CAPÍTULO VI
Donde el mar se agita, los niños preguntan demasiado y un beso se queda a medio camino
Dormí mal. No porque la cama fuera incómoda.
No porque Margarita hubiera decidido celebrar una reunión familiar en mi ventana al amanecer.
Ni siquiera porque el licor de hierbas continuara recorriendo mi organismo con la lentitud de un funcionario en agosto.
Dormí mal por culpa de una frase. «Desde que llegaste no me da igual casi nada de lo que haces».
Las palabras de Álvaro se repitieron dentro de mi cabeza durante toda la noche.
A veces sonaban serias. Otras, burlonas.
En algún momento, mi imaginación tuvo la desfachatez de pronunciarlas con una voz profunda que no se parecía demasiado a la suya, pero que resultaba mucho más peligrosa.
Cada vez que cerraba los ojos regresaba al apagón.
Sus manos en mi cintura. Su cuerpo junto al mío.
Su boca demasiado cerca. Y yo sin apartarme.
Aquello era lo peor. No que él me hubiera agarrado.Sino que yo había permanecido allí, inmóvil, como si la oscuridad pudiera convertir una imprudencia en algo razonable.
A las siete y cuarto me rendí. Me levanté, abrí la ventana y encontré a Margarita sobre el alféizar. La gaviota sostenía algo entre el pico. Mi sujetador.
—Por fin.
Extendí la mano. Margarita retrocedió.
—Es mío.
La gaviota ladeó la cabeza.
—No pienso darte nada a cambio.
Dio otro paso atrás.
—No negocio con delincuentes.
Margarita abrió las alas.
—Ni se te ocurra.
Voló hasta la azotea de enfrente.
—¡Ladrona!
—¿Otra vez discutiendo con ella? —preguntó don Emilio desde la calle.
Me asomé. El anciano se encontraba junto a la puerta con una bolsa de pan bajo el brazo.
—Tiene una prenda mía.
—Eso es porque le gustas.
—Pues demuestra el cariño de una forma muy peculiar.
—Como casi todo el mundo.
—No empiece.
—¿Con qué?
—Con sus frases misteriosas.
—No son misteriosas. Solo soy viejo.
—¿Y eso qué significa?
—Que digo cosas despacio y la gente piensa que tienen profundidad.
Entró en la casa. Cuando bajé, había preparado café y colocado sobre la mesa pan recién hecho, mantequilla y mermelada.
—Hoy no hay tostadas —dije.
—Las estoy haciendo.
—Lo decía porque Álvaro no está.
Don Emilio me miró.
—Yo no he preguntado por él.
—Yo tampoco.
—Lo has mencionado.
—Porque ayer se comió una.
—Anteayer.
—Da igual.
—Parece que no.
Me serví café.
—¿Siempre es tan entrometido por las mañanas?
—Por las mañanas tengo más energía.
—Voy a desayunar en silencio.
—Buena idea.
Se sentó frente a mí. Permaneció callado durante aproximadamente doce segundos.
—¿Qué ocurrió anoche durante el apagón?
Dejé el cuchillo sobre la mesa.
—Nada.
—Nico dice que os besasteis.
—Nico también dice que la fuente de la librería está envenenada.
—La fuente tiene mucho verdín.
—No nos besamos.
—Las trillizas dicen que casi.
—Las trillizas ven romances hasta entre las sillas.
—Las sillas pasan mucho tiempo juntas.
—Don Emilio.
—Hija.
—No ocurrió nada.
—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?
—¿Qué cara?
—La de no haber dormido porque no ocurrió nada.
Unté demasiada mermelada en el pan.
—Álvaro dijo una cosa.
—Él dice muchas.
—Esta era diferente.
—¿Qué dijo?
—Que no le daba igual lo que yo hiciera.
Don Emilio asintió lentamente.
—Comprendo.
—¿Qué comprende?
—Lo que ha dicho.
—Eso lo comprendo yo también.
—Entonces no hay problema.
—Claro que lo hay.
—¿Cuál?
