Amor de verano en el sur CAPÍTULO I
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Amor de verano en el sur

Amor de verano en el sur

Por Kira Love

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CAPÍTULO I

Donde una mujer huye del amor y acaba empapada

El verano empezó para mí con un hombre desnudo, una maleta rota y una sardina voladora.

No necesariamente por ese orden. Yo había llegado a Valdearena poco después de las cuatro de la tarde, conduciendo un coche cargado hasta los topes y con la firme intención de pasar los dos meses más tranquilos de mi vida.

No quería hombres. No quería sobresaltos.

No quería que nadie me preguntase por qué había cancelado una boda a cuarenta y tres días de celebrarse.

Aspiraba a levantarme temprano, trabajar unas horas, pasear junto al mar, leer novelas extensas y dormir con la conciencia limpia y las persianas abiertas. Un plan sencillo, razonable, un plan que saltó por los aires antes de que lograra aparcar.

—Pero ¿dónde se ha metido este hombre? —murmuré, mirando por tercera vez el número escrito en la hoja que llevaba sobre el volante.

La calle del Mero y el número siete estaban allí, pero no había era manera humana de acercar el coche a la puerta de la casa.

A un lado, una furgoneta descargaba cajas de tomates.

Al otro, dos niños jugaban a la pelota como si estuvieran disputando la final de un campeonato mundial.

En mitad de la calzada, una señora en bata regaba tres macetas y mantenía una conversación a gritos con otra mujer asomada a un balcón.

—¡Maruja! —vociferó la de la manguera—. ¡Que dice mi Manolo que ese pescado no era fresco!

—¡Pues dile a tu Manolo que la próxima vez se coma un filete!

—¡Eso le he dicho yo!

La mujer giró la manguera y me lanzó un chorro de agua contra el parabrisas. Di un respingo y ella también.

—¡Ay, hija, perdona! No te había visto.

Me pareció difícil no ver un coche rojo ocupando media calle, pero no quise empezar mi nueva vida discutiendo con una señora armada con una manguera. Bajé la ventanilla.

—No se preocupe. Estoy buscando el número siete.

—Ahí mismo.

Señaló una casa blanca con ventanas azules y una buganvilla descomunal que trepaba por la fachada.

—¿Se puede aparcar en algún sitio?

La señora me miró, miró el coche y volvió a mirarme.

—Aquí no.

—Eso había observado.

—Tienes que bajar hasta la plaza, gira por la calle de la iglesia, pasa la fuente, sube la cuesta del molino y vuelve por detrás.

—¿Y no sería más fácil dar la vuelta a la manzana?

—No hay manzana.

—¿Cómo?

—Que aquí no hay manzanas. Hay calles.

La mujer del balcón intervino:

—¡Dile que aparque junto al cementerio!

—¡No va a dejar el coche en el cementerio, Maruja!

—¡Allí siempre hay sitio!

—¿Y cómo se llega al cementerio? —pregunté, intentando no perder la paciencia.

Las dos mujeres señalaron direcciones opuestas.

Suspiré. Veinte minutos después, tras recorrer dos veces la misma calle, cruzar una plaza peatonal por error y ser perseguida durante cien metros por un perro diminuto que parecía dispuesto a arrancarme una rueda, encontré un hueco junto a un muro encalado.

Apagué el motor y apoyé la frente en el volante.

—Tranquilidad —me dije—. Has venido buscando tranquilidad.

El teléfono comenzó a sonar. En la pantalla apareció el nombre de Lola. Lo dejé sonar tres veces antes de responder.

—Ya he llegado.

—¿Has llorado?

—No.

—¿Has pensado en volver?

—Tampoco.

—¿Has conocido a algún hombre?

—Llevo aquí media hora.

—Tiempo suficiente. En una película americana ya te habrías tropezado con un viudo guapísimo que cría solo a dos niñas rubias.

—Esto no es una película americana.

