CAPÍTULO V
Donde los celos se disfrazan de casualidad y una cena termina en apagón
El hotel Miramar tenía columnas blancas, sillones de mimbre y una terraza desde la que podía contemplarse el mar sin necesidad de pisar la arena.
Era el tipo de establecimiento donde las personas hablaban en voz baja, removían el café sin golpear la cucharilla contra la taza y no acudían a cenar con arena pegada en los tobillos.
En otras palabras, no se parecía en nada a La Ola.
Gonzalo se levantó en cuanto me vio entrar.
Había cambiado la camisa de lino por otra camisa de lino.
La primera era blanca; aquella, azul celeste.
El cabello continuaba en su sitio y los mocasines parecían recién estrenados.
—Has venido.
—Eso parece.
—Pensé que quizá cambiarías de opinión.
—Yo también.
Sonrió como si mi respuesta le hubiera parecido encantadora. Me retiró la silla.
—Siéntate.
—Gracias.
La mesa ocupaba una esquina de la terraza, protegida del sol por una sombrilla color crema. Sobre el mantel había dos vasos de agua, una pequeña maceta con romero y una carpeta que, al menos, demostraba que la reunión tenía cierta intención profesional.
—He pedido café —dijo—. Aunque podemos tomar otra cosa.
—Café está bien.
—¿Solo?
—Con un poco de leche y sin azúcar.
—Lo recordaré.
No supe por qué aquella frase me hizo pensar en Álvaro.
Él no había dicho que recordaría cómo tomaba el café.
Simplemente lo había traído bien preparado.
Aparté el pensamiento. No había acudido al Miramar para pensar en Álvaro.
Había ido a hablar del programa cultural.
Y quizá, solo quizá, para demostrarme que seguía siendo una mujer capaz de tomar un café con un hombre sin que nadie tuviera que aprobarlo. Gonzalo abrió la carpeta.
—He preparado algunas ideas para la campaña.
Sacó varias hojas con fotografías del pueblo, frases publicitarias y un calendario de actividades.
—La intención es renovar la imagen de Valdearena —explicó—. Mostrar que no es solo un destino de playa.
—Nunca he creído que lo fuera.
—Llevas aquí tres días.
—Han sido muy intensos.
—Lo imagino. Trabajar con Álvaro siempre lo es.
—No es tan difícil.
Gonzalo alzó las cejas.
—Eso no es lo que me han contado.
—¿Quién?
—Todo el mundo.
Me recliné en la silla.
—¿También existe un grupo de mensajes dedicado a informar sobre él?
—No hace falta. Álvaro se ocupa de llamar la atención sin ayuda.
—No parece que le guste pasar desapercibido.
—Nunca le gustó.
—Tú tampoco has elegido precisamente una campaña discreta.
Señalé una de las hojas. Sobre una fotografía del paseo marítimo podía leerse: «Valdearena: donde el verano se queda a vivir».
—Es una frase provisional —aclaró.
—El verano no puede quedarse a vivir.
—Es una metáfora.
—Soy profesora de Literatura. Sé reconocerlas.
—Entonces sabrás que no tienen que ser ciertas.
—Pero sí sugerentes.
—¿No te gusta?
—Es bonita. Solo un poco previsible.
Gonzalo sonrió.
—Por eso quería hablar contigo.
—¿Para que critique tu trabajo?
—Para que lo mejore.
—No sé nada de publicidad.
—Sabes de palabras. Es suficiente.
El camarero dejó los cafés sobre la mesa. El mío llevaba espuma, canela y una pequeña galleta envuelta en plástico.
—Yo no he pedido canela —dije.
—Es cortesía de la casa.
—Las cortesías deberían preguntarse.
Gonzalo rio.
—Eres exigente.
—Solo con el café.
—¿Y con los hombres?
Lo miré por encima de la taza.
—Esto ha tardado menos de diez minutos.
Consultó su reloj.
