Amor de verano en el sur CAPÍTULO IX #2
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CAPÍTULO IX #2

Álvaro y yo ocupamos una mesa central. Me puse un delantal. Él se ató otro en la cintura. Era amarillo y llevaba estampados varios pulpos sonrientes.

—Te favorece —dije.

—Combina con mis ojos.

—Tus ojos no son amarillos.

—Por eso destaca.

Comenzamos a cortar tomates.

—Más pequeños —indiqué.

—Luego se trituran.

—Pero deben tener un tamaño uniforme.

—¿Por qué?

—Para que…

Me detuve.

—No importa.

—Lo sabía.

—No significa que tengas razón.

—Claro.

Álvaro cogió un pimiento.

—¿Cómo lo corto?

—En trozos.

—¿Uniformes?

—No te burles.

—Estoy aprendiendo.

—Primero quita las semillas.

Partió el pimiento por la mitad. Varias semillas salieron disparadas y cayeron sobre mi delantal.

—Eso no era necesario.

—Ha sido una reacción natural.

—Del pimiento.

—No se dejó dominar.

—Dame.

Intenté quitárselo. Álvaro levantó el brazo.

—Pídelo bien.

—Dame el pimiento.

—Eso es una orden.

—Por favor, dame el pimiento.

—Mucho mejor.

Me lo entregó. Cuando lo cogí, tiró suavemente hacia él. Quedamos demasiado cerca.

—Estás jugando —dije.

—Un poco.

—Hay niños.

—Estamos cortando verduras.

—Tu cara no.

—Mi cara está contenta.

—Otra vez.

—Desde ayer bastante.

Sentí que sonreía.

—Corta los tomates.

—Sí, profesora.

La batidora provocó el primer desastre. Nico y Samuel olvidaron colocar la tapa. El gazpacho salió disparado. Manchó la mesa, el suelo, sus camisetas y a una señora que pasaba junto a ellos con una bolsa de judías. La mujer quedó inmóvil, cubierta de gotas rojas.

—Lo siento —dijo Nico.

Ella se limpió las gafas.

—¿Esto lleva pepino?

—Sí.

—Entonces no lo quiero.

Siguió caminando.

—Ha reaccionado bien —comentó Samuel.

—Está acostumbrada —respondió Álvaro.

—¿A que le lancen gazpacho?

—Tiene nietos.

Yo ayudé a limpiar. Cuando regresé a nuestra mesa, Álvaro había probado la mezcla.

—Le falta sal.

—No metas el dedo.

—Estaba limpio.

—Tienes una cuchara.

—La cuchara estaba lejos.

—A veinte centímetros.

—Tenía hambre.

—No puedes probarlo así delante de los niños.

Nico levantó la cabeza.

—Ya lo hemos visto.

—No lo hagáis vosotros.

—¿Por qué él sí?

—Porque es un mal ejemplo.

—Pero es monitor.

—Eso agrava el problema.

Álvaro probó otra vez con una cuchara.

—Ahora le falta aceite.

—Lo he medido.

—Necesita más.

—La receta dice cien mililitros.

—Mi madre nunca mide.

—Tu madre lleva cuarenta años cocinando.

—Entonces confía.

—No es lo mismo.

Carmen se acercó, probó el gazpacho y añadió aceite sin medir.

—Ahora está bien.

Álvaro sonrió.

—Gracias, mamá.

—No pongas esa cara —le dije.

—¿Qué cara?

—La de tener razón.

—Es nueva. Déjame disfrutarla.

La segunda receta fueron las tortillitas de camarones. La masa parecía sencilla. Harina, agua, cebolleta, perejil y camarones. El problema comenzó con la sartén.

—Yo frío —dijo Álvaro.

—No.

—¿Por qué?

—Porque salpica.

—Sé freír.

—Ayer dijiste que los libros servían para calzar mesas.

—Eso no afecta al aceite.

—No confío.

—Hace una hora confiabas en mí.

—En general.

—¿Y ahora?

—No con una sartén.

—Esto es una falta de respeto.

Le entregué el cucharón.

—Echa poca masa.

—¿Cuánta?

—Una cucharada.

—¿Uniforme?

—Álvaro.

