Amor de verano en el sur CAPÍTULO VII #2
36%

CAPÍTULO VII #2

—Te ha hablado al oído y te has quedado sin respirar.

—Hacía calor.

—Era de noche.

—Sigue haciendo calor.

—Lucía.

—No quiero hablar.

—Perfecto. Hablaré yo.

Me agarró de la mano y me llevó al salón.

Durante la siguiente hora tuve que relatarle casi todo lo ocurrido desde mi llegada.

La maleta rota. la sardina, el trabajo con los niños, la excursión en barco, Gonzalo, el apagón, los casi besos y la mano en el cine.

Lola escuchó tumbada en el sofá, comiendo unas galletas que encontró en la cocina. Cuando terminé, permaneció en silencio.

—Di algo.

—Estoy organizando la información.

—No es tan complicada.

—Hay dos hombres, un niño cotilla, tres ancianas que parecen un coro griego, una gaviota cleptómana y tú has estado a punto de besar cuatro veces al mismo sujeto.

—Dos.

—Cuatro emocionalmente.

—Eso no existe.

—En tu caso, sí.

—No me ayudas.

—No he venido a ayudarte. He venido a comprobar que sigues viva.

—Lo estoy.

—Más que cuando te vi por última vez.

Me senté a su lado.

—No quiero cometer otra equivocación.

—Todavía no has cometido ninguna.

—Estoy dejando que se acerque.

—Eso no es una equivocación.

—Podría serlo.

—También podría no serlo.

—Me marcho en dos meses.

—Sí.

—Él vive aquí.

—Sí.

—No tiene sentido.

—Las cosas que tienen demasiado sentido suelen ser aburridísimas.

—No quiero enamorarme de nadie.

—Pues no te enamores.

—No se decide.

—Entonces deja de intentar decidirlo todo.

Apoyé la cabeza en el respaldo.

—No es tan sencillo.

—Nunca lo es. Pero tampoco tiene que ser una tragedia antes de empezar.

—Álvaro no parece querer algo serio.

—¿Se lo has preguntado?

—No.

—¿Y él sabe qué quieres tú?

—Yo no sé qué quiero.

—Eso, por fin, suena honesto.

Lola se acomodó en el sofá.

—Mañana observaré al sujeto.

—No tienes que observarlo.

—Es mi deber.

—No.

—También hablaré con las trillizas.

—Mucho menos.

—Y con su madre.

—Lola.

—Necesito varias fuentes.

—No estás investigando un crimen.

—Eso dependerá de lo que descubra.

A la mañana siguiente, comprendí que la llegada de Lola iba a convertir mi vida en algo todavía menos privado.

A las ocho, ya había desayunado con don Emilio.

A las ocho y cuarto conocía a Margarita.

A las ocho y media, la gaviota le había robado una tostada.

A las nueve menos diez, Lola entró conmigo en la librería vestida con un pantalón amarillo, una camiseta de rayas y un sombrero enorme.

—No puedes venir al taller.

—¿Por qué?

—Porque estás de vacaciones.

—Precisamente.

—No eres monitora.

—Puedo ayudar.

—No necesito ayuda.

—Tienes treinta niños.

—Veintinueve.

—Eso te parece una diferencia importante porque estás desesperada.

Los niños comenzaron a llegar. Nico fue el primero. Miró a Lola.

—¿Quién eres?

—Lola.

—¿La amiga de Lucía?

—Sí.

—Mi abuela dice que has venido a organizar la boda.

Cerré los ojos.

—No hay boda.

—Acabo de llegar —respondió Lola—. Dame unas horas.

—No la animes.

Nico le tendió la mano.

—Soy su ayudante.

—Entonces trabajaremos juntos.

—No trabajaréis en nada.

—¿Sabes qué le gusta a Álvaro? —preguntó ella.

—El mar, dormir y molestar a Lucía.

—Eso ya lo sé.

—También las croquetas de su madre.

—Información útil.

—¡Basta!

Los dos me miraron.

—Tiene mal carácter por las mañanas —dijo Nico.

—Lo tiene a todas horas —respondió Lola.

—Os estoy oyendo.

