CAPÍTULO II
Donde el trabajo se complica antes del desayuno
Me desperté con una gaviota mirándome desde el alféizar.
No era una gaviota cualquiera. Tenía cara de acreedora.
Permanecía inmóvil al otro lado de la ventana, con la cabeza ladeada y una expresión severa que parecía reprocharme no haber pagado todavía la deuda contraída con el pueblo la noche anterior.
Yo tampoco estaba satisfecha con mi comportamiento.
Después del incidente de la sardina, había regresado a casa de don Emilio entre las carcajadas de medio Valdearena, envuelta en una toalla del chiringuito y procurando no cruzarme con nadie. No lo conseguí.
Una señora que paseaba a un caniche me preguntó si me había caído al mar. Dos muchachos en bicicleta me ofrecieron una sardina. Y la mujer de la manguera salió a su puerta para decirme:
—¡Eso con jabón de lagarto sale!
No quise averiguar cómo se había enterado. Probablemente, cuando yo llegué a casa, la noticia ya circulaba por las poblaciones vecinas. La gaviota golpeó el cristal con el pico.
—No tengo nada para ti.
Volvió a golpearlo.
—Y aunque lo tuviera, no te lo daría.
Abrió las alas.
—No me amenaces.
—¿Con quién hablas? —preguntó don Emilio desde el pasillo.
—Con una gaviota.
—Ah. Es Margarita.
Me volví hacia la puerta. Don Emilio apareció con una bandeja en las manos. Llevaba pantalón corto, zapatillas de cuadros y una camiseta en la que podía leerse: «Leer perjudica seriamente la ignorancia».
—¿Le ha puesto nombre?
—Yo no. Se lo puso ella.
—¿Cómo va a ponerse nombre una gaviota?
—Con mucho empeño. La primera vez que vino, le dije: «Márchate». Volvió al día siguiente. Le dije: «Márchate otra vez». Al tercero comprendí que no era una orden, sino una presentación defectuosa.
Dejó la bandeja sobre una mesita. Había café, tostadas, aceite, tomate rallado y un vaso de zumo de naranja.
—No tenía que molestarse.
—No me he molestado. Lo ha preparado Inés.
—¿Inés está aquí?
—No. Lo ha enviado con Álvaro.
Miré la bandeja y luego miré a don Emilio.
—¿Álvaro ha estado en la casa?
—Está abajo.
—¿Ahora?
—Desde hace diez minutos.
Me levanté de la cama con tanta rapidez que la sábana se me enredó en las piernas.
—¿Y por qué no me ha avisado?
—Te estoy avisando.
—Diez minutos tarde.
—No sabía que te interesara tanto verlo.
—No me interesa verlo.
—Entonces no hay prisa.
La gaviota golpeó el cristal de nuevo.
—¿Qué quiere ese animal?
—Tu tostada.
—Pues se quedará con las ganas.
Margarita emitió un graznido indignado. Don Emilio sonrió.
—Me recuerda a ti.
—¿Por qué?
—Por el carácter.
—No tengo mal carácter.
—Anoche amenazaste a una sardina.
—La sardina estaba dentro de mi vestido.
—Técnicamente, dentro de tu escote.
—No quiero hablar de eso.
—El pueblo sí.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Fui al cuarto de baño, me lavé la cara y me recogí el pelo en una coleta.
Había dormido con una camiseta amplia y unos pantalones cortos.
No era el aspecto más adecuado para una reunión, pero tampoco pensaba arreglarme para bajar a discutir con un hombre que la noche anterior había corrido desnudo por la playa.
Cuando llegué a la cocina, Álvaro estaba sentado a la mesa, comiéndose una de mis tostadas.
—Esa tostada era mía.
Levantó la vista. Llevaba el cabello mojado y una camiseta azul. Esta vez sí tenía zapatos, aunque eran unas alpargatas rotas por el talón.
—Buenos días.
—Mi tostada.
—Había dos.
—Las dos eran mías.
—Eso es gula.
—Eso es desayuno.
