CAPÍTULO VI #3
El viento aumentó. No era una tormenta, pero el mar había dejado de ser la superficie tranquila de la mañana.
Las olas parecían más altas desde dentro del barco.
Intenté mantener la calma. No me gustaba perder el control.
Y en aquel momento no controlaba nada. Ni el barco, ni el mar ni la forma en que Álvaro miraba al frente, concentrado y serio.
—Profesora —dijo Nico—, estás blanca.
—Es la luz.
—Estamos debajo del toldo.
—Pues será el mareo.
—Dijiste que no te mareabas.
—He cambiado de opinión.
Sentí el estómago revuelto. Sergio me entregó una bolsa.
—Por si acaso.
—No voy a vomitar.
El barco dio un salto. Agarré la bolsa. —Por si acaso.
—Buena decisión.
Álvaro miró hacia atrás.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Está verde —informó Nico.
—Gracias.
—Como un aguacate.
—Nico.
—Uno poco maduro.
Álvaro cedió el timón a Sergio y se acercó. Se agachó frente a mí.
—Mírame.
—Prefiero mirar el horizonte.
—También sirve. Respira despacio.
—Sé respirar.
—No parece.
—Estoy ocupada intentando no vomitar.
—Eso explica la concentración.
—No bromees.
—Si no bromeo, pensarás que ocurre algo grave.
—¿Ocurre?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Puso una mano sobre mi rodilla.
—Confía en mí.
Lo miré. Aquel hombre que llegaba tarde, discutía con todo el mundo y utilizaba libros para calzar mesas parecía completamente distinto cuando estaba en el mar. Seguro, atento y sereno.
—Confío —dije.
Su mano permaneció sobre mi rodilla un instante más.
Después regresó al timón. No sé si fue la respiración, el horizonte o él, pero el mareo comenzó a disminuir.
Entramos en el puerto veinte minutos más tarde.
Las familias esperaban en el muelle. Mercedes agitaba los brazos como si intentara dirigir la maniobra.
—¡Nico! ¡¿Estás entero?!
—¡Me falta medio bocadillo!
—¡Eso no cuenta!
La embarcación atracó. Paco aseguró las amarras. Los niños bajaron contando que habían sobrevivido a una tormenta gigantesca, tres tiburones y un naufragio.
—No ha ocurrido nada de eso —intenté aclarar.
Nadie me escuchó. Nico abrazó a su madre.
—He sido muy valiente.
—¿Te has portado bien?
—Eso no tiene relación.
—Entonces no.
Mercedes me miró.
—¿Ha ocurrido algo?
—Solo ha cambiado el viento.
—¿Mucho?
—Un poco.
—¿Se ha mareado alguien?
Nico señaló hacia mí.
—La profesora estaba verde.
—No estaba verde.
—Como un aguacate.
—Exagera.
—Uno poco maduro.
Mercedes me dio una palmadita en el brazo.
—La primera vez pasa.
—No era mi primera vez en un barco.
—Pero sí con Álvaro.
No entendí qué quería decir. Por su sonrisa, preferí no preguntar. Cuando todos se marcharon, ayudé a recoger. Gonzalo revisaba las fotografías en su cámara.
—Han quedado muy bien —dijo.
—Déjame verlas.
Se acercó. Había imágenes de los niños, de la costa, de Sergio disfrazado y de Paco soltando amarras. Después apareció la fotografía de Álvaro y yo tomados de la mano al subir.
—Esa te pedí que la borraras.
—Es bonita.
—No importa.
—Parece espontánea.
—Lo fue. Por eso quiero que la borres.
Gonzalo pulsó un botón.
—Hecho.
Pasó a la siguiente. Álvaro estaba detrás de mí, con las manos sobre las mías en el timón. Desde aquel ángulo parecíamos mucho más próximos de lo que yo recordaba.
—También esa —dije.
—¿Por qué?
—Porque no representa la actividad.
—Representa perfectamente la actividad.
—Gonzalo.
—Es una buena fotografía.
Álvaro apareció junto a nosotros.
—Ha dicho que la borres.
—No necesito intérprete.