—Esa es otra característica —añadió ella.

Álvaro apareció en la puerta cargando una caja.

—Buenos días.

Lola sonrió.

—Buenos días, hombre interesante.

Él me miró.

—Me gusta tu amiga.

—Puedes quedártela.

—No me corresponde decidir —dijo Lola—. Soy una mujer libre.

Sergio entró detrás de Álvaro.

—¿Quién es la mujer libre?

Lola se volvió y se quedó mirándolo. Sergio también. Él llevaba camiseta de socorrista, pantalones rojos y gafas de sol apoyadas sobre la cabeza.

—Soy Sergio —dijo.

—Lola.

—La amiga de Lucía.

—El amigo de Álvaro.

—Socorrista.

—Divorciada.

Hubo un breve silencio.

—¿Tres veces? —preguntó él.

Lola frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—El pueblo.

—Llevo aquí desde anoche.

—Han tenido tiempo.

—Esto es maravilloso.

Se estrecharon la mano.

—Voy a hacer café —anunció Sergio.

—Te acompaño.

Los dos desaparecieron hacia la parte trasera de la librería. Miré a Álvaro.

—Esto es culpa tuya.

—Yo no la he traído.

—Pero sí a Sergio.

—Trabaja aquí.

—No trabaja aquí.

—Hoy ayuda con la actividad.

—¿Qué actividad?

Álvaro abrió la caja. Dentro había pañuelos de colores, brújulas, cuerdas y pequeñas bolsas de tela.

—Orientación por las dunas.

—Eso era el jueves.

—Lo hemos adelantado.

—¿Quién?

—Yo.

—Sin avisarme.

—Te envié un mensaje.

Saqué el teléfono. Había un mensaje suyo de las siete y veinte. «Cambio de planes. Dunas hoy. Lleva calzado cómodo y no hagas una lista».

—No lo había visto.

—Eso no es culpa mía.

—Lo enviaste a las siete de la mañana.

—Estaba despierto.

—La gente normal no.

—Tu amiga sí.

Desde el patio llegó la carcajada de Lola.

—Mi amiga no es normal.

—Empiezo a comprender por qué la quieres.

—Yo no he dicho que la quiera.

—A veces no hace falta decirlo.

Me miró de una forma que me recordó la noche anterior. Y la calle. Y aquello que no habíamos terminado. Desvié la vista.

—Tenemos que organizar a los niños.

—Claro, profesora.

La ruta por las dunas comenzaba detrás del faro y atravesaba una zona de pinos y senderos señalizados. Los niños debían aprender a utilizar una brújula y encontrar varias balizas colocadas por Álvaro y Sergio. Lola se negó a quedarse en el pueblo.

—Puedo controlar un grupo.

—No tienes experiencia con niños.

—Estuve casada con tres hombres.

—No es lo mismo.

—Es bastante parecido, pero los niños piden menos dinero.

Finalmente, le asignamos a los mayores junto a Sergio. No protestó. Sergio tampoco. Yo acompañé a los pequeños con Álvaro.

—No os separéis —advertí—. Y no salgáis del sendero.

—¿Hay serpientes? —preguntó Samuel.

—No —respondí.

—Sí —dijo Álvaro.

Lo miré.

—¿Hay serpientes?

—Alguna.

—¿Venenosas?

—No demasiado.

—¿Cómo puede ser algo no demasiado venenoso?

—Te muerde y te enfadas, pero no te mueres.

—Eso no es una clasificación científica.

—Tampoco soy científico.

Los niños avanzaron entusiasmados. Nico llevaba la brújula y dirigía al grupo.

—Tenemos que ir hacia el norte.

—El faro está al oeste —dije.

—Mi brújula dice norte.

Álvaro examinó el aparato.

—La tienes al revés.

—Entonces vamos hacia el sur.

—Seguimos queriendo ir al oeste.

—Esta brújula no coopera.

—Dámela.

Álvaro explicó cómo colocarla en posición horizontal y localizar los puntos cardinales. Nico lo escuchó con atención.

—¿Lucía sabe hacer esto?

—No —respondió él.

—Sí sé.

—Ayer pusiste el mapa del puerto al revés.