Vertió la primera porción. La tortillita se extendió demasiado y adoptó una forma alargada.

—Parece un mapa de Portugal —dije.

—Es arte.

—Esforme.

—Eso no es una palabra.

—Deforme.

—Ahora sí.

Intentamos darle la vuelta. La tortillita se dobló por la mitad.

—Ya no parece Portugal —comentó.

—Ahora parece una zapatilla.

—Podemos venderla como cocina creativa.

—No vamos a vender nada.

—Mejor. Nadie la compraría.

La segunda salió redonda. La tercera se pegó.

La cuarta voló. No literalmente, pero casi.

Álvaro intentó darle la vuelta con un movimiento de muñeca.

La tortillita subió por el aire, giró y cayó sobre el sombrero de Gonzalo, que acababa de acercarse con su cámara.

Todo el mercado quedó en silencio. Gonzalo levantó una mano y retiró la masa de su sombrero.

—Muy divertido.

Álvaro sostuvo la sartén.

—Ha sido un accidente.

—Naturalmente.

—No sabía que estabas detrás.

—Eso lo mejora mucho.

Me mordí el labio. No debía reírme. Era poco profesional y bastante cruel. Gonzalo me miró.

—Puedes hacerlo.

—¿El qué?

—Reírte.

—No me hace gracia.

La tortillita dejó caer un camarón sobre su hombro. No pude contenerme. Me eché a reír. Álvaro también. Después Sergio. Lola comenzó a aplaudir. Incluso Gonzalo terminó sonriendo.

—Espero que al menos la foto sea buena —dijo.

—No he tenido tiempo de hacerla —respondí.

—Una lástima. Habría sido la imagen de la campaña.

Se quitó el sombrero.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

La risa desapareció.

—Estoy trabajando.

—No tardaré.

Álvaro dejó la sartén.

—Puede hablar aquí.

—Te he preguntado a ti, Lucía.

—Y yo he dicho que está trabajando.

—No necesito portavoz —dije.

Álvaro apretó los labios.

—Cinco minutos —respondí a Gonzalo.

Nos apartamos hasta uno de los extremos del mercado. Él dejó el sombrero sobre un mostrador.

—He venido por las fotografías.

—¿Hay algún problema?

—No. La campaña está gustando mucho.

Me mostró la pantalla de la cámara. Había imágenes de los niños en el barco, en las dunas y durante el taller. Todas eran bonitas, naturales y llenas de luz.

—Son estupendas.

—Quiero incluir también una entrevista contigo y otra con Álvaro.

—Eso ya lo hablamos.

—Preferiría hacerlas por separado.

—¿Por qué?

—Porque juntos os distraéis.

Miré hacia nuestra mesa. Álvaro había retomado la sartén. Carmen le explicaba algo mientras él fingía escuchar y nos observaba de reojo.

—No nos distraemos.

Gonzalo sonrió.

—Claro.

—¿Esto era todo?

—No.

Guardó la cámara.

—Esta tarde tengo que ir a Sanlúcar para reunirme con la agencia que prepara el vídeo. Me gustaría que vinieras.

—¿A trabajar?

—En parte.

—¿Qué significa en parte?

—Que la reunión durará una hora y después podríamos cenar allí.

—Gonzalo…

—No voy a presionarte. Solo te invito.

—No creo que sea buena idea.

—¿Por Álvaro?

—Por mí.

—¿Estáis juntos?

La pregunta fue directa.

—No lo sé.

—Eso no parece una respuesta feliz.

—Es la única que tengo.

—Él no es hombre de relaciones serias.

—No necesito que me adviertas sobre él.

—Curioso.

—¿Qué?

—Te molestó que él hiciera lo mismo conmigo.

—También me molesta que lo hagas tú.

Gonzalo asintió.

—Tienes razón.

—Otra vez.

—Intento aprender.

—Agradezco la invitación, pero no iré.

—De acuerdo.

—¿De verdad?

—No siempre discuto cuando me dicen que no.

—Álvaro debería aprender de ti.

—Álvaro no aprende. Improvisa.

Volví a la mesa. Él intentaba sacar una tortillita pegada a la sartén.

—¿Qué quería? —preguntó.

