CAPÍTULO I #2
—Una estupenda, espero.
—Arrogante.
—Ah.
—Entrometido.
—Comprendo.
—Y bastante irritante.
—Entonces es la impresión habitual.
Antes de que pudiera responder, una puerta se abrió al otro lado de la calle.
Una muchacha pelirroja apareció sosteniendo una bandeja llena de vasos.
—¡Álvaro! ¿Vas a venir esta noche?
—Depende.
—¿De qué?
—De si me dejan vivir.
La muchacha me miró.
—¿Es la maestra?
—Profesora —repetí.
—Eso. Soy Inés. Trabajo en La Ola. El chiringuito de sus padres —explicó, señalando a Álvaro—. Esta noche hay sardinas, música y gente sudando. Tiene que venir.
—Acaba de llegar —dijo él.
—Mejor. Así todavía no le ha dado tiempo de cansarse del pueblo.
—Gracias, pero creo que esta noche descansaré.
Inés me observó como quien contempla a una persona que acaba de anunciar que se alimenta de piedras.
—Es viernes.
—Lo sé.
—En verano.
—También.
—Y está en Valdearena.
—Eso parece.
Inés miró a Álvaro.
—Está triste.
—No estoy triste.
—Tiene cara de estar triste.
—Tengo calor.
—Aquí el calor y la tristeza se curan igual —aseguró—. Con una cerveza frente al mar.
—La señorita ha venido buscando tranquilidad —comentó Álvaro.
—Lucía.
—¿Cómo?
—Me llamo Lucía. Y no soy señorita.
—Eso no lo sé.
—Es una forma de hablar.
—Pues habla raro.
Inés soltó una carcajada.
—Os vais a llevar de maravilla.
—No —respondimos los dos.
Ella se despidió con la mano y entró de nuevo en la casa. Álvaro reanudó la marcha.
—¿Cuánto falta?
—Veinte metros.
—Gracias a Dios.
—Allí es.
La casa de don Emilio era más bonita de cerca.
Tenía una puerta azul, dos ventanas con contraventanas del mismo color y una pequeña terraza protegida por una parra.
En el escalón de entrada nos esperaba un hombre delgado, de cabello completamente blanco, camisa de manga corta y pantalones sujetos muy por encima de la cintura.
—¡Lucía!
Bajó los escalones con los brazos abiertos.
—Don Emilio.
Me abrazó como si me conociera desde la infancia. En realidad, solo habíamos hablado tres veces por teléfono. Don Emilio era el propietario de la casa y también de la librería en la que yo iba a coordinar talleres de lectura durante el verano.
—Has llegado sana y salva.
—Por poco.
—Veo que ya has conocido a Álvaro.
—Me ha robado las maletas.
—Se las estaba subiendo —protestó él.
—Sin preguntarme.
—Las dejó tiradas en la calle.
—Fui a buscar una rueda.
—¿Ha perdido una rueda? —preguntó don Emilio.
Le mostré la que llevaba en la mano.
—Dos.
—Las maletas modernas son muy delicadas. Antes se viajaba con baúles.
—Y con criados que los cargaban —añadió Álvaro.
—Tú habrías sido un criado excelente —dije.
—Y usted una señora insoportable.
Don Emilio sonrió.
—Entrad, entrad. He preparado limonada.
La casa era fresca y olía a madera, a jabón de lavanda y a libros viejos. Había estanterías en todas las paredes, fotografías en blanco y negro y un reloj de péndulo que marcaba una hora distinta a la real.
—Tu habitación está arriba —explicó don Emilio—. Desde la ventana se ve el faro.
Álvaro comenzó a subir las escaleras.
—Puedo llevarlas yo.
—¿Las tres a la vez?
—Una por una.
—Llegaría septiembre.
—Déjalo, hija —intervino don Emilio—. Álvaro lleva toda la vida entrando y saliendo de esta casa.
—Como los ratones —añadí.
Él se volvió desde el tercer escalón.
—Los ratones no cargan maletas.
—Tampoco opinan tanto.
—No ha conocido usted a los de aquí.
Dejó el equipaje en una habitación luminosa con paredes blancas, una cama de hierro y cortinas azules agitadas por la brisa.
Al fondo, sobre los tejados, se veía una franja inmensa de mar.
Me acerqué a la ventana. El cansancio del viaje desapareció durante unos segundos.
El agua brillaba bajo el sol de la tarde.
A lo lejos se levantaba un faro blanco y, más abajo, el pueblo descendía entre azoteas, macetas y callejuelas hasta el paseo marítimo.
—Es precioso —murmuré.
—Cuando sopla levante no dirá lo mismo —respondió Álvaro.
—¿No puede permitir que algo resulte agradable durante más de diez segundos?
—Intento evitar decepciones.
—¿A qué se dedica exactamente?
—A decepcionar turistas.
—Le pega.
—Tengo una empresa de excursiones en barco.
—¿En serio?
—No parece una profesión adecuada para alguien que va robando equipaje.
—También doy clases de paddle surf.
—Eso explica la falta de zapatos.
Miró sus pies.
—¿Le molestan?
—No. Solo observo.
—Observa mucho.
—Es deformación profesional.
—¿Qué enseña?
—Literatura.
—Ah.
—¿Qué significa ese «ah»?
—Nada.
—Ha sonado despectivo.
—Solo pensaba que explica bastantes cosas.
—¿Cuáles?
—Las palabras largas. El tono de superioridad. La necesidad de corregirlo todo.
—Acabamos de conocernos.
—Y ya me ha corregido cuatro veces.
—Porque se ha equivocado cuatro veces.
—Cinco —dijo—. Antes llamó escalón a lo que en realidad es un peldaño.
Lo miré. Él sonrió. Entonces comprendí que estaba tomándome el pelo.
—Márchese.
—Con mucho gusto.
Salió de la habitación.
—Y gracias por las maletas —añadí, antes de que desapareciera.
Asomó la cabeza por la puerta.
—¿Ve como no era tan difícil?
—No se acostumbre.
—Esta noche a las nueve en La Ola.
—He dicho que no iré.
—No se lo decía a usted. Se lo recordaba a don Emilio.
—Estoy abajo —gritó el anciano desde el salón—. Y pienso ir.