CAPÍTULO VIII
Donde un beso se convierte en noticia pública y una clase de paddle surf acaba peor de lo previsto
A la mañana siguiente descubrí que un beso puede durar apenas unos segundos y, sin embargo, ocupar todo un pueblo.
La noticia estaba en la panadería, en el mercado, en la farmacia en el puesto de prensa y, por supuesto, en el grupo de mensajes titulado «Boda de Lucía y Álvaro», que había alcanzado los cincuenta y tres participantes antes de las ocho de la mañana. Yo no pertenecía al grupo. Lola sí.
—Alguien ha propuesto septiembre —dijo mientras untaba mantequilla en una tostada.
—¿Septiembre para qué?
—Para la boda.
—No habrá boda.
—Eso he dicho yo.
—Gracias.
—He propuesto octubre.
Le arrebaté el teléfono.
—Voy a salir de ese grupo.
—No puedes. Es mi móvil.
—Entonces sal tú.
—Necesito observar.
—¿Qué?
—La evolución del fenómeno.
—No soy un fenómeno.
—Has besado al soltero más comentado de Valdearena delante de las tres principales agencias de información del pueblo.
—No sabía que estaban allí.
—Las trillizas siempre están.
—Eso empieza a asustarme.
Don Emilio entró en la cocina con una caja de dulces.
—Buenos días.
—¿Qué lleva ahí? —pregunté.
—Rosquillas.
—¿Por qué?
—Para celebrarlo.
—No hay nada que celebrar.
—Has besado a Álvaro.
—Un beso no requiere rosquillas.
—Depende del beso.
Lola levantó la mano.
—Yo estaba presente. Requería rosquillas.
—No quiero hablar de ello.
—Entonces hablaremos de la boda —propuso don Emilio.
—Tampoco.
—¿De los hijos?
—¡Mucho menos!
Margarita golpeó la ventana.
—Hasta la gaviota viene a felicitarte —dijo Lola.
—Viene a robar.
—Cada cual demuestra el cariño como puede —sentenció don Emilio.
—Deje de repetir eso.
La gaviota volvió a picotear el cristal. Lola abrió la ventana.
—No le des nada —advertí.
—Solo un trocito.
Margarita atrapó media tostada y salió volando.
—¡Era mi desayuno!
—Ya conoces el amor —respondió Lola—. Siempre acaba llevándose algo.
—Tú no estás en condiciones de dar consejos sentimentales.
—Precisamente por eso tengo tanta experiencia.
Don Emilio dejó la caja sobre la mesa.
—¿Álvaro vendrá a buscarte?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Ha llamado dos veces.
Me volví.
—¿Cuándo?
—Mientras te duchabas.
—¿Y por qué no me ha llamado al móvil?
—Dice que no quería parecer ansioso.
Lola soltó una carcajada.
—Llamar dos veces al casero de la mujer que has besado es una forma magnífica de ocultarlo.
—¿Qué quería?
—Saber a qué hora bajarías.
—Entramos a las nueve.
—Eso le he dicho.
—¿Y?
—Ha dicho que ya lo sabía.
—Entonces, ¿para qué llamó?
Don Emilio se encogió de hombros.
—Quizá quería oír que estabas en la ducha.
—¡Don Emilio!
—Yo no le he dado detalles.
Lola sonrió.
—Por ahora me cae muy bien.
—Tú no cuentas.
—He estado casada tres veces. Cuento por seis.
Subí a mi habitación con la intención de vestirme y no pensar en el beso. No funcionó.
Pensé en él mientras elegía una camiseta. Mientras me recogía el cabello. Mientras buscaba unas sandalias. Y, sobre todo, mientras me miraba al espejo y descubría una sonrisa que no había autorizado.
—No empieces —me dije.
La mujer del espejo continuó sonriendo. A las nueve menos diez salí de casa.
Álvaro esperaba al final de la calle. No llevaba bicicleta, ni cajas, ni una excusa absurda.
Solo estaba allí, con las manos en los bolsillos y el cabello revuelto por el viento.
