Amor de verano en el sur CAPÍTULO I #3
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CAPÍTULO I #3

Álvaro bajó las escaleras. Me quedé sola en la habitación, contemplando la maleta sin ruedas, la planta medio muerta y el mar extendiéndose al otro lado de la ventana.

Había llegado por fin. Estaba lejos de mi antiguo piso, de las invitaciones de boda que aún quedaban por cancelar, de las llamadas de mi madre y de la expresión herida de Andrés cuando le dije que no podía casarme con él.

Respiré hondo. La brisa movió las cortinas.

Todo iría bien. No tenía más que mantenerme ocupada, evitar complicaciones y recordar que el verano terminaría pronto.

Dos meses, sesenta días. Podía sobrevivir a sesenta días.

Deshice parte del equipaje, me duché y me tumbé sobre la cama con la intención de cerrar los ojos durante unos minutos.

Me despertó una música lejana. Miré el reloj. Eran las nueve y cuarto. Desde la ventana llegaban acordes de guitarra, voces, risas y un olor a pescado asado que me hizo recordar que no había comido desde el desayuno.

Bajé. Don Emilio había dejado una nota sobre la mesa. «Estamos en La Ola. Hay cena para ti. No seas rancia». Me quedé mirando la última frase.

—Maravilloso.

Abrí la nevera. Había medio limón, una botella de agua y un recipiente con algo que podía ser gazpacho o pintura roja. Cerré. Podía prepararme una tostada. No había pan. Podía comer una manzana. Tampoco había manzanas. Recordé a la mujer de la manguera. «Aquí no hay manzanas. Hay calles».

Me reí sola, lo que interpreté como una señal preocupante de debilidad.

Diez minutos después, caminaba hacia la playa.

El pueblo había cambiado con la caída del sol.

Las fachadas blancas reflejaban una luz dorada, los balcones estaban llenos de gente y por las calles circulaban familias enteras cargadas con toallas, sillas plegables y niños medio dormidos.

Seguí el sonido de la música hasta el paseo marítimo. La Ola era un chiringuito de madera pintado de azul, abierto hacia la playa y rodeado de mesas. Había farolillos colgados, una barra repleta de platos y un pequeño escenario en un extremo. Don Emilio me vio antes de que pudiera arrepentirme.

—¡Lucía!

Toda una mesa volvió la cabeza. Allí estaban las trillizas, Inés, un hombre mayor de bigote gris y una mujer morena y sonriente que supuse que serían los padres de Álvaro. Él no estaba. Me sentí inexplicablemente aliviada.

—Ven, hija —dijo la mujer, levantándose—. Soy Carmen.

Me besó en las dos mejillas y me sentó a su lado.

—Este es Paco, mi marido.

El hombre del bigote asintió.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

—¿Cerveza? —preguntó Carmen.

—Agua, por favor.

Toda la mesa quedó en silencio.

—Está cansada del viaje —explicó don Emilio.

—Claro —dijo Carmen—. Inés, trae agua y una cerveza por si cambia de opinión.

Antes de que pudiera protestar, me colocaron delante una fuente de sardinas, un plato de ensalada y una cesta de pan.

—Coma —ordenó Paco.

—Gracias.

—Está muy delgada —comentó una de las trillizas.

—Es alta —corrigió otra.

—Las dos cosas —concluyó la tercera.

Cogí una sardina intentando recordar cómo se comía sin destrozarla.

—¿No ha venido Álvaro? —preguntó don Emilio.

—Está en el barco —respondió Carmen—. Ha salido con unos franceses y se les ha caído una mochila al agua.

—¿A los franceses?

—La mochila.

Apenas había dado el primer bocado cuando se oyó un grito desde la playa.

—¡Que viene desnudo!

Todo el chiringuito se volvió hacia el mar. Yo también. Un hombre corría por la orilla cubriéndose con una toalla diminuta. Era Álvaro. Detrás de él avanzaba un perro enorme con sus pantalones cortos en la boca. La gente empezó a aplaudir.

—¡Canelo, suelta eso! —gritó Carmen.

El perro pasó junto a las mesas. Álvaro corrió detrás. Al verme, abrió mucho los ojos.

—No diga nada.

—No pensaba hacerlo.

—Su cara dice lo contrario.

—Mi cara es la que tengo.

El perro se metió entre dos mesas. Álvaro intentó atraparlo, tropezó con una silla y chocó contra el camarero que transportaba una bandeja. Una sardina salió volando. La vi acercarse.

Tuve tiempo de pensar que aquello no podía estar ocurriendo. Después, la sardina aterrizó dentro de mi escote. Me levanté de golpe. La mesa entera enmudeció. Álvaro, aún sujeto a su minúscula toalla, me contempló con expresión horrorizada.

—No se mueva.

—¿Cómo que no me mueva?

—La sardina.

—Sé dónde está la sardina.

—Puedo ayudarla.

—¡Ni se le ocurra!

Di un paso atrás. Tropecé con el banco. Intenté recuperar el equilibrio, agarré el borde de la mesa y tiré de él. Una jarra de agua cayó sobre mí. La cerveza que Inés había traído por precaución terminó sobre Álvaro. Las trillizas se levantaron al mismo tiempo.

Canelo soltó los pantalones. Paco siguió comiendo como si nada de aquello le concerniera.

Y don Emilio, el hombre que había prometido proporcionarme un verano tranquilo, comenzó a reírse hasta que se le saltaron las lágrimas.

Yo permanecí allí, empapada, con una sardina en el sujetador y frente a un hombre casi desnudo.

Álvaro se agachó, recogió sus pantalones y me dedicó una sonrisa.

—Bienvenida a Valdearena, profesora.

En aquel preciso instante comprendí dos cosas. La primera: que odiaba a Álvaro Vega Romero. La segunda: que mi verano no iba a ser tranquilo.