Amor de verano en el sur CAPÍTULO IX #4
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CAPÍTULO IX #4

—La culpa es útil si evita que repitas algo. Si solo sirve para castigarte, es vanidad.

Lo miré.

—Eso ha sonado profundo.

—Soy viejo.

Permanecimos en silencio.

—Álvaro no ha llamado —dije.

—Ah.

—No significa que esperara que lo hiciera.

—Claro.

—Puede estar trabajando.

—Está en el puerto.

—¿Cómo lo sabe?

—He ido a preguntar.

—¿Por qué?

—Porque tú llevas cuatro horas mirando el teléfono.

—No tenía que hacerlo.

—Ya estaba de paseo.

—¿Y qué ha dicho?

—Nada.

—¿Nada?

—Que necesitaba revisar el motor.

—¿Durante cuatro horas?

—El motor debe de estar muy revisado.

Me levanté.

—No voy a buscarlo.

—Yo no he dicho que lo hagas.

—Bien.

—Aunque la cena está lista y él no ha comido.

—¿Qué tiene que ver?

—Nada. Solo información.

Don Emilio salió. A las nueve menos cuarto bajé. Lola estaba en el salón con Sergio. Los dos intentaron fingir que no me esperaban.

—Voy a dar un paseo —anuncié.

—Claro —respondió Lola.

—Por el puerto —añadió Sergio.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Salí de casa. El puerto estaba tranquilo. Los barcos se mecían bajo la luz anaranjada del atardecer. Encontré a Álvaro sentado en la cubierta de La Traviesa, con una llave inglesa en la mano y una botella de agua junto a los pies.

—Hola.

Levantó la vista.

—Hola.

—Don Emilio dice que llevas horas revisando el motor.

—Don Emilio habla demasiado.

—El motor no parece abierto.

—Ya lo he cerrado.

—¿Cuántas veces?

—Varias.

Permanecí en el muelle.

—¿Puedo subir?

—El barco se mueve.

—Ya lo sé.

Álvaro se levantó y extendió la mano. La cogí. Subí. No me soltó hasta que estuve frente a él. Después se apartó.

—¿Habéis hablado? —preguntó.

—Sí.

—¿Todo bien?

—No.

Asintió. No preguntó más. Aquello me molestó.

—Ha venido para pedirme que vuelva.

Su mano apretó la llave inglesa.

—Ah.

—Le he dicho que no.

La tensión desapareció de sus dedos.

—No tenías que contármelo.

—Quería hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque te fuiste pensando que quizá…

—No pensé nada.

—Mientes.

—Un poco.

Me acerqué.

—No voy a volver con él.

—Eso es asunto tuyo.

—Álvaro.

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé.

—Yo tampoco.

Dejó la herramienta sobre un banco.

—Ha sido tu pareja durante ocho años.

—Sí.

—Ibas a casarte con él.

—Sí.

—Y yo llevo una semana besándote.

—Ocho días.

Me miró.

—Eso lo empeora.

—Antes eras tú quien corregía la cuenta.

—Antes no tenía delante al hombre con el que ibas a pasar tu vida.

—No iba a pasarla.

—Tú creías que sí.

—Ya no.

—Pero él sí.

—No puedo arreglar eso.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué estás enfadado conmigo?

—No estoy enfadado contigo.

—¿Con él?

—Tampoco.

—¿Contigo?

Álvaro se pasó una mano por el cabello.

—Quizá.

—¿Por qué?

—Porque cuando lo vi entendí que esto no es una broma.

—Nunca he dicho que lo fuera.

—Yo sí lo he tratado como si pudiera serlo.

—¿Cuándo?

—Cada vez que te digo que vivamos julio y ya veremos.

—Eso fue lo que acordamos.

—No acordamos nada.

—Exacto.

—Lucía, tú vienes de una vida entera con alguien. Yo…

Se detuvo.

—¿Tú qué?

—Yo no sé ofrecerte eso.

—No te lo he pedido.

—Tal vez porque sabes que no puedo.

—No sé qué puedes.

—Ni yo.

—Entonces estamos igual.

Negó con la cabeza.

—No. Tú sabes irte cuando algo no es verdadero.

—Me costó ocho años.

—Pero lo hiciste.

—¿Y tú?