—Hablar.

—Eso ya lo sé.

—Entonces, ¿para qué preguntas?

—¿Te ha invitado a salir?

—No es asunto tuyo.

La tortillita se rompió.

—Eso es un sí.

—Me ha invitado a una reunión en Sanlúcar.

—¿Vas?

—No.

La tensión en sus hombros disminuyó.

—Ah.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—Nada. Solo quería comprobar tu cara.

—Mi cara…

—Está aprendiendo a mentir peor.

Álvaro dejó la sartén.

—No me gusta.

—Ya lo sé.

—No confío en él.

—Eso también.

—Pero confío en ti.

La frase me sorprendió.

—Bien.

—Aunque no me guste.

—Eso es confiar.

—Estoy aprendiendo.

Sonreí.

—Ahora aparta. Vas a quemar la siguiente.

—No se quemará.

Olió el aire.

—Quizá un poco.

La última actividad consistía en preparar brochetas de fruta.

Parecía imposible que aquello saliera mal.

Salió mal. Samuel clavó una uva en la manga de Nico.

Paula creó una figura que, según ella, representaba un caballo.

Sergio y Lola empezaron a competir por ver quién conseguía introducir más frutas en un solo palillo.

El resultado de Sergio se partió por el peso y acabó dentro del escote de una frutera.

La mujer lo miró. Después sacó un trozo de melón.

—Para ligar conmigo no hacía falta montar este espectáculo.

Sergio abrió la boca. Lola se echó a reír.

—Te ha gustado —dijo él.

—Muchísimo.

—¿Estás celosa?

—De la frutera, no.

—¿De alguien?

—Todavía no.

—Eso suena a amenaza.

—Tómalo como promesa.

Don Emilio leyó el fragmento previsto mientras los niños comían las brochetas. Hablaba de los antiguos pescadores de Valdearena, de las mujeres que remendaban redes en la orilla y de las familias que esperaban cada noche el regreso de los barcos.

—Antes el mar daba más miedo —dijo Paco cuando terminó.

—¿Por qué? —preguntó Nico.

—Había menos medios.

—¿Y más tiburones?

—Los mismos.

—Entonces ahora también da miedo.

Paco lo pensó.

—Sí.

—Pero tú sigues saliendo.

—Porque también da de comer.

—Mi madre dice que el trabajo da miedo y no da de comer suficiente.

Mercedes, desde el fondo, levantó una mano.

—¡Y lo mantengo!

Los niños rieron. La jornada terminó con una votación. Cada equipo debía presentar sus platos. Las trillizas actuarían de jurado.

—Eso no es justo —protesté—. Son familia de Nico.

—No está en nuestro equipo —respondió Jacinta.

—Y no tenemos favoritos —añadió Adela.

—Salvo Álvaro —concluyó Remedios.

—Eso confirma el problema.

Probaron el gazpacho. Examinaron las tortillitas. Contaron las frutas de las brochetas.

Finalmente, Jacinta se levantó.

—El equipo ganador es…

Hizo una pausa demasiado larga.

—Todos —anunció.

Los niños protestaron.

—Eso no es ganar —dijo Samuel.

—Es participar —respondió Adela.

—Participar es lo que dicen los adultos cuando pierdes —añadió Nico.

—Tiene razón —murmuró Álvaro.

—No lo animes.

Remedios levantó una de nuestras tortillitas.

—Mención especial a esta pieza.

—¿Por el sabor? —pregunté.

—Por parecerse a la provincia de Huelva.

—Yo dije Portugal —recordó Álvaro.

—Ha cambiado al enfriarse.

Recogimos las mesas. Los niños se marcharon con sus familias y recipientes llenos de comida.

Gonzalo también se fue después de despedirse.

Lola y Sergio desaparecieron juntos hacia la playa.

Carmen entró en la cocina del mercado para devolver utensilios.

Poco a poco, el lugar quedó vacío. Álvaro limpiaba una mesa. Yo guardaba los delantales.

—Has rechazado la invitación —dijo.

—Sí.

—No tenías que hacerlo.

—Ya lo sé.

—Podías haber ido.

—También lo sé.

—Entonces, ¿por qué no has ido?

Doblé un delantal.