Amor de verano en el sur CAPÍTULO IV #2
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CAPÍTULO IV #2

Paco la miró.

—Tú tienes uno menos.

—Pero estoy mejor conservada.

—Como las sardinas en aceite.

Carmen le dio un golpe en el brazo. Los niños subieron al barco por grupos. Yo me quedé en el muelle ayudando a los pequeños. Cuando llegó mi turno, puse un pie sobre la pasarela y la embarcación se movió. Me detuve. Álvaro estaba al otro lado.

—Vamos.

—Se mueve.

—Es un barco.

—Ya lo sé.

—Los barcos se mueven.

—También sé eso.

—Entonces estamos avanzando mucho.

Extendió la mano.

—No necesito ayuda.

La pasarela volvió a oscilar. Me agarré a la barandilla.

—Lucía.

—Puedo hacerlo.

—Claro.

—No pongas ese tono.

—¿Qué tono?

—El de que voy a caerme.

—No creo que vayas a caerte.

—Estás sonriendo.

—Me gusta verte luchar contra objetos inmóviles.

—El barco no está inmóvil.

—Exacto.

Di otro paso. Una ola golpeó el casco y me tambaleé. Álvaro me sujetó por la cintura.

—Otra vez —murmuró.

—¿Qué?

—Nada.

Subí a cubierta y me aparté.

—No hacía falta que me agarraras.

—Podías haberte caído.

—No me habría caído.

—Entonces te he privado de una experiencia.

—Eres insufrible.

—Y tú sigues viniendo.

No tuve tiempo de responder porque una voz masculina sonó detrás de mí.

—Lucía.

Me quedé quieta. Conocía esa voz. No porque me resultara familiar.

Sino porque pertenecía al tipo de hombre que siempre parecía pronunciar los nombres como si estuviera presentando un premio.

Me volví. En el muelle había un hombre alto, rubio, bronceado y vestido con pantalón claro y camisa de lino.

Llevaba gafas de sol, mocasines sin calcetines y el cabello tan bien peinado que parecía incapaz de despeinarse incluso bajo un huracán.

Sonreía. Yo no lo conocía. Él actuaba como si lleváramos años esperándonos.

—¿Sí?

Se quitó las gafas.

Tenía los ojos azules.

—Soy Gonzalo Rivas.

Esperó. Yo también.

—Encantada.

Su sonrisa vaciló.

—¿No te ha hablado de mí el concejal?

—No.

—Voy a dirigir la campaña turística de Valdearena este verano.

—Ah.

Álvaro apareció a mi lado.

—Eso explica la camisa.

Gonzalo lo miró.

—Vega.

—Rivas.

Se estrecharon la mano sin ninguna alegría.

—No sabía que estabas trabajando en el programa —dijo Gonzalo.

—Yo tampoco sabía que tú seguías trabajando en algo.

—He estado en Madrid.

—Me había llegado el silencio.

—No todo el mundo desea quedarse aquí toda la vida.

—Ni todo el mundo tiene que marcharse para sentirse importante.

Intervine antes de que empezaran a golpearse con palabras más largas.

—¿Os conocéis?

—Fuimos al colegio juntos —respondió Gonzalo.

—Él fue —aclaró Álvaro—. Yo intentaba escapar.

—Siempre tuvo dificultades para adaptarse a las normas.

—Y él para aceptar que no las escribía.

Gonzalo volvió a mirarme.

—El ayuntamiento quiere promocionar las actividades de verano. Me gustaría hacer algunas fotografías del taller.

—Tendría que revisar las autorizaciones de las familias.

—Naturalmente. También quiero preparar una entrevista contigo.

—¿Conmigo?

—Eres la novedad del programa. Profesora de Literatura, recién llegada de Sevilla, talleres culturales junto al mar… Puede funcionar muy bien.

Álvaro se apoyó en la barandilla.

—Parece una lata de atún.

Gonzalo ignoró el comentario.

—Podríamos tomar algo esta tarde y hablar con calma.

—Esta tarde tenemos que preparar la actividad de mañana —dijo Álvaro.

—Le he preguntado a ella.

—Y yo te informo a ti.

—No necesito que me informes.

—Yo tampoco necesito tus fotos, pero aquí estamos.

—Basta —intervine—. Puedo responder sola.

Los dos me miraron.

—Gracias —añadí—. Esta tarde estaré trabajando. Podemos hablar otro día durante el horario del taller.

—Perfecto —respondió Gonzalo—. Me adaptaré.

Álvaro cruzó los brazos.

—Qué generoso.

—Intento facilitar las cosas.

—Desde pequeño.

Gonzalo volvió a ponerse las gafas.

—Nos veremos pronto, Lucía.

—De acuerdo.

Se alejó por el muelle. Esperé hasta que estuvo fuera de alcance.

—¿Qué problema tienes con él?

—Ninguno.

—Parecía que querías tirarlo al agua.

—Eso no es un problema. Es una solución.

—¿Siempre os habéis llevado así?

—Antes peor.

—No parece mala persona.

Álvaro me miró.

—Lleva mocasines en un puerto.

—Eso no es un delito.

—Debería.

—Y tú vienes descalzo casi siempre.

—Mis pies no engañan a nadie.

—No entiendo qué significa eso.

—Yo tampoco, pero ha sonado bien.

Los niños terminaron la visita al Lucero y pasamos a la siguiente actividad. Cada grupo debía recorrer el puerto y encontrar varios elementos señalados en un mapa: una boya roja, una red remendada, un barco con nombre de mujer, una veleta en forma de pez y una campana antigua.