—Han sido doce.
—Entonces has cumplido tu promesa.
—Siempre cumplo mis promesas.
Aquella afirmación me produjo una punzada absurda.
Andrés también cumplía sus promesas. Pagaba las facturas en la fecha prevista, llegaba puntual a las cenas, recordaba los aniversarios y jamás olvidó comprarme flores el día de mi cumpleaños.
Había sido un novio correcto. Tan correcto que, durante ocho años, confundí la ausencia de problemas con la felicidad.
—¿He dicho algo malo? —preguntó Gonzalo.
—No. Me he distraído.
—¿Pensabas en tu ex?
La pregunta me sorprendió.
—¿Quién te ha hablado de mi ex?
—Valdearena.
—Naturalmente.
—No tienes que responder.
—Entonces no preguntes.
—Tienes razón.
Bebió un sorbo de café.
—A veces soy demasiado directo.
—Y otras veces finges serlo para obtener información.
—Eso ha sonado casi como un elogio.
—No lo era.
—Empiezo a comprender por qué te diviertes discutiendo con Álvaro.
—No me divierto.
—Os he visto esta mañana.
—Estábamos trabajando.
—Parecía otra cosa.
—¿Qué cosa?
Gonzalo apoyó la taza.
—No lo sé todavía.
No me gustó la forma en que me observaba.
No porque fuera desagradable. Al contrario.
Gonzalo sabía mirar. Lo hacía con atención, como si la persona que tenía delante fuera la única presente en el lugar.
Probablemente era una habilidad aprendida.
Tal vez la utilizaba en todas sus reuniones, con todos sus clientes y con cualquier mujer a la que invitara a tomar café. Aun así, funcionaba.
—Hablemos de la campaña —dije.
—Como quieras.
Revisamos el calendario. Gonzalo deseaba fotografiar varias actividades, grabar un vídeo promocional e incluir pequeñas entrevistas con vecinos y visitantes.
—Podríamos empezar mañana —propuso—. Durante la excursión en barco.
—¿Cómo sabes que mañana hay una excursión?
—Trabajo para el ayuntamiento.
—Álvaro no ha mencionado ninguna excursión.
—Quizá quería darte una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
—Eso sí me lo creo.
Busqué el teléfono dentro del bolso. No tenía mensajes.
—¿Hay algún problema? —preguntó Gonzalo.
—No. Solo debería haberme avisado.
—Puede que lo haya olvidado.
—Álvaro olvida muchas cosas.
—Y otras las recuerda cuando le conviene.
Su tono cambió. No mucho. Lo suficiente.
—¿Qué ocurrió entre vosotros? —pregunté.
Gonzalo se recostó en la silla.
—Ya te lo ha contado.
—Muy poco.
—Marina.
—Sí.
—No le quité ninguna novia.
—Eso dijo él.
—Porque fue así.
—Nico afirma lo contrario.
—Nico tenía menos tres años cuando ocurrió.
—Pero su abuela estaba viva.
—Eso no prueba nada.
—En este pueblo parece probarlo todo.
Gonzalo miró hacia el mar.
—Marina y Álvaro salían juntos. Él tenía veinte años, una guitarra, una moto que no funcionaba y ninguna intención de hacer planes. Ella quería estudiar fuera. Cuando regresé de Madrid, coincidimos varias veces. Nos enamoramos.
—Parece sencillo.
—Lo fue.
—No para Álvaro.
—Álvaro siempre ha tenido la costumbre de no valorar las cosas hasta que las pierde.
Sus palabras quedaron entre nosotros.
—Eso suena cruel —dije.
—A veces la verdad lo es.
—O quizá solo sea tu versión.
Gonzalo sonrió con menos seguridad.
—Lo defiendes mucho para conocerlo desde hace tres días.
—No lo defiendo. Solo intento no juzgar a alguien por una historia de hace trece años.
—Eso es sensato.
