CAPÍTULO III #2
—Solo lo digo por precisión geográfica.
—En los cuentos puede haber niebla donde el autor quiera.
—¿Y tiburones?
—También.
—Antes dijo que no.
—En esta historia no.
—Entonces mejoramos.
—¿Puede guardar silencio cinco minutos?
—Puedo intentarlo.
—Inténtelo lejos.
Cuando terminé, los niños aplaudieron. No todos. Dos estaban peleándose por un lápiz, uno se había quedado dormido sobre la mesa y otro había metido la cabeza debajo de la fuente para comprobar si de verdad estaba envenenada. Pero la mayoría había escuchado. Aquello me pareció una victoria.
—Ahora vamos a dibujar nuestra propia isla —expliqué—. Cada uno imaginará cómo sería, qué animales vivirían allí y qué tesoro escondería.
Repartimos hojas y lápices. Durante unos minutos reinó una paz sospechosa.
Yo caminaba entre las mesas, observando los dibujos y ayudando a quienes lo necesitaban.
Paula creó una isla llena de caballos. Samuel dibujó volcanes y dinosaurios.
Nico había colocado un cementerio, tres zombis, un barco hundido y una casa con un cartel que decía: «Aquí vive la profesora».
—¿Por qué vivo yo en una isla de zombis?
—Porque es usted la jefa.
—¿De los zombis?
—De la isla.
—¿Y dónde está Álvaro?
Señaló una figura diminuta dentro del mar.
—Ahogándose.
Álvaro se asomó por encima de mi hombro.
—Sé nadar.
—La profesora no te ha salvado.
—¿Por qué no me ha salvado?
—Porque estabais discutiendo.
—Eso tiene sentido —dijo él.
—No tiene ninguno.
Nico añadió un tiburón junto a la figura.
—Ahora sí.
—Gracias —murmuró Álvaro.
A las once, cuando todos habían terminado, él dio una palmada.
—Muy bien. Recoged las cosas. Nos vamos a la playa.
Los niños celebraron la noticia como si acabaran de concederles la libertad tras veinte años de cautiverio.
—Un momento —dije—. Antes tienen que guardar los lápices y recoger los papeles.
Nadie escuchó. En menos de diez segundos, veintinueve niños cruzaban la librería.
—¡Despacio! —grité—. ¡No corráis!
—Ya están fuera —informó don Emilio.
Salimos detrás de ellos. En la plaza esperaban varias madres cargadas con mochilas, toallas y botellas de agua.
—Cada niño necesita gorra y protección solar —dije.
—Ya están untados —respondió Mercedes.
Nico se olió un brazo.
—Huelo a coco.
—Es mejor que oler a niño sudado —dijo su madre.
Álvaro comenzó a organizar el grupo. Su manera de trabajar cambió por completo. Dejó de bromear. Comprobó uno por uno los nombres, repartió pulseras de colores según las edades y explicó a los mayores que ayudarían a los pequeños durante el camino.
—Nadie se separa del grupo —ordenó—. Nadie cruza una calle sin permiso. Nadie entra en el agua hasta que yo lo diga. Si alguien necesita ir al baño, me lo dice a mí o a Lucía. Y quien desobedezca vuelve a casa.
Los niños guardaron silencio. Yo lo observé con cierta sorpresa. No parecía la misma persona que se había comido mi tostada y discutido sobre la niebla de los cuentos.
—¿Qué? —preguntó al notar que lo miraba.
—Nada.
—Ha puesto cara de sorpresa.
—No esperaba que supiera organizarse.
—Sé hacer muchas cosas.
—Disimula muy bien.
—Es parte de mi encanto.
—¿Qué encanto?
—Ese.
—No veo ninguno.
—Porque está demasiado cerca.
Antes de que pudiera responder, Nico tiró de mi mano.
—Profesora, me falta una chancla.
Miré sus pies. Llevaba una chancla azul y otra verde.
—Llevas dos.
—Pero ninguna es mía.
Mercedes levantó la voz desde la puerta de la librería:
—¡Una es de tu hermana!
—¿Y la otra?
—¡No lo sé!
Álvaro silbó.
—Nos vamos.
Bajamos hacia la playa formando una fila irregular. Yo caminaba en la parte trasera para evitar que alguien se quedara rezagado. Álvaro iba delante. A mitad de camino, una niña empezó a llorar.
—¿Qué te ocurre? —pregunté.
—Mi dibujo.
—¿Lo has perdido?
Asintió.
—Era la isla de los gatos.
—Podemos hacer otro cuando volvamos.
—No será igual.
Álvaro regresó.
—¿Qué pasa?
—Ha perdido su dibujo.
—¿Dónde lo viste por última vez?
—En la plaza.
Él miró hacia atrás.
—Seguid con Lucía. Os alcanzo.
—No hace falta que vuelvas —dije—. Podemos repetirlo.
La niña lloró más fuerte. Álvaro echó a correr cuesta arriba.
—¿Adónde va? —preguntó Nico.
—A buscar el dibujo.
