Amor de verano en el sur CAPÍTULO VII #4
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CAPÍTULO VII #4

—No dejes que te oiga.

Nos detuvimos junto a la barandilla.

—Desde entonces tengo miedo de no saber qué siento —continué—. De confundir otra cosa con amor. O de no reconocerlo cuando llegue.

Álvaro apoyó los brazos en la madera.

—Yo tampoco sé reconocerlo.

—Has tenido novias.

—Eso no significa nada.

—¿Nunca te has enamorado?

Miró el mar.

—Una vez creí que sí.

—Marina.

—Tenía veinte años.

—No responde.

—La quería. Pero no sé si estaba enamorado de ella o de la idea de que alguien me eligiera.

—Gonzalo dice que no valoras las cosas hasta que las pierdes.

—Gonzalo dice muchas tonterías con buena camisa.

—¿Tiene razón?

—A veces.

—Eso es bastante honesto.

—Estoy haciendo un esfuerzo.

El viento me llevó el cabello a la cara. Álvaro lo apartó con la mano. El gesto fue lento. Familiar, aunque apenas nos conociéramos.

—No quiero hacerte daño —dijo.

—Todo el mundo dice eso antes de hacerlo.

—Entonces no voy a prometer que no ocurrirá.

—No parece muy romántico.

—Intento ser honesto.

—¿Qué puedes prometer?

Pensó un momento.

—Que no jugaré contigo.

—¿Y si esto solo es el verano?

—Entonces será el verano.

—Terminará.

—Todo termina.

—Eso tampoco es romántico.

—No se me da bien.

—Tocas la guitarra en un chiringuito.

—Eso no me convierte en poeta.

Sonreí.

—¿Y qué hacemos?

—Ahora mismo, caminar.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

Álvaro dio un paso hacia mí.

—Podemos seguir fingiendo que no pasa nada.

—No funciona muy bien.

—Podemos hacer listas de ventajas e inconvenientes.

—No te burles.

—O podemos dejar de decidir por adelantado.

—Eso me cuesta.

—Lo sé.

—¿Y si sale mal?

—Nos enfadaremos.

—Ya nos enfadamos.

—Entonces llevamos ventaja.

Solté una risa. Él sonrió.

—¿Y si sale bien? —preguntó.

No respondí. Quizá porque aquella posibilidad era la que más miedo me daba. Álvaro levantó una mano y la apoyó en mi mejilla.

—Dime que me aparte.

No lo hice.

—Dime que no quieres.

Tampoco.

—Lucía…

—Deja de hablar.

Lo agarré de la camiseta y tiré de él. El beso no se pareció a ninguno de los casi besos anteriores.

No hubo oscuridad que lo ocultara, ni película, ni accidente, ni una excusa razonable.

Su boca encontró la mía con una suavidad que apenas duró un instante, porque enseguida lo besé con toda la impaciencia acumulada durante seis días de discusiones, interrupciones y frases a medias.

Álvaro me rodeó la cintura. Me acercó a él.

El mundo no se detuvo. El mar siguió golpeando las rocas.

El viento continuó moviendo mi vestido. Una gaviota chilló sobre nuestras cabezas.

Pero algo dentro de mí, algo que llevaba demasiado tiempo quieto, despertó de golpe.

Cuando nos separamos, los dos respirábamos deprisa. Álvaro apoyó la frente contra la mía.

—Eso ha sido poco sensato.

—Muchísimo.

—¿Quieres que me disculpe?

—Ni se te ocurra.

Sonrió. Volvió a besarme. Esta vez más despacio.

Sin prisa. Como si, por una vez, ninguno de los dos estuviera intentando llegar a ninguna parte.

Un aplauso sonó detrás de nosotros. Nos apartamos.

Lola, Sergio, don Emilio y las trillizas estaban al comienzo del sendero.

No sabía cuánto tiempo llevaban allí. Preferí no preguntarlo.

—¡Por fin! —gritó Lola.

—Han tardado —dijo Jacinta.

—Muchísimo —añadió Adela.

—Yo esperaba que fuera anoche —concluyó Remedios.

Don Emilio levantó una bolsa.

—He traído merienda.

Sergio miró a Álvaro.

—¿Necesitáis otros cinco minutos?

—Necesitamos que desaparezcáis —respondió él.

—Eso ya no puede hacerse —dijo Lola—. Lo hemos visto.

Me cubrí la cara con las manos.

—Quiero marcharme de este pueblo.

Álvaro me rodeó los hombros.

—No serviría de nada.

—¿Por qué?

—La noticia llegará antes que tú.

En aquel momento, el teléfono de Lola emitió un sonido. Ella miró la pantalla.

—Demasiado tarde.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Han creado un grupo nuevo.

—¿Qué grupo?

Lola me mostró el móvil. «Boda de Lucía y Álvaro». Había treinta y siete participantes.

—¡No hay boda! —grité.

Las trillizas comenzaron a descender por el sendero.

—Eso ya se verá —dijo una.

—El primer paso está dado —añadió otra.

—Y ha sido un beso bastante convincente —concluyó la tercera.

Álvaro se inclinó hacia mí.

—Ahora sí estamos complicados.

Lo miré. Debería haber sentido pánico. Y lo sentía. Pero también una alegría absurda, ligera y completamente nueva.

—La culpa es tuya —dije.

—Tú me has agarrado de la camiseta.

—Porque no dejabas de hablar.

—Puedo volver a hacerlo.

—No te atrevas.

Álvaro sonrió. Y me besó otra vez delante de todos.

Aquel segundo beso fue más breve. Pero suficiente para que Lola gritara, Sergio silbara, las trillizas aplaudieran y don Emilio comenzara a repartir bocadillos como si acabáramos de anunciar un compromiso.

Yo no sabía qué ocurriría al día siguiente, ni en agosto, ni cuando llegara septiembre.

Por primera vez, no tenía un plan. Y, mientras Álvaro mantenía su mano en mi cintura y el sol empezaba a descender sobre el mar, aquello no me pareció un desastre. Solo el principio.