Amor de verano en el sur CAPÍTULO VII #3
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CAPÍTULO VII #3

Terminamos la actividad poco antes del mediodía. Los niños se reunieron bajo la sombra de los pinos para beber agua y comer fruta. Lola se sentó junto a mí. Tenía arena hasta en el cabello.

—Sergio es encantador.

—Sergio es un ligón.

—Mejor. Así no tendremos que mentirnos.

—Acabas de conocerlo.

—Tú llevas seis días conociendo a Álvaro y ya os cogéis de la mano en el cine.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo, pero con menos experiencia.

—No pienso hablar de esto aquí.

—Esta noche.

—Tampoco.

—Entonces se lo preguntaré a él.

—Ni se te ocurra.

Lola sonrió.

—Ya lo he hecho.

—¿Qué?

—Mientras montabais la actividad.

—¿Qué le has preguntado?

—Sus intenciones.

—Voy a matarte.

—Ha respondido bien.

—¿Qué ha dicho?

—No puedo contártelo.

—Lola.

—Me pidió discreción.

—Tú no sabes qué significa esa palabra.

—Estoy aprendiendo.

Álvaro se acercó con una botella de agua.

—¿Todo bien?

—Mi amiga está a punto de sufrir un accidente en las dunas.

—Parecía inevitable.

—¿Qué te ha preguntado?

Lola se levantó.

—Voy a buscar a Sergio.

—No huyas.

—No huyo. Persigo.

Se alejó. Miré a Álvaro.

—¿Qué te ha preguntado?

—Muchas cosas.

—¿Sobre mí?

—Casi todas.

—¿Y qué has respondido?

—La verdad.

—¿Cuál?

—Que eres mandona, cabezota y bastante desconfiada.

—¿Solo eso?

—También que me gustas.

Me quedé inmóvil. Álvaro abrió la botella y bebió. Lo había dicho con la misma naturalidad con que podía afirmar que hacía calor.

—No puedes soltar algo así y beber agua.

—Tenía sed.

—Álvaro.

Bajó la botella.

—¿Qué?

—Has dicho que te gusto.

—Sí.

—A Lola.

—Y ahora a ti.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta.

—Desde antes de saberlo.

—Peor todavía.

—¿Por qué?

—Porque las personas deberían saber cuándo empiezan a sentir algo.

—¿Tú lo sabes siempre?

Pensé en Andrés. En los años durante los que había creído amarlo de la forma adecuada. En el momento en que descubrí que no sabía cuándo había dejado de hacerlo.

—No —admití.

Álvaro se sentó a mi lado. Los niños jugaban a unos metros. Lola reía con Sergio. El viento movía las copas de los pinos.

—No te estoy pidiendo nada —dijo.

—Ya lo sé.

—Ni que decidas.

—También lo sé.

—Solo te digo lo que hay.

—¿Y qué hay?

Me miró.

—Me gustas.

—Eso ya lo has dicho.

—Me gusta que discutas conmigo incluso cuando sabes que tengo razón.

—Eso no ocurre nunca.

—Me gusta cómo te tomas en serio todo lo que hacen los niños.

—Es mi trabajo.

—Y cómo intentas fingir que no te importa este pueblo cuando ya saludas hasta a Margarita.

—La insulto.

—Ella lo entiende como cariño.

—¿Algo más?

—Mucho.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—No deberías decir esas cosas.

—¿Por qué?

—Porque complican todo.

—Quizá todo ya estaba complicado.

—Yo no quiero…

Me detuve. No sabía cómo terminar.No quería enamorarme, ni sufrir ni marcharme dentro de dos meses sintiendo que dejaba algo importante atrás. Pero ninguna de aquellas frases explicaba lo que sí quería.

—¿No quieres que te guste? —preguntó.

—No lo sé.

—¿No quieres besarme?

Lo miré. Álvaro no sonreía.

—No deberías preguntar eso aquí.

—¿Por los niños?

—Por mí.

—Entonces no respondas.

Se levantó.

—Vamos a recoger.

Durante el regreso apenas hablamos. Yo caminaba con los pequeños. Álvaro cerraba el grupo. Cada vez que me volvía, lo encontraba mirándome. Y cada vez apartaba la vista demasiado tarde.

Después del taller, Lola se marchó a la playa con Sergio. Don Emilio cerró la librería y anunció que comería en casa de Carmen. Yo dije que necesitaba trabajar. Era mentira. Necesitaba estar sola.

Regresé a casa, me duché y pasé una hora sentada frente al cuaderno sin escribir una sola palabra.

A las cinco, recibí un mensaje de Álvaro.

«He encontrado una brújula en tu bolsa».

Respondí: «No es mía». «Entonces es de algún niño».

«Llévala mañana». Pasaron unos segundos.

«Podrías venir a recogerla». «Has dicho que no es mía».

«Buscaba una excusa mejor». No respondí.

El teléfono vibró otra vez. «¿Paseamos?».

Miré la pantalla. Podía decir que no. Debería decir que no.

Escribí: «Media hora». Su respuesta llegó inmediatamente.

«En el faro». A las seis menos cinco subía por el sendero.

Álvaro estaba apoyado en la barandilla del mirador, contemplando el mar.

Vestía una camiseta azul y pantalones claros. Llevaba la brújula en la mano.

—Has venido —dijo.

—Solo media hora.

—Ya ha empezado.

—¿Desde cuándo?

—Desde que te he visto.

—Eso es hacer trampas.

—Es administrar el tiempo.

Me entregó la brújula.

—No es mía.

—Lo sé.

—Entonces, ¿para qué me la das?

—Necesitaba algo que hacer con las manos.

—Eso ha sonado inquietante.

—Contigo casi todo lo es.

Comenzamos a caminar por el sendero que bordeaba el acantilado. Abajo, el agua golpeaba las rocas. El pueblo se extendía a nuestras espaldas, blanco bajo la luz de la tarde.

—Lola te ha preguntado por Andrés —dije.

—Sí.

—¿Qué le has dicho?

—Nada. No lo conozco.

—Pero sabes que iba a casarme.

—Todo el pueblo lo sabe.

—No sabes por qué lo dejé.

—No tienes que contármelo.

—¿No tienes curiosidad?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué no preguntas?

—Porque cuando quieras hablar, lo harás.

Lo miré.

—A veces eres sorprendentemente sensato.

—No lo difundas.

Continuamos unos metros.

—No lo dejé porque fuera malo —dije—. Ni porque me engañara. Ni porque hubiera otra persona.

Álvaro escuchó en silencio.

—Lo dejé porque un día comprendí que no quería casarme con él. Llevábamos tanto tiempo juntos que ya no sabía dónde terminaba la costumbre y empezaba el amor.

—¿Y se lo dijiste?

—Sí.

—Eso tuvo que doler.

—Mucho.

—A los dos.

—Sí.

—Pero fuiste honesta.

—Demasiado tarde.

—Antes de la boda.

—Cuarenta y tres días antes.

—Podía haber sido cuarenta y tres días después.

Sonreí débilmente.

—Eso dijo Lola.

—Tu amiga parece inteligente.