CAPÍTULO VI #2
—La excursión termina a la una.
—Entonces llegaré cuando termine.
—Sergio.
—El coordinador de socorristas me debe un favor.
—Tú eres el coordinador.
—Por eso me lo concedo.
Los niños comenzaron a llegar acompañados por sus familias. El puerto se llenó de voces, mochilas y recomendaciones.
—No se acerque al borde.
—Que no se quite la gorra.
—Si se marea, llámame.
—No le dé plátano porque le sienta mal.
—No le dé chocolate porque le sienta demasiado bien.
Mercedes apareció empujando a Nico. El niño llevaba chaleco salvavidas sobre la ropa, gafas de buceo, aletas y un flotador con forma de pato.
—¿Por qué viene vestido así? —pregunté.
—Precaución —respondió Mercedes.
—No puedo caminar —protestó Nico.
—En el barco no tienes que caminar.
—Tengo que subir.
—Que te cargue Álvaro.
Álvaro miró las aletas.
—Quítatelas.
—Mi madre no quiere.
—Tu madre no sube al barco.
Mercedes abrió la boca.
—Con todo el respeto —añadió él.
—Ah. Entonces sí.
Nico se quitó las aletas.
—¿Y el flotador?
—También.
—¿Y las gafas?
—Puedes llevarlas.
—¿Y si se cae al agua? —preguntó Mercedes.
—No se caerá.
—Eso dijeron los padres del Titanic.
La miré.
—Gracias.
—De nada.
—No era un agradecimiento.
—Parecía.
Comprobamos las autorizaciones y repartimos chalecos. Gonzalo llegó a las nueve menos cinco con una cámara colgada al cuello y una mochila de aspecto caro. Llevaba pantalón corto, camisa blanca y náuticos. Álvaro observó sus zapatos.
—Al menos hoy vienen disfrazados de puerto.
Gonzalo sonrió.
—Buenos días.
—¿No tienes otra camisa?
—Tengo varias iguales.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Cuáles?
—Todavía ninguna, pero las explicará.
Gonzalo se acercó a mí.
—¿Preparada?
—Creo que sí.
—Estás muy bien con sombrero.
—Gracias.
Álvaro apretó una correa del chaleco con más fuerza de la necesaria.
—Todo el mundo a bordo —ordenó.
Los niños subieron por turnos. Álvaro ayudaba a cada uno a cruzar la pasarela. Cuando llegó el mío, extendió la mano.
—Puedo sola.
—Lo sé.
La embarcación se movió. Agarré su mano.
—Pero hoy no quiero empezar discutiendo con un barco.
—Buena decisión.
Me sostuvo hasta que estuve en cubierta. No soltó mi mano inmediatamente. Yo tampoco. Gonzalo tomó una fotografía. El chasquido de la cámara hizo que nos separáramos.
—Esa no —dije.
—Ha quedado natural.
—Bórrala.
—Luego la revisamos.
Álvaro se colocó al timón.
Paco soltó las amarras desde el muelle.
—Mar calmada —anunció.
—¿Ves? —me dijo Álvaro—. Mi padre nunca miente sobre el mar.
—¿Sobre otras cosas sí?
Paco se encogió de hombros.
—Cuando conviene.
El motor arrancó. La Traviesa salió despacio del puerto. Los niños gritaron y saludaron a sus familias. Mercedes corría por el muelle mientras daba instrucciones a Nico.
—¡No te acerques al borde!
—¡No me acerco!
—¡No molestes!
—¡Eso es más difícil!
—¡Y no comas el bocadillo antes de las once!
Nico abrió la mochila en cuanto dejamos de oírla.
—Guárdalo —dijo Álvaro.
—Son las once en otro país.
—No estamos en otro país.
—Pero vamos hacia el mar.
—Guárdalo.
Nico obedeció. La embarcación bordeó el espigón y salió a mar abierto. La costa se extendía ante nosotros: el pueblo blanco, la playa dorada, el faro y las dunas cubiertas de vegetación. El aire era fresco. El sol brillaba sobre el agua. Durante unos minutos olvidé mis nervios.
