CAPÍTULO IX #3
—Porque no quería.
—¿Solo por eso?
—¿No es suficiente?
—Sí.
Se acercó.
—Pero me gusta oírlo.
—Eso no significa que vaya a rechazar todas las invitaciones que reciba.
—Tampoco lo espero.
—Bien.
—Aunque puedo odiarlas en silencio.
—Tú no haces nada en silencio.
—Es uno de mis encantos.
—¿Cuántos crees tener?
—Desde que me besaste, algunos más.
—No te besé por tus encantos.
—¿Por qué?
—Porque no dejabas de hablar.
—Puedo volver a hacerlo.
—No funcionará siempre.
—Hay que comprobarlo.
Me rodeó la cintura.
—Estamos en el mercado.
—Ya está cerrado.
—Puede entrar alguien.
—Entonces seremos breves.
—Eso dijiste esta mañana.
—Y cumplí.
—A medias.
—Me debes cinco segundos.
—No llevo la cuenta.
—Mientes.
Lo besé antes de que pudiera continuar. Cinco segundos. Quizá diez. Cuando me aparté, sonreía.
—Deuda pagada.
—Había intereses.
—Abusivo.
—Negociable.
Volvió a besarme. Esta vez sin contar. El mercado olía a fruta, a especias y a pescado fresco.
Afuera, las voces del pueblo llegaban amortiguadas.
Sus manos ascendieron por mi espalda. Las mías se apoyaron en su pecho.
El beso se hizo más profundo. Más lento.
Más difícil de detener. Entonces escuché una voz detrás de nosotros.
—Lucía.
Me separé de golpe. El corazón se me detuvo.
No porque nos hubieran sorprendido. Sino porque conocía aquella voz.
Me volví. Andrés estaba de pie a pocos metros.
Llevaba pantalón beige, camisa azul y la misma expresión contenida que había mostrado el día en que cancelé nuestra boda.
Durante un instante, nadie habló. Sentí que el mercado se quedaba sin aire.
—Andrés —murmuré.
Él me miró. Después miró a Álvaro. La mano de este seguía apoyada en mi cintura. La retiró lentamente. No se alejó.
—Hola —dijo Andrés.
La palabra sonó educada. Demasiado.
—¿Qué haces aquí?
—Necesitaba hablar contigo.
—Podías haber llamado.
—No respondías.
Recordé las llamadas desconocidas que había ignorado durante los últimos días.
—No sabía que eras tú.
—Por eso he venido.
Álvaro permanecía a mi lado. Notaba su presencia sin mirarlo. Andrés extendió la mano.
—Soy Andrés.
—Álvaro.
Se saludaron. El gesto fue correcto. Frío.
—Supongo que interrumpo algo —dijo Andrés.
—Sí —respondió Álvaro.
Lo miré.
—No —dije al mismo tiempo.
Los dos hombres se volvieron hacia mí.
—Quiero decir… Estamos recogiendo.
Andrés observó la mesa limpia. Después el delantal que yo seguía sosteniendo.
—Ya veo.
—¿Cómo has sabido dónde encontrarme?
—Tu madre me dio la dirección.
Cerré los ojos.
—Claro.
—Hablé con ella ayer.
—¿Está bien?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué…?
—Lucía, necesito que hablemos.
Su voz no era agresiva. Eso lo hacía peor. Andrés nunca gritaba. No perdía el control. No decía cosas crueles en mitad de una discusión. Simplemente esperaba. Y aquella paciencia conseguía que una sintiera que era ella quien estaba destruyendo algo razonable. Miré a Álvaro. Su expresión era seria.
—Puedo irme —dijo.
—No tienes que hacerlo.
—Sí.
—Álvaro…
—Tenéis que hablar.
No había reproche en su tono. Solo una distancia repentina que me dolió más de lo esperado. Cogió la cesta vacía.
—Nos vemos luego.
—¿Dónde?
Se detuvo.
—No lo sé.
Salió del mercado. Yo lo seguí con la mirada hasta que desapareció. Andrés observó la puerta.
