Amor de verano en el sur CAPÍTULO II #2
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CAPÍTULO II #2

Salimos por una puerta lateral. El espacio era amplio, sombreado por una parra y rodeado de geranios. Había varias mesas pequeñas, sillas de colores y una pizarra apoyada contra la pared.

—Es perfecto.

—Eso pensé yo —respondió don Emilio—. Los niños leerán aquí. Y cuando terminen, Álvaro se los llevará a la playa.

Me volví.

—¿Cómo?

—Actividad conjunta —dijo él.

—¿Qué actividad conjunta?

Álvaro sacó un programa de la bolsa.

—«Aventuras entre libros y mareas».

—Ese nombre es espantoso.

—Lo eligió el concejal.

—Entonces todo encaja.

Le arrebaté el papel. El programa incluía sesiones de lectura, juegos en la playa, búsquedas del tesoro, rutas por el pueblo y excursiones en barco.

—Yo no sabía nada de las excursiones.

—Estaban en el dossier.

—No recuerdo haberlas visto.

—Quizá no leyó la letra pequeña.

—Leí la letra pequeña.

—Entonces leería muy deprisa.

—Leo perfectamente.

—No lo dudo. Es maestra.

—Profesora.

—Eso.

Don Emilio carraspeó.

—La idea es que los niños conozcan historias relacionadas con el mar y después participen en actividades inspiradas en ellas.

—Eso no está mal —admití.

Álvaro se llevó una mano al pecho.

—¿Ha dicho algo positivo?

—No se emocione.

—Pensaba que era incapaz.

—Lo que no comprendo es por qué necesitamos hacer todas las actividades juntos.

—Por seguridad —respondió don Emilio—. Tú no sabes manejar una embarcación y Álvaro no sabe manejar un libro.

—Sé manejar libros.

—Los utiliza para calzar mesas —dijo don Emilio.

—Solo los malos.

Me acerqué a la pizarra.

—Necesito saber las edades de los niños.

—Entre seis y doce años —respondió el anciano.

—Es un grupo demasiado amplio.

—Aquí los niños crecen deprisa.

—No me refiero físicamente.

—Algunos también.

—Tendré que dividirlos por edades.

—No puede —dijo Álvaro.

—¿Por qué?

—Porque solo hay un monitor deportivo.

—Contrate a otro.

—No hay presupuesto.

—Entonces necesitamos reducir el grupo.

—No podemos.

—¿Por qué?

—Porque sus madres nos matarían.

—Las madres no deciden la organización de un programa municipal.

Álvaro y don Emilio se miraron.

—No conoce a las madres de Valdearena —dijeron al mismo tiempo.

En ese momento, la campanilla de la entrada volvió a sonar. Una mujer irrumpió en la librería arrastrando a un niño del brazo. El niño tendría unos diez años, llevaba el cabello rizado, una camiseta con un pulpo dibujado y una expresión de resignación absoluta.

—¡Emilio! —gritó la mujer—. Apunta a Nico.

Don Emilio regresó al mostrador. Nosotros lo seguimos.

—Buenos días, Mercedes.

—Buenos días no son. Este niño lleva despierto desde las seis.

—Yo no tengo sueño —protestó Nico.

—Porque te has bebido mi café.

—Pensaba que era cacao.

—El cacao no sale de una cafetera.

—Podría.

Mercedes nos miró.

—¿Cuál es la maestra?

Levanté la mano.

—Profesora.

—Eso. Lucía, ¿verdad?

—Sí.

—Este es Nico. Es muy bueno.

El niño negó con la cabeza.

—No soy muy bueno.

—Cállate.

—¿Ve?

Mercedes le dio un pequeño golpe en la nuca.

—Le gusta leer.

—No me gusta leer.

—Ayer leíste.

—El menú de la pizzería.

—Leer es leer —intervino Álvaro.

—Gracias —dijo Mercedes—. También nada muy bien.

—Eso sí —afirmó Nico.

—Y es obediente.

Nico volvió a negar con la cabeza.

—No mientas a la profesora.

—Eres tú la que está mintiendo.

Mercedes me entregó una hoja doblada.