—Es precioso —dije.
Álvaro me oyó desde el timón.
—Te lo advertí.
—No me advertiste nada.
—Dije que te gustaría.
—No lo dijiste.
—Lo pensé.
—No puedo oír tus pensamientos.
—Mejor para ti.
Gonzalo fotografiaba a los niños. Sergio se había colocado el sombrero de pirata y hacía gestos exagerados desde la proa.
—Vamos a empezar —anuncié.
Reunimos a los niños en los bancos. Me senté frente a ellos con el libro en las manos.
—La historia de hoy trata sobre un barco que quedó atrapado en una tormenta.
Samuel levantó la mano.
—¿Se hunde?
—No.
—¿Muere alguien?
—Tampoco.
—Entonces no parece una tormenta muy buena.
—Es una historia para niños.
—Yo soy un niño y quiero muertos.
—Tu madre debería revisar tus lecturas —comentó Sergio.
—Mi madre no lee.
—Eso explica mucho —dijo Nico.
Comencé la historia. Narraba el viaje de una joven capitana que debía conducir a su tripulación hasta un puerto seguro mientras el viento rompía las velas y las olas cubrían la cubierta.
Los niños escuchaban. Incluso Samuel. Cuando llegué al momento de mayor tensión, Sergio golpeó el casco con un remo. Los pequeños dieron un salto.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Paula.
—¡La tormenta! —gritó él.
—No hay tormenta —dije.
Sergio sacudió una lámina metálica que producía un sonido parecido a un trueno.
—Ahora sí.
—Eso no estaba planeado.
—Efectos especiales.
Álvaro rio desde el timón.
—Continúa.
Leí mientras Sergio agitaba un pañuelo para simular el viento y arrojaba pequeñas gotas de agua con un pulverizador.
—¡Está lloviendo! —gritó Nico.
—Eso es agua de una botella —dijo Paula.
—La lluvia también es agua.
—Pero viene del cielo.
Sergio levantó el pulverizador.
—Ahora viene de arriba.
La actividad fue un éxito. Cuando terminé la historia, hablamos sobre el miedo, el valor y la responsabilidad.
—Ser valiente no significa no tener miedo —expliqué—. Significa seguir adelante aunque lo tengamos.
—¿Tú tienes miedo? —preguntó Nico.
—Todos tenemos.
—¿A qué?
—A muchas cosas.
—¿A los tiburones?
—No hay tiburones aquí.
Álvaro carraspeó.
—No ayudes.
—¿A casarte otra vez? —preguntó Nico.
El barco entero quedó en silencio. Gonzalo bajó la cámara. Sergio dejó de agitar el pañuelo. Yo miré al niño.
—Nunca me he casado.
—Pero ibas a hacerlo.
—Sí.
—¿Y te dio miedo?
—Nico —intervino Álvaro—, hay preguntas que no se hacen.
—¿Por qué?
—Porque son privadas.
—Todo el pueblo lo sabe.
—Eso no significa que ella quiera hablar de ello.
—Pero ha dicho que hay que hablar del miedo.
Álvaro abrió la boca. No encontró respuesta. Nico me miró con inocencia.
—¿Te dio miedo?
Podía haber evitado la pregunta. Nadie habría protestado. Pero todos me observaban. Y quizá yo misma necesitaba responderla.
—Sí —dije—. Me dio miedo.
—¿Casarte?
—Casarme sin estar segura.
—¿Y el novio se enfadó?
—Mucho.
—¿Tú lloraste?
—También.
—Entonces ser valiente hizo daño.
La pregunta fue como una piedra lanzada al agua, pequeña, sencilla, pero capaz de abrir círculos cada vez más grandes.
—A veces ocurre —respondí—. Hacer lo correcto no siempre evita que alguien sufra.
—Entonces, ¿cómo sabes que es correcto?
Miré el mar. Después a Álvaro. Él me observaba en silencio.
—No siempre lo sabes —admití—. Solo intentas ser honesto.
Nico pensó unos segundos.
—Mi madre dice que la honestidad está sobrevalorada.
