CAPÍTULO IV
Donde un puerto se llena de piratas y aparece un hombre demasiado bien peinado
A la mañana siguiente descubrí que en Valdearena existían tres clases de personas.
Las que se levantaban temprano para trabajar.
Las que se acostaban tarde porque no trabajaban.
Y las que hacían ambas cosas y se pasaban el resto del día quejándose.
Yo pertenecía a la tercera categoría. Había regresado a casa de don Emilio pasada la medianoche, después de una cena que se alargó porque Carmen decidió sacar una botella de licor de hierbas, Inés quiso enseñarme a bailar una canción que yo no conocía y las trillizas comenzaron a contar historias de juventud que ninguno de sus sobrinos debía escuchar jamás.
Álvaro había tocado la guitarra. No mal. Tampoco bien. Pero lo hacía con una naturalidad que conseguía que todo el mundo cantara, incluso Paco, que apenas movía los labios y afirmaba que él no cantaba, sino que «acompañaba por dentro». Yo no había cantado. O eso creía.
Según don Emilio, interpreté dos estribillos completos, uno de ellos sosteniendo una cuchara de madera como si fuera un micrófono.
No recordaba esa parte. La culpa era del licor de hierbas.
También podía ser de Inés, que rellenaba los vasos sin preguntar.
O de Álvaro, que sonreía cada vez que me sorprendía mirándolo.
Fuera de quien fuera la culpa, a las ocho de la mañana me dolía la cabeza y Margarita golpeaba la ventana con la perseverancia de un funcionario encargado de cobrar impuestos.
—Vete.
La gaviota insistió.
—Hoy no.
Picoteó el cristal.
—No tengo tostadas.
Volvió a hacerlo. Me levanté, abrí la ventana de golpe y Margarita entró en la habitación.
—¡No!
La gaviota voló sobre la cama, pasó rozando la lámpara y aterrizó encima de mi maleta. Nos miramos.
—Sal de aquí.
Margarita ladeó la cabeza.
—No pienso negociar contigo.
Dio dos pasos y hundió el pico en una bolsa.
—¡Eso es ropa!
La gaviota tiró de un sujetador.
—¡Suéltalo!
Me lancé hacia ella. Margarita abrió las alas, cruzó la habitación y salió por la ventana con mi sujetador colgando del pico.
—¡Vuelve aquí!
Me asomé. La gaviota sobrevoló la calle y aterrizó en la azotea de enfrente. Allí comenzó a examinar su botín.
—Te odio.
—No eres la primera —dijo una voz desde abajo.
Álvaro estaba apoyado en la pared de la casa con dos cafés en las manos. Llevaba una camiseta gris, pantalones cortos y el pelo todavía húmedo. Alzó la vista hacia mí. Yo recordé que estaba asomada a la ventana en camisón. Me aparté de golpe.
—¿Qué haces aquí?
—Buenos días para ti también.
—¿Qué hora es?
—Las ocho y cuarto.
—Habíamos quedado a las nueve.
—Eso creía yo.
—¿Entonces por qué has venido?
—Don Emilio me ha llamado.
—¿Dónde está?
—En el médico.
El sueño se me pasó de inmediato.
—¿Le ocurre algo?
—Nada grave. Tiene revisión.
—¿Y por qué no me lo dijo?
—Porque sabía que te preocuparías.
—No me preocupo.
Álvaro levantó una ceja.
—Acabas de ponerte pálida.
—Es la luz.
—Estás dentro de la habitación.
—La luz entra por la ventana.
—Claro.
Miré hacia la azotea de enfrente. Margarita seguía tirando del sujetador. Álvaro siguió la dirección de mi mirada.
—¿Eso es tuyo?
Cerré la ventana.
—Vuelvo en diez minutos.
—Tómate quince.
—He dicho diez.
—Entonces serán veinte.
Me vestí a toda prisa. Elegí un pantalón blanco, una blusa azul y unas sandalias cómodas. Me recogí el cabello, bebí agua directamente de la botella y bajé con la bolsa de materiales. Álvaro estaba en la cocina. Había colocado los dos cafés sobre la mesa y preparaba tostadas.
