Amor de verano en el sur CAPÍTULO IX
47%

CAPÍTULO IX

Donde cocinar en pareja resulta peligroso y una visita inesperada remueve lo que parecía enterrado

A la mañana siguiente me desperté con la pulsera enredada entre las sábanas.

La brújula inútil descansaba sobre mi muñeca como si supiera algo que yo ignoraba.

La observé durante un rato. No señalaba el norte.

Tampoco el sur. La pequeña aguja permanecía inclinada hacia un punto indeterminado, quizá la pared, quizá la ventana o quizá ninguna parte.

Me pareció apropiado. Yo estaba exactamente igual.

No sabía a dónde iba. Solo sabía que, por el momento, no quería detenerme. Margarita aterrizó en el alféizar.

—No.

La gaviota golpeó el cristal.

—Ni lo intentes.

Volvió a picotear.

—Hoy no hay negociación.

Margarita alzó una pata. De ella colgaba una cinta roja. Me acerqué.

—¿Qué llevas ahí?

La gaviota dejó caer la cinta sobre el alféizar. Era estrecha, de tela y tenía una palabra escrita con rotulador negro. «PASIÓN». La reconocí. Pertenecía a una de las balizas del juego de orientación. Abrí la ventana.

—¿De dónde has sacado esto?

Margarita entró en la habitación.

—No te he invitado.

Se paseó sobre la cómoda, picoteó un botón y miró la pulsera de mi muñeca.

—Ni se te ocurra.

La gaviota avanzó. Yo escondí la mano detrás de la espalda.

—Esta no.

Margarita inclinó la cabeza.

—Es un regalo.

Dio otro paso.

—Y no funciona.

La gaviota abrió las alas.

—Precisamente por eso me gusta.

—¿Por qué hablas con un pájaro? —preguntó Lola desde la puerta.

Di un respingo. Ella llevaba una bata de don Emilio, el cabello recogido en un moño deshecho y una expresión demasiado satisfecha para aquella hora.

—¿Por qué entras sin llamar?

—La puerta estaba abierta.

—Eso no significa que puedas entrar.

—Somos amigas desde hace veinte años. Te he visto con aparato dental, varicela y un vestido verde que todavía me provoca pesadillas.

—Ese vestido me gustaba.

—Precisamente.

Miró a Margarita.

—¿Qué quiere?

—Robarme la pulsera.

—Buen gusto.

—No la animes.

Lola se acercó a la ventana. Margarita saltó al alféizar y salió volando.

—Se ha llevado un calcetín —dijo.

Miré la cómoda.

—No era mío.

—Entonces perfecto.

—¿De quién era?

Lola bajó la vista. Llevaba un calcetín azul y otro gris.

—De Sergio.

—No quiero saber por qué estaba aquí.

—Lo dejé anoche.

—¿Solo el calcetín?

—Lucía.

—No respondas.

—No pensaba hacerlo.

Se dejó caer sobre la cama.

—He dormido fatal.

—Eso no es lo que dijiste ayer.

—Ayer dormí en casa de Sergio. Esta noche he dormido en el sofá de don Emilio.

—¿Por qué?

—Porque tu amigo socorrista ronca.

—No es mi amigo.

—Es amigo de tu novio.

—Álvaro no es mi novio.

Lola sonrió.

—¿Qué es?

—No lo sé.

—¿Y él?

—Tampoco.

—Muy moderno.

—Muy reciente.

—Muy cobarde.

La miré.

—No somos cobardes.

—Os gustáis. Os besáis. Os cogéis de la mano. Te escribe canciones. Tú sonríes a una pulsera que no funciona. Pero os negáis a ponerle nombre.

—No hace falta poner nombre a todo.

—Eso lo dices tú, que etiquetas hasta las cajas de ropa.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo, solo que esto respira.

Me levanté y abrí el armario.

—Hoy tenemos taller de cocina.

—Perfecto.

—No puedes venir.

—También sé cocinar.

—Calentar pizza no es cocinar.

—He estado casada tres veces. Sé preparar desayunos de reconciliación.

—Eso no cuenta.

—Funcionaron dos veces.