—Mejor. Aquí los hombres tienen madre, que da muchísimo más juego.

Abrí la puerta del coche y una bocanada de aire caliente me golpeó en la cara.

—Hace cuarenta grados.

—Perfecto para el amor.

—He venido a trabajar.

—Eso dicen todas hasta que aparece uno sin camiseta.

—Lola…

—Escúchame, Lucía. Has dejado a un hombre con el que llevabas ocho años porque te diste cuenta de que te daba más pena cancelar el restaurante que perderlo a él. No pasa nada. Son cosas que ocurren.

—No suelen ocurrir a cuarenta y tres días de una boda.

—Podría haber sido peor.

—¿Cómo?

—Podrías haberte dado cuenta durante el banquete, con el vestido puesto y tu madre persiguiéndote con un canapé de salmón.

Abrí el maletero. Mi vida se encontraba metida en cuatro cajas, dos bolsas, una maleta grande y otra pequeña. También había traído doce libros, una cafetera eléctrica y una planta que no estaba segura de que hubiera sobrevivido al viaje.

—Voy a instalarme.

—Llámame esta noche.

—Lo haré.

—Y no pongas esa voz.

—¿Qué voz?

—La de institutriz inglesa abandonada en un páramo.

—Soy profesora de Literatura.

—Precisamente. Estáis todas un poco trastornadas.

Colgué antes de que pudiera seguir animándome. Saqué la maleta grande, la dejé en el suelo y agarré la pequeña. Cuando quise cerrar el maletero, una de las ruedas de la maleta grande rodó calle abajo.

—No puede ser.

La rueda dio un par de saltos, cogió velocidad y desapareció tras una esquina.

Cerré los ojos. Conté hasta cinco. Luego conté hasta diez porque cinco no habían servido de nada.

Abandoné las maletas junto al coche y fui en busca de la rueda.

La encontré en mitad de una pequeña plaza, junto a una fuente y a los pies de tres mujeres idénticas.

Las tres vestían de negro pese al calor, llevaban el cabello blanco recogido en moños casi iguales y se protegían del sol con abanicos de flores.

Una de ellas sostenía mi rueda entre dos dedos.

—¿Es suya? —preguntó.

—Sí. Gracias.

—Se le ha escapado.

—Ya lo veo.

La segunda mujer inclinó la cabeza.

—No es de aquí.

—No.

—Viene para la casa de don Emilio —afirmó la tercera.

No era una pregunta.

—Sí.

Las tres intercambiaron una mirada.

—La maestra —dijo la primera.

—Profesora —aclaré.

—Eso he dicho.

—No exactamente.

La segunda cerró el abanico.

—Viene de Madrid.

—De Sevilla.

—Pues nos habían dicho Madrid.

—Se habrán equivocado.

La tercera sonrió con una expresión que me hizo pensar que en Valdearena nadie se equivocaba, sino que la información llegaba a veces con adelanto sobre los hechos.

—¿Y está casada? —preguntó.

—No.

—Prometida —dijo la primera.

—Ya no.

Las tres se inclinaron hacia delante al mismo tiempo.

—¿Lo dejó usted? —preguntó la segunda.

—Eso pertenece a mi vida privada.

—Lo dejó ella —concluyó la tercera.

—Seguro —añadió la primera—. Tiene cara de haber dejado a alguien.

Me pregunté qué cara tendría una mujer que había sido abandonada y si resultaría más conveniente adoptar esa expresión. Recogí la rueda.

—Muchas gracias.

—De nada, hija —respondieron las tres a coro.

Me alejé mientras oía cómo retomaban la conversación.

—Es más alta de lo que dijeron.

—Y más delgada.

—Pero tiene cara de cansada.

—Eso son los hombres.

No me volví. Cuando regresé al coche, descubrí que mis maletas habían desaparecido. Se me paró el corazón. Miré a derecha e izquierda.