Al verme, sonrió. Mi estómago hizo algo completamente impropio de una mujer adulta.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Nos quedamos quietos. Habíamos sabido besarnos delante de medio pueblo. Lo que no sabíamos era cómo saludarnos después.
—¿Has dormido bien? —preguntó.
—Sí.
Era mentira.
—Yo tampoco.
Lo miré.
—He dicho que sí.
—Y yo he decidido responder a la verdad.
—No puedes corregir mis respuestas.
—Eres profesora. Deberías apreciar la precisión.
—No tan temprano.
Dio un paso hacia mí.
—¿Puedo besarte?
Miré hacia los balcones. Tres cortinas se movieron al mismo tiempo.
—Aquí no.
—Entonces caminamos.
—¿Hacia la librería?
—Hacia una calle sin público.
—En este pueblo no existe.
—Podemos intentarlo.
Comenzamos a andar. Álvaro rozó mi mano con la suya. No la cogió. Esperó. Yo entrelacé los dedos con los suyos. Su sonrisa se ensanchó.
—No significa nada —dije.
—Por supuesto.
—Solo quiero evitar que sigas rozándome la mano como un adolescente.
—Era una estrategia.
—Muy pobre.
—Ha funcionado.
Al pasar frente a la panadería, una mujer levantó la vista desde el mostrador.
—¡Ya van cogidos de la mano!
Varias cabezas se asomaron. Solté a Álvaro. Él rio.
—Te lo advertí.
—Esto es insoportable.
—Podemos darles algo interesante que contar.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—Mi cara está contenta.
—Dile que se modere.
Llegamos a la plaza. Las trillizas ocupaban su banco habitual. Jacinta sostuvo una libreta.
—Buenos días.
—¿Qué está escribiendo? —pregunté.
—Nada.
—Parece una lista.
—De invitados —respondió Adela.
—Para una celebración —añadió Remedios.
—No habrá boda.
—No hemos dicho boda —replicó Jacinta.
—Podría ser un bautizo —añadió Adela.
—Eso es peor.
Álvaro me condujo hacia la librería antes de que yo decidiera arrebatarles la libreta. Los niños ya esperaban. Nico corrió hacia nosotros.
—¿Sois novios?
—No —respondí.
—Estamos negociándolo —dijo Álvaro.
—No estamos negociando nada.
—Entonces, ¿qué sois?
Abrí la boca. No tenía respuesta. Álvaro tampoco. Nico sonrió.
—Mi abuela dice que cuando dos adultos no saben lo que son, suelen estar liados.
—Tu abuela debería escribir un diccionario —dije.
—Está escribiendo la lista de la boda.
—No hay boda.
—Eso dices mucho.
—Porque nadie escucha.
—Yo sí escucho —respondió Álvaro.
Lo miré.
—A veces.
—Cuando dices cosas importantes.
El recuerdo del día anterior me golpeó con suavidad. «Me gustas». Dos palabras sencillas. Peligrosas.
Don Emilio abrió la librería.
—Entrad, que hoy tenéis mucho trabajo.
—¿Qué actividad toca? —preguntó Lola desde detrás de nosotros.
Me volví. Había aparecido junto a Sergio. Los dos llevaban gafas de sol. Ella vestía pantalón corto y una camisa enorme que no era suya. La reconocí. Era de Sergio.
—¿Dónde has dormido? —pregunté.
Lola se quitó las gafas.
—Buenos días.
—No has respondido.
—He dormido estupendamente.
—Eso tampoco responde.
Sergio sonrió.
—Yo he dormido regular.
—Nadie te ha preguntado —dije.
—Pero la información completa siempre ayuda.
—¿Habéis…?
Lola levantó una mano.
—Hay niños.
Nico se acercó.
—¿Habéis qué?
—Desayunado —respondí.
—Dos veces —añadió Sergio.
—Voy a matarlos a los dos.
—Eso complicaría el taller —dijo Álvaro.
—Tú no ayudes.
Lola me besó en la mejilla.
—Luego hablamos.
—No quiero detalles.
