Amor de verano en el sur CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

Donde llega una amiga sin avisar y dos personas dejan de fingir por un momento

La película terminó a las doce menos cuarto.

Yo no habría sabido explicar el argumento.

Recordaba que la protagonista tenía una pastelería, que el protagonista quería comprar el edificio y que ambos discutían cada vez que se encontraban.

También recordaba una boda interrumpida, un perro que se comía un anillo y una escena final bajo la lluvia.

Pero, sobre todo, recordaba la mano de Álvaro entrelazada con la mía.

No nos soltamos cuando los personajes se besaron.

Tampoco cuando las trillizas se volvieron desde la primera fila para comprobar si nosotros hacíamos lo mismo.

Solo nos separamos cuando las luces de la plaza se encendieron y Nico apareció delante de nuestras sillas con una bolsa de palomitas vacía.

—No os habéis besado.

Aparté la mano con tanta rapidez que golpeé el reposabrazos.

—No teníamos que hacerlo.

—En la película se han besado cuatro veces.

—Ellos eran los protagonistas.

Nico nos miró alternativamente.

—Vosotros también.

—Nosotros somos personas —dije.

—Los protagonistas también.

—Son actores.

—Pero hacen de personas.

Álvaro se levantó.

—¿Dónde está tu madre?

—Hablando con mi abuela.

—Ve con ellas.

—Quiero saber por qué os habéis cogido de la mano.

—Porque la película daba miedo —respondió él.

—Era una comedia.

—A Lucía le asustan las bodas.

Lo fulminé con la mirada.

—Eso no tiene gracia.

—Un poco.

Nico se cruzó de brazos.

—Mi abuela dice que cogerse de la mano es el principio.

—¿El principio de qué? —pregunté.

—No me lo ha explicado. Dice que soy muy pequeño.

—Por una vez ha tenido sensatez.

—Pero mi abuelo dice que el principio suele ser lo mejor porque todavía no sabes cómo acabará.

Álvaro miró al niño.

—Tu abuelo lleva muerto siete años.

—Por eso sabe cómo acaba todo.

Se alejó antes de que pudiéramos responder. Yo recogí mi bolso.

—Ese niño necesita actividades que lo mantengan más ocupado.

—Lo hemos tenido seis horas al día y todavía le queda energía para dirigir nuestra vida sentimental.

—No tenemos vida sentimental.

—Habla por ti.

Me volví. Álvaro sonreía, pero no del todo.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—No vuelvas a empezar.

—¿Empezar qué?

—A decir cosas y fingir después que no significan nada.

—Anoche dijiste que no querías algo.

—Y tú dijiste que no te daba igual lo que yo hiciera.

—Eso sigue siendo cierto.

A nuestro alrededor, la gente recogía las sillas y abandonaba la plaza. Carmen nos saludó desde lejos antes de marcharse con Paco. Sergio e Inés discutían sobre quién había comido más palomitas. Don Emilio había desaparecido, probablemente con la intención de obligarme a volver a casa acompañada.

—No deberíamos hablar aquí —dije.

—Podemos caminar.

—Solo hasta casa.

—Como quieras.

Cruzamos la plaza. La noche era cálida. Las ventanas permanecían abiertas y el olor a jazmín se mezclaba con el de la sal. Caminábamos juntos, pero sin tocarnos. Yo era demasiado consciente del espacio que separaba nuestros brazos.

—La película era mala —comenté.

—Mucho.

—La protagonista perdonó al hombre demasiado deprisa.

—Él salvó la pastelería.

—Primero intentó comprársela.

—Luego cambió de opinión.

—Porque estaba enamorado.

—Es una razón aceptable.

—El amor no convierte automáticamente a nadie en buena persona.

—No.

—Ni resuelve los problemas.

—Tampoco.

—Entonces, ¿por qué lo presentas como si justificara todo?

—Yo no he escrito la película.

—La estás defendiendo.

—Defiendo el beso bajo la lluvia.

—Era absurdo. Podían haberse resfriado.

—Ahí está la profesora.

