CAPÍTULO VIII #2
Empezamos la práctica. Los niños se arrodillaban sobre las tablas mientras los adultos las sujetábamos desde el agua.
Paula fue la primera en ponerse de pie. Mantuvo el equilibrio durante cinco segundos y cayó sentada.
Salió a la superficie riendo. Samuel apenas logró incorporarse antes de caer de cabeza. Nico, en cambio, avanzó varios metros.
—¡Miradme!
—No te distraigas —advirtió Álvaro.
—¡Soy el rey del mar!
Una pequeña ola movió la tabla. Nico cayó. Salió del agua con el cabello pegado a la frente.
—El mar ha hecho trampas.
—El mar no necesita hacerlas —respondió Paco.
Cuando todos hubieron probado, Álvaro arrastró una tabla hasta mí.
—Tu turno.
—No.
—Los niños quieren verte.
Miré al grupo. Veintinueve rostros me observaban con entusiasmo.
—No quiero verla —dijo Samuel—. Quiero verla caer.
—Gracias.
—La sinceridad es importante —recordó Nico.
Lola se acercó.
—Hazlo.
—Tú primero.
—Yo no he besado al monitor.
—Eso no tiene ninguna relación.
—Él estará más motivado para salvarte.
Álvaro sonrió.
—Siempre lo estoy.
—No ayuda que digas eso —murmuré.
—Sube.
—No sé.
—Te enseñaré.
—Ese es precisamente el problema.
—¿Por qué?
—Porque cuando me enseñas algo acabas demasiado cerca.
Los niños comenzaron a murmurar.
—No hablaba de besar —añadí rápidamente.
—Ahora todos piensan en ello —dijo Sergio.
—Gracias.
Me quité la camiseta y el pantalón corto. Debajo llevaba un bañador negro. Álvaro dejó de sonreír durante un instante. Lo noté. Él notó que yo lo había notado.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Tu cara ha dicho algo.
—Mi cara aprecia la prevención.
—Eres idiota.
—Y tú estás muy guapa.
Los niños silbaron sin saber probablemente por qué. Sentí que me ardían las mejillas.
—Podrías haberlo dicho más bajo.
—No me avergüenza.
Aquella respuesta me dejó sin réplica. Entré en el agua. Álvaro sostuvo la tabla.
—Primero de rodillas.
—Eso puedo hacerlo.
—No te confíes.
—Es una tabla, no una fiera.
Subí.
La tabla se movió. Me agarré a sus hombros.
—Quieta.
—Estoy quieta.
—Me estás hundiendo.
—Tú has querido esto.
—Pon las manos sobre la tabla.
—Si te suelto, me caigo.
—Todavía no.
—Eso no tranquiliza.
Álvaro colocó una mano en mi cintura y otra en mi brazo.
—Ahora siéntate sobre los talones.
Obedecí lentamente. La tabla dejó de oscilar.
—¿Ves?
—No es tan difícil.
—Eso dijiste del barco.
—Y subiste.
—Casi caigo.
—Pero te agarré.
Nuestros ojos se encontraron. Durante un segundo volvimos a estar solos, aunque tuviéramos medio pueblo alrededor.
—Ponte de pie —dijo.
—No.
—Confía en mí.
—Eso también lo dijiste en el barco.
—Y llegamos vivos.
—Con mareo.
—No puedo resolverlo todo.
Apoyé un pie sobre la tabla. Después el otro. Álvaro me sostuvo por las manos.
—Dobla las rodillas.
—Las tengo dobladas.
—Pareces una estatua.
—Las estatuas no se caen.
—Tampoco avanzan.
Soltó una de mis manos.
—No.
—Estás bien.
—No me sueltes.
—Entonces no aprenderás.
—No necesito aprender.
—Ya estás aprendiendo.
Soltó la otra. Me mantuve en pie.
—Álvaro.
—Estoy aquí.
—No te alejes.
—No lo hago.
La tabla avanzó suavemente. Me dio el remo.
—Mételo en el agua por este lado.
Lo hice. La tabla giró.
—¡Estoy avanzando!
—Más o menos.
—No estropees el momento.
Los niños aplaudieron. Sonreí. Di otra palada. Después otra. Me sentía ridícula y triunfante al mismo tiempo.
—¡Mirad! —grité.
—No te distraigas —advirtió Álvaro.
