Amor de verano en el sur CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

Donde veintidós niños demuestran que el caos también puede madrugar

A las nueve y media de la mañana había veintidós niños en el patio de la librería.

A las nueve y treinta y cinco eran veintisiete.

A las nueve y cuarenta apareció una madre con tres hermanos que no figuraban en ninguna lista, un abuelo dejó a dos nietos asegurando que «solo sería un ratito» y alguien metió un cubo con un cangrejo debajo de una mesa.

A las diez menos cinco yo ya había perdido el control del taller. Y el taller aún no había empezado.

—No corráis —pedí por cuarta vez.

Nadie me escuchó. Un niño perseguía a otro con una espada de plástico. Dos niñas discutían por una silla. Nico había reunido a cinco pequeños junto a la fuente y les explicaba, con gran solemnidad, que el agua estaba envenenada.

—No está envenenada —dije.

—Lo estaba ayer —respondió él.

—Ayer tampoco.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque bebí de ahí.

Los cinco niños me miraron con expresión preocupada.

—¿Y se encuentra bien? —preguntó una niña de coletas.

—Perfectamente.

Nico se acercó a ella y susurró:

—Todavía.

—Nico.

—¿Qué?

—Deja de asustarlos.

—No los asusto. Les enseño prudencia.

En ese momento entró don Emilio llevando una caja de cartón.

—Buenos días.

—Necesito ayuda.

—Aquí tienes lápices.

—Necesito otro tipo de ayuda.

—También hay rotuladores.

—Don Emilio, hay más niños de los previstos.

El anciano observó el patio.

—Eso es bueno.

—¿En qué sentido?

—Significa que el programa interesa.

—Significa que no hay sillas suficientes.

—Pueden sentarse en el suelo.

—Ni espacio.

—Los niños ocupan poco.

Uno de ellos pasó corriendo y estuvo a punto de derribar una estantería.

—Cuando están quietos —añadió don Emilio.

Miré hacia la puerta.

—¿Dónde está Álvaro?

—Vendrá.

—El taller empieza a las diez.

—Todavía faltan tres minutos.

—Dijo que llegaría a las nueve y media.

—Entonces llegará a las diez.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá cuando lo conozcas mejor.

—No quiero conocerlo mejor. Quiero que sea puntual.

Don Emilio abrió la caja.

—Mira qué bonitos.

Sacó un puñado de lápices coronados por pequeñas gomas en forma de pez.

—Son preciosos —admití—. Pero no solucionan mi problema.

—A los niños les gustarán.

—A los niños les gustaría prenderle fuego al patio.

Un niño levantó la cabeza.

—¿Podemos?

—¡No!

La campanilla de la librería sonó. Todos miramos hacia la puerta. Álvaro apareció cargado con una nevera portátil, una bolsa de cuerda y un remo.

—Buenos días.

Lo fulminé con la mirada.

—Llega tarde.

Consultó su reloj.

—Son las diez.

—Habíamos quedado a las nueve y media.

—Usted había quedado a las nueve y media.

—Quedamos los dos.

—Yo dije «nos vemos por la mañana».

—Eso significa a la hora acordada.

—Para usted.

Dejó la nevera en el suelo.

—¿Por qué lleva un remo? —pregunté.

—Para la actividad.

—Hoy no hay actividad en el agua.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿para qué lo ha traído?

—Para sujetar la lona.

—¿Qué lona?

Señaló la bolsa.

—La que vamos a poner en la playa.

—¿Hoy?

—Hoy.

—El programa dice que la primera jornada se desarrolla en la librería.

—La parte de lectura.

—Toda la jornada.

—No.

Saqué el dossier de mi bolsa.

—Aquí lo pone.

Álvaro se acercó y leyó por encima de mi hombro.

—«Primera jornada: presentación, lectura introductoria y dinámica de grupo».

—Exactamente.

—La dinámica de grupo es en la playa.

—Eso no aparece.

—Porque no cabía.

—¿Cómo que no cabía?