Se llevó a la boca el último bocado.
—Estaba buena.
Abrí un armario, saqué una taza y me serví café.
—¿Qué hace aquí?
—Don Emilio me pidió que viniera.
—¿Para qué?
—Para llevarla a la librería.
—Sé caminar.
—Me alegro. Facilita bastante el trayecto.
—También sé orientarme.
Él arqueó una ceja.
—Ayer pasó tres veces por la plaza antes de encontrar la casa.
—Porque las calles están mal señalizadas.
—Las calles llevan cien años en el mismo sitio.
—Eso no significa que estén bien señalizadas.
—Tiene razón. Deberíamos moverlas.
Me senté frente a él.
—¿No tiene nada mejor que hacer?
—Muchísimas cosas.
—Pues hágalas.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque usted forma parte de ellas.
Dejé la taza sobre la mesa.
—Perdone.
—No es culpa suya.
—No le estoy pidiendo perdón. Le estoy dando la oportunidad de explicar esa frase.
Álvaro apoyó los codos sobre la mesa.
—Este verano, el ayuntamiento ha organizado un programa cultural y deportivo para turistas y vecinos.
—Lo sé. Me contrataron para coordinar los talleres de lectura, el club infantil y varias actividades de animación cultural.
—Exacto.
—¿Y qué tiene eso que ver con usted?
—Yo coordino la parte deportiva.
—Estupendo. Usted se ocupa de las tablas y yo de los libros.
—Más o menos.
—¿Qué significa «más o menos»?
—Que algunas actividades son conjuntas.
Lo miré en silencio. Él sonrió.
—No.
—Todavía no le he explicado nada.
—No hace falta. La respuesta es no.
—El contrato ya está firmado.
—Mi contrato no dice nada de trabajar con usted.
—¿Lo ha leído entero?
—Por supuesto.
—¿Incluida la letra pequeña?
—Especialmente la letra pequeña.
—Entonces recordará la cláusula sexta.
Busqué mentalmente entre las páginas del contrato.
—Coordinación interdisciplinar con el resto de los responsables del programa.
—Esa.
—Eso no significa que tenga que trabajar con usted.
—Significa exactamente eso.
Entró don Emilio con una bolsa de tela.
—¿Ya se lo has contado?
—Estoy en ello —respondió Álvaro.
—Se lo está tomando mal —añadió el anciano.
—No me lo estoy tomando mal.
—Tienes una vena muy marcada en la frente.
—Es de familia.
—Tu madre no la tiene.
—Mi padre sí.
—Tu padre tampoco.
—Entonces será nueva.
Don Emilio dejó la bolsa sobre la mesa.
—Dentro están los programas, las llaves de la librería y la lista de los niños apuntados.
La abrí.
—¿Cuántos son?
—Veintidós.
—Eso está bien.
—Más los que aparezcan sin apuntarse.
—¿Cuántos suelen aparecer?
—El año pasado fueron treinta y ocho.
—¿Treinta y ocho niños?
—Y dos perros —dijo Álvaro.
—Los perros no cuentan.
—Uno participó más que los niños.
—¿En un taller de lectura?
—Se comió el final de un cuento.
Don Emilio se sentó.
—Este año no tendremos ese problema. El perro murió.
—Don Emilio…
—De viejo, hija. No por culpa del cuento.
Respiré hondo.
—Bien. ¿Cuándo empieza el taller?
—Mañana —respondió Álvaro.
—¿Mañana?
—A las diez.
—Me dijeron que comenzaba el lunes.
—Mañana es lunes.
Miré el calendario colgado en la pared. Era domingo. Había perdido completamente la noción de los días.
—Necesito preparar el material.
—Por eso hemos venido temprano —dijo Álvaro.
—Son las nueve y media.
—Aquí eso es temprano.
—Llevo despierta desde las siete.
—¿Y qué ha hecho durante dos horas y media?
—Dormir.
—Entonces no llevaba despierta desde las siete.
—Me desperté a las siete. Después volví a dormirme.
