CAPÍTULO VIII #3
—No estaba decepcionada. Solo pensaba que podríamos revisar la actividad de mañana.
—¿Ahora?
—Sí.
—Tenemos media hora.
—Es suficiente.
—Depende de la actividad.
Lo miré.
—¿Qué actividad toca?
—Visita al mercado y taller de cocina.
—Eso no requiere ninguna expresión sospechosa.
—No hablaba del taller.
—Álvaro.
Se acercó.
—¿Qué?
—Estamos en el chiringuito de tu madre.
—Está en la cocina.
—Precisamente.
—Podemos salir.
—Tienes una excursión.
—En veinticinco minutos.
—Antes eran treinta.
—El tiempo pasa.
—Eres imposible.
—Y tú llevas toda la mañana evitando besarme.
—Estábamos trabajando.
—Ahora no.
—Seguimos recogiendo.
Cogí una caja. Álvaro la tomó de mis manos y la dejó sobre la mesa.
—Ya está recogido.
—Quedan lápices.
—Pueden esperar.
—Los lápices se pierden.
—Compraremos más.
—Eso es derrochar el presupuesto.
—Lucía.
—¿Qué?
—Cállate un momento.
Me rodeó la cintura.
—Eso no es una forma educada de pedirlo.
—Por favor.
—Mucho mejor.
Su boca rozó la mía. El beso fue breve. Demasiado. Cuando intenté acercarme otra vez, él se apartó.
—Tengo que trabajar.
—Eres tú quien ha empezado.
—Y tú quien dijo que no quería complicaciones.
—Esto no es una complicación.
—¿No?
—Todavía no.
Álvaro sonrió.
—Entonces puedo volver a hacerlo.
Me besó otra vez. Esta vez sin prisa. Mis manos subieron hasta su cuello. Las suyas se afirmaron en mi cintura. La lluvia había dejado el aire fresco y el chiringuito olía a café, madera húmeda y mar.
—¡Almacén! —gritó Carmen desde la cocina.
Nos separamos.
—¿Qué? —respondió Álvaro.
—¡Si vais a hacer eso, id al almacén! ¡Aquí entra gente!
Me quedé paralizada. Álvaro cerró los ojos.
—Mamá…
Carmen asomó la cabeza.
—¿Qué? Yo he sido joven.
—No necesitamos el almacén —dije rápidamente.
—Pues entonces terminad, que tengo que limpiar esa mesa.
Agarré mi bolsa.
—Me voy.
Álvaro me siguió hasta la puerta.
—No huyas.
—No huyo.
—Caminas muy deprisa.
—Siempre camino así.
—Cuando estás avergonzada, más.
—Tu madre acaba de ofrecernos un almacén.
—Es hospitalaria.
—Eso no es hospitalidad.
—Depende de la visita.
Me detuve en el paseo.
—Tienes que irte.
—Sí.
—Y yo también.
—Sí.
Ninguno se movió.
—Nos vemos esta noche —dijo.
—Cena de grupo.
—Claro.
—Con Lola y Sergio.
—Por supuesto.
—No es una cita.
—Ya lo has dicho.
—Bien.
—Lucía.
—¿Qué?
Me besó en la frente. Aquel gesto me sorprendió más que los otros besos.
Fue suave. Íntimo. Innecesariamente tierno.
—Hasta luego —dijo.
Se alejó hacia el puerto. Yo permanecí quieta, observándolo.
—Estás perdida —dijo Lola detrás de mí.
Di un respingo. Ella sostenía dos helados. Sergio estaba a su lado.
—¿De dónde habéis salido?
—Del puesto de allí.
—No os he visto.
—Porque mirabas a Álvaro.
—No estaba mirándolo.
—Has seguido caminando con los ojos hasta que ha girado la esquina.
Sergio me entregó un helado.
—Chocolate. Álvaro ha dicho que es tu favorito.
Lo cogí.
—¿Cuándo te lo ha dicho?
—Esta mañana.
—¿Por qué?
—Me preguntó qué sabores quedaban en el puesto.
—Eso no demuestra que sepa cuál me gusta.
Lola lamió el suyo.
—Ha encargado uno de chocolate para ti.
Miré el helado.
—Podría haber sido casualidad.
—También ha pedido que no tuviera frutos secos porque no sabe si eres alérgica —añadió Sergio.
No respondí.
—Muy perdido —dijo Lola.
—¿Él o yo?
—Los dos.
Aquella noche cenamos en la azotea de la casa de Sergio. Era amplia, con paredes blancas, macetas de geranios y vistas al mar. Había colocado una mesa baja, cojines y varias guirnaldas de luces. Cuando llegamos, Inés ya estaba allí. También don Emilio. Y las trillizas.
—Pensaba que sería una cena de cuatro —dije.
—En Valdearena eso no existe —respondió Sergio.
Carmen envió una tortilla. Paco, una fuente de pescado.
Mercedes apareció con ensalada y dejó a Nico porque «ya que había comida, el niño podía aprovechar».
Gonzalo llegó poco después con dos botellas de vino.
Álvaro aún no había regresado. Intenté no mirar la hora.
A las ocho y cuarto pregunté si alguien quería más pan.
A las ocho y veinte revisé el teléfono. A las ocho y media, Lola se sentó a mi lado.
—Llegará.
—No estoy esperando.
—Has preguntado tres veces si la tortilla se enfría.
—La tortilla puede enfriarse.
—Es una tortilla fría.
—Precisamente.
A las nueve menos cuarto apareció Álvaro. Subió las escaleras con el cabello húmedo, una camisa azul abierta sobre una camiseta blanca y una bolsa de papel.
—Perdón.
—Llegas tarde —dije.
—La excursión se alargó.
—Podías haber avisado.
—No tenía cobertura.
—Siempre tienes una excusa.
—Y tú siempre cuentas los minutos.
—Alguien tiene que hacerlo.
Sonrió.
—Hola.
—Hola.
Me entregó la bolsa. Dentro había una pulsera fina hecha con cuerda azul y una pequeña pieza de metal en forma de brújula.
—¿Qué es?
—Una turista las vendía en el puerto.
—¿Me has comprado una pulsera a una turista?
—Ella decía que era artesana.
—¿Y la brújula funciona?
—No.
—Entonces es perfectamente inútil.
—Como casi todos los regalos bonitos.
La sostuve entre los dedos.
—Gracias.
—¿Te gusta?
—Sí.
—Aunque sea inútil.
—Especialmente por eso.