—Aquí tiene la autorización. Puede hacer con él lo que quiera.

—No puedo hacer con él lo que quiera.

—Pues lo que diga el programa.

—Hay horarios concretos.

—Mejor. Así sé cuándo no tengo que verlo.

—Mamá…

—Te quiero mucho, hijo, pero son vacaciones.

Besó a Nico en la frente y salió de la librería.

El niño nos miró.

—¿Puedo irme?

—El taller empieza mañana —le expliqué.

—Entonces, ¿por qué me ha traído hoy?

—Para practicar —respondió Álvaro.

—¿Practicar qué?

—Estar sin tu madre.

Nico sonrió por primera vez.

—Eso se me da bien.

Álvaro le revolvió el pelo.

—Ve a buscar a don Emilio. Dile que te dé un tebeo.

—Quiero uno de zombis.

—Uno con muchos dibujos.

El niño corrió hacia el fondo de la librería.

—Parece simpático —dije.

—Es un demonio.

—Su madre ha dicho que es muy bueno.

—Las madres también mienten.

Volví a estudiar el programa.

—Mañana podríamos comenzar con una historia de piratas.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque todos los años empezamos con piratas.

—Es un tema que gusta a los niños.

—También les gusta tirar piedras, y no organizamos un taller de lapidación.

—Proponga algo mejor.

Álvaro se cruzó de brazos.

—Naufragios.

—No parece muy alegre.

—Tiburones.

—No hay tiburones en esta zona.

—Sí los hay.

—¿Grandes?

—Algunos.

—¿Cerca de la playa?

—A veces.

Miré hacia la puerta, como si el mar pudiera haber avanzado hasta la plaza. Álvaro sonrió.

—Tiene miedo.

—No tengo miedo.

—Se ha puesto pálida.

—Es la luz.

—Estamos a la sombra.

—He dormido poco.

—Por la sardina.

—No vuelva a mencionar la sardina.

—Fue un accidente.

—Un accidente que todo el pueblo conoce.

—Eso no es culpa mía.

—Usted provocó el accidente.

—El perro llevaba mis pantalones.

—Una situación muy habitual, sin duda.

—Canelo tiene fijación con la ropa.

—¿Y por qué estaba usted desnudo?

—No estaba desnudo. Llevaba una toalla.

—Una toalla que no cubría nada.

—Cubría lo importante.

—No quiero seguir hablando de esto.

—Ha sido usted quien ha preguntado.

—Me arrepiento.

Nico regresó con un tebeo bajo el brazo.

—Mi abuela dice que os vais a casar.

Me atraganté con mi propia saliva.

Álvaro parpadeó.

—¿Qué?

—Mi abuela. Está en la plaza con sus hermanas.

Miramos hacia el escaparate. Las trillizas Ruiz estaban sentadas en un banco, observándonos. Una de ellas levantó la mano.

—Eso es absurdo —dije.

Nico se encogió de hombros.

—También dijo que usted llegó huyendo de un novio.

—No huí de nadie.

—Y que Álvaro necesita una mujer que lo enderece.

—Yo no necesito que me enderecen —protestó él.

—Dice que está torcido.

Nico abrió el tebeo.

—¿Puedo leer aquí?

—Claro —respondí.

—¿En voz alta?

—Como prefieras.

—No sé leer en silencio.

—¿Cómo que no sabes?

—Si no oigo las palabras, no las entiendo.

Se sentó en el suelo y comenzó:

—«La noche era oscura como el corazón de un muerto…».

Álvaro me miró.

—Muy apropiado para un niño.

—Lo ha elegido don Emilio.

—Eso lo explica todo.

Durante las dos horas siguientes organizamos el patio, revisamos materiales y discutimos por casi todo.

Yo quería colocar las mesas en semicírculo.

Álvaro sostenía que los niños terminarían arrojándose lápices unos a otros.

Yo propuse utilizar cuadernos individuales.

Él aseguró que los perderían en la playa.

Yo elegí una selección de cuentos. Él descartó tres porque, según sus palabras, «no pasaba nada hasta la página cuarenta».

—La literatura no consiste únicamente en que pasen cosas —dije.