—Está enamorado —dijo.
—No digas tonterías.
—No de usted. De los problemas.
Aquello me hizo gracia. No quise que se notara, así que me puse las gafas de sol. Llegamos a la playa diez minutos después. Carmen había instalado una mesa bajo una sombrilla grande. Sobre ella había botellas de agua, fruta cortada y una caja con material.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Hemos perdido un dibujo.
—Entonces va perfecto. El año pasado perdimos un niño.
La miré horrorizada.
—Apareció enseguida —añadió—. Estaba en el puesto de los helados.
—Eso no me tranquiliza.
—Su madre se alegró mucho.
—Lo imagino.
—No tanto como el niño. Se había comido tres cucuruchos.
Álvaro llegó corriendo con el papel en la mano.
—¿Es este?
La niña dejó de llorar.
—¡Sí!
Le entregó el dibujo, algo arrugado y con una huella de zapato en una esquina.
—Lo estaba pisando un señor —explicó él.
—Gracias.
La niña lo abrazó. Álvaro se agachó.
—Guárdalo bien.
—Lo pondré en mi habitación.
—Buena idea.
Se incorporó.
Yo seguía mirándolo.
—Otra vez esa cara —dijo.
—¿Qué cara?
—La de que ha descubierto algo.
—No he descubierto nada.
—Ha descubierto que no soy un completo desastre.
—No se precipite. Solo ha encontrado un papel.
—Un papel importante.
—Para ella.
—Por eso.
No respondí. Él señaló la playa.
—Vamos a empezar.
La actividad consistía en dividir a los niños en equipos y construir barcos con materiales sencillos: corcho, madera ligera, cuerda y tela.
Después los probaríamos en la orilla. Yo ayudé al grupo de los pequeños.
Álvaro se ocupó de los mayores. En menos de media hora, la arena estaba cubierta de embarcaciones imposibles.
Había barcos con cinco velas, barcos sin vela, barcos que parecían casas y uno que Samuel había decorado con un dinosaurio.
—Los dinosaurios no sabían navegar —le explicó Paula.
—Tú no estabas allí.
—Nadie estaba allí.
—Los dinosaurios sí.
La respuesta resultó incontestable. Cuando llegó el momento de probarlos, Álvaro trazó una línea en la arena.
—Nadie pasa de aquí sin permiso.
—¿Por qué? —preguntó Nico.
—Porque lo digo yo.
—Eso lo dice mi madre cuando no sabe la respuesta.
—Yo sí sé la respuesta.
—¿Cuál?
—Que hoy hay corriente.
Nico miró el mar.
—No la veo.
—La corriente tampoco te ve a ti, y existe.
—Eso ha sonado profundo —dije.
—Leo a veces.
—¿Los libros que usa para calzar mesas?
—Esos tienen buenas frases.
Los niños colocaron los barcos en el agua. Algunos flotaron. Otros se hundieron de inmediato. El de Samuel cayó de lado, pero el dinosaurio quedó mirando hacia arriba.
—Está vivo —declaró.
Una ola más grande llegó hasta nosotros. Varios niños gritaron y retrocedieron. Mi vestido se mojó hasta las rodillas. Álvaro atrapó dos barcos antes de que se alejaran.
—¡El mío! —gritó Paula.
Su barco avanzaba mar adentro. Ella cruzó la línea marcada.
—¡Paula, espera! —dije.
La niña corrió hacia el agua. Una ola le golpeó las piernas y perdió el equilibrio.
Todo ocurrió muy deprisa. Álvaro soltó los barcos que llevaba, entró en el agua y la agarró antes de que cayera.
La levantó en brazos y regresó con ella a la orilla.
Paula estaba asustada, pero no había tragado agua.
—Te dije que no pasaras de la línea —dijo él con voz firme.
La niña comenzó a llorar.
—Mi barco…
—El barco no importa.
—Sí importa.
—Tú importas más.
La dejó en la arena y se agachó frente a ella.
—No vuelvas a entrar sin avisar. ¿Entendido?
Paula asintió. Álvaro le secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Tu barco llegará a África.
—¿De verdad?
—Con suerte.
—¿Y si se lo come un tiburón?
—Los tiburones no comen barcos.
—Lucía dice que en los cuentos sí.
Él me miró.
—Lucía sabe mucho de cuentos.
—Y tú de tiburones —respondió la niña.
—También.
Paula sonrió. La tensión desapareció. Yo sentí que el corazón volvía a latirme con normalidad.
—¿Está bien? —me preguntó Álvaro.
—Yo sí.
—Se ha puesto blanca.
—Ha sido el susto.
—La tenía controlada.
—Ha entrado en el agua.
—Y la he sacado.
—Podría haberse caído.
—Por eso estaba atento.
Su tono no era burlón. Tampoco defensivo. Solo sereno. Asentí.
—Has reaccionado rápido.
—Gracias.
Era la primera vez que lo tuteaba. Me di cuenta después de decirlo. Él también. No hizo ningún comentario, pero su expresión cambió ligeramente.