—Que no debería importarle.
—¿Por qué?
—Porque acabamos de conocernos.
—También conociste a Andrés alguna vez.
Me quedé quieta. Don Emilio no había mencionado antes a mi exprometido.
—¿Quién le ha dicho su nombre?
—Tú.
—No recuerdo haberlo hecho.
—La primera vez que hablamos por teléfono.
—Ah.
—Dijiste que necesitabas marcharte porque habías terminado una relación.
—No dije que hubiera cancelado una boda.
—Eso me lo contaron después.
—Naturalmente.
—No tienes que avergonzarte.
—No me avergüenzo.
—Te enfadas cada vez que sale el tema.
—Porque no quiero que mi vida sea asunto de todo el pueblo.
—Eso será difícil.
—¿Por qué?
—Porque has llegado en verano.
—¿Y?
—En invierno tenemos más cosas que hacer.
Lo miré.
—Eso no tiene sentido.
—Aquí casi nada lo tiene hasta que te acostumbras.
Se levantó para servir más café.
—¿Querías casarte con Andrés?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Durante mucho tiempo creí que sí.
—No es lo mismo.
—Ya lo sé.
—¿Lo querías?
—Sí.
—¿Y por qué lo dejaste?
—Porque un día me preguntó qué flores quería para las mesas y no supe responder.
Don Emilio frunció el ceño.
—Eso parece poca cosa.
—Lo era. El problema fue que tampoco supe por qué iba a casarme.
—Ah.
—Habíamos elegido la iglesia, el restaurante, el menú, la música, las invitaciones… Todo estaba decidido. Y yo podía imaginar cada minuto de la boda. Pero cuando intentaba pensar en el día siguiente, en la semana siguiente, en los siguientes veinte años, solo veía una vida correcta.
—Las vidas correctas no son malas.
—No.
—Pero tampoco todas son felices.
—Exactamente.
Don Emilio dejó la cafetera.
—Entonces hiciste bien.
—Le hice daño.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
Bajé la vista.
—Andrés era buena persona.
—Eso dificulta mucho dejar a alguien.
—A veces pienso que debería haber seguido adelante.
—¿Por pena?
—Por miedo.
—Peor todavía.
Guardamos silencio. Margarita golpeó el cristal de la cocina. La gaviota había descendido hasta el alféizar con mi sujetador. Don Emilio abrió la ventana, le lanzó un trozo de pan y recuperó la prenda.
—¿Ve? —dijo—. Todos los conflictos se solucionan con desayuno.
—Acaba de pagar un rescate.
—Las palabras dependen del punto de vista.
Me entregó el sujetador.
—Gracias.
—De nada.
—No cuente esta historia.
—No prometo nada.
A las ocho y media llegamos al puerto. El barco de Álvaro estaba amarrado junto al Lucero de Paco. Era una embarcación blanca y azul, más moderna que la de su padre, con bancos laterales, una pequeña cabina y un toldo plegado sobre la cubierta. En el casco podía leerse: «La Traviesa».
—El nombre le pega —dije.
Álvaro, que estaba revisando unas cuerdas, levantó la vista.
—Buenos días.
—Buenos días.
Aquel saludo sonó extrañamente formal. Él llevaba pantalones cortos, una camiseta blanca y gafas de sol.
Yo había elegido un vestido ligero sobre el bañador, sombrero de paja y unas zapatillas que no resbalaban.
Ninguno mencionó la noche anterior. Tampoco nos miramos demasiado.
Aquello consiguió que todo resultara más evidente.
—¿Está todo preparado? —pregunté.
—Casi.
—¿Qué falta?
—Los pasajeros.
—Me refería al material.
—También.
Me mostró una caja con chalecos salvavidas, bolsas para el mareo, botellas de agua y un botiquín.
—He traído una lectura —dije.
—¿Con niebla?
—Con una tormenta.
—Mejor.
—Pero no habrá tormenta hoy.
Álvaro miró hacia el cielo.
—No.
—¿Seguro?
—Bastante.