—Entonces hazlo.
Gonzalo apagó la cámara.
—La revisaré después.
—No hay nada que revisar —dije—. No quiero que se publique.
—No se publicará sin tu permiso.
—Ni se guardará sin él.
—Estás exagerando.
Álvaro dio un paso adelante.
—Bórrala.
—¿Te preocupa la fotografía o lo que muestra?
El silencio cayó sobre el muelle. Sergio, que recogía los remos, dejó de moverse.
—No muestra nada —respondió Álvaro.
—Entonces no debería molestarte.
—Me molesta que no respetes lo que ella pide.
—Lucía puede defenderse sola.
—Lo hace. Tú no escuchas.
—Basta —intervine—. Gonzalo, borra la fotografía.
Él me miró. Durante un segundo pareció dispuesto a discutir. Después encendió la cámara y la eliminó.
—Listo.
—Gracias.
—No era necesario montar una escena.
—La escena la has montado tú —dijo Álvaro.
—Tú te has metido.
—Porque…
—¡He dicho basta!
Los dos callaron. Guardé mis cosas dentro de la bolsa.
—No soy un trofeo.
—Nadie ha dicho eso —respondió Gonzalo.
—No hace falta decirlo. Os comportáis como si tuvierais que medir quién me conoce mejor, quién puede decidir por mí o quién tiene derecho a opinar sobre lo que hago.
—Yo no decido por ti —dijo Álvaro.
—Ayer intentaste decirme con quién debía tener cuidado.
—Te advertí.
—Hoy has hablado por mí.
—Porque él no te escuchaba.
—Y ahora sigues justificándote.
Álvaro cerró la boca. Miré a Gonzalo.
—Y tú has ignorado dos veces una petición sencilla porque creías saber mejor que yo qué fotografía convenía conservar.
Él asintió.
—Tienes razón.
Su disculpa inmediata me desarmó un poco.
—Lo siento —añadió.
—Bien.
Álvaro se cruzó de brazos.
—Yo también lo siento.
—No parece.
—Tengo esta cara.
—Pues dile a tu cara que se esfuerce.
Sergio soltó una risa. Los tres lo miramos.
—Perdón. Estoy trabajando.
Recogió los remos y se alejó. Gonzalo se colgó la cámara.
—Tengo que irme. Esta tarde te enviaré una selección de las imágenes.
—Solo las de los niños con autorización.
—Por supuesto.
Se despidió y caminó hacia el aparcamiento. Álvaro y yo nos quedamos junto al barco.
—¿Sigues enfadada? —preguntó.
—Sí.
—Gonzalo se ha disculpado y ya no estás enfadada con él.
—Porque no ha añadido una explicación.
—Yo solo intentaba ayudarte.
—Esa es una explicación.
—Es la verdad.
—No siempre hace falta que me ayudes.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de hacerlo sin preguntar.
—De acuerdo.
—De verdad.
—De acuerdo.
Metí un cuaderno en la bolsa.
—Y no tienes que protegerme.
—Eso no te lo prometo.
Me volví.
—¿Ves? Ese es el problema.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que mire hacia otro lado cuando alguien no te respeta?
—Quiero que confíes en que puedo solucionarlo.
—Confío.
—No lo parece.
—Confiar en ti no significa que no quiera partirle la cámara en la cabeza.
—Eso habría sido una reacción desproporcionada.
—Por eso no lo he hecho.
—Qué madurez.
Álvaro suspiró.
—No sé hacer esto.
—¿El qué?
—Estar cerca de ti sin meter la pata.
Mi enfado perdió fuerza.
—Podrías empezar por no tratarme como una niña.
—No te trato como una niña.
—Me das órdenes.
—En el barco.
—Y fuera.
—Porque eres cabezota.
—Eso no te da derecho.
—Lo sé.
—Vuelves a decirlo.
—Porque lo sé, aunque después lo haga mal.
Me miró. Ya no había ironía en sus ojos.
—No estoy acostumbrado a preocuparme por lo que piensa alguien de mí —dijo.
—Eso es evidente.
—Contigo sí.
Mi respiración se hizo más lenta.