—No os alejéis —advertí—. Cada equipo irá acompañado por un adulto.

—Yo voy contigo —anunció Nico.

—Tú irás con tu grupo.

—Mi grupo va contigo.

Miré la lista. Era cierto. Álvaro se colocó a mi lado.

—Yo también.

—No estás en mi grupo.

—Soy el responsable del puerto.

—Tu padre es el responsable del puerto.

—Mi padre es responsable de todo aunque nadie se lo pida.

Paco, que nos oyó, asintió.

—Alguien tiene que serlo.

Comenzamos el recorrido. Los niños encontraron la boya con facilidad. La red apareció junto a un almacén. El primer barco con nombre de mujer se llamaba Carmen.

—Como mi madre —dijo Álvaro.

—¿Tu padre le puso su nombre?

—Sí.

—Es romántico.

—El barco se hundió dos veces.

—Eso estropea un poco la historia.

—Mi madre dice lo mismo.

La veleta resultó más difícil. Los niños buscaban en los tejados mientras Nico insistía en que quizá estaba escondida dentro de algún barco.

—Las veletas se colocan en lugares altos —expliqué.

—¿Por qué?

—Para indicar la dirección del viento.

—Yo sé de dónde viene el viento.

—¿Cómo?

—Me mojo un dedo.

Álvaro levantó la mano.

—Método científico tradicional.

—No lo animes.

—El niño tiene espíritu práctico.

—El niño tiene saliva.

Encontramos la veleta sobre la lonja. Solo faltaba la campana. Según el mapa, estaba junto a uno de los extremos del espigón. Mientras caminábamos, vi a Gonzalo a lo lejos hablando con el concejal. Nos observó y levantó una mano. Le devolví el saludo. Álvaro no.

—Podrías ser educado.

—Podría.

—¿Y?

—He decidido conservar energías.

—Te cae muy mal.

—Es mutuo.

—¿Por qué?

—No importa.

—Si no importara, no pondrías esa cara.

—¿Qué cara?

—La misma que pongo yo cuando comes mis tostadas.

—Eso es odio verdadero.

—Exactamente.

Nico, que caminaba delante, se volvió.

—Mi abuela dice que Gonzalo le quitó una novia a Álvaro.

Álvaro se detuvo.

—Tu abuela habla demasiado.

—¿Es verdad? —pregunté.

—No.

—Sí —dijo Nico.

—No fue así.

—Mi abuela dice que sí.

—Tu abuela también dice que va a llover cuando le duele la rodilla.

—Y llueve.

—Porque le duele siempre.

Nico volvió con los demás. Yo miré a Álvaro.

—No tienes que explicarme nada.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

—Bien.

Seguimos caminando. Pasaron diez segundos.

—Se llamaba Marina —dijo.

No respondí.

—Salimos durante unos meses cuando teníamos veinte años. Gonzalo regresó de la universidad, ella se fue con él y todos fueron muy felices.

—No parece que tú lo fueras.

—Yo tenía veinte años. A esa edad uno cree que un desengaño amoroso es el fin del mundo.

—A otras edades también.

Me miró.

—¿Hablas por experiencia?

—No.

—Tu cara dice lo contrario.

—Mi cara tiene vida propia desde que llegué a este pueblo.

Encontramos la campana al final del espigón. Estaba colgada de una estructura de madera y cubierta de óxido. Los niños quisieron hacerla sonar.

—Solo una vez —ordenó Álvaro.

Cada uno la hizo sonar una vez. Éramos treinta y uno. Cuando terminó el último, yo sentía la campana dentro de la cabeza.

—Nunca más —murmuré.

—Ha sido idea tuya traerlos —dijo Álvaro.

—El recorrido estaba en tu programa.

—En el programa del concejal.

—El que no cabía en una hoja.

—Ese.

Comenzamos a regresar. De pronto, Samuel señaló hacia el agua.

—¡Un pirata!

Todos se acercaron al borde.

—No os arriméis tanto —advertí.

Una pequeña embarcación avanzaba hacia el puerto. En la proa había un hombre vestido con una chaqueta roja, sombrero de tres picos y barba negra.

—¿Qué es eso? —pregunté.

Álvaro sonrió.

—La sorpresa.

—¿Qué sorpresa?

—La del final de la actividad.

El barco se acercó. El pirata levantó una espada.

—¡Rendíos, miserables marineros!

Los niños gritaron entusiasmados. Yo miré a Álvaro.

—¿Quién es?

—Sergio.

—¿El socorrista?

—También trabaja de pirata los lunes.

—¿Tiene dos empleos?

—En verano todos tenemos cuatro.

Sergio saltó al muelle, pero calculó mal la distancia.

Un pie cayó dentro del barco y el otro quedó en tierra.

Se agarró al borde, perdió el sombrero y terminó sentado sobre una caja de pescado.

Los niños aplaudieron. Sergio se puso en pie con toda la dignidad que pudo reunir.

Era alto, musculoso y tenía una sonrisa demasiado perfecta. Recogió el sombrero.

—Todo estaba previsto.

—Claro —dijo Álvaro.

Sergio me vio. Su sonrisa se ensanchó.

—Tú debes de ser Lucía.

—¿También lo sabe todo el mundo?

—Yo sé más que casi todos.

—Porque escucha detrás de las puertas —añadió Álvaro.

—Porque la gente confía en mí.

—La gente no te ve.