Amor de verano en el sur CAPÍTULO VIII #4
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CAPÍTULO VIII #4

Álvaro me la ató en la muñeca. Gonzalo observaba desde el otro lado de la mesa.

—Bonito detalle —dijo.

—Gracias —respondió Álvaro.

—No te lo decía a ti.

—Pero lo he comprado yo.

La tensión apareció de inmediato.

—No empecéis —advertí.

—No he empezado nada —dijo Gonzalo.

—Yo tampoco —añadió Álvaro.

—Eso es lo que siempre dicen dos hombres antes de empezar.

Nico levantó la mano.

—¿Podemos apostar?

—No —respondimos todos.

La cena transcurrió entre conversaciones, bromas y miradas.

Gonzalo habló de la campaña turística. Sergio contó una historia exagerada sobre un bañista que fingió ahogarse para llamar la atención de una socorrista.

Lola negó que aquello pudiera considerarse romántico.

Las trillizas aseguraron que en su juventud los hombres fingían averías en las bicicletas con el mismo propósito.

Álvaro se sentó a mi lado. Su rodilla rozaba la mía.

De vez en cuando me miraba. Yo fingía no notarlo.

Después del postre, Sergio sacó la guitarra.

—Que toque Álvaro —pidió Lola.

—Está cansado —respondí.

Él me miró.

—Puedo tocar.

—Has trabajado todo el día.

—No sabía que te preocuparas.

—No me preocupo.

—Claro.

Cogió la guitarra.

—¿Qué queréis escuchar?

—Algo romántico —dijo Inés.

—No —respondí.

—Algo muy romántico —insistió Lola.

—Toca lo que quieras.

Álvaro comenzó a rasguear una melodía lenta. No conocía la canción. Quizá era suya. La letra hablaba de una mujer que llegaba con una maleta rota, discutía con el viento y se empeñaba en ordenar hasta las olas. Todos me miraron.

—No puede ser —murmuré.

Álvaro siguió cantando. Habló de una profesora que hacía listas para no perderse y de un hombre sin zapatos que esperaba convencerla de que algunos caminos no necesitaban mapa.

La azotea quedó en silencio. Incluso Nico escuchaba.

Cuando terminó, nadie habló durante un segundo.

Después, Lola comenzó a aplaudir y los demás la siguieron. Yo sentía un nudo en la garganta.

—Es una canción muy poco sutil —dijo Gonzalo.

Álvaro dejó la guitarra.

—No pretendía serlo.

—¿La has escrito hoy? —pregunté.

—Durante la excursión.

—¿Mientras conducías el barco?

—En una parada.

—Eso es peligroso.

—Tu respuesta es muy romántica —comentó Lola.

—No sé qué decir.

Álvaro me miró.

—No tienes que decir nada.

Aquella frase me conmovió todavía más. Me levanté.

—Necesito aire.

—Estamos en una azotea —dijo Nico.

—Más aire.

Bajé las escaleras. Llegué hasta la calle y caminé hacia el paseo. Escuché pasos detrás de mí. Álvaro me alcanzó.

—¿Ha sido demasiado?

—Sí.

—Lo siento.

—No tienes que sentirlo.

—Entonces no entiendo.

Me detuve frente al mar.

—Nadie había escrito una canción sobre mí.

—No es muy buena.

—Cállate.

—De acuerdo.

—Y no puedes hacer estas cosas.

—¿Por qué?

—Porque me hacen olvidar que esto tiene fecha de caducidad.

Álvaro guardó silencio.

—No quiero pensar en septiembre cada vez que estoy contigo —continué—. Pero tampoco quiero fingir que no existe.

—Existe.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Se acercó.

—Vivir julio.

—Esa respuesta es demasiado fácil.

—No. Lo fácil sería salir corriendo antes de que importe.

—Puede que eso sea lo inteligente.

—Nunca he sido especialmente inteligente.

—Eso ya lo sé.

—Y tú piensas demasiado.

—También.

Álvaro cogió mi mano y observó la pulsera.

—La brújula no funciona.

—Lo sé.

—Quizá por eso me gustó.

—¿Porque es inútil?

—Porque no puede decirte adónde ir.

Levanté la vista.

—Eso ha sido casi poético.

—No te acostumbres.

Sonreí. Él rozó mi mejilla.

—No voy a pedirte promesas —dijo—. Ni planes. Ni siquiera que dejemos de tener miedo.

—¿Entonces qué pides?

—Que no huyas hoy.

Miré el mar. Después la casa de Sergio, con las luces encendidas y las voces de todos llegando desde la azotea. Finalmente, lo miré a él.

—Hoy no.

Álvaro sonrió. Me besó. No fue un beso apresurado ni robado. Fue lento. Sereno. Una respuesta sin futuro verbal. Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.

—Mañana tampoco —murmuró.

—No abuses.

—Voy día a día.

—Eso se te da demasiado bien.

—Puedo enseñarte.

—Ya hemos visto cómo terminan tus clases.

—Tú en el agua y yo sujetándote.

—Exactamente.

—No parece un mal final.

Desde la azotea, Nico gritó:

—¡Se están besando otra vez!

Los aplausos comenzaron de inmediato. Cerré los ojos.

—Algún día lo lanzaré al mar.

—Su madre te ayudará.

—¿Y tú?

—Yo lo sacaré después.

—Siempre tienes que salvar a alguien.

—No a todo el mundo.

—¿A quién no?

Álvaro me rodeó la cintura.

—A ti no.

—¿Por qué?

—Porque tú no necesitas que te salven.

Su respuesta me llegó directamente al pecho.

—Solo que te sujeten cuando pierdes el equilibrio —añadió.

—Lo has estropeado.

—Era demasiada emoción seguida.

Me eché a reír. Él también. Y mientras regresábamos de la mano hacia aquella cena que debía haber sido íntima y había terminado reuniendo a medio pueblo, comprendí que mi vida seguía sin estar ordenada.

No sabía qué éramos, cuánto duraría, si el verano nos estaba regalando algo o preparándonos una despedida.

Pero llevaba una brújula inútil en la muñeca. Y, por prime