—Parece que habéis avanzado rápido.
La frase fue suave. Pero llevaba filo.
—No has venido para hablar de Álvaro.
—No sabía que existía.
—Pues ahora lo sabes.
—Sí.
Nos quedamos frente a frente. El hombre con quien había compartido ocho años parecía conocido y extraño al mismo tiempo.
Su cabello estaba algo más corto. Llevaba el reloj que le regalé en nuestro quinto aniversario.
En la mano izquierda aún quedaba una marca pálida donde había usado el anillo de compromiso.
—Podríamos sentarnos —dijo.
—El mercado está cerrando.
—Entonces salgamos.
Caminamos hasta una cafetería de la plaza. Apenas había clientes. Elegimos una mesa en un rincón. Andrés pidió café. Yo, agua.
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte? —pregunté.
—No lo sé.
—¿Has reservado hotel?
—En el Miramar.
Naturalmente. El único lugar de Valdearena donde podía alojarse alguien como Andrés. Ordenado. Correcto. Con aire acondicionado y servilletas de tela.
—¿Por qué has venido?
Sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta. Lo dejó sobre la mesa.
—El restaurante nos devuelve parte de la reserva.
—Eso podías haberlo enviado.
—También queda pendiente cancelar el viaje.
—Podías hacerlo tú.
—Necesitan tu firma.
—Podías haberla pedido por correo.
Andrés bajó la vista.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
El camarero dejó el café. Andrés esperó hasta que se alejó.
—Porque no entendí.
—Te lo expliqué.
—Me dijiste que no podías casarte conmigo.
—Sí.
—Pero no por qué.
—Te dije que ya no estaba segura.
—Eso no explica ocho años.
—No intento borrarlos.
—Lo parece.
—Andrés…
—Habíamos construido una vida.
—Habíamos organizado una boda.
—También teníamos una casa.
—Tu casa.
—Era nuestra.
—Nunca elegí nada de ella.
La frase salió antes de que pudiera detenerla. Él frunció el ceño.
—Elegiste los muebles del salón.
—Entre tres opciones que ya habías seleccionado.
—Pensé que te gustaban.
—Me gustaban.
—Entonces no comprendo.
—Ese era el problema. Todo me gustaba lo suficiente.
Andrés apartó la taza.
—¿Y él?
La pregunta me golpeó.
—No metas a Álvaro en esto.
—Te estaba besando.
—Sí.
—¿Cuánto llevas aquí?
—Una semana.
—Ocho días.
—¿Los cuentas?
—Tu madre me dijo cuándo llegaste.
—No significa nada.
—¿No?
—No en relación con nosotros.
Andrés soltó una risa breve y amarga. Nunca se la había oído.
—Cancelaste nuestra boda porque no sabías qué sentías y ocho días después besas a otro hombre en un mercado.
—No te dejé por él.
—Ya lo sé. No lo conocías.
—Entonces no lo utilices para hacerme sentir culpable.
—No necesito utilizarlo.
Aquello dolió. Porque tenía razón. Yo ya me sentía culpable.
—Lo siento —dije.
—Eso dijiste aquella noche.
—Y sigo sintiéndolo.
—Pero no cambiarías nada.
Pensé en la iglesia, en las invitaciones, en el vestido guardado en casa de mi madre. Después pensé en el faro, en la mano de Álvaro durante el cine, en su canción.
—No —respondí.
Andrés cerró los ojos un instante.
—Al menos eres sincera.
—Intento serlo.
—¿Lo quieres?
—No lo sé.
—¿Y él a ti?
—Tampoco lo sé.
—Entonces has dejado algo seguro por algo que ni siquiera comprendes.
—No te dejé por algo.
—Me dejaste por nada.
—Me fui porque no podía seguir viviendo una vida que no sentía mía.
—Nuestra vida.
—La tuya y la que yo acepté.
Andrés me miró con incredulidad.
—Nunca dijiste que fueras infeliz.
—Porque no lo era.
—Entonces…
—Tampoco era feliz.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
La camarera pasó junto a nosotros. En la plaza, las voces del mercado comenzaban a apagarse.