—No sabía que pudiera utilizar una tostadora.
—Sé hacer muchas cosas.
—Eso dices siempre.
—Y nunca me crees.
—Porque siempre estás bromeando.
Me entregó una taza.
—Café solo, con un poco de leche y sin azúcar.
La cogí.
—¿Cómo sabes cómo lo tomo?
—Te vi ayer.
—¿Cuándo?
—Durante el desayuno.
—Estabas demasiado ocupado comiéndote mi tostada.
—Puedo hacer dos cosas a la vez.
Bebí un sorbo. Estaba exactamente como me gustaba.
—Gracias.
—De nada.
Señaló el plato.
—También te he preparado dos tostadas.
—¿Y no vas a comerte ninguna?
—He desayunado.
—¿A qué hora?
—A las siete.
—¿Por qué tan temprano?
—He salido al mar.
—¿Ya has trabajado hoy?
—Una excursión para ver amanecer.
Me senté.
—No sabía que organizabas excursiones a esas horas.
—Los turistas pagan más si creen que están viviendo una experiencia espiritual.
—¿Y la viven?
—Normalmente se marean.
—Muy espiritual.
—Alguno ve a Dios.
Me reí a pesar del dolor de cabeza.
Álvaro sonrió.
—Te duele, ¿verdad?
—¿El qué?
—La cabeza.
—Estoy perfectamente.
—Te bebiste tres vasos de licor.
—Fueron dos.
—El tercero lo tomaste con Inés.
—Eso no cuenta. Era pequeño.
—También cantaste.
—No canté.
—Usaste una cuchara.
—Don Emilio me lo ha contado.
—Hay vídeos.
Dejé la taza.
—No.
—Sí.
—Bórralos.
—Yo no los tengo.
—¿Quién?
—La mitad del chiringuito.
—Voy a marcharme del pueblo.
—No serviría de nada. Ya están en el grupo de vecinos.
—¿Qué grupo?
—«Valdearena informa».
—¿Hay un grupo de mensajes del pueblo?
—Tres. Uno para avisos, otro para compras y otro para cotilleos.
—¿En cuál estoy yo?
—En los tres.
—No tengo el número de nadie.
—Ellos sí tienen el tuyo.
—¿Cómo?
—Tu teléfono estaba en el cartel del taller.
Me llevé las manos a la cara.
—Quiero morir.
—Antes tenemos que llevar a los niños al puerto.
—Entonces después.
Terminé el desayuno mientras Álvaro revisaba los materiales. Había preparado mapas sencillos del puerto, fotografías de distintos tipos de embarcaciones y tarjetas con palabras marineras.
—¿Esto lo has hecho tú? —pregunté.
—Sí.
—Está bien organizado.
—Voy a apuntar la fecha.
—No te acostumbres.
—Otra vez.
—Es una frase útil.
Cuando llegamos a la librería, los niños ya esperaban en la plaza. Algunos llevaban sombreros de pirata. Otros empuñaban espadas de plástico. Nico lucía un parche negro y un loro de peluche sujeto al hombro con una pinza de la ropa.
—Buenos días, capitana —me saludó.
—No soy capitana.
—Hoy sí.
—¿Quién lo ha decidido?
—Yo.
—Eso no funciona así.
—Álvaro dice que sí.
Miré a Álvaro.
—Yo he dicho que necesitábamos un responsable del grupo.
—Y me ha elegido a mí.
—Se ha elegido solo.
Nico sacó una hoja arrugada.
—He hecho una lista de la tripulación.
—¿Una lista?
—Como las tuyas.
La abrí. En la parte superior había escrito: «Tripulación del barco pirata». Debajo aparecían los nombres de todos los niños. Álvaro figuraba como «grumete viejo». Yo, como «capitana mandona». Don Emilio era «sabio del barco». Y las trillizas, «espías enemigas».
—Esto último no debes enseñárselo a tus abuelas.
—Ya lo han visto.
Las tres mujeres estaban sentadas en el banco de la plaza. Remedios levantó su abanico.
—Nos parece apropiado —dijo.
—Tenemos experiencia —añadió Adela.