Lo miré.
—Esa frase es tuya.
La pequeña ola llegó por detrás. La tabla se inclinó. Moví los brazos. El remo salió volando.
—¡Álvaro!
Caí al agua. Salí a la superficie inmediatamente. Él estaba riendo.
—No tiene gracia.
—Muchísima.
Le lancé agua.
—Me dijiste que no me caerías.
—Dije que estaba aquí.
—Es distinto.
—Por eso el idioma tiene palabras diferentes.
Volví a salpicarlo. Álvaro respondió. En pocos segundos estábamos inmersos en una guerra.
—¡Pelea! —gritó Nico.
Los niños comenzaron a animarnos.
—¡Lucía!
—¡Álvaro!
—¡A la cabeza!
—¡Hundir al monitor!
Álvaro se acercó.
—Ríndete.
—Jamás.
—Estás en mi terreno.
—Eso no te hace invencible.
—Casi.
Intenté empujarlo. Él me agarró por la cintura y me levantó.
—¡Suéltame!
—Di que he ganado.
—No.
—Entonces al agua.
—Ya estoy en el agua.
—Más abajo.
Me hundió suavemente. Salí riendo y le golpeé el pecho.
—Eres un bruto.
—Tú empezaste.
—Te estabas riendo de mí.
—Estabas preciosa cayéndote.
—Eso no mejora nada.
Seguía sujetándome por la cintura. Mis manos permanecían apoyadas en sus hombros. Estábamos demasiado cerca. Otra vez.
—Ahora sí podéis besaros —gritó Nico.
Los niños comenzaron a corear:
—¡Beso! ¡Beso! ¡Beso!
Me aparté.
—Esto se ha terminado.
Álvaro se pasó una mano por el cabello mojado.
—Estoy de acuerdo.
—No parece.
—¿Con qué parte?
—Con terminar.
Su mirada se detuvo en mi boca. Antes de que pudiera responder, Sergio dio un silbido.
—¡Todos fuera! La marea está subiendo.
Paco levantó una mano desde la orilla.
—Lo dije.
—Dijiste cuarenta minutos —respondió Álvaro.
—Han pasado cuarenta y dos.
—Eso entra en el margen.
—El mar no usa márgenes.
Ayudamos a los niños a salir. Mientras recogíamos las tablas, el cielo empezó a cubrirse de nubes.
—¿Va a llover? —pregunté.
Paco observó el horizonte.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Una gota cayó sobre mi brazo. Lo miré.
—Eso no es lluvia.
Cayeron otras tres.
—¿Y eso?
—Aviso.
En menos de un minuto comenzó a llover con fuerza. Los bañistas recogieron sombrillas y toallas. Los niños gritaban mientras corrían hacia el chiringuito.
—¡Todos a La Ola! —ordenó Carmen.
Cogimos el material y avanzamos bajo el chaparrón. Yo llevaba una tabla con Álvaro.
—Tu padre ha dicho que no llovería.
—Mi padre nunca miente sobre el mar.
—Esto viene del cielo.
—Por eso no cuenta.
Entramos en el chiringuito empapados. Carmen repartió toallas. Los niños se sentaron alrededor de las mesas mientras fuera la lluvia golpeaba el techo de madera.
—Actividad alternativa —dije.
—¿Tienes una preparada? —preguntó Álvaro.
—Siempre.
—¿En una lista?
—En tres.
Saqué de mi bolsa varios cuadernos y lápices.
—Cada uno escribirá una pequeña historia sobre lo ocurrido hoy.
Los niños protestaron.
—Puede ser divertida —añadí—. Y podéis exagerar.
—¿Puedo poner que había un monstruo marino? —preguntó Samuel.
—Sí.
—¿Y que se comió a Álvaro?
—También.
—¿Y que Lucía lo salvó con un beso? —añadió Nico.
—No.
—Has dicho que podíamos exagerar.
—Eso no es exagerar. Es inventar.
Álvaro se sentó a mi lado.
—Todas las historias se inventan.
—No ayudes.
Los niños comenzaron a escribir y dibujar. Durante un rato, el chiringuito quedó en una calma relativa. Lola y Sergio se instalaron en una mesa aparte. Ella apoyaba la cabeza en su hombro mientras él le contaba algo al oído.
—No me gusta —dije.
