CAPÍTULO V #2
—Claro que no —añadió Gonzalo—. Para competir, ambos tendríamos que aspirar a lo mismo.
—¿Y tú a qué aspiras? —preguntó Álvaro.
—Ahora mismo, a cenar con Lucía.
El silencio se extendió por la terraza. Un camarero pasó junto a nosotros con una bandeja. Desde otra mesa llegó el tintineo de una copa. Yo miré a Gonzalo. Luego a Álvaro. Él tenía la mandíbula tensa.
—Eso tendrá que decidirlo ella —dijo.
—Eso pensaba hacer —respondí.
—Perfecto.
Álvaro recogió la caja.
—La excursión sale mañana a las nueve desde el puerto. Lleva ropa cómoda, sombrero y algo para el mareo.
—No me mareo.
—Todo el mundo se marea alguna vez.
—Tú no.
—Yo no soy todo el mundo.
—Eso ha quedado claro.
—Hasta luego.
Se marchó hacia el interior del hotel. Gonzalo lo siguió con la vista.
—No ha cambiado.
—Tú tampoco pareces provocarlo poco.
—Solo he dicho la verdad.
—Con la intención exacta de molestarlo.
—Puede ser.
—No me gusta que me utilicen para pelear.
La sonrisa desapareció de su cara.
—Tienes razón.
—Y tampoco me gusta que deis por hecho que tengo que elegir algo.
—No tienes que elegir nada.
—Bien.
—Pero la invitación sigue en pie.
Miré el mar. El sol descendía lentamente y la terraza comenzaba a llenarse.
Podía quedarme allí, cenar con un hombre amable y descubrir si había algo detrás de aquella perfección tan pulida.
O podía volver a La Ola. A las mesas de madera, a las trillizas, a Nico gritando desde cualquier rincón, a Carmen sirviéndome el doble de lo que podía comer y a Álvaro fingiendo que no le importaba dónde cenaba.
—Hoy no —respondí.
Gonzalo asintió.
—Otro día.
—Quizá.
—En Valdearena, quizá significa que sí, pero quieres que insistan.
Lo miré sorprendida.
—¿También tú?
—Conozco el idioma local.
Pagó los cafés a pesar de mis protestas y me acompañó hasta la entrada del hotel.
—Te recogeré mañana para la excursión —dijo.
—No hace falta.
—Iré a hacer fotografías.
—Puedo caminar sola hasta el puerto.
—No lo dudo. Pero yo tengo coche.
—Y Álvaro una bicicleta.
—Eso resume bastante bien nuestras diferencias.
—No tantas como creéis.
Me despedí y comencé a caminar hacia el paseo marítimo. Apenas había avanzado cincuenta metros cuando vi a Álvaro junto a una furgoneta blanca. Estaba colocando cajas en la parte trasera.
—¿Sigues aquí? —pregunté.
—Estoy trabajando.
—Pensaba que solo habías venido a entregar pescado.
—Había más cajas.
—Muchas casualidades.
Cerró las puertas de la furgoneta.
—¿Has terminado la entrevista?
—Sí.
—¿Y la cena?
—No voy a cenar con él.
Álvaro se encogió de hombros.
—No te he preguntado.
—Tu cara sí.
—Mi cara no habla.
—La tuya grita.
—Estás aprendiendo el idioma del pueblo.
Empezó a caminar. Yo fui a su lado.
—Podrías haberme avisado de la excursión.
—Ya te he dicho que no estaba confirmada.
—¿Qué haremos exactamente?
—Una salida corta por la costa. Los niños conocerán el barco, aprenderán normas básicas de navegación y escucharán una historia.
—¿Qué historia?
—Eso lo decides tú.
—Necesito tiempo para prepararla.
—Tienes toda la noche.
—También necesito dormir.
—Eso es opcional.
—Para ti, quizá.
—Yo duermo.
—¿Cuándo?
