo que yo no?
La pregunta quedó entre nosotros. Cruel por su sencillez. No quería responder. Pero Andrés merecía más que otra frase incompleta.
—Sí.
Cerró los ojos un instante.
—Ya.
—Eso no borra lo que tuvimos.
—Lo cambia.
—Quizá.
—¿Qué sientes?
—No lo sé todavía.
—Pero sabes que es más.
—Sé que es distinto.
—Distinto parece suficiente.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
Apartó la carpeta.
—¿Es feliz?
—¿Quién?
—Álvaro.
—A veces.
—No parece alguien que piense demasiado.
—Piensa. Solo intenta ocultarlo.
—¿Tiene algún plan?
—¿Para qué?
—Para su vida.
—Trabaja. Tiene una empresa. Vive aquí.
—No me refiero a eso.
—Ya lo sé.
—Tú siempre has querido hacer cosas.
—También él.
—¿Salir de aquí?
—No todo el mundo quiere marcharse.
—Tú sí.
—Yo quería viajar, estudiar, conocer lugares. Eso no significa que desprecie quedarse.
—En septiembre volverás a Sevilla.
—Sí.
—¿Y él?
—Él seguirá aquí.
—Entonces esto no tiene futuro.
Noté cómo me dolían aquellas palabras.
—No lo sé.
—Yo sí te ofrecía uno.
—No quiero un futuro solo porque esté bien organizado.
—¿Eso era nuestra vida para ti? ¿Una agenda?
—No.
—Lo parece.
—Era una vida en la que dejé de preguntarme si quería las cosas porque ya estaban decididas.
—Las decidíamos juntos.
—Tú proponías. Yo aceptaba.
—Nunca te obligué.
—No. Yo tampoco dije que no.
—Entonces la culpa no puede ser solo mía.
—No lo es.
—Pero soy yo quien se ha quedado sin boda, sin viaje y sin entender nada.
—Yo también me he quedado sin todo eso.
—Por elección.
—Sí.
—Eso cambia bastante.
No supe qué responder. Andrés se levantó y caminó hasta la barandilla de la terraza. El mar se veía al fondo. Permaneció allí un momento. Después regresó.
—Firmemos lo que queda.
Lo hicimos en silencio. Cuando terminé la última página, cerró la carpeta.
—Ya está.
Dos palabras. Ocho años convertidos en dos palabras.
—¿Cuándo te marchas? —pregunté.
—Esta tarde.
—Pensé que te quedarías más tiempo.
—Ya no tiene sentido.
—Andrés…
—No te preocupes. No voy a aparecer otra vez.
—No quería decir eso.
—Pero te alivia.
No pude mentir.
—Un poco.
Asintió.
—Supongo que es mejor saberlo.
Se colgó la carpeta bajo el brazo.
—Espero que seas feliz, Lucía.
—Yo también lo espero para ti.