—Llevamos cuatro días conociéndonos.
—Cinco.
—Eso lo empeora.
—Mucho.
—No puede estar pasando nada.
—¿Quién ha dicho que esté pasando?
—Tú, anoche.
—Dije que me importaba lo que haces.
—Eso es algo.
—Sí.
—Y yo no quiero algo.
—También lo sé.
—Deja de decir que lo sabes.
—¿Prefieres que finja no entenderte?
—Preferiría entenderme yo.
Álvaro dio un paso hacia mí.
—¿Qué no entiendes?
—Nada.
—Eso es muy amplio.
—No entiendo por qué me molesta que estés celoso.
—Porque no estoy celoso.
—Has entrado en un hotel con una caja vacía.
—Fue un error logístico.
—Y casi le rompes la cámara a Gonzalo.
—Eso fue por educación.
—¿Educación?
—La tuya. Él no la estaba respetando.
—Y ahora estás demasiado cerca.
Álvaro bajó la vista. Había apenas un palmo entre nosotros.
—Puedo alejarme.
—Sí.
No lo hizo.
—¿Quieres que lo haga? —preguntó.
El puerto parecía haberse quedado en silencio. Podía oír las cuerdas golpeando los mástiles, el murmullo lejano de la lonja y mi corazón latiendo con una claridad vergonzosa.
—No lo sé.
Álvaro levantó una mano. No me tocó. Esperó. Aquella espera fue peor que cualquier caricia.
—Lucía —murmuró.
—¿Qué?
—Si me dices que me aparte, lo haré.
—Eso ya lo has dicho.
—Y tú sigues sin responder.
—Porque no sé qué responder.
—Entonces no digas nada.
Su mano rozó mi mejilla. Apenas un contacto. Sus dedos apartaron un mechón de pelo que el viento había llevado hasta mi boca. Yo debería haber retrocedido. En lugar de hacerlo, levanté la vista. Álvaro inclinó la cabeza. Su boca se acercó a la mía.
—¡Tito Álvaro!
Nos separamos de golpe. Nico corría por el muelle. Detrás de él avanzaba Mercedes, agitando el bocadillo que había preparado aquella mañana.
—¡Se ha dejado esto en el barco!
El niño llegó hasta nosotros sin aliento.
—Mi madre dice que un bocadillo no se abandona.
—Tu madre tiene razón —respondió Álvaro.
Nico nos miró alternativamente.
—¿Qué hacíais?
—Nada —dije.
—Estábamos hablando —añadió Álvaro.
—Con los ojos cerrados.
—Había viento.
Nico miró las banderas del puerto. Apenas se movían.
—No hay mucho.
—Aquí abajo sí —respondió Álvaro.
—¿Os ibais a besar?
—No —dije.
—Sí —contestó él.
Lo miré.
—¿Sí?
—Íbamos.
—No puedes saberlo.
—Estaba allí.
—Yo también y no estoy segura.
Nico cogió el bocadillo.
—Mi abuela dice que cuando dos personas no saben si van a besarse, ya llevan mucho retraso.
Mercedes llegó a nuestra altura.
—¿Qué dice este niño?
—Nada importante —respondí.
—Se iban a besar.
—¡Nico!
Mercedes abrió mucho los ojos. Miró a Álvaro. Después a mí y sonrió.
—Yo no he visto nada.
—Porque no ha ocurrido nada.
—Naturalmente.
Agarró al niño por los hombros.
—Vámonos.
—Pero…
—Ahora.
—Quiero saber si se besan.
—Te lo contará tu abuela antes de que ocurra.
Se lo llevó por el muelle. Álvaro y yo nos quedamos en silencio.
—Bueno —dijo finalmente.
—Bueno.
—Íbamos a besarnos.
—Eso crees tú.
—Tú no te apartaste.
—Estaba pensando.
—Con los ojos cerrados.
—Me concentraba mejor.
Sonrió.
—No tiene gracia.
—Un poco.
Recogí la bolsa.
—Tengo que irme.
—Lucía.
—¿Qué?
—Esto no ha terminado.
—La excursión sí.
—No hablaba de la excursión.