—Cuando no estás preguntándome cosas.
Lo miré. Álvaro sonrió.
—¿Te ha contado su versión? —preguntó.
—¿De qué?
—De Marina.
—Sí.
—Claro.
—No tienes derecho a molestarte.
—No estoy molesto.
—Caminas muy deprisa.
Redujo el paso.
—Ahora no.
—Y estás apretando los puños.
Abrió las manos.
—Resuelto.
—Eres muy infantil.
—Él empezó.
—Acabas de demostrarlo.
Llegamos al paseo marítimo. La Ola estaba a unos cien metros. Los farolillos ya se encontraban encendidos y las mesas comenzaban a llenarse.
—¿Por qué te importa que hable con Gonzalo? —pregunté.
Álvaro se detuvo. El ruido del mar llegaba desde la playa. A nuestro alrededor paseaban familias, parejas y niños cargados con cubos.
—No me importa.
—Entonces deja de comportarte como si te importara.
—Solo sé cómo es.
—Conmigo ha sido agradable.
—Siempre lo es al principio.
—¿Y después?
—Después también. Ese es el problema.
—No entiendo nada.
—No tienes que entenderlo.
—Pues deja de advertirme sobre peligros misteriosos.
Álvaro miró hacia el horizonte.
—Gonzalo convierte a la gente en proyectos.
—Eso no significa nada.
—Cuando algo le interesa, lo estudia, lo mejora, lo coloca donde le conviene y después busca otra cosa.
—Hablas como si fueras una víctima.
—Yo no. Marina, quizá.
—Ella te dejó por él.
—Y él la dejó dos años después porque consiguió un trabajo en Madrid.
—Eso no prueba que fuera culpa suya.
—No.
—Entonces, ¿qué intentas decirme?
Se volvió hacia mí.
—Que tengas cuidado.
—No necesito que me cuides.
—Ya lo sé.
—Lo repites, pero no te comportas como si lo supieras.
—Porque saber algo no impide que uno se preocupe.
La respuesta me dejó sin palabras. Álvaro también pareció sorprendido de haberla pronunciado. Durante un momento permanecimos frente a frente. Él desvió la mirada.
—Vamos a cenar.
—No has respondido.
—Sí.
—No del todo.
—Es lo máximo que vas a conseguir hoy.
Echó a andar. Lo seguí. Carmen nos esperaba en la entrada del chiringuito.
—¡Por fin!
—Solo llegamos cinco minutos tarde —dijo Álvaro.
—La comida lleva media hora esperando.
—Entonces hemos llegado veinticinco minutos tarde.
Carmen me besó.
—¿Qué tal con el guapo?
Álvaro siguió caminando.
—Mamá.
—¿Qué? Es guapo.
—También yo.
—Tú eres mi hijo. No puedo opinar con objetividad.
—Podrías intentarlo.
—No quiero mentir delante de Lucía.
Yo solté una carcajada. Álvaro me miró.
—No tiene gracia.
—Muchísima.
Nos sentamos en la mesa habitual. Don Emilio ya estaba allí, junto a Paco, Inés, Sergio y las trillizas. Nico cenaba con su madre en otra mesa, aunque eso no le impedía intervenir en nuestra conversación.
—¡Lucía ha quedado con Gonzalo! —anunció.
Todo el mundo se volvió.
—No he quedado con él. Hemos tenido una reunión de trabajo.
—En el hotel —añadió Nico.
—Sí.
—Solos.
—Había más gente en la terraza.
—Pero no en vuestra mesa.
Mercedes tiró de la camiseta de su hijo.
—Come.
—Estoy informando.
—Estás molestando.
—También.
Inés acercó su silla.
—¿Y qué tal?
—Bien.
—¿Te ha invitado a cenar?
—Sí.
Álvaro bebió agua.
—¿Y has dicho que no?
—Eso no te importa —respondí.
—No he preguntado.
—Has dejado de respirar.
