Amor de pelicula 36 Adore you
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36 Adore you

Emma

Seguíamos tirados sobre el hielo.

No sé cuánto tiempo pasó exactamente. Segundos, quizá un minuto. Pero el frío empezó a atravesar la ropa y aun así ninguno de los dos parecía tener demasiada prisa por levantarse.

Noah estaba a mi lado, boca arriba, respirando rápido por la risa. El vapor de su aliento se mezclaba con el mío en el aire helado. El cielo estaba completamente despejado, de ese azul pálido de invierno que casi parece blanco.

—Eres un desastre —repetí, todavía riéndome.

—Tú me distrajiste —contestó, girando la cabeza hacia mí.

Noté su mirada antes incluso de mirarlo.

Y entonces lo hice.

Error. Porque ahí estaba otra vez esa sensación.

El beso.

No había sido perfecto. No había sido planeado. No había sido elegante. Pero había sido… real. Terriblemente real. Y ahora, tumbada a su lado sobre el lago congelado de mi infancia, con el corazón todavía acelerado, mi cerebro intentaba ponerse al día.

Había sido Noah.

No una estrategia.

No una escena.

No una broma delante de cámaras.

Noah.

Me incorporé un poco sobre los codos.

—Nos vamos a quedar congelados aquí.

—Es una forma épica de morir —murmuró.

—Cállate. Sonrió. Esa sonrisa suya medio ladeada, como si nunca terminara de tomarse nada completamente en serio.

Pero sus ojos no estaban bromeando.

Me miraban como si estuviera intentando memorizarme.

Y eso me puso nerviosa.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Estás pensando cosas.

—Siempre pienso cosas.

Rodé los ojos, pero notaba algo distinto. Una tensión suave, nueva. Como si el aire entre nosotros hubiera cambiado de densidad.

Me senté del todo y me quité los guantes para recolocármelos, más por hacer algo que por necesidad.

El beso.

Había sido cálido a pesar del frío. Sus labios habían dudado una fracción de segundo antes de decidirse. No había sido invasivo, ni arrogante, ni impulsivo sin cuidado. Había sido… contenido. Como si me estuviera preguntando sin palabras.

Y yo había contestado.

Me levanté con cuidado y le tendí la mano.

—Vamos, antes de que mi madre piense que nos hemos ahogado en el hielo.

—Técnicamente eso no es posible —dijo, agarrándose a mí.

—No seas pesado.

Tiré de él para ayudarlo a ponerse en pie. Mala decisión. En cuanto recuperó el equilibrio, se inclinó hacia mí con una media sonrisa.

—Entonces —dijo en voz baja—.

—Entonces qué.

—Nada.

Odiaba cuando hacía eso.

Empezamos a avanzar despacio, yo hacia atrás, él intentando seguir mis indicaciones para no volver a caer.

—Flexiona un poco más las rodillas.

—Estoy flexionando.

—No, estás rígido.

—Es que estoy concentrado.

—No parece.

—¿Y tú cómo sabes?

—Porque te estoy mirando.

—Ah.

Se quedó callado un segundo.

—Eso no ayuda.

—¿El qué?

—Que me mires así.

Fruncí el ceño.

—¿Así cómo?

No respondió enseguida.

Solo se acercó un poco más, nuestras manos todavía entrelazadas para mantener el equilibrio. —Como si estuvieras pensando en lo que ha pasado hace un rato.

Mi corazón hizo algo raro. Como si hubiera decidido tropezarse solo.

—No estoy pensando en eso.

Mentira.

Estaba pensando en cómo me había besado. En cómo no había hecho ningún comentario después. En cómo no había intentado convertirlo en una broma incómoda.

Estaba pensando en que no había sido un juego.

Noah dio un paso torpe y volvió a desestabilizarse. Instintivamente lo agarré por la chaqueta para que no se fuera hacia atrás.

Quedamos demasiado cerca.

Otra vez.

Su respiración chocando contra mi cara. Sus manos ahora en mi cintura, firmes, buscando equilibrio.

Quería besarlo.

La idea apareció sin permiso en mi cabeza y casi me hizo reír sola.

—¿Te estás riendo? —preguntó.

—No.

—Sí.

—Es el frío.

—No creo.

Su mirada bajó apenas un segundo a mi boca. Luego volvió a mis ojos.

Ahí estaba otra vez.

Esa cosa.

No era urgencia. No era necesidad desesperada. Era algo más tranquilo. Más peligroso.

Como si estuviera descubriendo algo y no quisiera romperlo.

—Emma —dijo, más serio ahora.

—¿Qué?

—Lo de antes… El viento sopló fuerte y me apartó el pelo de la cara. Él lo sujetó con los dedos sin pensarlo demasiado.

El gesto fue tan simple que me descolocó más que el beso.

—Ha sido —empezó.

—No lo arruines —solté antes de que pudiera terminar.

Parpadeó.

—¿Cómo?

—No lo conviertas en una conversación de las nuestras.

Se quedó mirándome, evaluando mis palabras.

Y luego asintió despacio.

—Vale.

Vale.

Eso era todo.

Sin etiquetas. Sin discursos. Sin análisis innecesarios en mitad de un lago congelado. Solo ese “vale”.

Empezamos a patinar otra vez, esta vez más despacio. Él se apoyaba en mí más de lo estrictamente necesario. Yo fingía que era por equilibrio.

En un momento, logró deslizarse un par de metros sin ayuda.

—¿Has visto eso? —dijo, orgulloso.

—Milagro.

—No te acostumbres.

Me adelanté un poco y giré con facilidad sobre el hielo, sintiendo esa ligereza que solo tengo cuando patino. Él se quedó mirándome.

Lo supe sin necesidad de comprobarlo.

Me estaba mirando otra vez.

Y no voy a mentir: me gustó.

Me acerqué de nuevo a él.

—No me mires así.

—¿Así cómo? —Como si estuvieras en una película.

—No puedo evitarlo, soy actor.

—Eres ridículo.

—Un poco.

Se inclinó hacia mí, más despacio esta vez. Dándome tiempo para apartarme si quería.

No lo hice.

Me volvio a besar, y sentí miedo, porque cuando posó sus labios sobre los míos,por primera vez sentí fuegos artificiales, el beso no era urgente pero sí entusiasta, me encantaba el, todo el, cada partícula de mi ser se moría por Noah Parker, y eso daba miedo mucho miedo.

Cuando nos separamos, esta vez no hubo caída.

Solo una sonrisa pequeña, compartida, como si hubiéramos entendido algo sin decirlo en voz alta.

Desde la orilla, escuché la voz de mi madre llamándonos para entrar antes de que nos congeláramos de verdad.

Noah suspiró. —Creo que sobreviví a la prueba del hielo.

—No era una prueba.

—Todo contigo parece una prueba.

—No exageres.

Empezamos a caminar hacia la orilla, con cuidado.

Y mientras salíamos del lago congelado, mientras me quitaba los patines y sentía los pies entumecidos, pensé algo que me dio un poco de miedo admitir.

Que ya no estaba fingiendo.

Que lo que fuera que estaba empezando entre nosotros ya no tenía nada que ver con cámaras, ni titulares, ni estrategias.

Y que el beso en el hielo no había sido un accidente.

Había sido un paso.

Pequeño. Pero definitivo.