Amor de verano en el sur CAPÍTULO II #3
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CAPÍTULO II #3

—Encontramos su rueda —añadió Adela.

—Y sabemos que trabaja con Álvaro —concluyó Remedios.

—Todo el pueblo lo sabe —comentó Inés.

—¿Cómo puede saberlo todo el pueblo si acabamos de enterarnos nosotros? —pregunté.

Las trillizas se miraron.

—El pueblo tiene sus mecanismos —dijo Jacinta.

—La pescadera lo sabía a las diez —añadió Adela.

—Y a las diez y cuarto lo sabía el cura —remató Remedios.

Álvaro se sirvió arroz.

—Padre Mateo siempre está bien informado.

—Porque confiesa a todo el mundo —dijo Carmen.

—Eso no debería contarlo —observé.

—Él no cuenta nada —respondió Paco—. Pero pone caras.

Durante la comida, intenté intervenir lo menos posible.

No sirvió de nada. Carmen quiso saber dónde vivían mis padres.

Inés preguntó si tenía hermanos. Las trillizas se interesaron por mi estado civil.

Paco quiso conocer mi opinión sobre los aparejos modernos de pesca.

Y Álvaro, cada vez que yo intentaba responder, añadía algún comentario innecesario.

—Mis padres viven en Sevilla —expliqué.

—¿Y no les da pena tenerla tan lejos? —preguntó Carmen.

—Son dos meses.

—Dos meses son mucho.

—Para algunas personas —dijo Álvaro.

Lo miré.

—¿Qué quiere decir?

—Nada.

—Ha querido decir algo.

—Solo he dicho que para algunas personas dos meses son mucho.

—¿Y para usted?

—Depende de la persona.

—No entiendo por qué hablamos de esto.

—Porque mi madre lo ha preguntado.

—Yo no he preguntado eso —protestó Carmen.

—Lo ha preguntado con la mirada.

—Mi mirada no habla.

Paco dejó la cuchara.

—Habla demasiado.

Carmen lo fulminó con los ojos.

—¿Ves? —dijo Álvaro—. Acaba de decirte que dormirás en el sofá.

Paco asintió.

—Lo he entendido.

Después de comer, ayudé a recoger la mesa pese a las protestas de Carmen.

Álvaro desapareció.

—¿Dónde ha ido? —pregunté.

—A buscar el barco —respondió Inés.

—¿El barco se pierde con frecuencia?

—No. Pero lo deja en distintos sitios.

—¿Por qué?

—Porque es Álvaro.

Aquella explicación parecía servir para todo. Cuando salí al paseo marítimo, él me esperaba junto a una bicicleta. Solo había una.

—¿Dónde está la mía?

—No tiene.

—¿Cómo vamos a hacer el recorrido?

—En bicicleta.

—Ha traído una.

—Sí.

—Somos dos.

—Sé contar.

—Entonces comprenderá el problema.

Señaló el portaequipajes.

—Siéntese.

—Ni hablar.

—El recorrido es largo.

—Iré andando.

—Tardará dos horas.

—No me importa.

—A mí sí.

—¿Por qué?

—Porque tengo que acompañarla.

—No se lo he pedido.

—Es mi trabajo.

—Pues camine.

Álvaro apoyó una mano en el manillar.

—¿Tiene miedo?

—No.

—Entonces suba.

—No tengo miedo. Tengo dignidad.

—No le servirá para llegar al faro.

—Me servirá para no caerme.

—No se caerá.

—¿Cómo lo sabe?

—Llevo montando en bicicleta desde los cuatro años.

—Yo no.

—Usted solo tiene que sentarse.

—Eso es lo que me preocupa.

Al final subí. No porque confiara en él. Tampoco porque me importara tardar dos horas.

Subí porque las trillizas habían salido al paseo y nos observaban desde la puerta del chiringuito. No pensaba darles la satisfacción de verme discutir durante media hora. Me senté de lado en el portaequipajes, sujetándome a la barra metálica.

—Agárrese a mí —dijo Álvaro.

—Estoy bien así.

—Se caerá.

—Ha dicho que no me caería.

—Si se agarra.

—No pienso tocarlo.

—Como quiera.

Comenzó a pedalear. Durante los primeros metros mantuve el equilibrio. Después giró bruscamente para esquivar a un niño. Solté un grito y rodeé su cintura con los brazos. Álvaro rio.

—No diga nada.

—No pensaba hacerlo.

—Su espalda dice lo contrario.

—Mi espalda no habla.

—Está temblando de risa.

—Tengo tos.

—Una tos muy alegre.

Apreté los labios. La bicicleta avanzó junto al mar.

El aire me apartó el pelo de la cara, el sol brillaba sobre el agua y las casas blancas fueron quedando atrás.

A nuestra derecha aparecieron las dunas; a la izquierda, una playa inmensa salpicada de sombrillas.

Poco a poco dejé de estar tensa. Álvaro pedaleaba con facilidad. Yo seguía aferrada a su cintura.

—Puede soltarme —dijo.

—No me fío.

—Pensaba que no quería tocarme.

—He cambiado de opinión por motivos de supervivencia.

—Me alegra saber que tiene prioridades.

El camino empezó a subir hacia el faro.

—¿Falta mucho?

—Cinco minutos.

—Ha dicho eso hace diez.

—Antes faltaban quince.

—No se puede razonar con usted.

—Eso me dicen.

Llegamos a una explanada de arena y pinos. El faro se levantaba ante nosotros, blanco, alto y brillante contra el cielo azul. Más allá, el acantilado descendía hacia una pequeña cala de agua transparente. Me bajé de la bicicleta.

—Este será el final de la búsqueda del tesoro —explicó Álvaro—. Los niños saldrán de la librería, pasarán por el mercado, el puerto, la playa y terminarán aquí.