—A veces.
—¿Y siempre eres tan sensata?
—No. Cancelé una boda a cuarenta y tres días de celebrarse.
No sé por qué se lo conté. Quizá porque ya lo sabía. Quizá porque resultaba agotador fingir que el asunto no existía cuando medio pueblo comentaba mi vida sentimental como si fuera una serie de televisión. Gonzalo no mostró sorpresa.
—¿Lo querías?
—Sí.
—¿Y dejaste de quererlo?
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué pasó?
Miré mi café. La espuma se había deshecho y la canela flotaba en pequeños puntos oscuros.
—Me di cuenta de que podía imaginar toda mi vida a su lado sin sentir nada especial.
—¿Nada?
—Tranquilidad.
—Eso no es poco.
—No. Pero tampoco era suficiente.
Gonzalo guardó silencio. Le agradecí que no intentara consolarme ni formular una frase inteligente.
—¿Y qué buscas ahora? —preguntó finalmente.
—No buscar.
—Eso suele durar poco.
—Dos meses.
—¿Es el tiempo que estarás aquí?
—Sí.
—Entonces habrá que aprovecharlos.
Sonrió. Yo también. No porque estuviera coqueteando. O no únicamente por eso. Lo cierto era que la conversación me resultaba agradable. Gonzalo escuchaba, sabía hablar y no me interrumpía para discutir sobre la definición de las palabras. Era sencillo. Quizá demasiado.
El teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de don Emilio. «Álvaro pregunta si vas a venir a cenar». Leí la frase dos veces. Después apareció otra. «Dice que no pregunta. Que solo necesita saber cuántas sillas poner». Sonreí sin querer. Gonzalo lo notó.
—¿Buenas noticias?
—Don Emilio.
—¿Te espera en La Ola?
—Sí.
—Podemos cenar aquí.
Levanté la vista.
—¿Eso forma parte de la reunión?
—Podría.
—No creo que una entrevista necesite una cena.
—No la necesita. Yo sí.
La respuesta fue directa. Y eficaz. Antes de que pudiera contestar, una sombra cayó sobre la mesa.
—Buenas tardes.
Álvaro estaba de pie junto a nosotros. Llevaba una caja de madera apoyada contra la cadera y una expresión tan neutral que resultaba evidente que no estaba neutral en absoluto.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Traer pescado.
Señaló la caja.
—¿Al hotel?
—Suelen servir comida.
—Ya lo sé.
—Entonces todo resuelto.
Gonzalo se acomodó en la silla.
—Qué casualidad.
—Muchísima.
—El proveedor habitual viene por la mañana.
—Hoy no ha podido.
—¿Y ahora repartes pescado?
—Ayudo cuando hace falta.
—Como siempre.
—Algunos trabajamos en varias cosas.
—Otros intentamos hacerlas bien.
Álvaro dejó la caja en el suelo.
—¿Qué tal la entrevista?
—No hemos empezado —respondí.
—Lleváis casi una hora.
Miré el reloj.
—¿Cómo sabes cuánto llevamos?
—He pasado antes.
—¿Antes?
—Dos veces.
Gonzalo sonrió.
—La casualidad empieza a esforzarse demasiado.
Álvaro lo ignoró.
—Mañana salimos en barco.
—Eso acabo de descubrir —dije.
—Pensaba decírtelo esta noche.
—Podrías haberlo dicho esta mañana.
—No estaba confirmado.
—Gonzalo lo sabía.
—Gonzalo sabe muchas cosas antes de que ocurran. Algunas se las inventa.
—La excursión está incluida en el calendario municipal —replicó él.
—El calendario que nadie ha enviado a Lucía.
—Eso es responsabilidad de coordinación.
—Y la coordinación es mía.
—Entonces has fallado.
Los dos se miraron.
—Basta —dije—. No pienso asistir a otra competición infantil.
Álvaro me miró.
—No estamos compitiendo.