—Eso dices ahora.
—Lo digo para siempre.
Don Emilio dio una palmada.
—Hoy toca actividad deportiva.
—¿Cuál? —pregunté.
Álvaro abrió la puerta del patio. Apoyadas contra la pared había varias tablas largas.
—Paddle surf.
—No.
—Todavía no he explicado nada.
—No pienso subirme a una de esas.
—La actividad es para los niños.
—Perfecto.
—Y los monitores.
—Deja de añadir cosas después.
—Figura en el programa.
—El programa que no cabía en una hoja.
—Ese.
Me acerqué a una de las tablas. Parecía estrecha. Inestable. Y completamente innecesaria.
—No tengo ropa para meterme en el agua.
Álvaro miró mi bolsa.
—Has traído bañador.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque siempre traes uno a las actividades de playa.
—Eso es prevención.
—Hoy será utilidad.
—Puedo vigilar desde la orilla.
—También puedes aprender.
—Sé nadar.
—Mantenerte a flote no es nadar.
—Ayer sobreviví a tu barco.
—Gracias a una bolsa para el mareo.
—No la utilicé.
—La abrazaste durante media hora.
—Era un apoyo psicológico.
Los niños comenzaron a tocar las tablas. Álvaro levantó la voz.
—Primero aprenderemos en la arena. Nadie entra en el agua sin chaleco y sin permiso.
—¿Habrá tiburones? —preguntó Samuel.
—No —respondí.
—Puede —dijo Sergio.
—¿Puedes dejar de asustarlos?
—Yo solo creo ambiente.
—El ambiente ya tiene mar.
Dividimos a los niños en grupos pequeños. Álvaro explicó cómo colocar los pies, doblar ligeramente las rodillas y sujetar el remo.
—Lo importante es mantener el equilibrio —dijo.
Nico me miró.
—La profesora no podrá.
—¿Por qué?
—Siempre se cae cuando está con Álvaro.
Los niños rieron.
—Solo he perdido el equilibrio dos veces.
—Tres —corrigió él.
—¿Cuándo fue la tercera?
—Ayer, cuando os besasteis.
El grupo entero comenzó a gritar.
—¡Se besaron!
—¡Ya lo sabíamos!
—¡Mi madre lo dijo!
—¡La mía también!
Me cubrí la cara con una mano. Álvaro intentaba contener la risa.
—Haz algo.
—¿Qué?
—Eres el coordinador.
Dio una palmada.
—Quien vuelva a hablar del beso tendrá que guardar todas las tablas.
Los niños callaron.
—Gracias.
—De nada.
Nico levantó la mano.
—¿Podemos pensarlo?
—Eso no puedo impedirlo —respondió Álvaro.
—Entonces lo pensaré mucho.
Tras practicar en la arena, trasladamos las tablas hasta la orilla. El mar estaba tranquilo. Las olas apenas rompían junto a la playa. Álvaro se ocupó de los niños mayores. Sergio ayudó a los pequeños. Lola decidió que su función sería animar desde la arena.
—Tú dijiste que querías colaborar —le recordé.
—Colaboro emocionalmente.
—Métete en el agua.
—Acabo de alisarme el pelo.
—Llevas arena desde ayer.
—Precisamente por eso necesito proteger lo que queda.
Carmen apareció con una sombrilla y una nevera.
—He traído fruta.
—La actividad dura una hora —dije.
—Los niños tienen hambre cada quince minutos.
—Eso es verdad —afirmó Nico.
Paco llegó detrás con un sombrero de paja.
—La marea subirá pronto.
—Tenemos tiempo —respondió Álvaro.
—Media hora.
—Una hora.
—Cuarenta minutos.
—¿Eso es una negociación? —pregunté.
—No —dijeron los dos.
—Entonces, ¿qué es?
—Una conversación entre hombres que conocen el mar —respondió Paco.
Carmen abrió la nevera.
—Son iguales hasta para discutir.
—No somos iguales —protestó Álvaro.
Paco lo miró.
—Tienes razón. Yo escucho.