Amor de verano en el sur CAPÍTULO VI #4
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CAPÍTULO VI #4

—Pues deberías.

—Esta tarde hay cine de verano.

—No voy a ir.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí.

—¿No vas a insistir?

—Me has dicho que no lo haga.

—Bien.

—Bien.

Caminé hacia el paseo marítimo. Avancé unos metros. Me volví. Álvaro seguía junto al barco.

—¿Qué película ponen? —pregunté.

Su sonrisa apareció lentamente.

—Una comedia romántica.

—No me gustan.

—Mientes.

—¿A qué hora?

—A las diez.

—Quizá vaya.

—En Valdearena, quizá…

—No termines esa frase.

—A las diez —repitió.

Continué andando. Apenas había salido del puerto cuando el teléfono empezó a sonar. Era Lola. Respondí.

—¿Qué quieres?

—Buenos días para ti también. ¿Cómo va tu retiro espiritual?

—No es espiritual.

—¿Has conocido a algún hombre?

Miré hacia atrás. Álvaro aún estaba en el muelle. Levantó una mano. Yo hice lo mismo.

—No —respondí.

Lola guardó silencio.

—Estás mintiendo.

—¿Por qué lo dices?

—Porque has tardado tres segundos.

—No significa nada.

—Cuéntamelo.

—No hay nada que contar.

—Entonces empieza por el principio.

Suspiré.

—Se llama Álvaro.

Lola gritó tan fuerte que tuve que separar el teléfono del oído.

—¡Lo sabía!

—No sabes nada.

—¿Está bueno?

—Eso no importa.

—Está muy bueno.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

—Es irritante.

—Mejor.

—Desordenado.

—Perfecto.

—Llega tarde.

—Apasionante.

—Discute por todo.

—Te vas a enamorar.

Me detuve.

—No digas tonterías.

—Lucía, llevabas ocho años describiendo a Andrés con palabras como «responsable», «estable» y «correcto». Acabas de hablar de este hombre durante treinta segundos y pareces viva.

—Siempre he estado viva.

—No de esta manera.

Miré el mar.

—Casi nos besamos.

Lola volvió a gritar.

—¿Casi?

—Nos interrumpieron.

—¿Quién?

—Un niño con un bocadillo.

—Eso no me lo inventaría ni yo.

—No tiene gracia.

—Tiene muchísima. ¿Y cuándo vais a terminar?

—No vamos a terminar nada.

—¿Por qué?

—Porque me marcho en dos meses.

—Todavía faltan dos meses.

—Precisamente.

—¿Y cuánto tiempo crees que necesita una persona para complicarte la vida?

—Más.

—Andrés tardó ocho años.

—No me la complicó.

—Ese fue el problema.

Cerré los ojos.

—No quiero volver a equivocarme.

—Entonces no decidas todavía.

—Eso también puede ser un error.

—Sí. Pero al menos será uno nuevo.

Lola se despidió después de obligarme a prometer que la llamaría si se producía «el acontecimiento», expresión con la que se refería al beso y, sospechaba, a cualquier cosa posterior. Llegué a casa de don Emilio poco antes de la una. Él estaba sentado en el patio leyendo el periódico.

—¿Cómo ha ido la excursión?

—Bien.

—¿Se ha mareado alguien?

—Yo.

—Eso es porque has leído en el barco.

—No estaba leyendo cuando me mareé.

—Entonces sería por amor.

—¿Qué relación tiene el amor con el mareo?

—Los dos revuelven el estómago.

—No estoy enamorada.

—No he dicho que lo estés.

—Lo ha insinuado.

—He hablado del mareo.

Entré en la casa.

—Esta noche no voy al cine.

—No te he preguntado.

—Todo el mundo parece dar por hecho que iré.

—Yo no.

—Gracias.

—He comprado dos entradas.

Me volví. Don Emilio levantó el periódico.

—Por si acaso.

A las nueve y cuarenta y cinco seguía en mi habitación.

Había cenado. Me había duchado. Llevaba puesto el pijama.

No tenía intención alguna de salir. Sobre la cama estaban las dos entradas que don Emilio había dejado junto a una nota.

«Las buenas películas se disfrutan más acompañadas.

Las malas, también». Cogí una novela. Leí tres páginas. No supe qué había ocurrido en ninguna.

A las nueve y cincuenta me cambié el pijama por un vestido.

A las diez menos cinco salí de casa. La plaza donde se celebraba el cine de verano estaba llena de sillas.

Una pantalla blanca colgaba entre dos edificios y el aire olía a palomitas.

Busqué a don Emilio. No estaba. Vi a las trillizas en la primera fila.

A Carmen y Paco en un lateral. A Sergio sentado junto a Inés.

Y a Álvaro en la última fila, con una silla vacía a su lado. Cuando me vio, sonrió y me acerqué.

—He venido por la película.

—Naturalmente.

—Y porque don Emilio compró las entradas.

—Por supuesto.

—No significa nada.

—Ya.

Me senté. Las luces de la plaza se apagaron. En la pantalla apareció el título de la película.

—¿De qué trata? —pregunté.

—De dos personas que se llevan mal y terminan enamorándose.

Lo miré.

—Eso es muy poco original.

—A veces las historias se repiten porque funcionan.

La película comenzó. Durante los primeros minutos, mantuvimos la vista al frente.

Después nuestros brazos se rozaron sobre el reposabrazos.

Ninguno se apartó. Más tarde, su mano quedó junto a la mía.

Los dedos apenas se tocaron. No fue un beso.

ni una confesión, ni siquiera algo que pudiera contarse en el grupo de vecinos, pero cuando Álvaro entrelazó sus dedos con los míos bajo la oscuridad del cine, no pensé en septiembre.

Tampoco en Andrés ni en las consecuencias, solo pensé que, por una noche, podía dejar de hacer listas y permanecer allí sin saber qué vendría después.