—He venido para pedirte que vuelvas —dijo.
Sentí que el suelo se movía.
—No.
—Ni siquiera lo has pensado.
—Lo pensé durante meses antes de marcharme.
—No te pido que nos casemos ahora.
—Andrés…
—Podemos cancelar definitivamente la boda. Empezar de nuevo. Ir despacio.
—No es la boda.
—Entonces dime qué es.
—No quiero volver.
Su rostro cambió. No mucho. Solo lo suficiente para que yo supiera cuánto daño le había hecho otra vez.
—¿Por él?
—Por mí.
—Eso suena muy bien.
—Es la verdad.
—¿Y si dentro de dos meses descubres que esto solo era una aventura?
—Será mi error.
—¿Y ocho años no cuentan?
—Claro que cuentan.
—No lo parece.
—No puedo quedarme contigo para demostrar que importaron.
Andrés se levantó. Dejó dinero sobre la mesa.
—Firmarás los documentos mañana.
—Sí.
—Estaré en el hotel.
—De acuerdo.
Cogió el sobre.
—No sé quién eres ahora.
Me dolió respirar.
—Creo que yo tampoco.
—Antes sí lo sabía.
—No. Sabías quién intentaba ser contigo.
Se quedó quieto. Por un momento pensé que diría algo.
No lo hizo. Salió de la cafetería. Yo permanecí sentada.
No lloré inmediatamente, eso llegó después.
Primero sentí un gran silencio dentro de mí, después una presión en el pecho y finalmente las lágrimas.
No eran por querer volver, tampoco por arrepentirme.
Lloraba por la mujer que había sido durante ocho años.
Por Andrés. Por todo lo que habíamos construido con paciencia y buena voluntad.
Por saber que hacer lo correcto podía seguir pareciendo una crueldad.
Alguien ocupó la silla de enfrente. Levanté la vista. Lola me observaba.
—¿Cómo lo has sabido?
—Medio pueblo ha visto entrar al exnovio.
—Naturalmente.
Me entregó un pañuelo.
—¿Quieres que lo mate?
—No.
—¿Que le raye el coche?
—Tampoco.
—¿Un poco?
—Lola.
—Estoy intentando ayudarte.
Me limpié las lágrimas.
—Ha venido a pedirme que vuelva.
—¿Y tú?
—Le he dicho que no.
—Bien.
—No parece bien.
—Lo que duele también puede estar bien.
—Todo el mundo me dice lo mismo.
—Porque sois muy lentos aprendiendo.
Me cogió la mano.
—¿Dónde está Álvaro?
—Se ha ido.
—¿Sabe quién es Andrés?
—Sí.
—¿Y que te ha pedido volver?
—No.
—Deberías decírselo.
—No sé qué somos.
—Eso no impide que le importe.
—Precisamente.
Lola miró la pulsera.
—¿Quieres que lo busquemos?
—No.
—¿Segura?
—Necesito pensar.
—Eso siempre te sale regular.
—Gracias.
—De nada.
Regresé a casa de don Emilio. Pasé la tarde encerrada en mi habitación. Andrés envió un mensaje: «Siento haber aparecido así. No quería hacerte daño. Mañana hablamos de los papeles». No respondí. Álvaro no escribió. Aquello me inquietó más de lo que debía.
A las siete miré el teléfono. A las siete y cuarto volví a hacerlo. A las ocho, don Emilio llamó a la puerta.
—¿Puedo entrar?
—Sí.
Se sentó en una silla junto a la ventana.
—Ha venido el antiguo.
—No lo llame así.
—No sé cómo llamarlo.
—Andrés.
—Ha venido Andrés.
—Sí.
—¿Quieres volver con él?
—No.
—Entonces el problema no es ese.
—Le he hecho daño.
—Ya se lo habías hecho.
—Gracias por recordarlo.
—Ahora también te lo has hecho tú.
—No sé qué pretende decir.
—Que sufrir por haber herido a alguien no arregla la herida.
—No puedo dejar de sentirme culpable.