CAPÍTULO III #3
—Ha sido un accidente —añadió.
—Lo sé.
—No se lo diga así a su madre.
—¿Cómo se lo digo?
—Que Paula ha probado la temperatura del agua.
—Eso sería mentir.
—Sería resumir.
—No pienso ocultarlo.
—Entonces espere a que su madre haya comido.
—¿Por qué?
—Con hambre se enfada más.
—Conoce bien a las madres.
—Demasiado.
La jornada terminó poco después. Recogimos los materiales, contamos a los niños tres veces y emprendimos el regreso.
Nadie se había perdido. Nadie se había hecho daño.
Nico seguía llevando dos chanclas distintas.
Podía considerarse un éxito. Cuando llegamos a la librería, las familias nos esperaban en la plaza.
Las madres hicieron preguntas. Los niños hablaron todos a la vez.
Paula contó que había estado a punto de viajar a África en un barco.
Su madre no pareció comprender nada, y yo decidí que quizá Álvaro tenía razón sobre la conveniencia de resumir.
Poco a poco fueron marchándose. Nico fue el último. Mercedes apareció jadeando.
—Perdón. Se me ha ido la hora.
—No pasa nada —dije.
—¿Se ha portado bien?
—Bastante.
—Eso significa que ha hecho algo.
—Ha perdido una chancla.
—Las dos —corrigió Nico—. Estas tampoco son mías.
Mercedes lo miró.
—¿Y tus chanclas?
—En alguna parte.
—Perfecto. Mañana vienes descalzo.
—Como Álvaro.
—Álvaro no es un ejemplo.
—Gracias —dijo él desde el patio.
Mercedes se llevó al niño. Don Emilio cerró la puerta de la librería.
—Buen primer día.
—Ha sido agotador —respondí.
—Eso también es bueno.
—¿Por qué todo lo malo le parece bueno?
—Porque casi siempre podría haber sido peor.
—Es una filosofía deprimente.
—Pero eficaz.
Don Emilio subió a su despacho. Álvaro y yo nos quedamos solos en el patio. Había papeles por el suelo, lápices debajo de las mesas y arena hasta dentro de la fuente. Comencé a recoger. Él hizo lo mismo. Durante unos minutos trabajamos en silencio.
—Lo has hecho bien —dijo.
Me volví.
—¿Yo?
—Sí.
—Parecías sorprendido.
—No esperaba que aguantaras.
—¿Por qué no?
—Ayer dijiste que buscabas tranquilidad.
—Eso no significa que no sepa trabajar con niños.
—No. Pero has estado a punto de estrangularme tres veces.
—Cuatro.
—La cuarta no la he visto.
—Cuando has interrumpido el cuento para hablar de la niebla.
—Solo quería ayudar.
—No vuelvas a ayudarme.
—Lo intentaré.
Recogió el remo.
—Tú también lo has hecho bien —dije.
Él se quedó quieto.
—¿Perdón?
—Con los niños.
—Ah.
—Y con Paula.
—Es mi trabajo.
—Aun así.
Se encogió de hombros.
—No ha sido nada.
—Para ella sí.
Álvaro me miró durante unos segundos.
—¿Vas a venir a cenar al chiringuito?
—No.
—Respuesta rápida.
—Necesito preparar la sesión de mañana.
—Mañana toca excursión al puerto.
—Por eso necesito prepararla.
—No hay mucho que preparar.
—Hay que elegir una lectura, diseñar preguntas, organizar los grupos…
—Y hacer una lista.
—Varias.
—Lo imaginaba.
Se dirigió hacia la puerta.
—A las nueve en La Ola.
—He dicho que no iré.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué insiste?
—Porque cuando la gente dice que no tan deprisa suele estar intentando convencerse.
—Yo estoy convencida.
—A las nueve.
—No cuente conmigo.
—Pediré que guarden una silla.
Salió. Me quedé en el patio, sosteniendo una caja de lápices.
—Es insoportable —murmuré.
Don Emilio asomó la cabeza desde la escalera.
—Pero vas a ir.
—No.
—Carmen hace atún encebollado.
—No tengo hambre.
—Y tarta de queso.
—No me gusta la tarta de queso.
—Mentir envejece.
—No miento.
—Anoche repetiste.
—Porque estaba nerviosa.
—Pues esta noche puedes ponerte nerviosa otra vez.
Desapareció antes de que pudiera responder.
A las ocho y media estaba en mi habitación, rodeada de libros y cuadernos.
Había preparado la lectura del día siguiente.
También las preguntas. La lista de materiales.
La distribución de los grupos. El plan alternativo por si hacía demasiado calor.
Y un segundo plan alternativo por si llovía, aunque el cielo estaba completamente despejado.
No tenía ninguna razón para salir. A las nueve menos cuarto, el olor a atún encebollado llegó hasta mi ventana. Margarita aterrizó en el alféizar.
—Ni se te ocurra.
La gaviota me miró.
—No voy a ir.
Golpeó el cristal.
—No insistas.
Volvió a golpearlo.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
Margarita graznó. A las nueve y cinco entré en La Ola. La silla estaba guardada. Álvaro, sentado al otro lado de la mesa, levantó la vista. No dijo nada. Solo sonrió. Yo ocupé mi sitio.
—He venido por la tarta de queso.
—Naturalmente.
—Y porque don Emilio no tiene comida en casa.
—Por supuesto.
—No se haga ilusiones.
—Jamás.
Carmen dejó delante de mí un plato. Las trillizas intercambiaron una mirada. Nico, desde otra mesa, gritó:
—¡La profesora ha venido porque está enamorada!
Todo el chiringuito rio. Yo cerré los ojos. Álvaro se inclinó hacia mí.
—Buen segundo día.
Abrí los ojos y lo miré.
—Aún no ha terminado.
—Eso es lo mejor.
Y, aunque me habría gustado llevarle la contraria, por una vez no encontré ningún argumento.