—¿Qué significa bastante?
—Que si aparece una tormenta, fingiré estar sorprendido.
—No tiene gracia.
—Hace un día perfecto.
—También el Titanic salió con buen tiempo.
Se quitó las gafas.
—¿Has comparado mi barco con el Titanic?
—Solo he recordado un precedente.
—Esta embarcación no va a hundirse.
—Eso espero.
—¿Te da miedo subir?
—No.
—Has mirado tres veces los chalecos.
—Estoy comprobando que haya suficientes.
—Hay cuarenta.
—Somos treinta y dos.
—Entonces sobran ocho.
—Sé restar.
—Lo imaginaba. Eres profesora.
—No empieces.
—No he empezado nada.
La frase podía tener más de un significado. Lo supe por la forma en que la dijo. Él también lo supo. Se volvió hacia las cuerdas.
—¿Qué ocurrirá con lo de anoche? —pregunté.
Álvaro dejó de trabajar.
—¿Qué ocurrió anoche?
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Fingir que no sabes de qué hablo.
—No finjo.
—Dijiste algo.
—Digo muchas cosas.
—Eso mismo ha dicho don Emilio.
—Es un hombre inteligente.
—Álvaro.
Se giró. Sus ojos estaban ocultos detrás de las gafas, y eso me molestó.
—Dijiste que no te daba igual lo que yo hiciera.
—Es verdad.
—¿Y qué significa?
—Lo que significa.
—Eso no es una respuesta.
—No sé qué respuesta esperas.
—Ninguna. Solo quiero saber si fue una frase provocada por el apagón.
—¿Los apagones provocan frases?
—La oscuridad cambia las cosas.
—A veces permite verlas mejor.
La respuesta me hizo contener el aire.
—Eso ha sonado muy profundo.
—Estoy aprendiendo de don Emilio.
—No bromees.
Se quitó las gafas.
—No bromeo.
Nos miramos. El puerto empezaba a llenarse, pero durante unos segundos solo fui consciente del golpe suave de las olas contra el casco.
—No quiero complicaciones —dije.
—Lo sé.
—He venido a trabajar.
—También lo sé.
—Y dentro de dos meses volveré a Sevilla.
—Eso figura en tu contrato.
—Entonces…
—Entonces no sé qué quieres que te diga.
—Que lo de anoche no significa nada.
Álvaro guardó silencio.
—¿Eso quieres? —preguntó.
Abrí la boca. No respondí.
—Porque puedo decirlo —continuó—. Puedo decir que fue una tontería, que estaba oscuro y que casi nos caemos. Pero sería mentira.
—No nos caímos.
—Casi.
—Yo tropecé.
—Y yo te sujeté.
—Exacto.
—Y después ninguno quiso apartarse.
Sentí calor en las mejillas.
—Eso no demuestra nada.
—No.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Estamos de acuerdo en que no demuestra nada. No en que no signifique nada.
Antes de que pudiera responder, una voz sonó detrás de nosotros.
—¡Buenos días, pareja!
Sergio apareció cargando una bolsa y dos remos.
—No somos pareja —dijimos a la vez.
Él sonrió.
—El día empieza bien.
—¿Por qué llevas remos? —preguntó Álvaro.
—Me dijiste que trajera material.
—Para una excursión en barco.
—Nunca se sabe.
—En este barco hay motor.
—Y si falla, agradecerás mi prudencia.
—Si falla, necesitaríamos doce remos.
—He traído dos.
—Entonces moriremos girando en círculos —dije.
Sergio me señaló.
—Me gusta. Aprende rápido.
Dejó la bolsa en cubierta.
—¿Qué llevas ahí? —pregunté.
—Disfraces.
—¿Disfraces?
—Para la historia.
—Yo he preparado una lectura.
—Y yo efectos especiales.
Álvaro abrió la bolsa. Sacó tres pañuelos, dos sombreros de pirata, una barba postiza y una espada de goma.
—¿No tenías que trabajar en la playa? —preguntó.
—Entro a las doce.