—¿Qué tiene que ver?

—Todo lo conviertes en una lección.

—Y tú todo en una broma.

—No todo.

Su tono cambió. Dejé de caminar. Habíamos llegado a una calle estrecha, vacía y apenas iluminada por una farola.

—¿Por qué me cogiste la mano? —pregunté.

Álvaro se detuvo a mi lado.

—Porque quería.

—Eso no explica nada.

—A mí me lo explica.

—Podrías haber preguntado.

—Podrías haberla retirado.

—Lo hice al final.

—Dos horas después.

—La película duraba una hora y cuarenta minutos.

—Entonces fueron una hora y cuarenta minutos.

—No estabas contando.

—Sí.

—¿Por qué?

Se acercó un poco.

—Porque quería saber cuánto tiempo tardabas en darte cuenta.

—¿De qué?

—De que no era casualidad.

—Me di cuenta enseguida.

—Y aun así no te apartaste.

—No.

La palabra salió en voz baja. Sencilla. Irrefutable. Álvaro inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—No hables como si me conocieras.

—No te conozco.

—Exacto.

—Pero empiezo.

El corazón me latió más deprisa.

—Cinco días no bastan.

—Seis.

—Deja de contarlos.

—Tú cuentas hasta los lápices.

—Eso es distinto.

—¿Por qué?

—Porque los lápices no complican la vida.

—Depende de lo que escribas con ellos.

Solté el aire.

—Siempre tienes una respuesta.

—Contigo intento tenerla.

—¿Y cuando no la tienes?

—Me acerco y espero que te distraigas.

Dio otro paso. Yo no retrocedí. Podía haberlo hecho. La calle estaba vacía. No había niños con bocadillos. Ni apagones que sirvieran de excusa, ni cámaras ni vecinos, salvo quizá alguna trilliza oculta detrás de una cortina. Álvaro levantó la mano y rozó mi mejilla.

—Lucía…

Un teléfono comenzó a sonar.

Cerré los ojos.

—No puede ser.

Era el mío.

—No respondas —dijo él.

—Puede ser importante.

—A estas horas nunca es importante.

El teléfono dejó de sonar. Nos miramos. Volvió a sonar.

—Insisten —murmuré.

—La gente insiste demasiado en este pueblo.

Saqué el móvil. En la pantalla aparecía el nombre de Lola.

—Es mi amiga.

—Puede esperar.

—Llama dos veces cuando pasa algo.

Respondí.

—¿Qué ocurre?

—Que abras la puerta.

Fruncí el ceño.

—¿Qué puerta?

—La de tu casa.

—No estás en mi casa.

—Estoy delante.

Me quedé inmóvil.

—¿Delante de dónde?

—De una casa blanca con una puerta azul, una parra y un viejo en pijama que dice que te alojas aquí.

Al fondo de la calle apareció don Emilio agitando un brazo. Junto a él había una mujer rubia, pequeña, vestida con un mono rojo y rodeada por tres maletas.

—No.

—Sí —respondió Lola desde el teléfono.

Colgué. Álvaro miró hacia la casa.

—¿Esa es tu amiga?

—Por desgracia.

—Parece discreta.

Lola levantó los brazos.

—¡Lucía!

Su grito despertó a un perro, que empezó a ladrar desde un balcón.

—Ahora comprendo por qué sois amigas —dijo Álvaro.

—No nos parecemos en nada.

—Las dos gritáis mi nombre como si hubiera cometido un delito.

Lola echó a correr. Me abrazó con tanta fuerza que casi me derribó.

—¡Estás morena!

—Llegué hace seis días.

—Pues tienes aspecto de haber vivido cosas.

Me apartó para examinarme. Después miró a Álvaro. Su expresión cambió.

—Vaya.

Álvaro sonrió.

—Buenas noches.

Lola me agarró del brazo.

—¿Es él?

—¿Quién?

—El hombre.

—No hay ningún hombre.

—Entonces este señor tan alto y con cara de estar a punto de besarte será el cartero.

—Soy Álvaro.

