Amor de pelicula 37 Falling like the stars
95%

37 Falling like the stars

Emma

La cena fue extrañamente normal.

Después del lago, después del beso, después de ese segundo beso que ya no fue torpe sino decidido, entrar en casa y sentarnos a la mesa como si nada hubiera pasado tenía algo casi cómico.

Mi madre sirviendo sopa caliente.

Mi padre partiendo el pan como si no hubiera interrogado a Noah esa misma mañana.

La chimenea crepitando.

Y yo intentando que nadie notara que algo había cambiado.

Noah estaba relajado. Demasiado relajado. Contestaba a las preguntas de mi padre con naturalidad, hacía reír a mi madre sin esforzarse demasiado. En algún momento, debajo de la mesa, su rodilla rozó la mía.

No fue accidental.

No la apartó.

Yo tampoco.

—¿Y cómo lleváis el rodaje? —preguntó mi madre.

—Bien —respondí antes de que Noah pudiera decir algo raro—. Estamos adelantando bastante.

—Emma se sabe todas las líneas de todo el mundo —añadió él.

—Eso no es verdad.

—Es absolutamente verdad.

Mi padre sonrió por encima de la copa.

—Eso suena a control.

—Suena a que le gusta tenerlo todo bajo control —corrigió Noah.

Lo miré.

—Cállate. —Humana, es la verdad.

Mi madre alzó ligeramente las cejas.

—¿Humana?

—Es una larga historia —dije rápido.

Noah sonrió, pero no explicó nada. Por suerte.

La cena avanzó entre conversaciones fáciles, pero yo estaba en otro sitio. Sentía algo creciendo bajo la piel, algo que no terminaba de tomar forma.

Después del postre, mi madre empezó a recoger platos y la seguí a la cocina.

—Déjalo, cariño.

—Te ayudo.

Se hizo un pequeño silencio cómodo mientras el agua corría sobre la vajilla.

La miré de reojo.

—Mamá.

—Mmm.

—¿Cómo se sabe si una está enamorada? No dejó de fregar inmediatamente, pero su sonrisa cambió.

—Vaya.

—No es por nada en concreto —añadí demasiado rápido.

—Claro.

Secó un plato con calma, como si estuviera ordenando sus palabras.

—Se sabe porque todo empieza a cuadrar.

Fruncí el ceño.

—¿Cuadrar cómo?

—Cada cosa que te ha pasado empieza a tener sentido. El presente tiene sentido. Incluso lo malo. —Me miró ahora directamente—. Y da miedo.

—¿Miedo?

—Sí. Porque cuando algo importa de verdad, sabes que también puede doler. Y eso asusta.

Me apoyé en la encimera.

—¿Y si no estás segura? —Entonces probablemente lo estés un poco más de lo que quieres admitir.

Me quedé callada.

—Emma —añadió con suavidad—, no tienes que decidir nada esta noche. Pero si cuando lo miras sientes que todo encaja, aunque te dé vértigo… presta atención a eso.

Desde el salón llegó la risa de Noah y mi padre.

Mi madre sonrió.

—Y si te hace reír así, ya es buena señal.

Más tarde, cuando la casa se quedó en silencio y mis padres se fueron a dormir, Noah y yo salimos al porche.

El frío era más intenso que por la tarde. El lago, completamente blanco bajo la luz de la luna, parecía infinito.

Nos apoyamos en la barandilla, hombro con hombro.

—Tu padre ya no me mira como si estuviera evaluando mi alma —dijo Noah.

—Eso significa que has pasado la primera fase.

—¿Cuántas fases hay?

—No quieres saberlo.

Se hizo un silencio largo. No incómodo. De esos que pesan un poco pero no molestan.

—A veces —dije sin mirarlo— siento que vivo constantemente echando de menos el pasado.

Él no respondió enseguida.

—¿Nostalgia?

—Sí. Como si todo lo que ya pasó fuera más seguro. Más fácil. Y al mismo tiempo… tengo miedo del futuro. Como si cualquier paso pudiera romper algo.

Noté su mirada sobre mí.

—Eso es muy de humana de tu parte.

—No te burles.

—No me estoy burlando.

Giré la cabeza hacia él. —Creo que mi cerebro está harto de interpretar historias de amor —confesé en voz baja—. Y que ninguna sea la mia.

El aire se quedó quieto entre nosotros.

Noah sostuvo mi mirada.

—Eso puede cambiar.

No lo dijo con grandilocuencia. No lo dijo como una promesa imposible. Lo dijo como si estuviera hablando de algo sencillo. Real.

—¿Y si me equivoco? —pregunté.

—Te equivocas en muchas cosas.

—Gracias.

—Pero no en todo.

Se acercó un poco más.

—A veces eres muy pesada, ¿lo sabes?

Lo miré, indignada.

—¿Perdona?

—Le das demasiadas vueltas a todo. Sonreí despacio.

—Y eso te encanta.

No dudó.

—Si no me gustara, no te habría besado hace un rato, humana.

El calor me subió por el cuello a pesar del frío.

—Eres insufrible.

—Lo sé.

Se inclinó hacia mí. Esta vez no hubo dudas. No hubo torpeza. Solo una decisión compartida.

El beso fue lento. Profundo. Sin prisa.

Cuando nos separamos, nuestras frentes quedaron apoyadas.

—Todo no tiene que estar decidido ahora —murmuró.

—Ya.

—Pero tampoco tienes que huir antes de que pase algo.

Lo miré.

Y por primera vez en mucho tiempo, el pasado no pesaba tanto. Y el futuro no daba tanto miedo.

Solo estaba él.

Aquí.

Ahora. Y quizá, solo quizá, eso era suficiente.