Sergio soltó una carcajada.
—Tu madre es una filósofa.
La tensión desapareció. Continuamos con la actividad. Álvaro enseñó a los niños a reconocer algunas señales marítimas y les permitió sujetar el timón por parejas mientras él mantenía el control. Cuando me tocó, me coloqué frente a la rueda.
—No soy una niña.
—Eso está por decidir —respondió.
—No necesito probar.
—Forma parte de la actividad.
—Tú te lo estás inventando.
—Soy el coordinador.
—Y yo la capitana mandona.
Nico levantó el pulgar desde un banco.
—Exacto.
Álvaro se situó detrás de mí.
—Pon las manos aquí.
Señaló la rueda. Obedecí. Él apoyó las suyas junto a las mías. Su pecho quedó cerca de mi espalda. Demasiado.
—Mira al frente —dijo.
—Estoy mirando.
—No tanto.
—¿Cómo se mira más?
—Busca un punto fijo en la costa.
Elegí el faro.
—Ahora gira suavemente.
Moví la rueda. El barco cambió de rumbo.
—Suavemente —repitió.
—Estoy siendo suave.
—Quieres arrancarla.
—No.
—Relaja los brazos.
Sus manos cubrieron las mías. Noté el calor de sus dedos.
—Así —murmuró.
El barco avanzó en línea recta.
—¿Ves?
—Sí.
—No era difícil.
—No he dicho que lo fuera.
—Has puesto cara de enfrentarte a una batalla.
—Mi cara…
—Tiene vida propia.
Sonreí. Él también. Gonzalo volvió a hacer una fotografía.
—¿Te importa? —preguntó Álvaro.
—Estoy trabajando.
—Ella te ha pedido que no hagas fotos así.
—Ha pedido que borrara una. No todas.
—Pues borra esa.
—Puede decidirlo Lucía.
Los dos me miraron.
—No pasa nada —respondí—. Es una fotografía del taller.
Álvaro retiró las manos.
—Claro.
Se alejó hacia la proa. La frialdad repentina me desconcertó. Gonzalo se acercó.
—¿He interrumpido algo?
—No.
—Parece que sí.
—Solo estábamos manejando el barco.
—Desde detrás.
—Es la forma de enseñar.
—A los niños les enseñó desde un lado.
—Gonzalo.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho todo con la cara.
—Mi cara también está aprendiendo el idioma.
No pude evitar reírme. Álvaro nos miró desde la proa.
Aparté la vista. Una hora después, algunos niños empezaron a cansarse.
Paula estaba tumbada sobre un banco. Samuel se había quedado dormido con el sombrero de pirata sobre la cara.
Nico había comido medio bocadillo a escondidas y aseguraba que la otra mitad había desaparecido por causas naturales.
Entonces la embarcación se movió con más fuerza. Me agarré a la barandilla.
—¿Qué ha sido eso?
—Una ola —respondió Sergio.
—Ya sé que ha sido una ola.
Otra golpeó el costado. El barco se inclinó ligeramente. Álvaro regresó al timón. Su expresión cambió.
—Todos sentados.
—¿Ocurre algo? —pregunté.
—Ha cambiado el viento.
Miré el cielo. Seguía despejado.
—Has dicho que no habría tormenta.
—Y no la habrá.
—Pero…
—Lucía, sentada.
Su tono era firme. Obedecí. Los niños comenzaron a murmurar.
—¿Nos vamos a hundir? —preguntó Samuel, que se había despertado.
—No —respondió Álvaro—. Solo vamos a regresar antes de lo previsto.
Otra ola golpeó la proa. El agua salpicó la cubierta. Paula gritó.
—No pasa nada —dije—. Recordad la historia. Ser valientes no significa no tener miedo.
—¿Tú tienes miedo? —preguntó Nico.
—No.
El barco volvió a moverse. Me agarré con ambas manos.
—Miente —dijo.
—Un poco.
Álvaro aceleró. Sergio ayudó a asegurar las bolsas y comprobó los chalecos. Gonzalo guardó la cámara.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó.
—Que nadie se levante —respondió Álvaro.