—El concejal quería que el programa entrara en una hoja.

—¿Y decidió eliminar la mitad de la información?

—No la eliminó. La resumió.

—La ocultó.

—Eso es una palabra muy fea.

—Es una palabra precisa.

Nico se interpuso entre nosotros.

—¿Vamos a la playa?

Todos los niños gritaron:

—¡Sí!

Cerré los ojos.

—Primero vamos a leer.

El entusiasmo desapareció. Una niña suspiró. Un niño se dejó caer sobre una silla. Otro preguntó:

—¿Mucho?

—No —respondí—. Vamos a leer una historia breve y después hablaremos de ella.

—¿Hay muertos? —preguntó Nico.

—No.

—¿Monstruos?

—Tampoco.

—¿Sangre?

—No.

—Entonces no sé de qué vamos a hablar.

Álvaro se mordió el labio para no reírse.

—¿Quiere hacerse cargo usted? —le pregunté.

—No. Lo está haciendo estupendamente.

—Se nota que miente.

—No miento. Solo evito empeorar la situación.

—Pues empiece ahora.

Di una palmada.

—Todos sentados, por favor.

Los niños se acomodaron como pudieron. Algunos ocuparon sillas, otros se sentaron en el suelo y dos se instalaron dentro de una caja vacía. Me coloqué delante de la pizarra. Había preparado una historia sobre una niña que vivía junto al mar y soñaba con descubrir una isla.

—Antes de empezar, vamos a presentarnos.

Varias voces protestaron.

—Será rápido. Yo soy Lucía y voy a coordinar las actividades culturales durante este verano.

Nico levantó la mano.

—Mi abuela dice que es usted la novia de Álvaro.

El patio quedó en silencio. Álvaro soltó el remo.

—Tu abuela tiene demasiado tiempo libre.

—No soy la novia de nadie —aclaré.

—Antes sí —dijo una niña.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó otro.

—Mi madre se lo contó a mi tía.

—Pues mi madre dice que dejó al novio porque era aburrido.

—Mi padre dice que todos los novios son aburridos cuando se casan.

—Eso lo ha dicho porque tu madre estaba delante —intervino Álvaro.

Varias madres, aún asomadas a la puerta, rieron.

Yo respiré hondo.

—Mi vida privada no forma parte del taller.

Nico volvió a levantar la mano.

—¿Entonces no podemos preguntar?

—No.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Ni por qué dejó al novio?

—Especialmente eso.

Álvaro se inclinó hacia Nico.

—Luego te lo cuento.

—¡Álvaro!

—Era una broma.

—No tiene gracia.

—A él sí se la ha hecho.

Nico asentía con entusiasmo.

Golpeé suavemente la pizarra con una tiza.

—Vamos a presentarnos. Diremos nuestro nombre y algo que nos guste.

Señalé a la niña de las coletas.

—Empieza tú.

—Me llamo Paula y me gustan los caballos.

—Muy bien. ¿Y tú?

Un niño de unos ocho años se levantó.

—Soy Samuel y me gustan los dinosaurios.

—Perfecto.

La presentación avanzó con relativa calma.

A Marta le gustaba dibujar. A Iván, jugar al fútbol.

A Jimena, bailar. A Sergio, hijo del panadero, le gustaba el pan, lo cual provocó una discusión sobre si aquello podía considerarse afición o simplemente herencia familiar.

Cuando llegó el turno de Nico, se puso de pie y dijo:

—Me llamo Nicolás Mercedes Ruiz, pero nadie me llama así porque parece nombre de señor antiguo. Me gustan los zombis, nadar, trepar a los árboles, meterme donde no me llaman y enterarme de las cosas.

—Eso último ya lo sabíamos —comentó Álvaro.

—Mi abuela dice que salgo a ella.

Desde la puerta, una de las trillizas levantó el pulgar.

—Muy bien —dije—. Ahora le toca a Álvaro.

Él se apoyó en el remo.

—Me llamo Álvaro y me gusta el mar.

