Amor de verano en el sur CAPÍTULO IV #3
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CAPÍTULO IV #3

Sergio me besó en las dos mejillas.

—Bienvenida a Valdearena.

—Gracias.

—Lamento no haber estado la noche de la sardina.

Cerré los ojos.

—No vuelvas a mencionarla.

—Entendido.

Se volvió hacia los niños y levantó la espada.

—¡He venido a robar vuestro tesoro!

—¡No tenemos tesoro! —gritó Nico.

Sergio miró a Álvaro.

—¿No tienen tesoro?

—Hoy no.

—Me habías dicho que habría un cofre.

—Eso es mañana.

—Entonces he madrugado para nada.

—Son las once y media.

—Para mí es madrugada.

Los niños rodearon al pirata y comenzaron a hacerle preguntas. Mientras Sergio improvisaba una historia sobre un mapa perdido, Álvaro se acercó a mí.

—¿Qué te parece?

—Es divertido.

—¿Sergio?

—La actividad.

—Ah.

—¿Qué pensabas?

—Nada.

—Has puesto una cara rara.

—Mi cara también tiene vida propia.

Sonreí. Él me miró durante un instante y después desvió la vista.

—Gonzalo te ha invitado a salir.

—Me ha invitado a hablar de trabajo.

—Lo ha llamado tomar algo.

—La gente puede beber mientras trabaja.

—Tú anoche bebiste y acabaste cantando con una cuchara.

—Eso fue fuera de horario.

—Menos mal.

—¿Por qué te importa?

—No me importa.

—Lo parece.

—Solo te advierto.

—¿De qué?

—Gonzalo siempre quiere algo.

—Todo el mundo quiere algo.

—Él quiere más.

—Puedo cuidarme sola.

—No he dicho que no puedas.

—Entonces no me adviertas.

Álvaro apretó la mandíbula.

—Como quieras.

—Eso haré.

Nos quedamos en silencio mientras los niños gritaban alrededor de Sergio.

No entendía por qué me había molestado su comentario.

Quizá porque sonaba protector. O posesivo.

O porque yo había pasado demasiados años junto a un hombre que opinaba sobre mis decisiones como si fueran asuntos de una empresa compartida.

No pensaba repetirlo. Álvaro no era nadie para decirme con quién debía hablar.

Ni siquiera éramos amigos. Éramos dos personas obligadas a trabajar juntas.

Dos personas que discutían. Dos personas que se habían mojado en una cala.

Nada más. Cuando regresamos a la librería, las familias recogieron a los niños.

Sergio se marchó hacia la playa sin quitarse el disfraz de pirata. Nico se quedó esperando a su madre.

—¿Os habéis enfadado? —preguntó.

—No —respondí.

—Sí —dijo Álvaro.

Lo miré.

—No estamos enfadados.

—Tú estás enfadada.

—Estoy cansada.

—Cuando estás cansada hablas más despacio.

—¿Y tú cómo sabes cómo hablo cuando estoy cansada?

—Anoche estabas cansada.

—Anoche había bebido.

—También.

Nico nos observó con interés.

—Parecéis mis padres antes de separarse.

Los dos guardamos silencio.

—Pero ellos gritaban más —añadió.

Mercedes apareció corriendo.

—¡Perdón! ¡La peluquería estaba llena!

Nico recogió la mochila.

—Mamá, Lucía tiene dos novios.

—No tengo ninguno.

—Gonzalo y Álvaro.

—Álvaro no es mi novio.

—Gonzalo tampoco —dijo él.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque acaba de conocerla.

—Tú también acabas de conocerla.

—Yo no he dicho que sea su novio.

—Tu madre sí.

Mercedes agarró a Nico del brazo.

—Nos vamos.

—Pero…

—Ahora.

Se lo llevó mientras él seguía hablando. Álvaro recogió las tarjetas del suelo. Yo guardé los mapas.

—Siento lo de antes —dijo.

Lo miré.

—No tenías que meterte.

—Lo sé.

—Puedo decidir si quiero quedar con Gonzalo.

—También lo sé.

—Y no necesito que me protejas.

—Eso me ha quedado claro.

—Bien.

—Bien.

Continuamos recogiendo.

—No voy a quedar con él —añadí.

Álvaro dejó de mover las manos.

—No me importa.

—Ya.

—Solo lo digo para que no pienses que…

—No pienso nada.

—Perfecto.

—Perfecto.

Guardé los rotuladores dentro de una caja. Él apiló los cuadernos.

—¿Vas a cenar esta noche en La Ola? —preguntó.

—No lo sé.

—Sergio toca la guitarra.

—Pensaba que tocabas tú.

—Yo descanso los lunes.

—¿Y él toca mejor?

—No.

—¿Peor?

—Mucho más fuerte.

—Eso no responde.

—Es la única respuesta posible.

Me colgué la bolsa al hombro.

—Quizá vaya.

—Guardaré una silla.

—No he dicho que vaya.

—Has dicho quizá.

—Quizá significa que no lo sé.

—En Valdearena significa que sí, pero quieres que insistan.

—No quiero que insistas.

—Entonces no insistiré.

Caminé hacia la puerta.

—A las nueve —dijo.

Me volví.

—Eso es insistir.

—Solo te informo de la hora.

—No necesito saberla.

—Entonces olvídala.

Salí de la librería. A mitad de la plaza, el teléfono sonó. Era un número desconocido. Abrí el mensaje.

«Hola, Lucía. Soy Gonzalo. Me ha facilitado tu contacto el concejal. Esta tarde estaré en el hotel Miramar. Podemos vernos allí para preparar la entrevista. Prometo que será trabajo, al menos durante los primeros diez minutos».

Me quedé mirando la pantalla. Un segundo mensaje apareció. «A las seis. Te invito a café». Levanté la vista. Álvaro estaba cerrando la librería. Nuestros ojos se encontraron. Guardé el teléfono en el bolso. No tenía que darle explicaciones. No se las daría.

A las seis menos diez entré en el hotel Miramar. Y mientras caminaba hacia la terraza donde Gonzalo me esperaba, comprendí que algunas decisiones no se tomaban porque una deseara hacer algo. A veces se tomaban únicamente porque alguien había dado por hecho que no lo harías.