Miró el mar.

—Yo suelo irme antes de averiguarlo.

Aquella confesión me dolió.

—¿Eso piensas hacer?

—No lo sé.

—Pues averígualo.

—No es tan fácil.

—Nada lo es.

—Tú te marchas en septiembre.

—Y tú llevas una semana recordándomelo.

—Porque existe.

—Andrés también existe y le he dicho que no.

Álvaro me miró.

—¿Por mí?

—Por mí.

Su expresión se cerró.

—Claro.

—No lo digas así.

—¿Cómo?

—Como si te decepcionara.

—No me decepciona.

—Entonces, ¿qué quieres?

—No lo sé.

—Pues deja de preguntarme a mí.

El silencio cayó entre nosotros. Sentí rabia. Miedo. Y una tristeza que no esperaba.

—He venido porque pensé que necesitarías saberlo —dije.

—Lo necesitaba.

—No lo parece.

—Porque también necesito saber qué hago yo aquí.

—Estás conmigo.

—¿Estoy?

La pregunta me dejó quieta.

—No lo sé —respondí.

—Exacto.

Bajé la vista. La pulsera brilló en mi muñeca. Álvaro también la vio.

—La brújula sigue sin funcionar —dijo.

—No.

—Quizá deberías cambiarla.

—Me gusta así.

—No debería.

—No decidas por mí.

Él cerró los ojos.

—Tienes razón.

Me acerqué un poco.

—No quiero volver con Andrés.

—Ya lo sé.

—Y tampoco quiero que tú huyas porque haya aparecido.

—No huyo.

—Llevas toda la tarde escondido en un barco.

—Estaba pensando.

—Eso lo hago yo.

—A veces puedo probar.

—¿Y qué has pensado?

Álvaro respiró hondo.

—Que me gustas más de lo que me conviene.

—Eso no es nuevo.

—Para mí sí.

—¿Y?

—Y que no sé qué hacer con eso.

—Yo tampoco.

—Tú haces listas.

—Esta vez no tengo ninguna.

Sonrió apenas.

—Eso sí es grave.

—Mucho.

Nos quedamos mirándonos.

—No te pido que me prometas septiembre —dije.

—Lo sé.

—Ni que sepas lo que somos.

—Bien.

—Pero no desaparezcas cada vez que algo te asuste.

—No prometo hacerlo bien.

—Promete intentarlo.

Álvaro dio un paso hacia mí.

—Lo intentaré.

—Eso es poco.

—Es verdad.

—Entonces sirve.

Apoyó una mano en mi cintura.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Intentarás no decidir por los dos antes de tiempo?

—Lo intentaré.

—Eso también es poco.

—Es verdad.

—Entonces sirve.

Me besó. No fue un beso alegre. Tampoco despreocupado. Llevaba la tristeza de la tarde, el miedo y todo lo que ninguno sabía explicar. Pero también la decisión de no marcharnos. Al menos no aquella noche. Cuando nos separamos, apoyé la cabeza contra su pecho.

—Andrés está en el Miramar —dije.

—Lo imaginaba.

—¿Por qué?

—Por los mocasines.

Me eché a reír.

—No tiene gracia.

—Un poco.

—Mañana tengo que ir a firmar unos documentos.

Su mano se tensó en mi espalda.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No.

—De acuerdo.

—Pero puedes esperarme después.

Álvaro bajó la vista.

—¿Dónde?

—En el faro.

—¿A qué hora?

—A las seis.

—Llegaré tarde.

—Ni se te ocurra.

—Intentaré llegar a las seis y cinco.

—A las seis.

—Cinco y media.

—Eso no te lo crees ni tú.

Sonrió.

—Nos vemos a las seis.

—Bien.

El cielo se oscurecía sobre el puerto. Las luces de los barcos comenzaron a encenderse. Álvaro tomó mi mano y observó la brújula.

—Sigue apuntando hacia ningún sitio.

—Quizá apunta aquí.

—Eso sería bastante inútil.

—No siempre.

Volvió a besarme. Y por un momento, en mitad de aquel barco que se movía lentamente bajo nuestros pies, comprendí que quizá el equilibrio no consistía en permanecer inmóvil. A veces consistía simplemente en encontrar a alguien dispuesto a moverse contigo sin soltarte.