Sergio soltó una carcajada.
—Amigo, disimula un poco.
—No tengo nada que disimular.
—Claro —dijo Inés—. Y yo soy monja.
Las trillizas se miraron.
—Está celoso —afirmó Jacinta.
—Mucho —añadió Adela.
—Desde el puerto —concluyó Remedios.
Álvaro dejó el vaso.
—No estoy celoso.
—Has ido tres veces al hotel —dijo Paco.
—Dos.
—Tres —corrigió Carmen—. Una antes de recoger el pescado.
—Tenía que comprobar el pedido.
—El pedido lo había comprobado yo.
—Pues quería asegurarme.
—La primera caja estaba vacía —añadió Paco.
Todos lo miramos. Álvaro frunció el ceño.
—¿Cómo que vacía?
—La que has llevado para entrar.
El silencio duró un segundo. Después la mesa entera estalló en carcajadas. Me cubrí la boca con una mano.
—No puede ser.
—Había pensado recoger el pescado dentro —se defendió Álvaro.
—El pescado estaba en la furgoneta —dijo Carmen.
—Eso no lo sabía.
—Tú cargaste la furgoneta —recordó Paco.
Sergio golpeó la mesa mientras reía.
—Has entrado en un hotel de cuatro estrellas con una caja vacía para espiar una cita.
—No era una cita.
—Gracias por aclarar la parte importante —dije.
Álvaro me miró.
—No te estaba espiando.
—Solo pasaste tres veces por casualidad.
—Dos.
—Tu padre ha dicho tres.
—Mi padre cuenta mal.
Paco negó con la cabeza.
—Fui pescador cuarenta años. Sé contar cajas.
Carmen dejó en la mesa una fuente de calamares fritos.
—Come, hijo. Con la barriga llena se pasa mejor la vergüenza.
Álvaro cogió un calamar.
—No tengo vergüenza.
—Eso también lo sabemos —dijo don Emilio.
La cena continuó entre bromas. Yo intentaba no mirar demasiado a Álvaro, pero cada vez que lo hacía descubría que él ya me estaba mirando.
Entonces alguno de los dos desviaba los ojos.
La situación era absurda. No tenía motivos para sentirme satisfecha porque hubiera ido al hotel.
Tampoco para pensar en la frase que había pronunciado durante el paseo.
«Saber algo no impide que uno se preocupe». Quizá solo era su manera de ser. Álvaro ayudaba a todo el mundo. Buscaba dibujos perdidos. Evitaba que los niños cayeran al agua. Transportaba maletas de mujeres desconocidas aunque ellas protestaran. Tal vez preocuparse no significaba nada especial.
—Mañana voy con vosotros en el barco —anunció Gonzalo.
Su voz llegó desde la entrada. Toda la mesa quedó en silencio. Él avanzó entre las mesas con las manos en los bolsillos. Vestía otra camisa. No sabía cuántas llevaba en la maleta, pero comenzaba a sospechar que poseía una para cada hora del día.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Álvaro.
—Cenar.
—Hay más restaurantes.
—Pero ninguno forma parte de la campaña.
Carmen apareció junto a él.
—Siéntate, hijo. Te preparo un plato.
—Gracias.
Gonzalo miró la mesa. Solo quedaba una silla libre. La que se encontraba a mi lado. Álvaro también la vio.
—Esa está ocupada —dijo.
—¿Por quién? —pregunté.
—Sergio.
Sergio levantó las manos.
—Yo estoy aquí.
—Entonces Inés.
—También estoy sentada —respondió ella.
—Era para Nico.
—Estoy con mi madre —gritó el niño.
Gonzalo sonrió.
—Parece libre.
Se sentó a mi lado. Álvaro apretó los labios. Yo no pude evitar disfrutar un poco de la escena. Solo un poco.
—¿Has decidido venir? —pregunté.
—Quería conocer el ambiente nocturno del chiringuito.