—Entonces, ¿en qué consiste?

—En comprender el mundo.

—Los niños vienen de vacaciones. No quieren comprender el mundo.

—¿Y qué quieren?

—Mojarse, correr y comer helados.

—Para eso no necesitan un programa cultural.

—Exactamente.

—Es usted desesperante.

—Y usted hace listas para todo.

Me volví.

—¿Cómo sabe que hago listas?

Señaló el cuaderno que tenía abierto sobre la mesa. En la parte superior había escrito:

«Lista de materiales». Debajo: «Lista de actividades». Y, en una página aparte: «Lista de problemas que resolver».

—Eso no demuestra nada.

—Me ha incluido en la tercera.

Cerré el cuaderno.

—No mire mis notas.

—Estaban a la vista.

—Eso no le da derecho a leerlas.

—Solo he leído mi nombre.

—No he escrito su nombre.

—Ha escrito «monitor irresponsable».

—Podría referirme a cualquier monitor irresponsable.

—Soy el único monitor.

—Entonces ha resuelto el misterio.

A mediodía, don Emilio cerró la librería.

—Vamos a comer —anunció.

—Yo regresaré a casa —dije.

—Carmen ha preparado arroz.

—No quiero molestar.

—No molesta —respondió Álvaro—. Mi madre cocina para veinte aunque seamos cuatro.

—Además —añadió don Emilio—, esta tarde tenéis que revisar el recorrido de la búsqueda del tesoro.

—¿Esta tarde también?

—El taller empieza mañana.

—Necesito tiempo para preparar mis sesiones.

—Puede hacerlo después de comer.

—¿Y cuándo descanso?

Álvaro abrió la puerta.

—En septiembre.

La casa de sus padres estaba situada detrás del chiringuito. Era una vivienda baja, blanca y azul, con un patio lleno de plantas, redes de pesca colgadas en las paredes y una mesa larga bajo un toldo. Carmen salió de la cocina con una cuchara de madera.

—¡La profesora!

—Lucía —corregí.

—Eso. Siéntate, hija.

—Gracias por invitarme.

—No te he invitado. Emilio ha dicho que venías.

—Puedo marcharme.

—Ni se te ocurra. Hay arroz de sobra.

Paco estaba sentado a la mesa limpiando unas gafas.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

—¿Ha dormido bien?

—Sí, gracias.

—Miente.

Lo miré sorprendida. Paco se puso las gafas.

—Tiene ojeras.

—Ha sido la gaviota —expliqué.

—Margarita —dijo él.

—¿También la conoce?

—Me robó un calamar.

—No era un calamar —intervino Carmen desde la cocina—. Era una choco.

—Era mío.

—Eso sí.

Inés apareció con una ensaladera.

—¡Lucía! ¿Te has recuperado?

—Perfectamente.

—No sabes la pena que me dio lo de la sardina.

Álvaro soltó una carcajada.

—No vuelva a mencionarla —advertí.

—Yo no he dicho nada —respondió él.

—Se está riendo.

—He recordado otra cosa.

—¿El qué?

—La sardina.

Carmen le dio un golpe con la cuchara.

—Deja a la muchacha.

—Ella empezó.

—No tengo cinco años —dije.

—A veces no se nota —replicó Álvaro.

Paco alzó la voz:

—A comer.

Todos nos sentamos. El arroz olía de maravilla. Había gambas, mejillones, trozos de pescado y verduras. Carmen me sirvió una cantidad suficiente para alimentar a tres personas.

—No podré comerme todo esto.

—Empieza y después hablamos.

—De verdad…

—Está muy delgada —dijo una voz detrás de mí.

Me volví. Las trillizas Ruiz acababan de entrar en el patio.

—¿También comen aquí? —pregunté en voz baja.

—Todos los domingos —respondió Álvaro.

—¿Son familia?

—No.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque un domingo vinieron y nunca dejaron de hacerlo.

Las tres se sentaron al otro extremo de la mesa.

—Lucía, estas son Jacinta, Adela y Remedios —dijo Carmen.

—Ya nos conocemos —respondió Jacinta.