—Y sabemos nadar —concluyó Jacinta.
Mercedes se acercó cargada con una mochila.
—Nico lleva protección solar, agua, una gorra, una muda y un bocadillo.
—La actividad termina antes de comer —dije.
—El bocadillo es para él por si tiene hambre.
—Siempre tengo hambre —aseguró Nico.
—Y este es para Álvaro.
Le entregó otro bocadillo.
—¿Por qué a él?
—Porque también siempre tiene hambre.
—Gracias, Mercedes.
—El tuyo es de tortilla. El del niño, de jamón.
Nico abrió su mochila.
—Quiero el de tortilla.
—No.
—Podemos cambiar.
—No.
—Álvaro…
—Tu madre ha hablado.
Nico guardó el bocadillo con resignación.
—Este pueblo vive bajo una dictadura.
—Y tú eres el único que no se calla —dijo Mercedes.
Reuní al grupo frente a la librería.
—Hoy vamos a conocer el puerto y aprenderemos cómo ha influido el mar en las historias, los oficios y la vida de Valdearena.
Nico levantó la mano.
—¿Habrá tesoro?
—No.
Los niños protestaron.
—Pero habrá barcos —añadí.
Las protestas se redujeron.
—¿Podemos subirnos? —preguntó Paula.
—A algunos.
—¿Podemos conducirlos?
—No.
—¿Podemos tirar a Álvaro al agua? —preguntó Samuel.
—Tampoco.
—Eso sí podría formar parte del programa —dije.
Álvaro se llevó una mano al pecho.
—Y yo que te he traído café.
—No he dicho que vaya a hacerlo. Solo que podríamos estudiarlo.
Salimos hacia el puerto. Esta vez los niños caminaron organizados por parejas. Álvaro iba delante y yo cerraba el grupo junto a Nico, que había decidido ser mi ayudante.
—Mi abuela dice que anoche cantaste.
—Tu abuela debería ocuparse de sus asuntos.
—Dice que cantas regular.
—Eso es porque no estaba cantando de verdad.
—¿Cómo se canta de mentira?
—Sin intención.
—Álvaro canta bien.
—Tu abuela no opina lo mismo.
—Mi abuela dice que es guapo, que es distinto.
—No estamos hablando de si es guapo.
—Tú sí crees que lo es.
—No he dicho eso.
—Tampoco has dicho que no.
—Nico, camina.
—Estoy caminando.
—Pues hazlo en silencio.
—Eso no sé.
El puerto de Valdearena estaba formado por un espigón de piedra, varios pantalanes y una lonja pequeña junto a los almacenes.
Los barcos pesqueros regresaban de faenar y descargaban cajas entre voces, motores y chillidos de gaviotas.
El aire olía a sal, gasóleo y pescado fresco.
Paco nos esperaba junto a una embarcación azul.
—Buenos días.
Los niños respondieron a coro.
—Este es el Lucero —explicó Álvaro—. Ha pertenecido a mi familia durante treinta años.
—Treinta y siete —corrigió Paco.
—Treinta y siete.
—Y antes fue de los Molina.
—Eso no importa.
—Todo importa.
Álvaro suspiró.
—Mi padre os enseñará las partes del barco.
Paco señaló la cubierta.
—Proa.
—¿Qué es la proa? —pregunté.
—La parte de delante.
—¿Y la de atrás?
—Popa.
—¿Y los lados?
—Babor y estribor.
Nico levantó la mano.
—¿Cuál es cuál?
—Babor, izquierda. Estribor, derecha.
—¿Y si estoy mirando hacia atrás?
Paco lo observó.
—Mira hacia delante.
Los niños rieron. Paco continuó la explicación.
—Esto es la cubierta. Allí está el puente. Abajo, la bodega.
—¿Hay fantasmas? —preguntó Samuel.
—No.
—En los barcos antiguos sí.
—Este no es antiguo.
—Álvaro ha dicho que tiene treinta y siete años.
—Yo tengo sesenta y ocho y tampoco soy antiguo.
Carmen, que acababa de llegar con una caja de agua, soltó una carcajada.
—Eso lo dices tú.