—Eso es muy poco —protestó Nico.

—También me gusta dormir.

—Eso no vale.

—¿Por qué?

—Porque a todos nos gusta dormir.

—A vuestra edad no.

—A mí sí —dijo un niño.

—Porque te acuestas tarde —respondió su hermana.

Álvaro pensó unos segundos.

—Me gusta tocar la guitarra.

—Mal —añadió don Emilio desde el fondo.

—Nadie le ha preguntado.

—Pero conviene advertirlos.

Los niños rieron.

—También me gusta navegar, pescar, montar en bicicleta y molestar a la profesora.

—Eso último es evidente —dije.

—Ahora usted —ordenó Nico.

—Ya he dicho mi nombre.

—Pero no lo que le gusta.

—Me gusta leer.

Varias caras expresaron decepción.

—También me gusta viajar, caminar, el cine, la música y desayunar sin que nadie se coma mis tostadas.

Álvaro levantó una mano.

—Fue una tostada.

—Era mía.

—Había otra.

—No pienso volver a discutir sobre eso.

—Ya está discutiendo —dijo Nico.

Los niños comenzaron a reír.

Me llevé una mano a la frente.

—¿Podemos empezar a leer?

—Sí —respondió una niña—, pero Álvaro tiene que callarse.

—Estoy completamente de acuerdo —dije.

—Traición —murmuró él.

Abrí el libro. Durante los primeros minutos conseguí captar su atención.

La protagonista de la historia vivía con su abuelo en una casa frente al mar y pasaba los días buscando señales de una isla que nadie más podía ver.

Leí despacio, cambiando la voz de los personajes y deteniéndome para hacer preguntas.

—¿Por qué creéis que nadie confiaba en ella?

—Porque era pequeña —respondió Paula.

—Porque mentía —dijo Samuel.

—Porque los mayores no se enteran de nada —afirmó Nico.

—Eso no es cierto.

—Mi madre lleva buscando sus gafas desde ayer y las tiene encima de la cabeza.

—Eso no significa…

—Mi padre perdió el coche en un aparcamiento —añadió Iván.

—Mi abuela se dejó una vez los dientes en la nevera —dijo otra niña.

—Bien —intervine—. Quizá los mayores nos despistemos en algunas ocasiones.

—Muchas —puntualizó Álvaro.

—Usted está incluido.

—Yo no soy mayor.

—Tiene treinta y tres años.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Su madre.

—Mi madre tampoco sabe guardar secretos.

—Aquí nadie sabe guardarlos.

Las trillizas, todavía junto a la puerta, fingieron observar el escaparate. Continué leyendo. En la historia, la niña encontraba una botella con un mapa en su interior.

—¿Habéis visto alguna vez un mensaje dentro de una botella? —pregunté.

—Yo sí —respondió Nico.

—¿De verdad?

—Lo tiró Álvaro.

Me volví hacia él.

—¿Usted arroja botellas al mar?

—Una vez.

—Eso contamina.

—Era de cristal y la recogimos después.

—¿Entonces para qué la tiró?

—Para una búsqueda del tesoro.

—¿Y por qué Nico la vio?

—Porque hizo trampas.

—No hice trampas —protestó el niño—. Solo seguí a Álvaro cuando escondía las pistas.

—Eso es hacer trampas.

—Eso es investigar.

—¿Qué decía el mensaje? —preguntó Paula.

Nico sonrió.

—Que el tesoro estaba debajo del barco de Paco.

Todos miraron al padre de Álvaro, que acababa de entrar con una caja de botellas de agua.

—No había ningún tesoro —dijo él.

—Había una bolsa de caramelos.

—Se los comió la gaviota.

—Margarita —aclaró don Emilio.

Decidí terminar la lectura antes de que la historia se perdiera para siempre.

—La niña siguió el mapa —continué— y descubrió que la isla no estaba lejos, sino escondida detrás de una cortina de niebla.

—Aquí no hay niebla en verano —dijo Álvaro.

Bajé el libro.

—Es un cuento.