—No, no, no…

Entonces vi a un hombre caminando calle arriba con una maleta en cada mano y una caja apoyada sobre el hombro. Iba descalzo, llevaba unos pantalones cortos viejos, una camiseta blanca sin mangas y el pelo oscuro revuelto como si acabara de salir del mar.

—¡Oiga! —grité.

El hombre siguió andando.

—¡Oiga, el de mis maletas!

Se detuvo y miró por encima del hombro. Piel tostada, mandíbula marcada y una sonrisa despreocupada que me irritó antes incluso de que abriera la boca.

—¿Estas maletas son suyas?

—Evidentemente.

—No era tan evidente. Estaban abandonadas.

—No estaban abandonadas. Fui a buscar una rueda.

Alzó la maleta grande.

—Pues le falta otra.

Miré.

Era cierto.

—Fantástico.

—No se preocupe. Para cuando termine el verano, se le habrán caído todas.

—Déjelas en el suelo.

—¿Por qué?

—Porque son mías.

—Eso ya lo ha dicho.

—Y usted las está cogiendo sin permiso.

El hombre miró las maletas, luego me miró a mí.

—Pensaba llevarlas a la casa de don Emilio.

—¿Cómo sabe que voy a casa de don Emilio?

—Porque aquí todo el mundo sabe que llega hoy la profesora.

—¿Todo el mundo?

—Más o menos. Mis padres lo saben, Inés lo sabe, don Emilio lo sabe, las trillizas lo saben…

Señaló la plaza. Las tres mujeres levantaron los abanicos para saludarnos.

—Y ahora también lo sabe mi primo Rafa, porque acaba de pasar con la moto.

Una moto tocó el claxon desde el final de la calle. El hombre levantó una mano.

—¡Luego nos vemos!

—¿Siempre cuentan la vida de los desconocidos con tanta facilidad?

—Aquí no hay desconocidos. Solo gente que todavía no ha sido presentada.

Volvió a caminar.

—¡He dicho que deje mis maletas!

—Y yo he entendido que quiere subirlas usted sola por la cuesta.

Miré la pendiente que conducía hasta la casa. Luego miré las maletas. Después miré al hombre.

—Puedo hacerlo.

—No lo dudo.

—Entonces déjelas.

Las bajó al suelo sin protestar.

—Toda suyas.

Pasó a mi lado con la caja aún sobre el hombro. Olía a sal y a crema solar. Di dos pasos arrastrando las maletas. Una de ellas se volcó. La otra tropezó con un adoquín. La planta cayó de lado dentro de una bolsa. El hombre se detuvo. No se volvió, pero vi cómo sus hombros se movían.

—¿Se está riendo?

—No.

—Se está riendo.

—Tengo tos.

—Una tos muy alegre.

Caminó unos metros más. Yo logré avanzar otros tres pasos. La maleta sin rueda se clavó entre dos piedras. Tiré de ella. No se movió. Tiré con más fuerza. El asa se desprendió. Me quedé sujetándola en el aire. El hombre regresó, recogió la maleta y echó a andar sin decir una sola palabra.

—No necesito ayuda.

—Claro que no.

—Podría haberla subido.

—Por supuesto.

—No soy inútil.

—Ni se me ocurriría pensarlo.

—Su tono indica lo contrario.

—Mi tono es el que tengo.

—Pues es bastante molesto.

—Me lo dice mucho mi madre.

—Su madre debe de ser una mujer sensata.

—A ratos.

Subimos la calle en silencio. Yo llevaba la maleta pequeña, una bolsa y la rueda. Él cargaba con todo lo demás sin aparente esfuerzo.

—¿Cómo se llama? —pregunté finalmente.

—Álvaro.

—¿Solo Álvaro?

—Cuando me regañan, Álvaro Vega Romero.

—No pienso regañarlo.

—Eso también lo dicen todas al principio.

Me detuve. Él hizo lo mismo.

—No sé qué clase de impresión cree que está dando, pero…