CAPÍTULO V #3
—Lleva abierto desde que éramos niños —dijo Álvaro—. Podías haberlo conocido antes.
—He tenido una vida ocupada.
—Peinarse lleva tiempo.
Inés soltó una risa que intentó convertir en tos. Gonzalo se sirvió agua.
—Mañana grabaré algunas imágenes desde el barco.
—Siempre que no interfieras en la actividad —dije.
—Seré invisible.
—Con esa camisa será difícil —comentó Álvaro.
—¿Te gusta?
—A una sombrilla, quizá.
—Podría prestarte una. Las tuyas parecen haber sobrevivido a tres naufragios.
—Trabajo cerca del agua.
—Y yo cerca de personas.
—Eso explica que te disfraces.
—Álvaro —advertí.
—¿Qué?
—Compórtate.
Él me miró.
—Claro, profesora.
Su tono me molestó.
—No me hables así.
—¿Así cómo?
—Como si te estuviera regañando.
—Me estás regañando.
—Porque te comportas como un niño.
—Y tú como una directora de colegio.
—Al menos alguien tiene que ser adulto.
—Gonzalo parece bastante adulto —dijo—. Bien peinado, camisa limpia, zapatos cerrados…
—No pienso seguirte el juego.
—No es un juego.
—Entonces es aún más ridículo.
Me levanté.
—Voy a ayudar a Carmen.
Entré en el chiringuito antes de que pudiera responder. La cocina estaba llena de vapor y olores. Carmen cortaba pan mientras una olla hervía sobre el fuego.
—No hace falta que ayudes —dijo.
—Necesito hacer algo.
—Puedes respirar.
—También.
Cogí una bandeja.
—Tu hijo es insoportable.
—Desde pequeño.
—¿Siempre es así con Gonzalo?
—Peor.
—¿Por Marina?
Carmen dejó el cuchillo.
—No solo.
—¿Qué más ocurrió?
—Nada que deba contarte yo.
—Todo el pueblo habla de ello.
—Por eso mismo. Ya escucharás bastantes versiones.
—¿Y cuál es la verdad?
—La verdad nunca es una sola cuando hay amor de por medio.
—No creo que aquello fuera amor.
—A los veinte años todo parece amor. Hasta una canción mala y una moto sin gasolina.
Sonrió.
—No te preocupes por Marina.
—No me preocupa.
—Claro.
—De verdad.
—Has entrado en mi cocina enfadada porque Álvaro está celoso de otro hombre.
—No estoy enfadada por eso.
—¿Por qué, entonces?
Abrí la boca. No encontré respuesta. Carmen retomó el pan.
—A veces una se enfada porque otro siente algo que no debería sentir.
—Exactamente.
—Y otras porque le gusta que lo sienta.
—Eso no.
—Por supuesto.
Me entregó una cesta.
—Lleva esto a la mesa.
Cuando salí, las luces se apagaron. Todo el chiringuito quedó a oscuras. Varias personas gritaron. Un niño comenzó a llorar.
—¡Tranquilos! —dijo Carmen desde la cocina—. ¡Habrá saltado el cuadro!
Los teléfonos se iluminaron. Yo avancé con la cesta de pan en las manos. Tropecé con una silla. Alguien me agarró por la cintura.
—Cuidado.
Era Álvaro. Lo reconocí antes incluso de oír su voz.
—Estoy bien.
—Ya.
No me soltó. A nuestro alrededor, la gente hablaba y reía mientras buscaban velas.
—Puedes apartarte —dije.
—Puedes dejar de tropezar.
—No he tropezado.
—Has movido una mesa.
—La mesa estaba mal colocada.
—Siempre es culpa de los objetos.
—Las piedras, las bicicletas, las mesas…
—Y tú.
—Yo soy una persona.
—Eso está por demostrar.
Noté su aliento cerca. La oscuridad hacía que todo resultara distinto. Más silencioso. Más próximo.
—¿Sigues enfadada? —preguntó.
—No.
—Mientes.
—Tú estabas celoso.
—Tú también mientes.
—Eso no es una respuesta.
—No sé qué quieres que diga.
—La verdad.
Sus manos continuaban en mi cintura. Yo debería haberme apartado. No lo hice.
—No me gusta Gonzalo —dijo.
—Eso ya lo sé.
—Y no me gusta cómo te mira.
—Eso no es asunto tuyo.
—También lo sé.
—Entonces…
—Pero tampoco puedo fingir que me da igual.
El corazón me golpeó con fuerza.
—¿Por qué?
Álvaro guardó silencio. Alguien encendió una vela en la barra. La luz anaranjada apenas alcanzó nuestra mesa. Podía distinguir su rostro a pocos centímetros del mío.
—Porque desde que llegaste no me da igual casi nada de lo que haces —respondió.
Antes de que pudiera reaccionar, las luces regresaron. El chiringuito entero aplaudió. Álvaro me soltó. Gonzalo estaba de pie junto a la mesa, observándonos. Las trillizas también. Nico abrió la boca.
—¡Se estaban besando!
—¡No! —respondimos los dos.
—Casi —dijo Remedios.
—Muy cerca —añadió Adela.
—Demasiado para ser casualidad —concluyó Jacinta.
Álvaro se pasó una mano por el cabello. Yo dejé la cesta sobre la mesa.
—Solo he tropezado.
—Con él —dijo Nico.
—Con una silla.
—Él no parece una silla.
—Nico, come.
Me senté. Álvaro ocupó su lugar al otro lado.
Durante el resto de la cena no volvimos a mirarnos directamente.
No hacía falta. Yo seguía sintiendo sus manos en mi cintura.
Y sus palabras, mucho peor que una caricia, continuaban repitiéndose dentro de mi cabeza.
Desde que llegaste no me da igual casi nada de lo que haces.
Aquello no era una declaración. Ni una promesa.
Ni siquiera una frase especialmente romántica.
Pero llevaba tres días en Valdearena. Tres días.
Y por primera vez desde que cancelé mi boda, el miedo no consistía en que un hombre volviera a interesarse por mí.
El verdadero miedo era que empezara a importarme que lo hiciera.