—Eso cuenta como seguir durmiendo.
—No pienso discutir sobre la definición de despertarse.
—Sería una discusión interesante.
—Para usted, quizá.
Don Emilio se levantó.
—Voy a abrir la librería. Os espero allí.
—Puedo ir con usted.
—Yo voy por otro camino.
—¿Por qué?
—Porque tengo que pasar por la iglesia.
—Lo acompaño.
—Voy a confesarme.
—Puedo esperarlo fuera.
—Será largo.
—¿Tan grave es lo que ha hecho?
—No. Pero el cura habla mucho.
Se marchó antes de que pudiera insistir. Álvaro se levantó y cogió la bolsa.
—Vamos.
—Primero voy a desayunar.
—Ya se ha tomado el café.
—Y usted se ha comido mi tostada.
—Le queda otra.
—No pienso comérmela mientras me mira.
—Puedo cerrar los ojos.
—Márchese.
—La espero fuera.
Se dirigió a la puerta.
—Y no tarde —añadió—. Tenemos trabajo.
—Usted no me da órdenes.
—No era una orden.
—Ha sonado como una orden.
—Era una súplica con autoridad.
—Fuera.
Sonrió y cerró la puerta. Me comí la tostada de pie, enfadada conmigo misma por estar enfadada tan temprano.
A las diez menos cuarto, salimos hacia la librería.
El pueblo estaba ya lleno de vida. Las terrazas servían desayunos, el mercado tenía las puertas abiertas y una hilera de bañistas bajaba hacia la playa cargada con sombrillas, neveras y bolsas de juguetes.
Álvaro saludaba a todo el mundo.
—Buenos días, Rosario.
—Buenos días, hijo.
—¿Cómo sigue la rodilla, Pepe?
—Mejor que tu cabeza.
—Eso tampoco era difícil.
Un pescadero levantó una caballa.
—¡Álvaro! Dile a tu madre que tengo lo suyo.
—¿Qué es?
—Lo suyo.
—Con eso se lo explico perfectamente.
El hombre me miró.
—¿Es la maestra?
—Profesora —respondimos Álvaro y yo a la vez.
Nos miramos. El pescadero sonrió.
—Ya se os ha pegado hasta el habla.
—No se nos ha pegado nada —dije.
Continuamos andando.
—¿Por qué todo el mundo me llama maestra?
—Porque da clases.
—Soy profesora de instituto.
—¿Y eso no es dar clases?
—Sí, pero…
—Entonces es maestra.
—No es lo mismo.
—Para los niños sí.
—No voy a discutir con usted.
—Ya está discutiendo.
Apreté el paso. La librería de don Emilio ocupaba la esquina de una plaza pequeña. Sobre la puerta había un letrero antiguo en el que podía leerse: «El Faro de Papel». Los escaparates estaban llenos de novelas, mapas, cuadernos y juguetes de madera.
—Es preciosa —dije.
—Don Emilio la abrió hace cincuenta y cuatro años.
—¿Siempre ha sido librería?
—Antes fue una mercería.
—¿También era suya?
—De su mujer.
—No sabía que estaba casado.
—Era viudo.
—¿Era?
—Quiero decir que es viudo.
—Ha hablado en pasado.
—Porque su mujer murió.
—Lo que ha dicho no tenía sentido.
—Para mí sí.
Entramos. Una campanilla sonó sobre nuestras cabezas.
La librería olía a papel nuevo, polvo antiguo y madera encerada.
Había estanterías hasta el techo, una escalera móvil y mesas cubiertas de libros.
Al fondo se abría un patio interior con macetas y una pequeña fuente.
Don Emilio apareció detrás del mostrador.
—Bienvenidos.
—Ya estamos aquí —dijo Álvaro.
—Eso significa «bienvenidos».
—Pensaba que era una forma de recibirnos.
—Y lo es.
—Entonces debería decirlo antes de que entremos.
Don Emilio lo ignoró.
—Lucía, el taller se celebrará en el patio.