—Fue un momento.

—Diez minutos.

—Nadie se dio cuenta.

—Yo sí.

—Y no dijiste nada.

—Me gustaba ver cómo intentabas llegar a la lonja atravesando el mar.

Nico soltó una carcajada.

—Sois muy raros.

—Gracias —dije.

Encontramos la primera baliza junto a un pino. Dentro de la bolsa había una palabra: «VALOR».

—¿Qué significa ser valiente? —pregunté.

—No llorar —respondió un niño.

—Todo el mundo puede llorar.

—Mi padre dice que los hombres no.

—Tu padre se equivoca —dijo Álvaro.

Lo miré. Él continuó:

—Ser valiente es hacer algo aunque tengas miedo. Eso dijo Lucía ayer.

—¿Tú tienes miedo? —preguntó Paula.

—Sí.

—¿A qué?

Álvaro pensó.

—A las medusas.

Los niños rieron.

—Es mentira —dije.

—¿Por qué?

—Porque te metes en el mar todos los días.

—Ser valiente es hacerlo, aunque tengas miedo.

—Estás usando mis propias palabras.

—Para eso escucho.

—No siempre.

—Cuando dices cosas importantes, sí.

La respuesta me dejó callada. Continuamos el recorrido. La segunda baliza contenía la palabra «CONFIANZA».

—Eso significa creer que alguien no va a fallarte —expliqué.

—Todo el mundo falla —dijo Nico.

—A veces.

—Entonces no se puede confiar.

—Sí se puede. Confiar no significa pensar que una persona nunca se equivocará. Significa creer que intentará no hacerte daño y que, si se equivoca, será capaz de reconocerlo.

—Eso es muy complicado.

—Mucho —respondió Álvaro.

—¿Tú confías en Lucía?

El silencio fue inmediato. Nico nos miró. Los demás niños también.

—Sí —dijo Álvaro.

No dudó, no bromeó, solo dijo sí. Noté algo cálido y extraño en el pecho.

—¿Y ella en ti? —insistió Nico.

Todos esperaron. Miré a Álvaro. Él no apartó los ojos.

—Sí —respondí.

Su expresión se suavizó.

—Aunque llegue tarde —añadí.

Los niños rieron.

—Y aunque ella haga demasiadas listas —replicó él.

—Las listas son útiles.

—Seguimos confiando a pesar de los defectos —concluyó Nico.

—Exactamente —dije.

—Entonces mi madre confía mucho en mí.

Llegamos a la última baliza cerca de una pequeña torre de vigilancia abandonada.

La palabra era «EQUIPO». Los niños debían formar una cadena para trasladar varias pelotas desde un cesto hasta otro sin utilizar las manos.

La actividad degeneró rápidamente. Paula sostuvo una pelota con la barbilla.

Samuel intentó transportarla entre las rodillas y cayó sobre la arena.

Nico decidió que la forma más eficaz era meter tres pelotas dentro de la camiseta.

—Eso es usar las manos —le dije.

—Las he usado antes de empezar.

—No vale.

—Las normas deberían ser más concretas.

—Las normas son suficientemente concretas.

—No para un abogado.

—Tienes diez años.

—Estoy preparándome.

Mientras ayudaba a los pequeños, escuché las risas del otro grupo. Lola y Sergio se encontraban al pie de una duna. Ella intentaba bajar sobre una tabla de madera mientras él la sujetaba por detrás.

—Eso no forma parte de la actividad —dije.

Álvaro siguió mi mirada.

—Sergio improvisa.

—Tu amigo está coqueteando con la mía.

—Tu amiga también.

—Lola coquetea con todo el mundo.

—Sergio también.

—Entonces será un desastre.

—O un éxito.

—¿Cómo puede ser ambas cosas?

—Depende de cuánto dure.

Lola se lanzó duna abajo. Gritó. Sergio corrió detrás. La tabla giró y ambos terminaron rodando por la arena. Los niños aplaudieron.

—Eso ha sido muy poco profesional —dije.

—Pero entretenido.

Lola se levantó cubierta de arena.

—¡Otra vez!

—Definitivamente, se entienden —añadió Álvaro.