—Y después te divorciaste.

—Por eso he dicho dos veces.

Elegí una falda ligera y una camiseta blanca.

Lola observó mis movimientos.

—¿Qué vais a cocinar?

—Recetas tradicionales de Valdearena.

—Eso suena peligroso.

—Para los niños serán elaboraciones sencillas.

—¿Y para los monitores?

—Álvaro dijo que habría una competición por parejas.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

—Pon esa sonrisa en otra cara.

—¿Quién ha elegido las parejas?

—No lo sé.

—Álvaro.

—Probablemente.

—Y tú finges que no te gusta.

—No finjo nada.

—Llevas tres minutos probándote pendientes para cocinar con niños.

Dejé los pendientes sobre la cómoda.

—No me los pondré.

—Demasiado tarde. Ya has demostrado intención.

—Vete a desayunar.

—Don Emilio ha preparado churros.

—¿Por qué no me has avisado antes?

—Quería verte negar tus sentimientos con hambre.

Bajamos a la cocina. Don Emilio estaba leyendo el periódico junto a una bandeja enorme de churros. Sergio ocupaba la silla de enfrente. Llevaba la misma camisa del día anterior y un solo calcetín azul.

—Buenos días —dijo.

Lo miré.

—¿Por qué estás aquí?

—He venido a buscar esto.

Señaló a Lola.

—No soy un objeto —respondió ella.

—También mi calcetín.

—Margarita se lo ha llevado —dije.

Sergio miró hacia la ventana.

—¿Cuál?

—El gris.

—Era mi favorito.

—Te queda otro.

—No forman pareja.

Lola cogió un churro.

—Eso no parece preocuparte en otros ámbitos.

Don Emilio bajó el periódico.

—Me gusta esta muchacha.

—No la anime —dijimos Sergio y yo a la vez.

Alguien llamó a la puerta. No hizo falta preguntar quién era. Álvaro entró un segundo después cargado con una cesta.

—Buenos días.

Su mirada fue directamente hacia mí.

La mía hizo lo mismo. Durante un instante olvidé que había más personas en la cocina.

—Hola —dije.

—Hola.

Sergio mordió un churro.

—Qué conversación tan intensa.

Lola asintió.

—Se nota la profundidad.

Álvaro dejó la cesta sobre la mesa.

—He traído tomates, pimientos, cebollas y sardinas.

—¿Para el taller? —pregunté.

—Sí.

—¿Sardinas?

—Tranquila. Hoy no vuelan.

Don Emilio soltó una carcajada.

—No tiene gracia.

—Un poco —respondió Álvaro.

Se acercó.

—¿Puedo?

No señaló nada, no hacía falta. Miré a los demás. Todos fingían desayunar mientras nos observaban.

—Aquí no.

—Eso dijiste ayer.

—Y tenía razón.

—Entonces fuera.

—Tenemos que ir a trabajar.

—Podemos tardar un minuto.

—Llegaríamos tarde.

—Yo siempre llego tarde.

—Precisamente por eso.

—Veinte segundos.

—Diez.

Álvaro sonrió.

—Negocias muy bien.

—Soy profesora.

—Eso no tiene relación.

—Tengo que hacerlo con adolescentes.

—Peor que conmigo.

—Mucho.

Me besó. Solo un roce breve. Lo suficiente para que Sergio silbara y Lola aplaudiera con un churro en la mano.

—Ya está —dije, apartándome.

—Eran diez segundos.

—Han sido cinco.

—Me debes otros cinco.

—No te debo nada.

—Lo apuntaré.

—¿En una lista? —preguntó Lola.

—Estoy aprendiendo.

Álvaro cogió la cesta.

—Vamos.

—Todavía no he desayunado.

—Te he traído algo.

Sacó de la cesta una bolsa de papel. Dentro había una tostada con tomate y aceite. La miré.

—¿No te la has comido?

—He hecho un esfuerzo.

—Esto sí es amor —declaró Sergio.

—No digas tonterías —respondimos Álvaro y yo.

Lola se inclinó hacia don Emilio.

—Negación conjunta. Avanzan.

La actividad se celebraría en el mercado municipal.