—Lola.

Se estrecharon la mano. Ella no lo soltó inmediatamente. Lo observó de arriba abajo con absoluto descaro.

—No está mal.

—Gracias —respondió él.

—No era un cumplido para ti.

—Me sirve igual.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté.

Lola soltó su mano.

—He venido a verte.

—Podías haber avisado.

—Entonces no habría visto tu cara.

—¿Qué cara?

—La de mujer sorprendida junto a hombre interesante.

—Estábamos volviendo del cine.

—Cogidos de la mano —añadió Álvaro.

Lo miré.

—No era necesario explicar eso.

—Tu amiga parece querer información precisa.

—Me gusta —dijo Lola.

—No lo animes.

Don Emilio se acercó arrastrando una maleta.

—He preparado el sofá.

—¿Va a dormir aquí? —pregunté.

—Solo tres noches —respondió Lola.

—¿Tres?

—Quizá cuatro.

—¿No trabajas?

—He pedido unos días.

—¿Por qué?

—Porque tú sonabas rara por teléfono.

—Hablamos esta mañana.

—Exactamente.

—¿Qué dije?

—«Se llama Álvaro».

Él levantó las cejas. Yo quise que la tierra se abriera.

—No fue lo único que dije.

—Después dijiste que era irritante, desordenado, impuntual y que casi os habíais besado.

Don Emilio se volvió hacia Álvaro.

—¿Casi?

—Otra vez —respondió él.

—¿Otra vez? —preguntó Lola.

—Esto empieza a ser preocupante —comentó don Emilio.

—No ha ocurrido nada —dije.

—Eso es lo preocupante —replicó Lola.

Agarré una de sus maletas.

—Vamos dentro.

—Pesa mucho —advirtió.

—¿Qué has traído para tres días?

—Ropa.

—¿Toda?

—Solo la imprescindible.

Intenté levantar la maleta. No se movió. Álvaro la cogió con una sola mano.

—Yo la llevo.

—Gracias —dijo Lola—. Lucía odia que la ayuden.

—Lo sé.

—Pero lo necesita.

—También lo sé.

—Dejad de hablar como si no estuviera.

Entramos en la casa. Don Emilio llevó a Lola hasta el salón y comenzó a explicarle el funcionamiento de las ventanas, el calentador y el reloj de péndulo. Álvaro dejó la maleta junto al sofá.

—Tengo que irme.

—¿Ya? —preguntó Lola.

—Es tarde.

—Mañana cenamos.

—¿Nos estás invitando? —dije.

—Claro.

—La casa no es tuya.

Don Emilio apareció detrás de ella.

—Por mí, encantado.

—Entonces está decidido —concluyó Lola—. Quiero conocer a todo el pueblo.

—Eso no es difícil —respondió Álvaro—. Mañana por la mañana todos sabrán que estás aquí.

—Perfecto.

Me acerqué a la puerta para despedirlo. Álvaro salió. Yo lo seguí hasta el escalón.

—Siento lo de Lola.

—A mí me cae bien.

—La conoces desde hace dos minutos.

—Me ha llamado interesante.

—Ha dicho que no estabas mal.

—Es más de lo que tú has dicho.

—Yo no tengo que opinar.

—Pero opinas.

—Sobre otras cosas.

Él miró hacia el interior de la casa. Lola hablaba a voces con don Emilio.

—Estábamos a punto de besarnos —dijo.

—No podemos saberlo.

—Yo sí.

—Eres muy seguro.

—No de muchas cosas.

—¿Y de esa sí?

—Sí.

—Pues tendrás que quedarte con la duda.

—Por ahora.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Se inclinó. Pensé que iba a besarme. En cambio, acercó la boca a mi oído.

—Mañana terminaremos la conversación.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Álvaro se apartó y descendió el escalón.

—No hay nada que terminar —dije.

—Eso también lo dijiste ayer.

Caminó calle abajo. Entré en casa y cerré la puerta. Lola me esperaba en el pasillo con los brazos cruzados.

—Estás perdida.

—No.