Álvaro siguió mi mirada.
—¿Sergio?
—La situación.
—Parecen contentos.
—Eso no significa que sea buena idea.
—Tú y yo tampoco parecemos una idea especialmente buena.
Lo miré.
—No somos comparables.
—¿Por qué?
—Porque Lola se enamora deprisa.
—¿Y tú no?
—No.
—¿Segura?
—Completamente.
Álvaro se reclinó en la silla.
—Entonces no hay peligro.
—No he dicho que no me gustes.
—Eso es casi una declaración.
—Es una observación.
—Me sirve.
—No debería.
—Deja que yo decida lo que me sirve.
—Eso suena a algo que diría yo.
—Paso demasiado tiempo contigo.
La lluvia continuaba. Carmen apareció con chocolate caliente para los niños y café para nosotros.
—Esta tarde habrá sol —anunció.
—¿También lo ha dicho Paco? —pregunté.
—No. Me duele la rodilla.
—¿Eso significa buen tiempo?
—Mi rodilla nunca falla.
—Todo el mundo en este pueblo tiene un método meteorológico distinto.
—Y todos acertamos alguna vez —respondió.
Bebí el café. Álvaro me observaba.
—¿Qué?
—Tienes el pelo mojado.
—Tú también.
—Te queda bien.
—Ya me has dicho que estaba guapa.
—Puedo repetirlo.
—No hace falta.
—Te pone nerviosa.
—No.
—Has bajado la vista.
—Estoy mirando el café.
—Es fascinante.
—Mucho.
Sonrió. Debajo de la mesa, su rodilla rozó la mía. No se apartó. Yo tampoco.
—Esta tarde tengo una excursión —dijo.
—¿Con turistas?
—Sí.
—¿A qué hora vuelves?
—A las ocho.
—No te he preguntado porque quiera verte.
—Claro.
—Solo por organización.
—Naturalmente.
—Lola duerme en casa de don Emilio.
—Lo sé.
—Y probablemente quiera salir.
—Sergio también.
—Podríamos cenar todos juntos.
—Podríamos.
—No es una cita.
—Por supuesto.
—Deja de darme la razón así.
—¿Así cómo?
—Como si no me creyeras.
—Te creo.
—Mientes.
—Un poco.
La lluvia cesó tan deprisa como había comenzado. Los niños terminaron sus historias. Samuel leyó la suya en voz alta. En ella, un calamar gigante atacaba la playa, Álvaro huía gritando y yo lo derrotaba golpeándolo con una lista.
—Es poco realista —dijo Álvaro.
—¿La parte del calamar?
—La de que yo huyo.
—La lista sí me representa bien —comenté.
Paula escribió sobre una princesa que aprendía a remar. Nico levantó su hoja.
—La mía se llama «El beso que no fue».
—No la leas —dije.
—Todavía no he empezado.
—No importa.
—Es una historia de amor.
—Tienes diez años.
—El amor no tiene edad.
—Eso se lo ha dicho su abuela —murmuró Álvaro.
—Mi abuela dice que el amor no tiene edad, pero los novios sí deberían tenerla parecida para no quedarse viudos pronto.
Carmen se atragantó con el café.
—Nico, guarda el cuaderno.
—¿Puedo terminarlo en casa?
—No —respondí.
—Sí —dijo Álvaro.
—¿Por qué lo animas?
—Quiero saber cómo acaba.
—Con vosotros casados —informó Nico.
—Entonces ya lo sabemos —dije.
—También hay una persecución y un secuestro.
—Eso mejora mucho —comentó Sergio.
—El secuestrado eres tú.
—¿Yo?
—Por pirata.
—Tiene lógica.
Al terminar la jornada, las familias recogieron a los niños. Mercedes leyó por encima el relato de Nico.
—¿Quién secuestra a quién?
—Es ficción —respondió él.
—¿Y por qué aparezco yo con una escoba?
—Necesitaba un personaje fuerte.
Mercedes sonrió orgullosa.
—Eso está bien.
Poco a poco, el chiringuito se vació. Lola se marchó con Sergio a comprar helados. Carmen y Paco entraron en la cocina. Álvaro y yo recogimos los cuadernos.
—¿Tienes que irte ya? —pregunté.
—Dentro de media hora.
—Ah.
—Pareces decepcionada.
—No.
—Mientes fatal.