El ayuntamiento había habilitado una zona central con varias mesas, pequeños hornillos eléctricos y utensilios de plástico para los niños.

El mercado estaba lleno de voces. Los pescaderos ofrecían género.

Las fruteras ordenaban cajas. Los vecinos iban y venían saludándonos, preguntando por el taller y sonriendo cada vez que nos veían juntos.

—¿Ya habéis puesto fecha? —preguntó la mujer de la manguera desde un puesto de aceitunas.

—No —respondí.

—Todavía —añadió Álvaro.

Le di un codazo.

—No la animes.

—Solo soy educado.

—Eso no es educación.

—Depende del pueblo.

Las trillizas ocupaban tres sillas junto al puesto de especias.

—Hemos venido de jurado —anunció Jacinta.

—Nadie las ha invitado —dije.

—El mercado es público —respondió Adela.

—Y tenemos experiencia culinaria —añadió Remedios.

—Una vez quemasteis un cocido —recordó Carmen.

—Fue una protesta —dijo Jacinta.

—¿Contra qué?

—Contra la olla.

Carmen negó con la cabeza y se colocó un delantal. Ella dirigiría la primera parte del taller.

Paco se ocuparía del pescado. Don Emilio leería un fragmento breve sobre la tradición marinera del pueblo. Sergio y Lola habían decidido colaborar. Nadie se lo había pedido.

—Hoy prepararemos tres recetas —expliqué a los niños cuando estuvieron reunidos—. Gazpacho, tortillitas de camarones y brochetas de fruta.

Samuel levantó la mano.

—¿Dónde está la carne?

—No habrá carne.

—Entonces esto no es cocinar.

—Las frutas también se cocinan —dijo Paula.

—Esas no.

—Las cortaremos y prepararemos —aclaré.

—Eso es manualidades con comida.

—Samuel, escucha.

Nico levantó la mano.

—¿Las parejas serán mixtas?

—Las parejas serán según edades.

—Mi abuela dice que las parejas se hacen por compatibilidad.

—Tu abuela no organiza el taller.

—Debería.

Desde sus sillas, las trillizas asintieron. Álvaro desplegó una lista.

—He preparado los grupos.

—¿Tú has hecho una lista?

—Sí.

—Déjame verla.

—¿No confías en mí?

—Confío, pero quiero verla.

—Eso no es confiar.

—Es supervisar.

Me entregó el papel. Había formado parejas entre los niños equilibrando edades y habilidades. Al final figuraban también los adultos. Sergio con Lola. Carmen con Paco. Don Emilio con Inés. Y yo con Álvaro.

—Qué casualidad —dije.

—El destino.

—Tu letra.

—El destino escribe torcido.

—Tú escribes peor.

—Pero se entiende.

—¿Por qué estamos juntos?

—Porque somos los coordinadores.

—Eso no obliga a cocinar en pareja.

—También somos la demostración.

—Carmen dirige la demostración.

—Nosotros la ejecutamos.

—Podría hacerlo sola.

—Yo también.

—Entonces separados.

—Ya está impreso.

—A mano.

—No podemos gastar papel.

—Eres imposible.

—Pero compatible.

Nico, que escuchaba a nuestro lado, asintió.

—Mi abuela tiene razón.

—Ve con tu pareja —ordené.

—Me ha tocado Samuel.

—Exacto.

—No somos compatibles.

Samuel cruzó los brazos.

—Yo tampoco quiero estar contigo.

—Eso nos hace compatibles en algo.

La primera receta fue el gazpacho. Carmen explicó los ingredientes y repartió verduras.

—Los tomates deben estar maduros —dijo—. No sirven esos que parecen pelotas y no saben a nada.

El frutero levantó la voz desde su puesto.

—¡Los míos saben!

—¡Los tuyos saben a nevera!

—¡Porque están frescos!

—¡Fresca tienes la cara!

Los niños rieron. Carmen continuó como si nada.

—Lavamos las verduras, las cortamos y después trituramos.

—¿Podemos usar cuchillos? —preguntó Samuel.

—De plástico.

—Eso no corta.

—Esa es la idea.