—Es demasiado recorrido para los más pequeños.

—Habrá descansos.

—¿Y agua?

—Sí.

—¿Protección solar?

—También.

—¿Botiquín?

—Lucía.

—¿Qué?

—Llevo años trabajando con niños y turistas.

—Eso no garantiza nada.

—No se ha muerto ninguno.

—Qué tranquilizador.

Dejó la bicicleta apoyada contra un pino.

—Venga.

—¿Adónde?

—A la cala.

—No necesito verla.

—Forma parte del recorrido.

—Desde aquí se ve perfectamente.

—No se ve la cueva.

—¿Qué cueva?

Álvaro sonrió.

—La del tesoro.

Comenzó a bajar por un sendero estrecho.

Lo seguí. El camino descendía entre rocas y matorrales.

A cada paso, el mar parecía más cercano.

Cuando llegamos a la cala, tuve que admitir que el lugar era precioso.

No había nadie. El agua era tan clara que podían verse las piedras del fondo.

En un extremo, una abertura oscura se internaba en la roca.

—La cueva solo es accesible con la marea baja —dijo Álvaro—. Es segura, pero los niños entrarán por grupos. Me acerqué a la orilla.

—¿Aquí es donde piensa esconder el tesoro?

—Sí.

—¿Qué habrá dentro?

—Todavía no lo sé.

—Hay que decidirlo.

—Para eso estamos aquí.

—Podríamos preparar cofres pequeños con libros, caramelos y medallas.

—Los niños prefieren monedas.

—No vamos a darles dinero.

—Monedas de chocolate.

—En agosto se derretirán.

—Entonces caramelos.

—Eso he dicho yo.

—Estamos de acuerdo.

Lo miré.

—No se acostumbre.

—Ya me lo dijo ayer.

Me quité las sandalias y caminé por la orilla. El agua estaba fría.

—¿Sabe nadar? —preguntó.

—Sí.

—¿Bien?

—Lo suficiente.

—Eso significa que no.

—Sé mantenerme a flote.

—Una habilidad excelente para un corcho.

—No necesito nadar durante el taller.

—Habrá una excursión en barco.

—En los barcos hay chalecos.

—También hay agua alrededor.

—No me asusta el agua.

—¿Y los tiburones?

Me volví. Álvaro sonreía.

—Es usted idiota.

—Eso no responde a la pregunta.

—No hay tiburones aquí.

—Antes dijo que sí.

—Quería ver su cara.

Cogí un puñado de agua y se lo lancé. Él se apartó.

—¡Eh!

—Quería ver su cara.

—Eso ha sido una declaración de guerra.

—Ha sido un poco de agua.

—En Valdearena es lo mismo.

Antes de que pudiera retroceder, Álvaro hundió el pie en el agua y me salpicó. El vestido se me pegó a las piernas.

—No se atreva.

—Ya me he atrevido.

Le lancé más agua. Él respondió. En menos de un minuto estábamos los dos empapados hasta las rodillas, riéndonos como niños.

Entonces pisé una piedra resbaladiza. Perdí el equilibrio.

Álvaro me agarró por la cintura antes de que cayera.

Quedamos muy cerca. Demasiado. Su sonrisa desapareció.

Yo seguía apoyada contra su pecho, con las manos sujetas a sus brazos y el corazón inexplicablemente acelerado.

Durante un instante, ninguno dijo nada. El mar entraba y salía de la orilla.

Una gota de agua descendió desde su cabello hasta su mejilla.

—¿Está bien? —preguntó.

—Sí.

—No sabe mantener el equilibrio.

—Ha sido una piedra.

—Las piedras suelen estar quietas.

—Esta se movió.

—Claro.

No me soltó. Yo tampoco me aparté. Aquello duró apenas unos segundos, pero fueron suficientes para que me sintiera incómoda. No por él. Por mí.

Me separé.

—Tenemos que volver.

Álvaro bajó los brazos.

—Sí.

Recogí las sandalias y caminé hacia el sendero sin mirar atrás.

Había venido a Valdearena para estar tranquila.

Para olvidar. Para recuperar la vida que había dejado aparcada durante ocho años junto a un hombre al que ya no amaba.

No necesitaba complicaciones. Y mucho menos una complicación con el pelo mojado, una sonrisa insolente y la costumbre de aparecer siempre que yo perdía el equilibrio.

Cuando llegamos de nuevo a la explanada, descubrimos que la bicicleta ya no estaba.

—¿Dónde está? —pregunté.

Álvaro miró alrededor.

—Aquí.

—Aquí no hay ninguna bicicleta.

—La dejé junto al pino.

—Pues el pino sigue ahí.

—Eso es buena señal.

—¿En qué sentido?

—No se han llevado todo.

Oímos una carcajada infantil. Nico apareció detrás de unos arbustos montado en la bicicleta.

—¡La he encontrado!

—¡Bájate de ahí! —gritó Álvaro.

El niño pedaleó hacia el camino.

—¡Mi abuela dice que os vais a casar!

—¡Tu abuela se equivoca! —respondimos los dos.

Nico se alejó riendo. Álvaro comenzó a correr detrás de él. Yo me quedé bajo el faro, descalza, mojada y con las sandalias en la mano. A lo lejos, el niño gritó:

—¡El que llegue último paga los helados!

Álvaro se volvió hacia mí.

—¡Vamos, profesora!

—¡No pienso correr!

—¡Entonces pagará usted!

Lo vi alejarse. Después miré el camino de regreso, el sol descendiendo sobre el mar y la pequeña cala que quedaba a mis espaldas. Eché a correr. No por el helado. Tampoco por Álvaro. Corrí porque, por primera vez en muchos meses, sentí que me apetecía llegar a alguna parte.